PADRE CASTELLANI: SIEMPRE ACTUAL

Conservando los restos

CONTRA LA DESINFORMACIÓN Y EL GAS DE ATONTAR LA GENTE

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El Padre Juan Oscar Ponferrada, al prologar la cuarta edición de este libro del Padre Castellani, dice:

El Sancho de este libro es lo que sobrevive de El Quijote en tanto sancho que anda por ahí, más capaz y más digno de gobernar un pueblo que aquellos otros sanchos (los políticos, dichos profesionales) cuyos amos no son, ni fueron nunca, ni serán quijotes. Porque hay criados que valen por amos, y amos que ni merecen ser criados; y del buen señor hereda virtudes el siervo, pero nunca del patán con traje de señor.

Así, Sancho se muestra, en éste su segundo apócrifo gobierno, tan grueso de modales y expresiones como sabio y prudente de índole. Es ya la suya la sabiduría del Caballero Andante, todo poeta y filósofo, todo sentido práctico y viveza, por ese movimiento de las grandes culturas que florecen en una nobleza y fructifican en el pueblo.

Es, pues, un Sancho gaucho éste que ha descubierto el Padre Leonardo Castellani; un Sancho que gobierna con sentido común en medio del común desvarío y que, en nombre del pueblo, opone cierta saludable barbarie a la civilación extranjerista y postiza que improvisa la clase dirigente, esto es: los tirteafueras de la Ínsula.

Que cuál es esta Ínsula no es preciso ni agradable decirlo. Aunque sin señalarla por su auténtico nombre, el autor nos la pinta con pelos y señales, en toda su esplendente corrupción a través de los gremios más caracterizados y de los entes más figurativos de la escala social.

Dos cosas precisaba el eminente sacerdote para llegar a su descubrimiento, que es la revelación más descarnada y cómica de nuestra actualidad cultural y política, social y espiritual:

Primero: ser criollo, en la cristiana y libre acepción del vocablo, es decir: hijo puro de la tierra, con orgullo de serlo.

Segundo: tener una cultura universal, católica, que necesita a modo de perspectiva interna, aquel que amando a su patria se propone mostrarle, aunque sea por parábola burlesca, los errores del siglo para que el país sepa dónde y de qué manera puede reivindicarse.

Nadie mejor que el Padre Castellani podía hacer esta suerte de psicovivisección social que constituye El nuevo gobierno de Sancho. Con ser un eminente profesor y escritor, un hombre de saber filosófico ahondado, el Padre Castellani larga por la ventana todo lo inoficioso y exterior del ejercicio intelectual y didáctico: las terminologías convencionales (técnicas), los ritos y ademanes académicos, las pulcritudes y los eufemismos, y comienza a templar y a cantar las verdades que todo bien plantado hombre diría, como lo haría el mismo Martín Fierro, vale decir: con toda la voz que tiene.

Por eso se verá que éste no es libro para intelectuales —en el sentido presuntuoso, asexual, agonizante y gimiente que dan a esta palabra algunos mercaderes del pensamiento manufacturado— porque es contrario al tipo intelectual que, más o menos oficialmente, ha creado el Estado Liberal en la Ínsula Agatháurica.

Es simplemente un libro para la inteligencia cotidiana y corriente, sin prejuicio de castas minoritarias. Lo que no obsta, por cierto —como en los buenos tiempos clásicos—, para que sea un libro de hilaridad fecunda, cruzado de sarcasmos enjundiosos y pródigo en verdades que con frecuencia faltan en la literatura personal de nuestros humoristas diplomados y también en la obra de no pocos filósofos locales heroicamente dados actualmente a la tarea de salvar la cultura mediante la defensa del liberalismo capitalista…

Con el humor del pueblo, un rato campechano y otro rato porteño, el autor de este libro se ríe del cinismo solemnísimo con que viven los ínsulos de lata figuración (historiadores, periodistas, poetas, políticos, educadores, doctores, magistrados, etcétera) legalizando, o aceptando al menos, la trampa, la mentira, el mal gusto, el fraude, la sapiente ignorancia, la coima y la desocupación, como elementos primos naturales de la armonía social.

