PADRE JUAN CARLOS CERIANI: CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

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CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es de Tiberíades. Y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía sobre los enfermos. Subió, pues, Jesús, a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. Y estaba cerca la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Y habiendo alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Él una gran multitud, dijo a Felipe: “¿De dónde compraremos pan para que coma esta gente?” Esto decía por probarle: porque Él sabía lo que había de hacer. Felipe respondió: “Doscientos denarios de pan no les alcanzan para que cada uno tome un bocado”. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces: mas ¿qué es esto para tanta gente?” Pero Jesús dijo: “Haced sentar a esas gentes”. En aquel lugar había mucha hierba. Y se sentaron a comer, como en número de cinco mil hombres. Tomó Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban sentados: y asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: “Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan”. Y así recogieron y llenaron doce canastos de trozos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: “Este es verdaderamente el profeta que ha de venir al mundo”. Y Jesús, notando que habían de venir para arrebatarle y hacerle rey, huyó otra vez al monte Él sólo.

Continuamos con nuestro plan de Cuaresma. Estudiadas las diversas causalidades de la Pasión de Cristo, vamos a examinar ahora sus principales efectos. Como se ve, esta cuestión está íntimamente relacionada con la anterior.

Santo Tomás expone seis efectos de la pasión de Cristo. Los cinco primeros afectan a los redimidos, y el último al mismo Cristo. Son los siguientes:

– 1°. Liberación del pecado.

– 2°. Del poder del diablo.

– 3°. De la pena del pecado.

– 4°. Reconciliación con Dios.

– 5°. Apertura de las puertas del cielo.

– 6°. Exaltación del propio Cristo.

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1°. Liberación del pecado

Leemos en el Apocalipsis de San Juan, 1, 5: Nos amó y nos limpió de los pecados con su sangre. Como explica Santo Tomás, la Pasión de Cristo es la causa propia de la remisión de los pecados por tres capítulos:

a) Porque excita en nosotros la caridad para con Dios al contemplar el amor inmenso con que Cristo nos amó, pues quiso morir por nosotros precisamente cuando éramos aún enemigos suyos.

Y la caridad nos obtiene el perdón de los pecados, según leemos en San Lucas, 7, 47: Le son perdonados sus muchos pecados porque amó mucho.

b) Por vía de redención. Como ya hemos visto la semana pasada, siendo Él nuestra Cabeza, con la Pasión sufrida por caridad y obediencia nos libró, como miembros suyos, de los pecados, pagando el precio de nuestro rescate.

Porque, así como el cuerpo natural es uno, no obstante constar de diversidad de miembros, así toda la Iglesia, que es el Cuerpo Místico de Cristo, se considera como una sola persona con su divina Cabeza.

c) Por vía de eficiencia, en cuanto la carne de Cristo, en la que sufrió su Pasión, es instrumento de la divinidad; de donde proviene que los padecimientos y las acciones de Cristo producen por, la virtud divina, la expulsión del pecado.

A esta doctrina se oponen algunas dificultades, cuya solución la confirma todavía más.

Dificultad. Nadie puede limpiar de un pecado aún no cometido. Pero después de la Pasión de Cristo se siguen cometiendo muchísimos pecados. Luego parece claro que no nos ha liberado de todos los pecados.

Respuesta. Con su Pasión Cristo nos liberó causalmente de nuestros pecados, o sea, instituyendo la causa de nuestra liberación, en virtud de la cual pudieran ser perdonados los pecados en cualquier tiempo, pasado, presente o futuro, que sean cometidos; como si un médico preparara una medicina con la cual pudiera curarse cualquier enfermedad, aun en el futuro.

Dificultad. Puesta la causa suficiente, ninguna otra cosa se requiere para que se produzca un efecto. Mas para la remisión de los pecados se requieren otras cosas, tales como el Bautismo o la Penitencia. Luego parece que la Pasión de Cristo no es causa suficiente para la remisión de los pecados.

Respuesta. La Pasión de Cristo fue la causa universal de la remisión de los pecados de todo el mundo; pero su aplicación particular a cada pecador se hace por el Bautismo, la Penitencia y los otros Sacramentos, que tienen el poder de santificarnos en virtud de la Pasión de Cristo.

Dificultad. Leemos en los Proverbios: La caridad cubre todos los pecados. Y también: Por la misericordia y la fe se limpian los pecados. Ahora bien, hay otras muchas cosas —además de la Pasión de Cristo— que creemos por la fe y excitan nuestra caridad. Luego no es la Pasión la causa propia de la remisión de los pecados.

