PADRE JUAN CARLOS CERIANI: DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

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DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Siguiendo con nuestro plan cuaresmal vamos a examinar hoy quiénes fueron los autores de la Pasión de Cristo. Como veremos, fueron cuatro desde distintos puntos de vista: el mismo Jesucristo, su Padre celestial, los judíos y los gentiles.

1º) Jesucristo sufrió su Pasión y su muerte porque quiso voluntariamente sufrirlas.

Según enseña Santo Tomás, un sujeto puede ser causa de algún efecto de dos modos:

Primero, actuando directamente sobre el efecto. Y, en este sentido, los perseguidores de Cristo le mataron, porque le aplicaron la causa suficiente para morir, con intención de matarle, y con el efecto consiguiente, esto es, porque de aquella causa se siguió la muerte.

Segundo, actuando indirectamente, es decir, porque no lo impide, pudiendo hacerlo. Y en este sentido Jesucristo fue causa de su pasión y muerte, porque pudo impedirlas.

En primer lugar, conteniendo a sus enemigos, de modo que o no quisiesen o no pudiesen matarle.

En segundo lugar, porque su espíritu, unido al Verbo de Dios en unidad de persona, tenía poder para conservar la naturaleza de su cuerpo, de suerte que no recibiera ningún daño.

Por consiguiente, al no rechazar el alma de Cristo ningún daño inferido a su cuerpo, sino queriendo que su naturaleza corporal sucumbiese a tal daño, se dice que entregó su espíritu o que murió voluntariamente.

La muerte de Cristo fue, pues, violenta y voluntaria. Violenta, por parte de los judíos que le mataron; voluntaria, por parte de Él, que la aceptó porque quiso.

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2º) Jesucristo murió por obediencia al mandato de su Padre celestial.

Fue sumamente conveniente que Cristo padeciese por obediencia.

Primero, porque esto convenía a la justificación de los hombres, a fin de que, como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así por la obediencia de un hombre muchos sean constituidos justos, como se dice en Romanos 5, 19.

Segundo, porque la obediencia se antepone a todos los sacrificios, según I Samuel 15, 22: Mejor es la obediencia que las víctimas. Y por eso fue conveniente que el sacrificio de la pasión y muerte de Cristo brotase de la obediencia.

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3º) Dios Padre decretó la Pasión de Cristo para salvarnos a nosotros y le entregó de hecho a sus enemigos.

Lo dice expresamente San Pablo en su Epístola a los Romanos, 8, 32: El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?

Dios Padre entregó a Cristo a la Pasión de tres modos:

Primero, en cuanto que, por su eterna voluntad, dispuso de antemano la Pasión de Cristo para liberación del género humano.

Segundo, en cuanto que le inspiró la voluntad de padecer por nosotros, infundiéndole la caridad.

Tercero, no poniéndole a cubierto de la Pasión, sino exponiéndole a los perseguidores. Por eso, como se lee en San Mateo 27, 46, Cristo, colgado de la cruz, decía: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, porque efectivamente lo abandonó en poder de sus perseguidores, como dice San Agustín.

Veamos las dificultades y respuestas del Doctor Angélico:

1ª: Parece inicuo y cruel que un inocente sea entregado a la pasión y a la muerte.

Respuesta: Es impío y cruel entregar un hombre inocente a la pasión y a la muerte contra su voluntad. Pero Dios Padre no entregó a Cristo de ese modo, sino inspirándole la voluntad de padecer por nosotros. En lo cual se manifiesta no sólo la severidad de Dios, que no quiso perdonar el pecado sin castigo; sino también su bondad, porque, no pudiendo el hombre satisfacer suficientemente mediante cualquier pena que sufriese, le dio uno que satisficiese por él.

2ª: No parece posible que uno sea entregado a la muerte por sí mismo y por otro.

Respuesta: Cristo, en cuanto Dios, se entregó a sí mismo a la muerte con la misma voluntad y acción con que le entregó el Padre. Pero, en cuanto hombre, se entregó a sí mismo con la voluntad inspirada por el Padre. Por lo cual no existe contradicción cuando se dice que el Padre entregó a Cristo y que éste se entregó a sí mismo.

Por lo tanto, en cuanto a la manera de compaginar el mandato del Padre con la libertad de Jesucristo, hay que tener en cuenta que, juntamente con el mandato, el Padre le dio a su Hijo la libre voluntad de padecer y morir.

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4°) Jesucristo-hombre gozó de perfecto libre albedrío, incluso bajo el precepto de morir en la Cruz que le impuso su Padre celestial.

La mayor dificultad que se puede presentar contra la libertad omnímoda de Jesucristo es el precepto de morir que recibió de su Padre celestial.

En efecto, si Cristo recibió del Padre, no una mera sugerencia para que decidiera libremente el propio Cristo, sino un verdadero y estricto precepto de morir en la Cruz, parece que hay que concluir que, al menos con relación a ese precepto del Padre, Jesucristo no fue libre, ya que de ninguna manera podía oponerse a él o quebrantarlo, en virtud de su obediencia perfectísima y de su absoluta impecabilidad.