No es el tipo de «humor» de que viven los graciosos profesionales, ni el estilizado y pulcro de los chistosos románticos, ni el corrosivo y acre de los ironistas descreídos.

Es el buen humor suelto y desconcertante con que pueden reírse los que tienen ganada la voluntad de Dios y de sus semejantes, frente a los que la quieren abolir o ganarla con trampas.

Por eso mismo, y porque son claras e instructivas, las crónicas que forma esta extraña novela pueden ser populares; y lo serán, sin duda, el día que el buen pueblo deje de leer pasquines y se acerque a escucharlas.

Aquí presentamos dos de ellas, muy actuales ante la desinformación reinante y la emisión de gas con que quieren atontar aún más a la gente de por sí atontada…

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LA INFORMACIÓN

Apenas hubo el rubicundo Apolo asomado su soñolienta y bonachona faz por las puertas y balcones de Punta del Este, cuando se irguió el nuevo Gobernador del lecho donde yacía con un acceso de dengue y se encaminó a la Sala de las Sumas Examinaciones para despachar los asuntos del día. Apenas húbose sentado en su trono cuando presentóse un señor gordito y retacón, con un tarro de engrudo bajo el brazo, una tijera al cinto, una kodak en bandolera y la cara más vivaracha, ratonil y mona que han visto los siglos pasados ni esperan ver los venideros. Después de lo cual se entabló entre el Gobernador y el doctor Pedro Recio el siguiente diálogo:

SANCHO.—  ¿Quién es?

RECIO.—  Señor, es un aprovechado garzón destos reinos que acaba de acabar sus estudios.

SANCHO.—  ¿Pariente de los Garzones de Córdoba?

RECIO.—  No, señor, en modo alguno. Ni por pienso.

SANCHO.—  ¿Y qué estudios ha hecho?

RECIO.—  Estudios de periodista.

SANCHO.—  ¿Dónde?

RECIO.—  En todos los cafés, bares y bebederos públicos desta Ínsula.

SANCHO.—  ¿Qué leyó?

RECIO.—  Todos los libros de la  Editorial Tor y la Editorial Claridad y además las obras completas de Vargas Vila, sin contar con que tiene aprobado el bachillerato argentino.

SANCHO.—  ¿Qué demanda?

RECIO.—  Demanda de su Prominencia solamente el merecido diploma de Redactor de Primera Plana, y, si fuera posible, el correspondiente puesto en el mejor diario de la Ínsula.

SANCHO.—  Es muy justo; pero para ello no ignora Su Merced que es necesario un examen.

RECIO.—  Estamos prestos.

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Volvióse el Gobernador al hombrecillo, el cual había pelado incontinenti un paquete de cuartillas y una estilográfica, y afablemente lo examinó, diciendo:

—Señor periodista, ¿cómo se llaman las noticias del extranjero?

—Información.

—¿Y las noticias del país?

—Otras informaciones de carácter local.

—¿De qué hablará Chamberlain en su próximo discurso?

—De los fines de guerra aliados.

—¿Y en el otro siguiente?

—De los fines aliados de guerra.

—¿Y Daladier?

—De la unión moral de la nación francesa.

—¿Y Hitler?

—Del Tratado de Versalles.

—¿Y Roosevelt?

—Del cariño que tiene a Sudamérica.

—¿Y Cordell Hull?

—Del panamericanismo.

—¿O sea?

—Del amor que tiene a los intereses de Sudamérica.

—¿Y el candidato a gobernador?

—De su amor a la democracia.

—¿Y el ministro del Interior?

—De la pureza de los comicios.

—¡Muy bien! -exclamó Sancho con entusiasmo-. Y dígame un poco, ¿cómo son las incursiones nocturnas?

—Infructuosas.

—¿Y el fuego de artillería?

—Nutrido.

—¿O bien?

—Violento.

—¿Cómo se retiran las patrullas enemigas?

—En desorden.

—¿Y nuestras tropas?

—Habiendo obtenido todos sus objetivos.

—¿Qué dice el primer comunicado?

—Admite el hundimiento de un buque de guerra.

