PABLO EUGENIO CHARBONNEAU: NOVIAZGO Y FELICIDAD

La armadura de Dios

NOVIOS HOY, PADRES MAÑANA

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Entre la serie de problemas que deben abordar unos novios no se puede omitir el que plantea ante ellos su futuro estado de padre y de madre. Novios hoy, serán mañana esposos, y, como tales, llegarán en breve plazo a ser padres. En efecto, el amor y él matrimonio desembocan en el hijo. Tienden a él como a su finalidad, y no encuentran su plena eclosión y su sentido completo hasta que han conocido esa madurez que es la fecundidad. Jacques Leclercq ha escrito admirablemente: «El árbol tiende al fruto, el hombre tiende a la obra; el hijo es el fruto y la obra del amar». Amor y matrimonio se encuentran, pues, en esta unidad de orientación que los centra sobre el hijo.

Ocurre, sin embargo, que la evolución psicológica suscitada por el amor en el corazón del joven y de la muchacha no desprende habitualmente esa luz hasta que nace el primer hijo. Se descubren entonces él y ella padre y madre, con todo lo que esto entraña de alegría profunda e indecible, y también con todas las inquietudes que implica. Podría decirse, con entera verdad, que no se piensa en ser padre y madre hasta el día en que se ha llegado a serla de hecho.

Antes, han pensado sobre todo en amarse. Todas las preocupaciones de los novios, ¿no se desarrollan a ese nivel? Se inquietan el uno por el otro, están atentos el uno al otro, alerta a todo cuanto pueda complacer al otro. Se vive entonces en un universo cerrado, podría decirse, un universo en donde todo gravita alrededor del novio y de la novia. Se piensa: tú y yo, y si por casualidad se dice nosotros, esta significa nosotros dos. Está uno tan absorbido por el amor, éste proyecta sobre el uno y el otro una luz tan cruda que el resto del mundo se esfuma y parece retroceder muy a lo lejos. Así es cómo durante los meses en que preparan las bases de su hogar, el joven y la muchacha se aíslan, en cierto modo, para entregar su corazón entero a la llamarada del amor.

De aquí se infiere que su vida futura se entrevé, casi siempre, can esa sola perspectiva. Novios, saben que van a ser futuros esposos, y cuando piensan en el mañana, lo hacen repitiéndose que serán marido y mujer, y anticipando en su espíritu el universo de delicadeza, de ternura, de amor que en él se contiene. Que llegarán a ser padres, muy pocos lo piensan; y a la mayoría les parece esto un fenómeno accesorio, una consecuencia secundaria de su amor. Todo esto ¡se halla además tan lejos! Lo que está cerca, lo que es inmediato, y por tanto lo que fascina, es el amor que va a tomar cuerpo en el matrimonio, del que se repite en todos los tonos, que será la puerta abierta a la felicidad.

Que tal fenómeno se produzca, es cosa que no debe sorprender. Que el entusiasmo del amor sumerja entonces el tiempo y falsee un tanto las perspectivas, esto no es ni anormal ni alarmante. A condición, sin embargo, de que se sepa no entregarse a este arrebato, y no se deje uno arrastrar tan lejos que se llegue a olvidar el tomar la medida de las responsabilidades futuras. Ciertamente, como dice Boris Pasternak: «El hombre ha nacido para vivir, no para prepararse a vivir». Pero aun conservando plena conciencia del presente y agotando la riqueza de éste, debe, sin embargo, entrever el porvenir y empezar a prepararla desde hoy. De otro modo, se precipita en el desastre. Y una pareja que quisiera limitarse a los placeres del noviazgo, conocería quizá un mañana muy decepcionante.

Tal como implica la voluntad providencial cuya expresión se señala a través de la voluntad providencial cuya expresión se señala a través de la naturaleza misma de la pareja, el amor invoca la fecundidad, y el hogar no adquiere su sentido definitivo más que en el momento en que la pareja se ha multiplicado, conforme al designio explícito del Creador. El dinamismo peculiar del amor establece, en efecto, la fecundidad de los esposos como ley fundamental; hasta el punto de que la unidad de la pareja tiene su razón de ser en ese hecho. Para consumarse perfectamente, para ocupar en la tierra el lugar que debe, el amor humano ha de orientarse claramente hacia el hijo. Pertenece a su esencia el no poder desarrollarse hasta estar ampliamente abierto, y no alcanzar los límites del infinito hasta haber encarnado en hijos nacidos de él.

Quien intenta captar el sentido del amor no puede llegar más que a esta conclusión, que toma entonces valor de principio. Toda pareja debe, pues, orientar su amor y su vida a la luz de ese principio, al cual es preciso conformarse, bajo pena de que el amor humano se disipe como una quimera y muera por haber perdido su razón de vivir.

Digamos, más simplemente, que es un principio que debe insertarse en plena vida amorosa, y que jóvenes y muchachas que se disponen a casarse deben recordar que su vida no tendrá nada de un dúo. En esta, los hechos confirman además este principio de una manera definitiva.

  1. No sólo esposos, sino padres

En este sentido creemos esencial que los novios vean la verdadera dimensión de su vida matrimonial. Sería falso imaginarse que siempre serán dos. Porque ¿cuánto tiempo estarán los jóvenes esposos solos en su pequeño universo doméstico? Muy poco. ¿Unos nueve meses?

¿Algunos años, todo lo más? El hijo vendrá pronto, por decisión o por «sorpresa» (lo cual es, sin duda alguna, claramente deplorable); y hasta su vejez, los novios que han llegado a ser padres compartirán su existencia con otros seres nacidos de su amor. La «soledad de dos» será muy pronto un recuerdo del pasado, y el nosotros de la realidad no será el equivalente del nosotros dos sino la expresión numerable de los miembros de la familia.