Respuesta. También por la fe se nos aplica la Pasión de Cristo para percibir sus frutos, como dice San Pablo a los Romanos: Dios ha puesto a Cristo como sacrificio propiciatorio mediante la fe en su sangre. Pero la fe por la que se limpian los pecados no es la fe informe, que puede coexistir con el pecado, sino la fe informada por la caridad, para que de esta suerte se nos aplique la Pasión de Cristo, no sólo en el entendimiento, sino también en el afecto. Y por esta vía se perdonan los pecados en virtud de la Pasión de Cristo.

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2°. Liberación del poder del diablo

Al acercarse su Pasión dijo el Señor a sus discípulos: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo, si fuese levantado de la tierra, todo lo atraeré a mí (San Juan, 12, 31-32). Escuchemos la hermosa exposición de Santo Tomás:

Acerca del poder que el diablo ejercía sobre los hombres antes de la pasión de Cristo hay que considerar tres cosas:

– a) Por parte del hombre, que con su pecado mereció ser entregado en poder del diablo, que con la tentación le había superado. Y en este sentido la Pasión de Cristo, causando la remisión de su pecado, liberó al hombre del poder del diablo.

– b) Por parte de Dios, a quien ofendió el hombre pecando, y que, en justicia, fue abandonado por Dios al poder del diablo. La Pasión de Cristo nos liberó de esta esclavitud reconciliándonos con Dios.

– c) Por parte del diablo, que con su perversísima voluntad impedía al hombre la consecución de su salud. Y en este sentido nos liberó Cristo del demonio triunfando de él con su Pasión. Como dice San Agustín: era justo que los deudores que el demonio retenía quedaran libres en virtud de la fe en Aquél a quien, sin ninguna deuda, había dado muerte maquinando contra Él.

Para completar la doctrina hay que añadir las siguientes observaciones:

1ª) El demonio no tenía, antes de la Pasión de Cristo, poder alguno para dañar a los hombres sin la permisión divina, como aparece claro en el libro de Job. Pero Dios se lo permitía con justicia en castigo de haberle prestado asentimiento a la tentación con que les incitó al pecado.

2ª) También ahora puede el diablo, permitiéndolo Dios, tentar a los hombres en el alma y vejarlos en el cuerpo; pero ellos tienen preparado el remedio en la Pasión de Cristo, con la cual se pueden defender de las impugnaciones del diablo para no ser arrastrados al abismo de la condenación eterna. Los que antes de la Pasión resistían al diablo, por la fe en esta futura Pasión podían también obtener la victoria sobre él; pero no podían evitar el descenso provisional a los infiernos (al Limbo de los justos), de lo que nos liberó Cristo con su Pasión.

3ª) Permite Dios al diablo engañar a los hombres en ciertas personas, lugares y tiempos, según las razones ocultas de los juicios divinos. Pero siempre tienen los hombres preparado por la Pasión de Cristo el remedio con que se defiendan de la maldad del diablo, aun en la época del anticristo. Si algunos descuidan valerse de este remedio, esto no dice nada contra la eficacia de la Pasión de Cristo.

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3°. Liberación de la pena del pecado

El profeta Isaías había anunciado de Jesucristo: Él fue, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores, con el fin de liberarnos de la pena de nuestros pecados.

Escribe Santo Tomás: De dos maneras fuimos liberados por la pasión de Cristo del reato de la pena:

– directamente, en cuanto que fue suficiente y sobreabundante satisfacción por los pecados del mundo entero; y, ofrecida la satisfacción, desaparece la pena;

– e indirectamente, en cuanto que la Pasión de Cristo es causa de la remisión del pecado, en el que se funda el reato de la pena.

Nótese lo siguiente:

1°) La Pasión de Cristo produce su efecto satisfactorio de la pena del pecado en aquellos a quienes se aplica por la fe, la caridad y los sacramentos. Por eso los condenados del infierno, que no se unen a la Pasión de Cristo por ninguno de esos capítulos, no perciben el fruto de esta.

2°) Para conseguir el efecto de la Pasión de Cristo es preciso que nos configuremos con Él. Esto se logra sacramentalmente por el Bautismo, según las palabras de San Pablo: Con Él hemos sido sepultados por el bautismo, para participar en su muerte. Por eso a los bautizados no se impone ninguna pena satisfactoria, pues por la satisfacción de Cristo quedan totalmente liberados.

Mas, porque Cristo murió una sola vez por nuestros pecados, por eso no puede el hombre configurarse segunda vez con la muerte de Cristo recibiendo de nuevo el Bautismo. Esta es la razón por la cual, los que después del Bautismo se hacen reos de nuevos pecados, necesitan configurarse con Cristo paciente mediante alguna penalidad o pasión que deben soportar. La cual, sin embargo, es mucho menor de lo que exigiría el pecado, por la cooperación de la satisfacción de Cristo.