—¿Y el segundo?

—Rectifica que se trata de un viejo buque mercante armado en guerra.

—¿Y el tercero?

—Rectifica afirmando que se trata de un pesquero.

—¿Y el cuarto?

—Desmiente a todos los otros.

—¿Cuántos submarinos construyen los alemanes?

—Según ellos, 2 por día; según los ingleses, 1 por semana.

—¿Cuántos cruceros construyen los ingleses?

—Según ellos, 1 por semana; según los alemanes, medio por mes.

—¿Qué queda en limpio?

—Sumando miembro a miembro y eliminando cantidades iguales de signo contrario, nadie construye nada.

—¿Cuántos buques han hundido los alemanes?

—Según ellos, 180; pero según los ingleses, sólo 40.

—¿Cuántos buques han hundido los ingleses?

—Según los alemanes, sólo 40; pero según los otros, 180.

—¿Suma líquida total?

—Sumando miembro a miembro y eliminando cantidades iguales, quedan hundidos una cantidad de neutrales.

—¡Magnífico! -clamó Sancho-. Y para acabar, ¿por qué peleamos nosotros?

—Por la justicia y el derecho.

—¿Quién tiene la culpa de la guerra?

—Los contrarios.

—¿Hacia dónde vamos con certeza?

—Hacia la victoria.

—La victoria, ¿qué traerá?

—Un mundo mejor.

—Un mundo mejor, ¿en qué consiste?

—En la fraternidad universal, por encima de todas razas y religiones.

—¿Quién va ganando la guerra?

—Los avisantes.

—¿Cómo dice?

—Gana la guerra aquel que le gusta más a los que dan al diario más avisos. Por ejemplo, la guerra española la iban ganando los rojos. ¡Al fin ganó Franco! Pero no fue por culpa nuestra.

—¡Sobresaliente! -exclamó Sancho-. ¡Todo lo esencial está, y en forma clara, sucinta y rotunda!

Y esto diciendo, púsose de pie con muestras de la más viva satisfacción; lo cual visto por los Cortesanos, se pusieron también de pie con muestras de la más viva satisfacción; y escucharon religiosamente el dictado del siguiente

Decreto

Considerando:

1-Que, dada la próxima gran contienda cívica y consulta comicial, conviene economizar fondos a fin de destinarlos a nuevos hospitales, nuevas escuelas, nuevos langosteros o sea empleados de la Defensa Agrícola, dado que los actualmente en función se han revelado insuficientes y completamente inadecuados.

2-Que, dado el actual estado de guerra, muchísimos productos europeos se han comenzado a fabricar con éxito en el país, fomentando así la industria nacional, y no se ve por qué los telegramas y cables y noticias extranjeros no han de poder entrar por el mismo molde y método…

y 3. Que sobra talento en el país para escribir telegramas tan buenos, o sea tan truculentos, estupefacientes y sensacionales como los mejores importados de Europa…

En virtud de la potestad que me confiere mi cargo, yo, Sancho I el Único, Gobernador por derecho divino desta ínclita Ínsula, vengo en decretar y decreto:

1-Fúndase una gran Fábrica Única Central de Información Extranjera Monopolizada por el Estado, que será dirigida por el ilustre joven aquí presente.

2-Todos los diarios pasarán al Gobierno la suma que tienen destinada a información cablegráfica y cablefónica, el cual destinará una tercia parte al sostén de la F. U. C. I. E. M. y el resto a los benéficos fines arriba especificados…

Fírmese, comuníquese y cúmplase.

Dicho lo cual, dio el perilustre Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron aquel día principalmente en el gallo de Morón en una pepitoria de ojos de gallo y espuelas de gallina, con salsa de espuelas de caballero y libros de caballería.

VENIDO DE EUROPA

Apenas hubo el matinal Apolo alegrando con su anchurosa y rojiza faz los cielos, las aguas y los aires, haciendo prorrumpir en gorjeos a las canoras y pintadas avecillas, incluso los autos, los lecheros y los vendedores ambulantes de ojos artificiales, cuando se levantó él solito el nuevo Gobernador del mullido lecho y maldiciendo de atroces e inurbanos a los ruidos de la urbe, tomó su baño y su desayuno y, después de jugar un partido de bochas, ingresó en la Sala de las Internas Investigaciones para despachar los asuntos del día.