Ahora bien, puesto que ésa es la realidad que se dibuja en el horizonte de un amor de novios, ¿por qué no mostrarla a plena luz? Si unos novios se preparan para su vida de amor como si no fuesen más que dos a vivirla… equivocan el camino. Deben, desde la época de su preparación, comprender que, al convertirse en esposos de novios que eran, se convertirán al propio tiempo en padres. Marido y mujer, serán padre y madre. Y para encuadrarse en esta perspectiva, la única que es expresión de la realidad, deberán reflexionar juntos sobre tal cuestión. No pensar solamente: ésta será mi mujer, éste será mi marido; sino repetirse a menudo: ésta será la madre de mis hijos, éste será el padre de mis hijos.

La ventaja de semejante estado de espíritu consistirá en proporcionar a los novios el sentido agudo de las responsabilidades que implica su unión. Ciertamente, el amor mismo entraña ya una importante responsabilidad, puesto que el uno y el otro aceptan el consagrarse por entero a la realización de la felicidad temporal y eterna del cónyuge. Pero esta primera responsabilidad, por importante que sea, no por ello debe apartarse de esta otra responsabilidad, mayor aún, que suscita el nacimiento del hijo. Porque de allí en adelante, el hogar no estará constituido por dos adultos: un hombre y una mujer, que se han entregado el uno al otro; estará constituido por ellos dos y por ese primer hijo, así como por todos los otros, pequeños seres que se hallan en dependencia directa de aquellos de quienes han recibido la vida. Ante la existencia que no han solicitado pero que les han dado, ante la vida que no han elegido pero que les han impuesto, ante un universo del que han venido a formar parte sin que les hayan dejado la elección, esos hijos carecen de defensa. Lo esperan todo de los que han escogido libremente, amándose y uniéndose, traerles al mundo ¡Todo! ¡Lo cual no es decir poco! Porque además de su existencia humana, del comer y del dormir, además de su vida intelectual futura, hay igualmente la dependencia espiritual. La pareja que va a dar la vida a unos hijos debe ser consciente de este hecho, verdaderamente extraordinario: prepara unos elegidos o unos condenados, unos ciudadanos de la ciudad de Dios y del cielo, o unos hijos del Príncipe de las Tinieblas y del infierno. En este plano último se sitúa el problema. Y así como un individuo debe analizar su modo de existencia con respecto a este resultado absoluto, así como debe dirigirse por sus elecciones cotidianas a un lado o a otro, así los padres orientan a sus hijos depositando en ellos una semilla que crecerá a lo largo de los días, para revelarse pronto como salvación o como perdición.

¡Qué terrible carga! No sólo la de unas bocas que alimentar, de unos cuerpos que cuidar, sino aquella, cuánto más delicada, de varios seres, formados a imagen de Dios, a quienes está uno encargado de abrir el camino de la salvación. No se ingresa en el matrimonio como en una tienda de juguetes, para salir de allí con un lindo muñeco bajo el brazo, con un hijo-juguete inanimado. Se ingresa en el matrimonio sabiendo que va uno a dar la vida a unos pequeños seres que han de quedar en lo sucesivo prisioneros de esta vida, que les conducirá a la eternidad. A las puertas de ésta, llegarán ellos un día, llevados en cierto modo hacia la muerte por aquellos que les dieron la vida. Y entrarán en otra Vida, o en otra Muerte, según lo que puedan ofrecer en ese término de su existencia.

Cada pareja debe tener clara conciencia de este pensamiento temible: que va a forjar para el hijo los instrumentos que le servirán para avanzar por el camino de la vida hasta Dios. Cuando cojan en sus manos juveniles, cálidas aún de amor, a su primer hijo, deben mostrarse conscientes de su función sagrada que es el conducir a diario ese hijo hacia el Señor. ¡Si no se muestran conscientes de ese deber, faltarán a él y entonces cuál no será su tristeza! Habrán condenado su hijo al fracaso.

A esto se objetará que cada hijo, una vez adulto, hace su propia elección, sigue sus propias orientaciones y emplea su libertad para elegir entre Dios y el Diablo. ¡Sea! Pero no se recordará nunca lo suficiente la influencia de los dieciocho primeros años sobre la libertad del hombre. Ésta no es un absoluto, una planta que crece al margen de todo cultiva, apartada de toda raíz. Brota del ser humano como el manantial de la tierra, impulsada por fuerzas misteriosas. La libertad del adulto no es un fenómeno repentino; muy al contrario, hay en el hombre tal continuidad que la libertad del adulto se encuentra enriquecida o empobrecida según la riqueza o la pobreza espiritual de la infancia vivida anteriormente. Cada uno de nosotros, como cada uno de esos hombres que llegarán a ser los hijos de toda pareja, puede repetir por su propia cuenta: «Lo que quiero en cada momento, es lo que soy interiormente, lo que quiero ser, pensamientos, sentimientos, preferencias, aversiones, amores, ideales concebidos y adoptados; todo esto en donde se ha acumulado todo mi pasado, soy yo; evidentemente, de todo esto emanan mis decisiones libres, y cada una ha de estar en conformidad con todo esto…».

Ahora bien, ese yo que se forma gradualmente en el curso del tiempo realiza su eclosión desde la infancia. Cada uno, cuando viene al mundo, lleva en sí todo el potencial requerido para convertirse en un hombre realmente adulto, es decir un ser libre y orientado hacia el bien; en cuanto a saber si ese potencial se desarrollará… esta depende, ante todo, de sus padres. A este respecta la responsabilidad se hace infinitamente grande. Por eso hay que exigir de los novios que se preparen a aquélla y que no cometan el error de creer que su vida matrimonial se cerrará de nuevo sobre ellos. ¡Nada de eso! Novios, llegarán a ser marido y mujer; desde ese momento serán sembradores de hombres, es decir responsables de unos hijos a los que conducirán, o al menos prepararán, a la salvación o al fracaso eterno. Porque serán unos «creadores» de libertad y, según la frase de Camus, «al final de toda libertad hay una sentencia…».