3°) La Pasión de Cristo no nos liberó de la muerte corporal —que es pena del pecado—, porque es preciso que los miembros de Cristo se configuren con su divina Cabeza. Y así como Cristo tuvo primero la gracia en el alma junto con la pasibilidad del cuerpo, y por la pasión y muerte alcanzó la gloria de la inmortalidad, así también nosotros, que somos sus miembros, hemos de configurarnos primeramente con los padecimientos y la muerte de Cristo, a fin de alcanzar con Él la gloria de la resurrección.

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4°. Reconciliación con Dios

El apóstol San Pablo dice que fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (Rom. 5, 10).

Santo Tomás enseña al respecto: De dos maneras la Pasión de Cristo fue causa de nuestra reconciliación con Dios:

– destruyendo el pecado, que nos enemistaba con Él,

– y ofreciendo un sacrificio aceptísimo a Dios, con la inmolación de sí mismo.

Así como el hombre ofendido se aplaca fácilmente en atención a un obsequio grato que le hace el ofensor, así el padecimiento voluntario de Cristo fue un obsequio tan grato a Dios que, en atención a este bien que Dios halló en una naturaleza humana, se aplacó de todas las ofensas del género humano por lo que respecta a aquellos que se unen a Cristo paciente.

No importa que fueran también hombres los causantes de la Pasión de Cristo, cometiendo con ello un gravísimo pecado y excitando la indignación divina. Porque la caridad de Cristo paciente fue mucho mayor que la iniquidad de los que le dieron muerte.

De este modo, la Pasión de Cristo tuvo más poder para reconciliar con Dios a todo el género humano que la maldad de los judíos para provocar su ira.

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5°. Apertura de las puertas del cielo

San Pablo escribe en su epístola a los Hebreos: En virtud de la sangre de Cristo tenemos firme confianza de entrar en el santuario que Él nos abrió» (Hebr 10, 19), esto es, en el Cielo, cuyas puertas estaban cerradas por el pecado original y por los pecados personales de cada uno.

Ahora bien, en virtud de su Pasión, Jesucristo nos liberó, no sólo del pecado común a toda la naturaleza humana, sino también de nuestros pecados personales, con tal que nos incorporemos a Él por el Bautismo o la Penitencia.

Los patriarcas y los justos del Antiguo Testamento, viviendo santamente, habían merecido la entrada en el Cielo por la fe en la futura pasión de Cristo, por la cual cada uno se purificó del pecado en lo que tocaba a la propia persona.

Pero ni la fe ni la justicia de ninguno era suficiente para remover el obstáculo proveniente del reato de toda la naturaleza humana caída por el pecado de Adán.

Este obstáculo fue quitado únicamente por la Pasión de Cristo al precio de su sangre.

Por eso, antes de la Pasión de Cristo, nadie podía entrar en el Cielo y alcanzar la bienaventuranza eterna, que consiste en la plena fruición de Dios.

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6°. Exaltación del propio Cristo

En su Epístola a los Filipenses escribe el apóstol San Pablo hablando de Cristo: Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.

Escuchemos la bellísima explicación de Santo Tomás:

El mérito supone cierta igualdad de justicia entre lo que se hace y la recompensa que se recibe.

Ahora bien: cuando alguno, por su injusta voluntad, se atribuye más de lo que se le debe, es justo que se le quite algo de lo que le es debido. Y esto se llama «merecer», en cuanto que con ello se castiga su mala voluntad.

Pues de la misma manera, cuando alguno, por su voluntad justa, se quita lo que tenía derecho a poseer, merece que se le añada algo en recompensa de su justa voluntad; por eso dice San Lucas: El que se humilla será ensalzado.

Ahora bien: Cristo se humilló en su pasión por debajo de su dignidad en cuatro cosas:

– a) En soportar la pasión y la muerte, de las que no era deudor. Y por ello mereció su gloriosa resurrección.

– b) En el lugar, ya que su cuerpo fue depositado en el sepulcro y su alma descendió a los infiernos. Y por ello mereció su admirable ascensión a los Cielos, según las palabras de San Pablo a los Efesios: Bajó primero a las partes inferiores de la tierra. Pues el que descendió es el mismo que subió sobre todos los cielos para llenarlo todo.

– c) En la confusión y los oprobios que soportó. Y por ello mereció sentarse a la diestra del Padre y que se doble ante Él toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno.

– d) En haberse entregado a los poderes humanos en la persona de Pilato, y por ello recibió el poder de juzgar a los vivos y a los muertos.

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Hasta aquí hemos examinado los principales aspectos teológicos de la Pasión de Cristo, que terminó con su muerte. Dios mediante, el Domingo próximo vamos a considerar los principales problemas que plantea el hecho mismo de la muerte de Nuestro Señor, particularmente el deicidio.