No bien se hubo sentado en su trono, ingresó el Detective Mayor del Reino acompañando respetuosamente a un gran mastuerzo con una gran valija y un traje de viaje de suprema elegancia consistente en golf-boots, silk-stockings, travel-breeches, dinner-jacket, foulard y coco-bar con plumas. Miróle con admiración no exenta de asombro, y volviéndose al pesquisa, le dijo:

—¿Qué pasa?

—No podía desembarcar del buque de gente que lo esperaba en el puerto.

—¿Para qué?

—Para saber noticias verdaderas. Es el Hombre que Viene de Uropa.

—¿Y qué trae?

—Las últimas novedades, Esplendencia.

—¿Y preso por qué lo puso?

—Hay que andar con cuidado con los ínsulos que viven en Uropa.

—Pero, ¿no es uropeo éste?

—No, señor, es ínsulo. Es de aquí, pero vive en Uropa con la plata de los campos que tiene aquí.

—¡Satanases!, yo creí que era d’Uropa por la traza del vestir -dijo Sancho-. Pero ¿no dicen que d’Uropa viene siempre el progreso?

—Esplendencia, el progreso viene. Pero no siempre todos los progresos de golpe le convienen a todas las ínsulas de la misma manera y en cualquier momento dado.

—¡Satanases!, ahora se me recuerda -dijo Sancho vivamente- que en los anales secretos de la Ínsula está escrito de unos ínsulos uro-pensantes que en otrora trajeron el progreso; y salió tan caro, que lo único que resta ahora es la escuela laica, los gorriones, el sorgo de Alepo, las elecciones, el divorcio en Montevideo, los politiqueros, los pasquines, los pulpos de la gran finanza y parte del territorio en poder del extranjero…

—Esplendencia, eso es Evangelio puro. Y si eso pasó con aquellos que fueron los primeros que vinieron d’Uropa, ojo al cristo con éste, que es el Último…

Volvióse Sancho al interfecto, que muy cuellierguido, pechisacado y perniabierto, con su kodak en bandolera como una espada, lo miraba con nonchalance y le preguntó afablemente:

—¿Qué tal l’Uropa?

—¡Oh! -dijo el otro-, ¡oh!

«Prestigio de flores de lis,

perfume de labios en flor,

¡París! ¡Oh, París! ¡Oh París!

¡Infinito amor!».

—Eso hay portodo -dijo Sancho-; y tampoco se quedan atrás las mozas desta Ínsula; pero yo quisiera saber las novedades de l’Uropa, sobre todo las que estañen al buen gobierno de las ínsulas…

—¡Oh! -exclamó el otro.

«¡Bendita seas Francia, porque me diste amor!

En tu París inmenso y cordial, yo encontré

para mi alma abrigo, para mi cuerpo ardor,

para mis ideales el ambiente mejor

…¡y además una dulce francesa que adoré!».

—Nadie duda deso, señor -dijo Sancho con paciencia- si usté lo afirma; pero l’Uropa en general, ¿cómo marcha?

«Cuando juzgas a Francia, tu dialéctica es

rabiosa y sin embargo, mi querido escritor

lo único que vale de tu obra es francés…

¡París ha sido siempre tu colaborador!»

—Yo no soy escritor, señor, ni me da el naipe para eso -dijo Sancho-, pero rápidamente quisiera saber qué pasa en Uropa y usté está hablando peor que los diarios de l’Ínsula, que no los entiende nadie.

—En Europa la profecía de Renán se ha cumplido -replicó el otro-, la Ciencia ha barrido la Superstición.

—¡No entiendo el idioma uropeo! -dijo Sancho-; ¿por qué diablo no me habla el idioma de aquí y deja de jorobar la paciencia?

—Es el idioma de aquí no más -explicó Pedro Recio-, sólo que al llegar lo hablan así en difícil para hacer ver que vienen de Uropa. Siga preguntando no más, Gobernador, hasta acostumbrarse.