Y si Jesucristo no fue libre al morir en la Cruz, su muerte no pudo ser meritoria ni satisfactoria, porque el mérito y la satisfacción suponen necesariamente la libertad; y si no fue meritoria ni satisfactoria, es claro que no pudo Cristo realizar la redención del mundo por vía de mérito y de satisfacción. Ahora bien, es de fe que Cristo realizó la redención del mundo por vía de mérito y de satisfacción.

¿Cómo se compagina todo esto?

Diversas teorías se han elaborado para solucionar este conflicto. Santo Tomás y gran número de teólogos de todas las escuelas sostienen que hubo verdadero y riguroso precepto de morir en la cruz; pero este precepto no comprometió en nada la libertad de Jesucristo, como no la compromete ningún otro precepto de la ley divina o natural.

Esto se prueba por las siguientes razones:

a)Hay un texto clarísimo en el que Jesucristo mismo proclama haber recibido del Padre el mandato de morir y, a la vez, la plena libertad con que dio voluntariamente su vida:

Por esto el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, soy yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla. Tal es el mandato que del Padre he recibido (San Juan, 10, 17-18).

Por lo tanto: El Padre le dio un verdadero mandato, y, esto no obstante, Cristo da su vida porque quiere. Y que el mandato del Padre se refiere precisamente a la muerte de cruz y no a otra, nos lo dice expresamente San Pablo escribiendo bajo la inspiración divina: Se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre (Filipenses 2, 8-9).

b)El mérito y la satisfacción requieren, como condición indispensable, la libertad del que merece o satisface. Pero es de fe que Jesucristo realizó la redención del mundo por vía de mérito y de satisfacción, como definió el concilio de Trento. Luego, bajo el mandato del Padre, Jesucristo permaneció completamente libre y dio su vida porque quiso.

c)Porque el Padre dio a Cristo la libre voluntad de padecer y morir.

Aunque la obediencia importa necesidad respecto a lo mandado, importa también voluntad respecto del cumplimiento de lo mandado. Tal fue la obediencia de Cristo. La pasión y muerte, consideradas en sí, eran contrarias a su voluntad natural; pero Cristo quiso cumplir con ello la voluntad de Dios, según aquello del Salmo 39: Quise, Dios mío, hacer tu voluntad. Por eso dijo también: Si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.

Además, Cristo, en cuanto Dios, se entregó a sí mismo a la muerte con la misma voluntad y acción con que le entregó su Padre celestial. Y en cuanto hombre, se entregó a sí mismo con la voluntad inspirada por el Padre. De manera que no hay contradicción alguna en decir que el Padre entregó a Cristo y que Cristo se entregó a sí mismo.

Con estas explicaciones se salvan perfectamente estas dos cosas al parecer antagónicas y contradictorias: la existencia de un verdadero y estricto precepto de morir en la cruz y la perfecta libertad de Jesucristo aceptándolo con plena y absoluta voluntariedad.

La acción divina es de tan soberana profundidad y eficacia que mueve necesariamente a las causas segundas necesarias, y mueve libremente a las causas segundas libres, o sea, causando en ellas la misma libertad de su acción.

La libertad como causa primera, absolutamente autónoma e independiente, es propia y exclusiva de Dios, sin que pueda comunicarla a las criaturas, que son, forzosa y necesariamente, seres creados, o sea, seres por participación en su ser y en su obrar.

Dios es siempre, a través de su divina moción, la causa primera de todo el bien que realizan sus criaturas. Por eso dice San Pablo que es el mismo Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar según su beneplácito (Phil. 2, 13).

Luego la libertad humana, que es en sí misma una perfección y un bien, tiene que ser causada en nosotros forzosamente por Dios como causa primera, siendo metafísicamente absurda y contradictoria una libertad creada enteramente independiente y autónoma de la moción divina.

En resumen: el Padre causó en la voluntad humana de Jesucristo la misma libertad con que éste la aceptó; o, como dice hermosamente Santo Tomás, le dio la libre voluntad de padecer y morir.

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5º) Fue muy conveniente que Cristo padeciera de parte de los judíos y de los gentiles.

Lo anunció el mismo Cristo al acercarse con sus discípulos por última vez a Jerusalén: «Subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, que le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten y le crucifiquen, pero al tercer día resucitará» (San Mateo 20, 18-19).

Santo Tomás da la razón de esto: En la misma forma de la pasión de Cristo estuvo prefigurado su efecto. La pasión de Cristo ejerció primeramente su efecto salvador en los judíos, muchísimos de los cuales fueron bautizados en la muerte de Cristo. Pero después, mediante la predicación de los judíos, el efecto de la pasión de Cristo llegó a los gentiles. Y por tal motivo, fue conveniente que Cristo comenzase a padecer por parte de los judíos, y después, al entregarle los judíos, se concluyese su pasión a manos de los gentiles.

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6º) Los que crucificaron a Cristo procedieron con cierta ignorancia; pero no les excusa de su crimen, por ser una ignorancia culpable.