  1. Prepararse para ser padre y madre

Ese ha de ser, por tanto, el pensamiento del joven y de la muchacha que se disponen a fundar un hogar. Tendrán que hacer suya la verdad terriblemente comprometedora que expresa de una manera metafórica este axioma que debería presidir toda educación: «El vaso conserva siempre el olor del primer vino que en él se vierte». Estar alerta a esta responsabilidad es, por tanto, primordial. Y prepararse a ella también. Porque es preciso decirse que no se está preparado a ser realmente padre o realmente madre, por el solo hecho de que sea uno capaz de procrear. Esta potencia, separada de su sentido humano, depende de las leyes biológicas solamente; para realizarse en su plenitud, debe comprometer al alma, y en este sentido hay que hablar aquí de preparación a la paternidad y a la maternidad. Una preparación para el matrimonio que no se efectúe con esta perspectiva, será incompleta y formada de ilusiones. De igual modo, y al mismo tiempo que deben prepararse a ser esposos, los novios deben prepararse a ser padre y madre. ¡Cuán legítima es, a este respecto, la enérgica protesta de Pío XII contra los que pretenden hacer de padre y madre improvisados, como si esta función no exigiera una preparación minuciosa! «Hoy día —decía él— veis una cosa extraordinaria… Mientras que a nadie se le ocurriría hacerse de pronto… sin aprendizaje ni preparación, obrero mecánico, ingeniero, médico o abogado, a diario jóvenes y muchachas, en crecido número, se casan y se unen sin haber pensado ni un solo instante en los arduos deberes que les esperan con la educación de sus hijos» (Alocución del 26 de octubre de 1941).

Nótese bien que se trata aquí menos de preparación técnica que de preparación propiamente humana y cristiana. En nuestros días, en que está de moda la psicología, es acaso conveniente subrayar que el secreto de la educación que se da en el hogar no depende ante todo y sobre todo de la aplicación de ciertas técnicas de psicología infantil. Esta puede ser de un precioso auxilio; permitirá evitar ciertos errores de orientación y suplirá ciertos olvidos, podrá incluso corregir eventuales desviaciones. Por consiguiente, se puede decir que será un coadyuvante útil. Pero sólo será eso. Y así como se dice, en derecho, que lo accesorio sigue a lo principal, habrá que decir en educación que los principios técnicos no encontrarán aplicaciones serias sino en las medidas en que se apoyen sobre un sentido humano y cristiano muy profundo de la paternidad y de la maternidad. Para unos novios, prepararse a ser padre y madre no significa informarse sino formarse.

Formarse en la conciencia de sus deberes, procurando descubrir todo lo que significan las palabras «padre» y «madre» cuando son pronunciadas, como el «sí» del matrimonio, ante Dios mismo. No pensar que se trata de una alegría invasora, que el nacimiento del hijo hará estallar a la manera de una primavera cuya llegada está llena de sol, de calor y de efluvios deliciosos. Paternidad y Maternidad no tienen nada de un juego agradable, y la felicidad innegable que los acompaña no es más que la contrapartida de una terrible exigencia de generosidad.

Sucede, en efecto, que paternidad y maternidad son ante todo, y hasta podría decirse que son exclusivamente, un don. Duhamel lo hacía notar con una llaneza cuya resonancia es singularmente significativa: «Porque tú eres padre —ha escrito—:

No abrirás ya nunca una puerta con prisa: puede haber un hombrecillo agazapado detrás.

Medirás todos tus gestos y contendrás muchos de tus arrebatos. Menos fogosidad y más fuerza.

Verás con menos frecuencia el cielo: tendrás que mirar constantemente a tus pies para no pisar a tus hombrecillos.

No cerrarás nunca los cajones de un rodillazo: las manitas se meten por todas partes. Harás todas las cosas despacio, con todo cuidado.

No dormirás jamás a pierna suelta; te sobresaltará el menor suspiro. No podrás oír un grito sin preguntarte, con el corazón palpitante, si no es el grito… el grito que temerás toda tu vida.

No encenderás nunca un fuego sin pensar que el fuego quema. No colocarás tu taza al borde de la mesa. Apagarás tus colillas con especial cuidado…

No dirás ya, con la soberbia seguridad de otro tiempo: “Tal día haré tal cosa”. Prenderás unos “quizá” en las alas de todos tus proyectos».

Paternidad y maternidad son, pues, una exigencia imperativa de generosidad. Ningún egoísta puede ser fiel a su vocación de padre. La llegada del primer hijo requerirá, por consiguiente, de los padres, el arte del don.

  1. Cultivar el arte del don

Al hablar del amor, se podía ya afirmar sin el menor titubeo que el amor vale tanto como la voluntad de sacrificio que lo anima. En esta también, hay que recordar que paternidad y maternidad deben unir a los jóvenes esposos en un profundo olvido de sí mismos. Cuando los hijos aparezcan en el hogar, desaparecerá la facilidad al mismo tiempo. Para una pareja sola, la vida, aunque roída a menudo por un irremediable hastío, es siempre fácil. Se dispone plenamente de su tiempo y se obra por lo general a su capricho, según las inclinaciones del momento. Para unos padres, por el contrario, el hijo fija un ritmo de vida que no depende ni de la fantasía, ni del capricho, sino de las solas necesidades de su ser frágil.

Cultivar, desde el período del noviazgo, el espíritu de renuncia, y aprender a salir de sí mismo para pensar en los otros, éste será el primer medio de prepararse a ser padre y madre. Sobre todo, en los primeros meses de matrimonio no ceder a la tentación de abatimiento. Sucede con frecuencia, en efecto, que esos primeros tiempos de vida común se presentan como el momento por excelencia para «gozar de la vida». Se disfruta de todas las libertades, es uno dueño de sí mismo, no está obligado a rendir cuentas a nadie; y eso se aprovecha para organizarse una «buena vida» y para divertirse de un modo desenfrenado. Pues bien, hay que gritar en seguida: ¡cuidado! Tanta más cuanto que se lleva a menudo el afán de independencia hasta retrasar, sin otro motivo que el egoísmo, el eventual nacimiento del primer hijo. No puede haber una actitud más triste, ni más peligrosa para el amor. Ciertamente, puede ocurrir, por excepción, que unas condiciones especiales vengan a legitimar una sana regulación de los nacimientos, desde esa época. Pero esto, repitámoslo, será excepcional, y se puede decir que, de una manera general, no habrá nunca tiempo más propicio para la llegada del hijo que ése. Hay jóvenes esposos que, impulsados por el solo afán de gozar egoístamente de esos primeros meses de libertad, rechazan el hijo, falseando así, desde el comienzo, toda la orientación de su amor y de su matrimonio. Sin contar con que, bajo el influjo de una crisis pasional más violenta, rara vez consiguen controlar los impulsos de su juvenil sexualidad y, por consiguiente, se hunden en la inmoralidad. Este es ya un malísimo punto de partida.