—¿No tiene por lo menos una foto de l’Uropa -dijo Sancho desesperado-, para ver cómo es l’Uropa?

—¿Mesié? ¿Ine foto? ¡Vualá! -dijo el turista en correcto francés, echando mano a la kodak y pasándole una vista panorámica; después de lo cual siguió declamando versos de Amado Nervo:

«No discutas los dogmas, los dogmas te complican,

observa, sí, los ritos simples, a la española,

reza siempre que doblan, ríe cuando repican,

oye misa el domingo y tendrás aureola.

Que si otros se salvaron con la ley natural,

yo para ti colijo razonando a mi modo,

que si Quirón salvóse, siendo medio animal,

te salvarás mejor tú que lo eres del todo.

Éste es el humorismo del ático Anatolio,

¡oh, mi amigo insulano, piadoso, tonto y bueno!…

¡oh mi amigo argentino!…».

Mais qu’est que c’est que za? Mais qu’est que c’est que za? Mais qu’est que c’est que za?

Sancho se había alzado hecho una furia con la foto en la mano; y todos creyeron que le iba a pegar al turista, que retrocedió dos pasos.

—¡Qué me muestra usté aquí, pedazo de sinvergüenza! ¿Éste es el progreso y la civilación -gritó Sancho-. ¡Aquí no hay más que una punta de hombres matándose, unos con cascos de acero y paracaídas y otros con kepís y una especie de chiripases; por todo hay miembros humanos a pedazos y una mujer huye despavorida con un hijito en los brazos! ¿Y éstas son cosas para decir versitos? ¿Y ésa es l’Uropa?

—Ésta es Uropa, señor. Están en guerra -contestó el doctor Pedro Recio, parándolo a Sancho.

—¿Y por qué están en guerra?

—Por defender la civilación cristiana.

—¿Y quién la defiende de los dos en guerra?

—Los dos, señor; cada uno a su modo.

—¿Pero cuál es el modo bueno?

—Los dos son más o menos iguales, señor: avaricia, mentira, inhumanidad y violencia. Sólo que unos echan por el camino de la brutalidad, y los otros de la hipocresía.

—¿Y qué dice el Papa, a todo eso?

—Está apoyando a los dos a la vez, señor, por lo menos según dicen ellos.

—Medrados estamos -dijo Sancho-, yo, la civilación cristiana y la punta del sauce verde que se partió con la tormenta. No es así la doctrina que me enseñó mi padre. Yo aquí no entiendo nada. Hay que pensar.

Plantó Sancho el puño en el redondo moflete, cerró los ojos y se puso a meditar; por lo cual todos los Cortesanos se pusieron de inmediato los puños en los mofletes, cerraron los ojos y empezaron a meditar, mientras el turista declamaba en voz baja versos de Fernando Ortiz Echagüe; hasta que Sancho sonrió y abrió de nuevo los grandes ojos claros, puros como los de un niño.

—Basta -dijo Sancho-. Aquí hay que rezar mucho, y no hacer nada sino sólo lo que Dios y el Papa claramente manden, con tal que no sea lo mismo que la Banda Oriental. Hay que declararse neutral, y ante todo serlo, de cuerpo y alma. Y usted, seor tirista, abra su valija y muéstrenos los últimos inventos del progreso d’Uropa a fin de adaptarlos a las necesidades desta pobre Ínsula.

Despanzurró el otro de un saque su valija cierrelámpago y prorrumpió con verdadero entusiasmo:

—Señor, los últimos inventos de la civilización europea son:

1-La bomba de matar mujeres solas;

2-El cuentito del hombre malo;

3-El gas para atontar gente.

Le vualá, tus le truá! Atención ahora.

