BEATO PEDRO DE ZUÑIGA

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

BEATO PEDRO DE ZUÑIGA MISIONERO Y MARTIR DEL JAPÓN (1580 – 1622)

Sin título 1

PEDRO de Zúñiga fue natural de la ciudad de Sevilla, donde nació por los años de 1580. Su señor padre, don Alvaro Manrique de Zúñiga, marqués de Villamanrique, tan ilustre por sus prendas naturales como por su nobleza, llegó a ser sexto virrey de Méjico. Sería Pedro como de cinco o seis años de edad, cuando el rey don Felipe II encargó al marqués de Villamanrique el gobierno de Méjico. No le pareció bien al virrey llevar consigo a América a un muchacho de aquella edad, y así lo dejó en España al cuidado de sus allegados los duques de Medina Sidonia, los cuales le educaron con mucho esmero y solicitud. De la primera edad de este futuro mártir se tienen poquísimos pormenores, sabiéndose solamente que, terminados los estudios, el devoto joven dio de mano a todas las esperanzas, por cierto muy lisonjeras, que le brindaba el siglo y a las riquezas todas de la familia, y profesó en el convento de Ermitaños de San Agustín de Sevilla, ligándose a esta sagrada Orden con votos perpetuos el día 24 de octubre del año 1604.

Terminó con feliz éxito los estudios de Teología y en el mismo convento de Sevilla fue ordenado de sacerdote. Allí tuvo Oportunidad de conocer y tratar al padre Diego Guebara, misionero agustino del Japón y luego obispo de Nueva Cáceres, en Filipinas, el cual, venido a España en busca de otros misioneros, había hallado ya algunos religiosos de la Orden, que estaban dispuestos a seguirle. Pedro sintió en su corazón grandes anhelos de imitarlos, y más cuando oyó al padre Guebara contar el martirio de algunos misioneros. No pudiendo contener en su corazón tales deseos, los manifestó a sus superiores, quienes le dieron licencia para ir al Japón. Hubiera querido guardar secreta esta determinación hasta la hora de la partida, pero la noticia se divulgó muy presto, siendo causa de que le salieran al paso toda suerte de dificultades. Tanto su familia como sus amigos y deudos instáronle vivamente a que renunciara al viaje, y aun buscaron trazas y dieron pasos para que no lo llevara a cabo. Mas todo fue en vano, porque sólo consiguieron que resplandeciese con luz meridiana la firmeza del misionero y el deseo ardiente que sentía de dar su vida, si preciso fuera, por la salvación de los infieles.

SE EMBARCA PARA EL JAPÓN

PARTIÓ, pues, para esa misión, siguiendo el camino que solían los españoles en aquel tiempo, los cuales, en vez de doblar el África por el cabo de Buena Esperanza, iban a desembarcar en las costas de México  y atravesaban aquel reino para ir a embarcarse otra vez en aguas del Pacífico. Detuviéronse una temporada en Méjico, del que ya no era virrey el marqués de Villamanrique, pues había muerto. Tras larga aunque feliz travesía del Pacífico, llegaron a Manila los misioneros Agustinos el día 4 de junio de 1610. Eran diecisiete y fueron recibidos con grandes demostraciones de júbilo por los demás religiosos de la Orden. Fueron los padres Agustinos los primeros misioneros del archipiélago filipino, y cuando llegó el padre Zúñiga eran ya muchos los que residían en aquellas islas. Quisieron luego los nuevos apóstoles proseguir el viaje hasta el Japón, blanco de sus deseos, pero hallaron resistencia por parte de los naturales, que vigilaban cuidadosamente los fuertes para impedir la entrada de los misioneros, particularmente españoles, por lo que el padre Pedro de Zúñiga se quedó en Filipinas. Enviáronle sus superiores a la provincia de Pampanga, confiándole las cristiandades de Porac y Sesmoán. Allí trabajó por espacio de ocho años con admirable celo y aprovechamiento de la misión, y en el año de 1618 fue enviado al Japón, entrando disfrazado de comerciante y arrostrando muchos y grandes peligros; llevaba por compañero al padre Bartolomè Gutierrez.