Luego, tarde o temprano, aparece el hijo. No ya un pequeño ser deseado, anhelado con ardor como la encarnación del «sí» intercambiado la mañana de la boda, sino un desagradable aguafiestas que surge de manera imprevista para impedir el placer que se cultivaba con tanto cuidado. Y se llora, se protesta y se trina contra el… azar que ha querido que pese a todas las precauciones mezquinas y a despecho de todas las prudencias condenables con que se rodeaban, el amor haya sido fecundo.

Ante semejante estado de cosas nacido del egoísmo, ¿quién no ve que el hijo apenas concebido, está ya al borde de una triste vida? Y la pareja… a la puerta de la desgracia. Porque cuando una pareja deja que triunfe en ella el egoísmo, cualquiera que sea su forma, debe esperar a que éste se vuelva contra el amor y provoque el fracaso conyugal.

Por eso importa que unos novios que van a contraer matrimonio entren en él bajo el signo de la generosidad más total, y que, en prenda de ésta, acojan al hijo como la prueba misma de la autenticidad de su amor. Al recibirle con alegría y amor, se despojan del egoísmo, para hacerse dignos de su maternidad y de su paternidad.

  1. Maternidad

¡Maternidad! ¡Paternidad! Dos palabras que resuenan en los oídos de los novios con un sonido extraño. ¡Parecen abrirse a un mundo tan misterioso y tan lejano! En efecto, qué extraña caso, cuando es uno todavía un jovencito y una muchachita, pensar que volverá a encontrarse pronto unido en un pequeño ser, procreado a imagen y semejanza de lo que uno mismo es.

Y, sin embargo, ésta es la realidad. La joven novia de hoy debe pensar que muy pronto será madre. Sin embargo, no debe sentir temor alguno. Ciertamente la maternidad es una carga aplastante; pero es preciso, ante ella, evitar los prejuicios corrientes que llevan a tantas futuras madres a temerla como un mal peligroso… e incluso como un atentado contra su ser.

Que existe en la maternidad una pesada parte de sufrimientos, habría que ser estúpidamente inconsciente y atrozmente inhumana para negarlo. A lo largo de los nueve meses de gestación y, sobre todo, en el momento del nacimiento propiamente dicho, el hijo se abrirá su camino con dolores en la carne viva y la sangre de su madre. Será, además, a causa precisamente de esta dolorosa identificación con ella, por lo que le conservará durante toda su vida, un amor que nada podrá desarraigar. Y también innegablemente, la llegada del hijo encadenará a la madre en una red de obligaciones que, por mínimas que sean a veces, no por ello serán menos acaparadoras. Cautiva de sus hijos, no puede negarse que la maternidad, es, en cierta medida, una esclavitud.

Pero, al margen de todo esto, la mujer recordará que es en su maternidad donde encontrará su más completa consumación y que llegará a ser ella misma conforme a todo su ser y según sus dimensiones más profundas. ¡Es un misterio singular el de la maternidad! Un misterio que hace de la mujer el ser más semejante a Dios. Porque nada como la procreación de un hijo permite a un ser compartir la omnipotencia del Creador. Y puede creerse, con toda verosimilitud, que ninguna condición humana acerca más un ser a Dios que la maternidad. Es rigurosamente cierto decir que ésta es una gracia, es decir un don divino, hasta el punto de que la joven que llega a ser mamá se convierte en depositaria del Señor, en aquella a la que Él confía su obra. Por eso debe ella mostrarse, ante todo, llena de confianza, de alegría y de gratitud. No quiere esto decir en modo alguno que no conozca ni inquietudes, ni angustia, ni dolor; pero en el momento en que la inquietud y la angustia hagan su aparición, en el momento también en que el dolor se imponga con mayor agudeza, la joven mamá se acordará de elevarse hasta Dios para rehacer en el su arsenal de paciencia, de confianza y de amor. La mujer, en su maternidad, es un ser privilegiado, un ser configurado a semejanza de Dios de una manera extraordinaria. Se une al Padre en la obra de creación; se une al Hijo en la obra de sufrimiento comprando la vida al precio de su dolor; se une al Espíritu Santo en el amor con que su amor se dilata, porque en ella toma cuerpo realmente esta verdad: no hay mayor prueba de amor que dar su vida…

Sin embargo, la maternidad no puede ser entrevista más que en virtud de esos dos fenómenos iniciales que son el embarazo y el alumbramiento. ¡Más aún! Se podría incluso decir que la verdadera maternidad se realiza después del nacimiento, cuando la mujer «despierta» el alma del hijo, engendrándole a la vida espiritual. Hay que observar aquí, que esta manera de hablar no tiene nada de idealista y que corresponde a la más estricta realidad. Serán necesarios nueve meses para crear un cuerpo al hijo, y serán precisos veinte años y más para crearle un alma y hacer de él un hombre. Este largo tiempo de gestación espiritual, deberá vivirlo la madre con plena conciencia, atenta, ante todo, a estar presente. El hijo va a avanzar en la vida un poco como un barco en busca del puerto, a través de la espesa bruma de una noche tempestuosa. La madre será el vigía de ese barco; será ella la que le guíe, intuyendo los escollos y los obstáculos de todo género, indicando los peligros, manejando con discreción y delicadeza los mandos tan sensibles de su alma juvenil. El trabajo de orientación que, desde muy pronto, habrá de practicar la joven madre, es de una importancia decisiva para la vida del hombre futuro. Por eso ella deberá obligarse a dedicar a esa tarea todos los recursos de su intuición y a preocuparse, ante todo, de captar el ritmo evolutivo de su hijo. ¿Será necesario añadir que, con esta perspectiva, el papel de madre debe aparecérsele a la novia como un papel de una importancia primordial, que supone en quien lo desempeña una seriedad muy profunda y un grandísimo dominio de sí?