Sacó el turista de la valija la bomba de matar mujeres solas, al ver la cual la mucama de Sancho que estaba espiando, y la taquígrafa que estaba copiando la sesión por cuenta de Cide Hamete (hijo) dieron un grito y quedaron desmayadas, mientras el uropeizante explicaba:

—Señor Gobernador, esta bomba es lo más prodigioso que jamás se haya ingeniado en el mundo. Usté la deja caer en medio de una ciudad abierta, sin objetivos militares, y no hay cuidado que un solo soldado, ni un solo militar será tocado, solamente quedan secos un tendal de mujeres y niños y una punta de hospitales se derrumban, lo mismo que la Nunciatura y la Embajada Norteamericana. Fue inventada en tiempo de la Guerra Santa en España.

—¿Y para qué sirve?

—Para ganar la Guerra Santa.

—¿Matando mujeres?

—Justamente, señor. Usté introduce en los aviones enemigos, por medio del contraespionaje y los diarios de la tarde, una carguita de estas bombas… Los enemigos comienzan a matar mujeres que da asco, los soldados de usté quedan intactos y arrollan la línea Sigfrido-Maginot, en tanto que todo el mundo neutral y civilizado da grititos de horror y lástima, con cargamentos de trigo, al ver cómo son de brutos y de salvajes los contrarios.

—Entendido -dijo Sancho-. Me gusta la tástica. ¿Y el otro invento?

—¡El cuentito del hombre malo!

Salió de golpe del valijón uropeo un enorme y horroroso demonio animado, cubierto de sangre y lodo, con en la diestra un bebé a medio devorar, y en la siniestra una antorcha encendida. Aquí se desmayaron de nuevo la mucama y la secretaria con casi todos los Cortesanos; pero Sancho lo contempló impertérrito, aunque sentía que el pavor le inundaba despacito las entrañas como un río helado.

—Este artefacto, señor Gobernador, es un alarde de tésnica-dijo el turista-. Como usté ve, no tiene cara, y también sirve para ganar la guerra. Usté toma la cara del contrario, pero no la del pueblo, sino la del jefe -que es quien tiene la culpa toda- y se la plantifica al demonio, levantándolo enhiesto. Toda la gente que lo ve, neutral y civilizada, se asusta, se enoja, le agarra rabia y empieza a gritar:

«Aquél tiene la culpa de la guerra, aquél tiene la culpa de todo. Si aquél muriera, todo volvería a ser paz, confort, concordia, dulzura, fraternidad humana por encima de todas razas y religiones, diversión, farra, riqueza y ¡París! ¡Oh París! ¡Oh París! ¡Infinito Amor!».

—¿Y el otro qué hace?

—El otro es un estúpido y se calla. Y se empieza a afligir y descorazonar, o sea lo que dicen perder la moral. No duerme de noche. Se levanta tarde. Se olvida de contestar la correspondencia. Hasta que un día el pueblo se cansa, lo echa, y proclama la República, en el cual preciso momento entramos nosotros y hacemos la paz perpetua, el desarme universal y la Sociedad de las Naciones.

—¡Me gusta el truco! -dijo Sancho-. Saque el otro, che tirista, pero por favor, si es feo, deje que salgan primero las señoras.

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—Apsolumán pá! -dijo el otro-. El otro es un disloque de ingeniería. Se trata de un gas. El Gas de Atontar la Gente -dijo sacando una retorta de vidrio llena de un humito verdoso-. Usté suelta este gas y la gente se duerme o se pone fula; y entonces usté hace lo que quiere. Empiezan a ver solamente las cosas lejanas, y ésas, bastante mal; y no ven las cosas que están cerca. A ocuparse de las cosas que no les importan, a discutir cosas que no entienden, a sentir amor y odio por cosas que no distinguen o que simplemente no existen; y andan por la calle boquiabiertos haciendo un derroche de palabrería: «¿Viste, che? ¿Qué te parece, che? ¿Quién tiene razón? ¿Quién querés vos que gane? ¿Hay novedad, che? ¿Qué pasará, che?», y se traban en reyertas inverosímiles. Y entretanto usté puede apoderarse de todas sus fortalezas, sus líneas de acero, sus cajas de fierro, sus comandos, sus casas, sus escuelas, sus cátedras, sus canonjías, sus púlpitos, sus comercios y sus premios literarios tranquilamente. Ni se dan cuenta los pobres atontados.