Pero no tardó en llegar a oídos del gobernador de Nagasaki la noticia de la entrada de los dos misioneros, e inmediatamente ordenó que fueran detenidos y traídos a su presencia. El mismo emperador, no bien hubo sabido que acababan de llegar nuevos misioneros, envió a Nagasaki un comisario especial, llamado Gonrocú, con orden de que activase la persecución, prohibiese a los cristianos celebrar juntas y guardar medallas o rosarios, y fulminase pena de muerte y confiscación de bienes contra quienes admitiesen o tuvieren oculto en su casa algún misionero. Fácilmente se echa de ver con cuántas dificultades tropezaban los Padres para ejercer su sagrado ministerio estando así las cosas. El Beato Pedro pudo, con todo, vivir oculto en casa de unos cristianos japoneses, mudando de cuando en cuando de domicilio y de disfraz para burlar el cuidado de sus perseguidores, y dispensando a los fieles los Santos Sacramentos en medio de privaciones y fatigas sin cuento. En el mes de diciembre de dicho año de 1618, el apóstata Feyzo denunció a dos misioneros, los cuales fueron detenidos junto con los naturales que los tenían ocultos en su casa. El padre Zúñiga fue también descubierto; pero, al enterarse el comisario de que pertenecía a muy noble familia, quiso salvarle la vida y, habiéndole avisado secretamente que iba a ser detenido, le dio facilidades para embarcarse y regresar a Filipinas. Mucho sentimiento tuvieron los cristinos de Nagasaki con su partida y, pasado algún tiempo, le escribieron muy afligidos refiriéndole los trabajos que padecían y suplicándole que volviese al Japón para animarlos con su presencia. También escribieron al padre provincial, que residía en Manila, prometiéndole nada menos que el cuerpo del beato misionero mártir Fernando de San José, si les enviaba al padre Zúñiga, y al mismo tiempo le señalaban el puerto al que sería más fácil abordar. Promesas e instancias fueron éstas que determinaron al padre provincial a dar licencia a Pedro de Zúñiga para volver al Japón. Embarcóse el día 13 de junio de 1620, junto con el dominico padre Luis Flores, en una nave mercante japonesa, cuyo capitán, Joaquín Firayama o Díaz, era ferviente cristiano.

APRESADOS POR LOS PIRATAS

LA travesía fue un continuo pelear contra toda suerte de peligros y dificultades. Tempestades violentísimas los pusieron más de una vez en inminente riesgo de naufragar; vientos contrarios empujaron la nave hacia las costas de Cochinchina, con lo cual, al cabo de veinte días de navegación, se hallaban tan lejos del Japón como a la salida de Filipinas. El agua y los víveres que llevaban estaban ya casi agotados, de manera que varios días sólo comieron lo necesario para no morir de hambre. Felizmente, estando en tales aprietos, abordaron al puerto de Macao, donde se abastecieron de alimentos, y el día 22 de julio a la isla de Formosa, proveyéndose de agua y leña. Acababan de dejar esta isla y navegaban a velas llenas con rumbo al Japón, cuando su navío fue asaltado y apresado por unos corsarios protestantes ingleses que, junto con algunos calvinistas holandeses, pirateaban en aquellos mares. Estos herejes habían sido los causantes de que el Japón decretara la persecución contra los cristianos. Para asegurarse ellos el monopolio comercial con el imperio japonés y por odio al catolicismo, acusaron a los misioneros de ser agentes secretos del rey de España y los encargados de tramar la conquista del Japón por los españoles. Tan detestable y soez calumnia bastó para que se desencadenase la tempestad de odio del gobierno japonés contra los padres misioneros. No tuvieron ninguna cuenta los piratas con que el navío era japonés y navegaba con patente del mismo emperador, y así pillaron cuanto llevaba a bordo, repartiendo luego el botín con los holandeses. Seguros estaban los dos misioneros de que los discípulos de Enrique VIII y de Calvino los tratarían sin compasión, y en cuanto supieron que los piratas se acercaban, corrieron a esconderse en el fondo del navío, bajo un montón de pieles nauseabundas.  Allí aguantaron un día entero sin tomar bocado, pero al fin fueron descubiertos por un marino pagano.