Dulzura y comprensión son unos atributos de la maternidad que no deben presentarse al final de la vida. Desde el despertar del hijo a la existencia, éste debe encontrar a su lado una madre dulce y comprensiva. No una mujer ligera, irresponsable, iracunda e irreflexivamente violenta. Sobre esta cuestión, la novia que es todavía joven y que está dotada a menudo de una sensibilidad demasiado viva, deberá aprender rápidamente a conservar un perfecto dominio de sí misma. Porque tendrá que desplegar junto a su primera cuna una ternura tranquila. En efecto, sin la calma, la ternura corre el riesgo de desaparecer en el torbellino de los arrebatos, de los gritos, de los nervios mal contenidos. Y al mismo tiempo el hijo corre el peligro de verse cargado de todas esas frustraciones infantiles, tan henchidas de consecuencias, emanadas del miedo y de la inseguridad iniciales. Equilibrar la sensibilidad, para conseguir conservar la calma en cualquier situación, sin dejarse nunca arrastrar por el menor acontecimiento o por el primer contratiempo: éste trabajo se impone con urgencia a la futura madre.

A esta calma indispensable hay que saber añadir el buen humor, a fin de ser una «madre con la sonrisa». No es raro encontrar novias cuyo humor varía de la manera más imprevisible. Por cualquier cosa pierden su sonrisa y dejan que las penas moren en ellas. De este modo, abrumarán a sus hijos con el peso de sus propios disgustos. Ahora bien, los disgustos de un adulto son un veneno para el hijo, y la madre está obligada a saber conservar su sonrisa, a fin de que la alegría del hijo no se vea pronto ensombrecida por las contrariedades que puedan entristecer a la madre.

En toda vida hay pruebas que soportar y las pruebas engendran habitualmente la tristeza. El alma sensible de la mujer no siempre consigue precaverse de ésta, y ocurre a menudo que la atmósfera del hogar corre el riesgo de hacerse gravosa con su pena. Sea cual fuere el origen de ésta, no hay que dejarla interponerse ante la luz que alumbra a los hijos; por eso, la mujer debe aprender a dominar sus penas a fin de que a su alrededor los hijos solo sientan alegría. Ésta no es un bien por añadidura, sino que figura entre las cosas indispensables. Si se ha podido decir del hombre que la alegría érale «muy útil y muy necesaria», ¡con cuánta mayor razón deberá considerarla indispensable para el hijo! Crear en torno a los más pequeños un ambiente alegre, a fin de que la serenidad ilumine su alma alerta y que puedan ellos descubrir el universo en la belleza y el gozo: es ésta una de las tareas imperativas de la madre joven. Por esto la novia debe prepararse para esas virtudes, aprendiendo a dominar sus estados de ánimo. Ciertamente, sería ilusorio pretender sustraerse a la tristeza; una persona sensible no puede llegar a ser invulnerable. Pero hay que saber no dejarse envenenar por la aflicción cuando ésta surge. Y si se hace demasiado acuciante, hay que saber sofocar la tristeza en el silencio, conforme al preciado consejo de Étienne de Greef: «Cuando está uno triste, debe saber callarse a todo precio».

Irradiar la alegría, crearla alrededor de sí mismo, tal es, por tanto, uno de los primeros deberes de la madre. Que no se crea, sobre todo, que esto es incompatible con las exigencias de energía que conviene ahora subrayar. Jacques Leclercq recuerda a este respecto que «es entre los que llevan una vida dura donde encuentra uno la alegría». Viviendo ella misma de una manera enérgica, la madre conocerá la alegría que es el patrimonio de los que saben no abandonarse; de este modo se dispondrá a legar a sus hijos la doble riqueza: la energía y la alegría, que son los medios más seguros de practicar el arte de vivir.

La alegría ante la vida proviene siempre de la energía de alma. Decir, por consiguiente, que hay que crear en el hogar un clima de alegría, es decir al mismo tiempo que el hogar debe ser una escuela de fuerza. Esto es tanto más urgente cuanto que la herida mortal que gangrena toda nuestra civilización es precisamente la abulia, es decir la impotencia de la voluntad. La juventud moderna (los observadores más sagaces y más objetivos lo dicen con tristeza) fenece por hallarse en tal estado de pasividad que no puede Lograr dominar sea lo que fuere. Lanzar un hijo a la vida sin prepararle en este sentido, sin darle armas en cierto modo contra la inercia y la apatía, sería destinarle de antemano a la infelicidad. Por eso será preciso, desde el primer instante, enseñarle a tener voluntad. Esta educación la hará ante todo la madre, quien, por su presencia constante junto al hijo durante los años iniciales, está en situación de desempeñar esta tarea. Por lo tanto, toda madre joven debe saber que es a ella a quien corresponde en gran parte modelar al hombre en el niño. Así pues, la novia deberá prepararse a ser «madre con energía» aprendiendo a ser ella misma enérgica. Y ya no tendrá después más que transmitir a su hijo ese capital tan preciado.

Al niñito, la madre le inculcará la tendencia al esfuerzo, porque así aprenderá a ser un hombre, con toda la fuerza del término, es decir, un ser capaz de volición, apto para asentir o para negar, según convenga. Entonces o nunca, el hijo aprenderá a ser libre y a ser capaz de realizar su elección. La primera profesora de vida y de libertad será, pues, la madre. Del niñito nacido de su carne hará ella un verdadero hombre, o un ser débil cuya cobardía será su sola y constante actitud. A este respecto, hay que recordar el consejo tan preciado de Alexis Carrel: «El período de la primera infancia es, naturalmente, el más rico. Debe ser utilizado de todas las formas imaginables en la educación. La pérdida de esos momentos es irreparable. En vez de dejar baldíos los primeros años de la vida, hay que cultivarlos con el cuidado más minucioso». Será, sobre todo, la madre quien se aplicará a explotar ese preciado período.