—¡Cosa bárbara! -dijo Sancho-. ¿Y cómo se fabrica eso?

—Señor, química orgánica pura. Primero alfabetismo y laicismo, después mucho sentimentalismo pasado, un poco de lujuria si es posible, y un extracto concentradísimo de elixir de diarios de la tarde con un poco de los de la mañana.

—Tiene un olor dulzón que a mí mismo me gusta -dijo Sancho que estaba oliendo el matraz despacito.

—¡Gran invento, Majestad! ¡Gran invento! El primer paso fue el hallazgo de la Mentira Periodística Lícita (o sea Libertad de Prensa) de la cual ya decía su antecesor Cide Hamete: «…Alfín, alfín, palabra de poeta, que mienten todos más que la Gaceta».

Después se encontró que se podían fabricar en serie, y se hizo la Máquina de Maquinar Mitos -o sea la Propaganda.

Ahora ya se destila en forma de gas, y uno al otro los infectados por la máquina se trasmiten el tufo y se convierten en productores autónomos de gases.

Con estos gases se han capturado infinitos fuertes, se han hundido infinitos buques y se han ganado infinitas batallas en la actual guerra.

—¡Magnífico! -dijo Sancho-. Y ahora, señor mío, hablando aquí inter dos, ¿usté qué opina en puridad de la civilación uropea, y quién cree usté que ganará la guerra?

Pero antes que pudiese contestar, sonó con rimbombante estruendo el gong de órdenes, marcando el tiempo de cerrar el debate y proceder al Decreto del día. Sacudió Sancho la cabezota, que ya con el gas se le estaba embolismando, y obediente siempre a la Constitución de la Ínsula, cortó su charla y dando el sacramental golpe con el garrote en el suelo, dictó el siguiente

Decreto

Considerando a la vista de las últimas novedades de Uropa que a Uropa la debemos de respetar, pero no en las idioteces que haga, no estando obligados nosotros a imitar sus locuras, porque la Locura es hija del Pecado, y el Sentido Común en vez es hijo de Dios, ordeno, juzgo y dispongo:

1-El presente viajante tiristaserá enviado de nuevo a Uropacon el cargo de Informador General de Inventos Útiles Para la Ínsula, con la cuarta parte de sus rentas para sustentarse, aplicándose el resto a la Sociedad de Beneficencia.

2-En caso de negarse a volver a «¡París! ¡Oh París! ¡Oh París! ¡Infinito amor!», ahora que hay batuque, se le confiscarán todos sus bienes para que aprenda a descastarse, a perder la insulanía y a venir aquí hablando en idioma uropeo.

3-La Bomba de Matar Mujeres solasse entregará a los técnicos insulanos, con el fin de reformarla para que mate solamente Mujeres Poetisas, Declamadoras, Cantadoras y Conferencistas de Radio, entregándose luego iso fastoa la Policía de la Capital, para su uso en caso de crecer demasiado la dicha plaga.

4-El Cuentito del Hombre Malose entregará al Consejo de Educación con el fin de asustar y asmedentrar—¡usté póngaló como sea, Escribano!— a los pibes desta Ínsula, empezando por los estudiantes universitarios, que con la política y la lectura de revistas ilustradas como El Tony, El Purrete, El Tibis, Atlántida, Figuritas, Caricatura Universal, Hijito Mío, Viva Cien Años, se están volviendo sobremanera descarados, se están avivando mucho y se están poniendo insoportables.

5-El Gas de Atontarla Gente se entregará al juez Jantus para su uso discreto en tiempo de elecciones en orden a simplificar y abaratar las campañas políticas, consiguiéndose de ese modo la tan deseada organización de los partidos políticos que piden los diarios La NaciónLa Prensa

Después de lo cual, leído de nuevo el Decreto y vueltos a poner en su lugar los gerundios aplicándose, entregándose y consiguiéndose que el Escribano había borrado, dio el feliz Gobernador la señal de los festejos, los cuales consistieron ese día principalmente en una lluvia de paracaidistas en retirada estratégica ante concentración de tropas en todas las fronteras, ordenada por la coordinación de los comandos aliados y desaliados.