Que procedieron con cierta ignorancia, lo dice expresamente la Sagrada Escritura en varios lugares: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (San Lucas 23, 34); Ya sé que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestros príncipes (Actas 3, 17); Si hubieran conocido la sabiduría de Dios, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria (I Corintios 2, 8).

Sin embargo, esta ignorancia no excusa a los culpables de su crimen, pues era una ignorancia afectada. Leamos el razonamiento de Santo Tomás:

Entre los judíos existía el senado y la plebe. El senado, llamado entre ellos los príncipes, conoció, lo mismo que lo conocieron los demonios, que Él era el Mesías prometido en la Ley, pues veían en él todas las señales futuras que anunciaron los profetas. Sin embargo, ignoraban el misterio de su divinidad, y por este motivo dijo el Apóstol: Si lo hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria (I Corintios 2, 8).

No obstante, debe tenerse en cuenta que la ignorancia de estos príncipes no les eximía del crimen, porque, en cierto modo, era una ignorancia afectada. Veían, efectivamente, las señales evidentes de su divinidad; pero, por odio y envidia de Cristo, las tergiversaban, y rehusaban dar fe a sus palabras, con las que declaraba que era el Hijo de Dios. Por lo cual Él mismo dice de ellos en San Juan 15, 22: Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado.

La ignorancia afectada no excusa de pecado, sino que más bien parece agravarle, porque demuestra que el hombre es tan vehementemente sensible al pecado que quiere caer en la ignorancia para no evitar el pecado. Y por esto pecaron los judíos, por ser los que crucificaron no sólo a Cristo hombre, sino a Dios.

La plebe, es decir, las multitudes, que no habían conocido los misterios de la Escritura, no se dieron cuenta plenamente de que Él era el Mesías ni el Hijo de Dios, aunque algunos de ellos creyeron en Él. Pero la multitud no creyó. Y si alguna vez abrigaron la duda de que fuese el Mesías por la abundancia de los milagros y la eficacia de su doctrina, como consta por San Juan 7, 31-41, luego, sin embargo, fueron engañados por sus príncipes para que no creyesen que Él era el Hijo de Dios ni el Mesías. Por lo que también San Pedro les dijo: Sé que habéis hecho esto por ignorancia, como también vuestros príncipes (Actas 3, 17), es a saber, porque habían sido engañados por éstos.

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7º) El pecado de los que crucificaron a Cristo fue objetivamente el más horrendo que se ha cometido jamás; pero en la masa del pueblo estuvo disminuido por su ignorancia.

Así lo enseña Santo Tomás:

Los príncipes de los judíos conocieron a Cristo; y si existió en ellos alguna ignorancia, fue la ignorancia afectada que no podía excusarles. Y, por este motivo, su pecado fue gravísimo, lo mismo por el género del pecado que por la malicia de la voluntad.

Las clases inferiores de los judíos pecaron gravísimamente en cuanto al género del pecado; pero su pecado quedaba aminorado por la ignorancia.

Mucho más excusable fue el pecado de los gentiles por cuyas manos fue crucificado Cristo, porque no tenían la ciencia de la ley.

Las respuestas a dos dificultades cierran el tema:

2ª: el Señor dijo a Pilato (San Juan 19, 11): El que me ha entregado a ti tiene mayor pecado. Pero Pilato hizo crucificar a Cristo por medio de sus ministros. Luego parece haber sido mayor el pecado de Judas el traidor que el de quienes crucificaron a Cristo.

Respuesta: Cristo no fue entregado por Judas a Pilato, sino a los príncipes de los sacerdotes, quienes le entregaron a Pilato, según el pasaje de San Juan 18, 35: Tu pueblo y tus pontífices te han entregado a mí. El pecado de todos éstos fue mayor que el de Pilato, que condenó a muerte a Cristo por temor del César. Y también que el pecado de los soldados, los cuales crucificaron a Cristo por mandato del gobernador; no por codicia, como Judas, ni por envidia y odio, como los príncipes y sacerdotes.

3ª: Según Aristóteles, nadie, queriendo, padece injusticia, y como él mismo añade, cuando nadie padece injusticia, nadie hace injusticia. Luego nadie hace injusticia a quien quiere padecerla. Ahora bien, Cristo padeció voluntariamente. Por consiguiente, los que crucificaron a Cristo no cometieron injusticia contra Él. Y de esta manera, su pecado no fue gravísimo.

Respuesta: Cristo quiso su pasión, como también la quiso Dios; pero no quiso la acción inicua de los judíos. Y, por este motivo, no quedan excusados de la injusticia los que mataron a Cristo.

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El Evangelio de este Segundo Domingo de Cuaresma nos conduce al monte Tabor para presenciar allí la Transfiguración del Señor.

La noche de la Cuaresma, de la peregrinación terrena, de la mortificación, de las humillaciones, de la cruz, de las luchas y sacrificios, nos conduce hasta la cima del Tabor, hasta la gloria de la Transfiguración.

Del mismo modo que Jesús resplandece hoy en la gloria de su Transfiguración y aparece como transfigurado entre nosotros, de esa misma manera, si somos fieles a la gracia, participaremos y conviviremos eternamente nosotros la vida de su Transfiguración.