Esto supone que, al llegar a la maternidad por su matrimonio, la novia se ha orientado por sí misma hacia una vida de energía que le permitirá llevar a sus futuros hijos por ese camino. Porque desarrollará su alma según la riqueza que lleve en ella. Hay que comprender la grandísima responsabilidad que incumbe a la joven madre en ese sentido. Lo mismo que con sus cuidados cotidianos llenos de solicitud, ella contribuirá a desarrollar el cuerpo de su hijo y a darle vigor y salud, de igual modo con su vigilancia circunspecta, su celo hábil y su ejemplo comunicativo, desarrollará en él la fuerza interior, haciéndole llegar a ese crecimiento que conduce al estado de hombre verdadero y de cristiano perfecto. El papel que ella desarrollará en él fuerza interior, haciéndole llegar de los primeros años, es inapreciable.

Finalmente, la madre hará de guía en la primera educación religiosa. Por ella tendrá el niño acceso a Dios y aprenderá a amarle, a temerle, a servirle o a olvidarle. El comportamiento futuro, la cualidad de la conciencia del adulto, dependen en gran medida de esa fuente. Entiéndase bien que no se trata de defender aquí una falsa educación religiosa llena de fingidos sentimentalismos o de mitos imaginarios; no se trata tampoco de crear una serie de leyes domésticas, unas más coaccionantes que otras, preparando en el niño el horror a la verdadera moralidad. Se trata de conducir el hijo al amor de Dios y a una libre aceptación de las exigencias de Cristo. En suma, se trata de fomentar en él el apego a Dios. Porque, según la frase feliz de san Francisco de Sales, la formación del hombre en el niño, sobre todo en materia religiosa, debe realizarse por dentro: «Por mi parte no he podido nunca aprobar el método de los que, para reformar al hombre, comienzan por el exterior… Quien ha ganado el corazón del hombre ha ganado al hombre entero» (Introducción a la vida devota, p. III, cap. XXIII). Ganar el corazón del hijo para Dios, tal será, pues, el objetivo esencial que perseguirá la joven madre.

Esto presupone en ella cierta cualidad espiritual que no debe dejar de adquirir, porque no dará sino de su abundancia. No es, por tanto, indiferente que la joven novia viva o no en armonía con Dios, es decir en estado de equilibrio espiritual. El camino inicial que siga el hijo en la vida dependerá en una gran parte, de la vitalidad espiritual de su madre.

Al definir de la manera que acabamos de hacerlo, el papel de la madre, ¿hemos acaso exagerado la parte que le corresponde? ¿No es atribuirle una responsabilidad demasiado amplia? En modo alguno. Y sería minimizar lamentablemente la función específica de la madre el no extenderla a todo ese ámbito de la formación interior. No será la única pero sí será la primera en despertar el alma de su hijo. Si descuida el prepararse para cumplir esa función, hará mal y nadie podrá nunca suplir esa debilidad inicial. Es preciso, por tanto, insistir para que la mujer se dé clara cuenta de su responsabilidad total y sepa que es indispensable, no solo para sostener la vida del cuerpo, sino indispensable también (y más aún quizá) para desarrollar la vida del alma. En sus celebérrimas Reflexiones sobre la dirección de la vida, Carrel no temía informar que es indispensable… que las mujeres tengan conciencia de su papel verdadero en la sociedad: «Las naciones modernas —ha escrito— no se detendrán en el camino de la extinción más que gracias a un despertar de la inteligencia y de la conciencia femenina. En manos de las muchachas de hoy se halla el destino de las democracias».

Tanto vale un país como las muchachas que lo pueblan, porque tanto como valgan esas futuras mamás tanto valdrán sus hijos. Cuando son ya las prometidas y por consiguiente están en vísperas de ser madres, hay que recordar esas equivalencias.

  1. Paternidad

En la vida matrimonial, no se puede, sin embargo, asignar a la madre toda la responsabilidad. Si la muchacha debe prepararse para la maternidad como para una función maravillosa y difícil, el joven, por su lado, debe prepararse para la paternidad como para su tarea esencial. Porque, así como biológicamente no podría haber maternidad más que por la paternidad, de igual modo al nivel de la educación, ésta no podría ser completa y equilibrada más que en la medida en que el padre la haya compartido, ya que se ha sentido consciente de la primacía de su responsabilidad.

El error más frecuente y también uno de los más graves que cometen los jóvenes, es entrar en el matrimonio sin haber comprendido lo que es la paternidad. No es uno padre porque de resultas de la unión carnal, la esposa ha quedado fecundada. Éste no es más que un primer momento de la paternidad; el tiempo más fácil, además. La verdadera paternidad comienza más bien a partir del momento en que el joven, por un acto consciente y libre, acepta todas las consecuencias de su acción procreadora. Entre ellas, la primera en la lista será la solicitud. La solicitud con la joven madre, especialmente en la época del embarazo. Este, en efecto, no debe ser el fardo solamente de la esposa abandonada a ella misma. Semejante actitud, muy frecuente, sin embargo, aunque esté basada en la inconsciencia, es de un cinismo indignante. En el terreno de la paternidad, resulta precisamente que la inconsciencia es siempre culpable y vituperable. Cuando se ha aceptado hacer madre a su mujer, se han asumido, al propio tiempo, todas las cargas de padre; la irresponsabilidad posterior no es nunca disculpable. Ahora bien, las cargas de la paternidad no comienzan a los quince años del hijo; empiezan a partir del embarazo, cuando el marido está obligado a crear en torno de su joven esposa, cargada con un hijo todavía desconocido, un ambiente feliz, hecho de atenciones y delicadeza. Que el hijo se desarrolle y nazca en el amor, depende del padre que, durante eses meses difíciles, sabrá o no hacer feliz a su esposa, colmándola de una ternura constante, y haciendo también sensible para ella el amor de que la rodea. Nadie podrá nunca medir las consecuencias de tal actitud sobre la constitución del hijo. Por haber sido el padre atento y amante, el hijo recibirá la vida de la madre, comulgando, por su carne misma y por su sangre, en su felicidad. Ahora bien, nacer en un clima de felicidad ¿no es ya el comienzo de la misma?

