PADRE JUAN CARLOS CERIANI: FIESTA DE SAN JOSÉ ESPOSO DE MARÍA VIRGEN

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FIESTA DE SAN JOSÉ

ESPOSO DE MARÍA VIRGEN

Estando desposada la Madre de Jesús, María, con José, sin que antes de que conviviesen, se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. Mas José, su esposo, siendo como era justo, y no queriendo infamarla, deliberó dejarla secretamente. Estando él con estos pensamientos, he aquí que un Ángel del Señor se le apareció en sueños, diciendo: José, hijo de David, no receles recibir a María tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su seno, obra es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.

San José estudia y conoce a Jesús

No podemos progresar en el amor de Dios, sino en proporción al conocimiento y amor que tengamos a Jesucristo, pues el Padre mide el amor que le tenemos por la medida del que nosotros tenemos por Jesús.

San Ambrosio nos asegura que trabaja inútilmente por conquistar la virtud el que olvida que no puede adquirirse si no es estudiando a Jesucristo.

Llegar a conocer a Jesucristo es la perfección más alta y la más eximia.

San José llegó a una perfección tan sublime, porque pasó la mayor parte de su vida ocupado en estudiar y conocer a Jesucristo. Su espíritu y su corazón estaban de continuo ocupados en esto. Sabía que el Salvador se había hecho Hombre para ser nuestro modelo, y se consideraba muy afortunado de tener constantemente ante sus ojos sus divinos ejemplos.

San José prestaba atención a todos los movimientos y a todas las palabras de Jesús, y las conservaba y las meditaba secretamente en su Corazón. El mismo interés tenía por cuanto María le decía de su divino Hijo, objeto habitual de sus conversaciones más íntimas; escuchaba con el mayor recogimiento cuanto decían de Él las personas inspiradas por el Espíritu Santo, como Isabel, los pastores, el anciano Simeón, la profetisa Ana, los Reyes magos y otras, y esculpía profundamente en su alma todo cuanto tenía relación con Jesús.

Para imitar a San José, nuestro principal empeño ha de ser el de estudiar y conocer a Jesucristo, no superficialmente y al vuelo, sino con toda la atención de que somos capaces con la gracia. Nunca meditaremos suficientemente sobre tan excelso argumento. Adentrándonos en él, descubriremos siempre algo nuevo, y cuanta más luz consigamos, encontraremos nuevos tesoros.

Pero no nos debemos contentar con estudiar a Cristo exteriormente. Aun cuando conociéramos todo lo que dijo e hizo en el curso de los años que pasó en la casa de Nazaret con María y con José, si no conocemos el espíritu que animó sus palabras, todos y cada uno de sus padecimientos y todas y cada una de sus acciones, no tendremos la ciencia de Jesucristo.

Pocos son los cristianos que saben lo que Jesucristo hizo por nosotros y lo que es por sí mismo: la mayor parte se contentan con lo que alcanzan a ver exteriormente en ese Hombre-Dios, sin preocuparse de estudiar a fondo su alma y el principio interior de sus maravillosas virtudes.

San José no se detenía en la parte exterior de este misterio: penetraba en lo más hondo del mismo, y pensaba que este Niño es el Unigénito de Dios, el Rey del Cielo y de la tierra, a quien se debe todo honor y toda gloria.

Y más aún, aplicándose este misterio de amor, se decía: Es por mí que Jesús quiso nacer así, para enseñarme a despreciar las riquezas; a estimar la pobreza, las penas y las humillaciones, que son su secuela; para iniciarme en la escuela del anonadamiento de mí mismo, en esa vida interior, de la que me ofrece desde su nacimiento tan perfecto modelo. ¿Qué semejanza hallo entre mis disposiciones actuales y las de este Niño; entre mis penas, mis pensamientos, mis afectos y los suyos? ¿Qué debo hacer para volverme semejante a Él?

Así estudiaba San José los misterios de la vida de Jesús, meditaba sus divinas palabras y sus menores acciones; y así también debemos hacer nosotros, si queremos ser almas verdaderamente interiores, aplicándolo a nosotros mismos y sintiendo en nosotros los sentimientos que tenía Jesucristo; revistiéndonos de Jesucristo; pensando y obrando como Él, con los mismos principios y por el mismo fin, para asemejarnos a Él en todo.

Si queremos penetrar como San José en aquel santuario augusto, entreguemos nuestro corazón a Jesús; y Él nos descubrirá todos sus secretos, nos comunicará el amor de que está inflamado, y con el amor nos dará todas las virtudes que forman su cortejo.