Si se fija uno en la hipótesis contraria, si se dedica a considerar lo que será el período prenatal de un hijo, viviendo dentro del vientre de una esposa desgraciada, abandonada, se siente una pena inmensa. Porque con la vida de la madre, recibirá su amargura, su despecho, su acritud, su rebeldía. Cosas todas de las que no se puede, con gran frecuencia, culpar a la mujer. Porque si a ésta le corresponde mantener la alegría, según hemos dicho antes, es evidente que no podría hacerlo sola. El marido debe ayudarla a mantenerse en un estado de alegría, sobre todo en esos períodos tan difíciles del embarazo. A este respecto, el hombre debe renunciar a sus prejuicios y comprender todo cuanto esta nueva maternidad implica de sacrificios, renuncias constantes, abnegación personal. Se dice que si los períodos de gravidez se alternasen entre marido y mujer no habría más de tres hijos por familia: uno de la madre, otro del padre, el tercero de la madre… y jamás un cuarto hijo. Esa ironía esconde una verdad. El hombre deberá rodear a su esposa de mucha atención y cariño, por lo menos en ese período, en que ella lo necesita más. Su paternidad debe iniciarse ya desde ese instante y debe impulsarle a rodear con la más atenta caridad a aquella que él ha convertido en madre. De este modo, tendrá ella la alegría de sentir su carga compartida con él y de saberse amada. El amor y el hijo ganarán con ello.

El hijo debe ser amado desde ese momento, si queremos que viva tranquilo y que no venga al mundo como algo indeseable. Sobre nuestra época pesa una terrible responsabilidad porque «consideramos el embarazo como una calamidad». Si ésta es la situación ¿no será debido al hecho de que los maridos, renunciando a la paternidad y dejando a las madres todo cuanto la situación tiene de oneroso, les hacen perder el deseo de ser madres? La acusación es grave.

Un marido mezquino no sabe ser padre desde el comienzo. Un hombre debe tener suficiente sentido de responsabilidad, de justicia, para con su mujer, de sus obligaciones para con el hijo a fin de crear un clima de amor durante los meses de gravidez. Ésta será la primera exigencia de su paternidad. Cumpliéndola, dará a su futuro hijo una madre feliz, y con ello henchirá de felicidad su entrada en el mundo. Es éste un deber que todo hombre, si es consciente de lo que tiene que ser, se esfuerza en cumplir sin faltar nunca a él.

De igual modo el padre deberá obligarse a acompañar a su mujer a lo largo de esas horas tan dolorosas del parto. El consuelo de su presencia afectuosa, su íntima comunión en este dolor tan profundo que le es imposible comprenderlo del todo, ayudará a su mujer a querer al hijo y a amar… al padre de su hijo, lo cual no es desdeñable.

Tal será el papel principal del padre, durante los primeros años, mientras que las cargas recaerán en especial sobre la madre; él deberá cuidar de que impere en el hogar un clima de amor. Porque fuera de esa atmósfera, el hijo no podrá crecer con equilibrio. Necesita para vivir, como lo ha necesitado para nacer, el cariño de sus padres. Podría decirse con mayor exactitud que no existe hogar para él más que cuando el padre ama a la madre, y lo manifiesta. Este amor, percibido por el hijo y que aflora constantemente en los acontecimientos de la vida cotidiana, será como el sol cuyo calor es indispensable para el crecimiento de la planta. Sería faltar gravemente a su primer deber de paternidad no procurar ese clima.

Después, muy pronto, cuando en el niño se despierte el espíritu y la conciencia aporte su luz, será necesaria la presencia del padre. No una presencia simplemente material, indiferente. Todo lo contrario, una presencia atenta en seguir el despertar del alma y en provocarlo. ¿El más grave reproche que pueda hacerse a un padre no es acaso el de negligencia y ausencia? Porque ¿que preocupación debería predominar en su vida sino la de permitir a sus hijos que consigan su talla de hombre y su pleno desarrollo de cristiano? Todas las otras preocupaciones, que son perfectamente legítimas cuando se las relega a su rango que es el secundario, se vuelven desordenadas y censurables cuando pasan al primer plano y llevan al esposo a olvidarse de ser padre, ante todo. Desde la época del noviazgo, el joven debe, pues, jerarquizar las obligaciones que le ocupan y pensar que, para él, nada, absolutamente nada, deberá distraerle de sus tareas de padre, cuando Dios le haya llamado a dar la vida.

El padre es insustituible. Por eso debe estar presente. Presente desde los primeros años a fin de ganar la sinceridad de su hijo y su amistad, de tal modo que, llegado el momento de las borrascas de la adolescencia, pueda seguir ayudándole y guiándole; no con reglamentos discutibles y terminantes, sino con la influencia efusiva de un cariño bien merecido. Porque el padre debe merecer el cariño y la confianza de sus hijos. Kuckhoff lo ha escrito de una manera que merece ser recordada: «El jefe de familia exige el respeto de su hijo. Este respeto le es otorgado por así decirlo según una compensación y un orden. No puede exigir el cariño si él no lo ha dado mucho antes. No puede haber acuerdo íntimo entre padre e hijo más que si el padre ha sabido sacrificarse por su hijo. Sólo entonces puede esperar de él gratitud y cariño, cosas que no pueden ser exigidas».

Ahora bien, dar cariño y merecer así la confianza, no puede realizarse si el padre es un desconocido. Por eso conviene insistir para que el padre sea realmente padre, y que desde muy pronto se encargue de la educación de su hija. Traspasar ésta a la madre sería una decisión que comprometería el porvenir del hijo. No porque la mujer sea incompetente, sino porque resulta insuficiente. Puede muy bien asumir una gran parte de la educación, pero llega un momento en que ésta se le escapa. Es preciso entonces la presencia del hombre, el tacto del padre, familiar ya del alma de su hijo, y que, en el momento requerido, sabrá dar el impulso necesario, por ejemplo, en ese período crucial en que el hijo pasa de la infancia a la adolescencia.