Si queremos ser interiores, debemos crecer cada día en el amor y el conocimiento de Jesucristo. Es un estudio consolador, que derrama una unción divina en nuestras almas, y le inspira insensiblemente un amor reverente hacia este amable Salvador, que cualquier cosa que aleje de nuestro espíritu el recuerdo de su adorable Persona, nos resultará insípida e importuna.

¡Qué felices seríamos si, como San José, supiéramos dejar de lado tantas curiosidades frívolas e inútiles, para, a su ejemplo, ocuparnos únicamente en estudiar a Jesús!

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Fidelidad de San José en imitar a Jesús

Es riguroso deber de todos los cristianos, si quieren salvarse, el conformar su vida a la de Jesucristo, e imitar los ejemplos que nos dio durante su vida mortal.

El Hijo de Dios se encarnó a fin de que, haciéndose semejante al hombre, nos fuera más fácil imitarle.

Si San José llegó a una santidad tan eminente, fue porque tuvo la gracia de ver más de cerca y escuchar más frecuentemente al Verbo hecho carne. Todo, en efecto, invitaba a San José a imitar a Jesucristo, especialmente el ejemplo de María, que estaba siempre atenta a copiar minuciosamente el interior de su Hijo divino, y a procurar la perfección en todo.

El amor de que estaba inflamado San José lo llevaba a hacerse semejante a Jesús. Los que nunca amaron ardientemente y no conocen la naturaleza del amor, no pueden comprender —dice San Agustín— la fuerza que el amor tiene para trasformar al que ama en el objeto amado, y darle las mismas inclinaciones, la misma voluntad y hasta los mismos pensamientos.

Del mismo modo, un alma piadosa no puede tener la certeza de poseer el amor de Jesucristo en su corazón, si no siente, como San José, el deseo ardiente de transformarse en Él, de adquirir su espíritu, de seguir sus máximas, de no estimar sino lo que Él estima, de despreciar todo lo que Él desprecia, de amar todo lo que Él ama, las cruces, las humillaciones; en una palabra, de conformarse enteramente a Él en todo, de dejar de ser lo que se es, para comenzar a ser lo que Él es.

San José tenía continuamente los ojos del espíritu sobre Jesucristo, para reproducir en sí mismo lo mejor que le era posible toda su imagen; para conformar los sentimientos, las facultades de su alma y todos sus actos a los sentimientos, a las facultades del alma y a las acciones de su divino modelo, de manera que sus ojos eran puros, sencillos y modestos como los de Jesús; sus oídos estaban cerrados a todas las conversaciones vanas, aduladoras o poco caritativas; su boca, como la de Jesús, no se abría sino para edificar al prójimo, consolar a los afligidos, instruir a los ignorantes; no usaba de sus manos sino para hacer el bien a todos, practicando las obras de justicia y de misericordia; en una palabra, todos sus padecimientos y todos sus actos eran regulados por la modestia y perfectamente sujetos al espíritu, como los de Jesús.

Para imitar a San José, debemos considerar atentamente cómo procedía Nuestro Señor en las varias circunstancias de la vida, a fin de conformar en todo nuestra conducta con la suya.

Pero no siempre depende de nosotros imitar los actos exteriores de la vida de Jesucristo. Dios no lo exige sino a un corto número de cristianos. Pero todos son llamados a imitar el espíritu de Jesucristo.

Sin cambiar en nada lo exterior en lo que respecta a las vanas condiciones, de nosotros depende ser humildes en la grandeza, y con San José estar contentos en la condición oscura en que Dios nos ha puesto, sin avergonzarnos por ello y sin desear grandezas. De nosotros depende renunciar con el afecto a los bienes, si es que los poseemos, y a no quejarnos de la pobreza, bendiciendo a Dios, que nos quiere hacer semejantes a Jesús, a María y a José.

Depende enteramente de nosotros mandar con dulzura y con humildad —como lo hizo San José, quien no olvidó jamás que la autoridad la había recibido de Dios—, u obedecer a los hombres con miras nobles y dignas de un cristiano.

Todos recibimos la gracia de conformarnos de esta manera a los sentimientos interiores de Jesús, para pensar y obrar cada uno en nuestro estado como Él mismo había pensado y obrado.

Que sea este nuestro empeño, nuestra oración y nuestro gusto: el tener siempre presente en nuestro espíritu el recuerdo de alguno de sus misterios, para excitarnos a imitarle y a amarle.

Cuanto más fieles seamos en imitar sus virtudes, más cerca estaremos de Él en la gloria, porque seremos más semejantes a su celeste y eterna belleza.