¿Quién mejor que él podría ayudar al hijo a forjarse un alma de calidad superior y a esperar un equilibrio sólido basado sobre el sentido moral y el criterio recto? El papel de estas últimas actividades es predominante. Carrel ha dicho de ellas que «pueden casi bastarse a sí mismas. Dan a quien las posee la aptitud para la felicidad. Parecen fortalecer todas las otras actividades, incluyendo las actividades orgánicas. Son ellas hacia las que debe orientarse ante todo el desarrollo en la educación —insiste él— porque aseguran el equilibrio del individuo». Ahora bien, nadie mejor que el padre podrá desarrollar en el alma del hijo las unas y las otras de esas actividades. Enseñar a su hijo a juzgar las cosas y los hombres, le enseñará también a adaptarse al Bien y a marchar virilmente en dirección de Dios; ésta será la indispensable función del padre. Su mayor culpa ante Dios será haberse sustraído a ella, así como su mayor mérita será haberla cumplido.

Se trata, en suma, para el padre, de ser un maestro de vida. Ahora bien, un maestro de vida no es tarea fácil. Hay que prepararse para ello seriamente, aprendiendo uno mismo a vivir. Por eso el joven que, siendo novio, sabe que está a punto de asumir esta responsabilidad considerable que es la paternidad, debe comprender que se acabaron las bromas, las ligerezas, las «locuras juveniles». Aprender a vivir, es afinar y consolidar su criterio, a fin de poderse orientar con arreglo a las exigencias más absolutas de la verdad. El padre debe ser, ante todo, el hombre de la verdad. El que no miente y el que no se contradice. Ni en sus palabras, ni en sus actos. No hay para el hijo mayor decepción que aquella con la que choca cuando, al irse haciendo hombre, descubre que su padre no es más que una mitad de hombre, un ser esclavizado por todas las trampas, por todos los compromisos, por todos los equívocos. Y ocurre entonces, mientras no llega la evasión desesperada de la adolescencia, el derrumbamiento del mundo de la confianza y el repliegue sobre sí.

Sólo el padre podrá prevenir ese desastre si ha sabido imponerse la disciplina rigurosa que supone una verdadera paternidad. Preparar a sus hijos un padre del que nunca se avergüencen, cualquiera que sea su rango social, porque le habrán conocido siempre como un hombre recto y de una calidad moral superior, he aquí la tarea magnífica a la cual todo joven debe aplicarse. La paternidad es ante todo una exigencia con respecto a sí mismo. Al principio, es incluso y sobre todo, eso. Luego, poco a poco, exigirá del padre que se aplique a conocer mejor a los suyos, a comprenderlos mejor, a interpretarlos mejor en el curso de su evolución, desde la infancia hacia la juventud. Sin embargo, siempre quedará esta exigencia fundamental que delimitará además la influencia del padre: deberá ser reconocido como un hombre de calidad.

Con esta perspectiva deben los jóvenes avanzar hacia el matrimonio, pensando en prepararse para las obligaciones que deberán cumplir. Cultivando en sí, desde la época del noviazgo, todas las virtudes que forjan un hombre, es como se prepara uno a ser padre. No hay otro camino. No se da más que lo que se tiene, y se da siempre de lo que uno es. Sólo el padre que es un hombre y un cristiano dará a sus hijos el poder llegar a ser hombres y cristianos; el que no es sino un cobarde, un mediocre, y un tibio, hará a sus hijos cobardes, mediocres y tibios, condenados a ser vomitados por la boca de Dios y rechazados por los hombres.

Pensando en su futuro hogar, que todo novio recuerde esta observación de un gran conocedor de hombres contemporáneo: «Los hijos modernos constituyen para el grupo familiar una carga realmente insoportable. Su dureza, su grosería, su ingratitud con respecto a sus padres son la consecuencia inevitable del egoísmo, de la ignorancia y de la debilidad de estos últimos».

Así como el escultor talla la piedra y crea con ella una obra maestra o un esperpento, así el padre tallará sus hijos de su mismo ser personal, para su salvación y su gloria, o para su condenación y su desdicha.

  1. Mandatarios de Dios

Penetrándose bien de estas verdades, los novios de hoy podrán prepararse a ser los padres de mañana. Además, para saber con exactitud la medida de sus obligaciones y para acoger todas sus responsabilidades sin minimizarlas, habrán de recordar que no serán sino los mandatarios de Dios, sus delegados, en cierto modo, con respecto a los hijos que tengan. No deben pensar que los hijos serán «sus cosas», de pertenencia propia, y que podrán disponer de ellos a su antojo. Mucho antes de ser los hijos de tal o cual pareja, los hijos son hijos de Dios. Por eso, la responsabilidad del padre y de la madre es tan abrumadora: ante Dios tendrán que rendir cuentas de sus hijos, no ante los hombres. Para la mujer ser fiel a su maternidad y para el hombre ser fiel a su paternidad, es en suma ser fieles a Dios. La conciencia de esta verdad aportará a los jóvenes esposos el verdadero sentido de su vida.

Por otra parte, saber que sus hijos están a la disposición de Dios les preservará de un afecto exagerado y enfermizo. Serán semejantes a ese padre de familia de quien contaba Péguy:

Por el contrario, él no quiere ser más que el inquilino de sus hijos.

No conserva ya de ellos más que el usufructo.

Y es el buen Dios quien posee la nuda (y la plena) propiedad de esos hijos.

Y si, por casualidad, Dios les pide alguno, ya sea para llevarle a la Eternidad o bien para consagrarle a su servicio, sabrán reconocer su derecho absoluto, y ver que tal es el orden de las cosas.

Conscientes por lo demás, de que son con respecto a sus hijos los representantes de Dios, se esforzarán en vivir de una manera que responda a esa carga, para que a causa de ellos, los hijos, al hacerse más tarde hombres, no rechacen jamás a Dios.

He aquí cómo unos novios lúcidos y serios comprenderán que es su deber desde hoy, vivir conforme a Dios, a fin de poder responder adecuadamente a las exigencias que se les presentarán por causa de su futura maternidad o paternidad. El amor humano conduce hasta ahí cuando se desea amar verdadera y totalmente.