Alegráronse sobremanera los corsarios con aquella presa, pues confiaban captarse la gracia del gobierno japonés denunciando a los dos padres; con todo, no tenían seguridad de que fuesen religiosos misioneros, y así, antes de delatarlos, los maltrataron cuanto pudieron para obligarles a declarar su condición. Trasladaron los presos a la factoría holandesa de Firando y encerraron a los dos misioneros católicos en estrecho y lóbrego calabozo. Como era de esperar, el gobierno japonés mostró gran descontento al saber que los corsarios habían apresado un navío nacional, pero los holandeses se justificaron de aquel atropello, diciendo que no habían hecho más que ejecutar las órdenes del emperador, ya que éstas prohibían traer al Japón misioneros católicos. No quiso el emperador creer sin más ni más que aquellos dos presos eran realmente dos sacerdotes católicos y exigió pruebas de ello. No pudo llegar a más con esa noticia el recrudecimiento de crueldad de los piratas contra los dos padres. Trece días los dejaron abandonados y casi desnudos en aquel infecto calabozo, con sólo un puñado de arroz cocido por comida y sin que les fuera posible salir de allí un momento. Un día les colgaron en los pies unos morteros llenos de pólvora, amenazándolos con pegarles fuego si no declaraban que eran religiosos. Otro día atáronles a un barco por los pies manos y cuello, y poco a poco hiciéronles tragar tal cantidad de agua que el padre Zúñiga enfermó gravemente. El padre Gutiérrez, que por entonces era provincial de la misión, se entendió con algunos cristianos japoneses y europeos y pitobó todos los medios de sacar a los dos cautivos de tan estrechas prisiones, mas no logró su intento, y lo único que consiguió fue que les diesen ropa y los aposentaran en otro calabozo, en el que había una ventanilla por donde entraban unos pocos rayos de luz. Dos japoneses, dependientes de una factoría holandesa, se apiadaron de los misioneros y les llevaron ropa y alimentos, y aun las cartas y noticias; pero, no bien lo supieron los protestantes, acusáronlos al gobernador de ser cristianos y fueron degollados.

EN UNA ISLA DESIERTA

ESCRIBIÓ por entonces el padre Zúñiga al provincial de Manila; diciéndole entre otras cosas; —Hemos llevado esta gente a muchos tribunales, donde hemos sido preguntados sobre muchas cosas, y nosotros respondido lo que Nuestro Señor nos ha dictado; nos han puesto a cuestión de tormentos, mandándonos desnudar… Llevados a la villa, nos pasearon por las calles (y parecíamos unos dominguillos con los vestidos, por no habernos dejado que nos pusiéramos sino algunas ropas viejas que nos dieron por amor de Dios), con guardias y soldados. Y, llegados que fuimos al juzgado, estuvimos de pie, aguardando a los pesquisidores y personas que el Rey de Firando enviaba para preguntamos, y a muchos del pueblo que se hallaron presentes… y amenazándonos que nos darían luego tormento de agua; dijimos que podían proceder a su gusto, que dispuestos estábamos a padecer los tormentos… Estamos aguardando la sentencia muy contentos, aunque en ásperas prisiones, entendiendo que lo que fuere, será la voluntad de Dios; y si me cortasen la cabeza o quemasen vivo por su santo Nombre, dichoso yo mil veces; pues claro está que quien permite que se me dé tal castigo por ser yo quien soy, me dará fuerzas y fortaleza para los trabajos. Yo lo ofrezco todo por su amor, pues la preciosa obediencia así lo quiso; y en todo se cumpla — como espero— su santa voluntad. A mis amados Hermanos pido oraciones, y a todos perdón de mis faltas y mal ejemplo; que como malo no habré cumplido la Regla y Constituciones como debía; y a mi Dios su santo amor y gracia.  De esta prisión y octubre 10 de 1620.

Pasados quince meses, el padre Zúñiga fue reconocido por dos paganos que le habían visto decir misa en el Japón y en Manila. Aconsejáronle entonces los demás misioneros detenidos en Nagasaki que se declarase, juzgando ya inútil el empeño de ocultar lo que era, y así lo hizo el Beato Pedro con no poco asombro de los japoneses, quienes se admiraban de ver que el misionero se declaraba de por sí, manifestando un secreto que ningún tormento le había podido arrancar. Con suma alegría de su corazón vistió el padre Zúñiga su hábito religioso y partió de Nagasaki, siendo relegado a una isla desierta llamada Ikinoxima. Allí vivió nueve meses recluido en una cabaña expuesta a la intemperie, comiendo escasamente lo suficiente para no morirse de hambre y padeciendo muchísimo en el invierno.

QUINCE CRISTIANOS CONDENADOS A MUERTE

EN el mes de agosto siguiente, volvió a Nagasaki para comparecer ante un tribunal, junto con el padre Flores, el capitán Joaquín y todos los marinos de su nave. El juez Gonrocú, no insistió para lograr que los dos misioneros renunciasen a la fe, porque bien sabía que sería en balde; pero sí multiplicó promesas y amenazas para hacer apostatar a Joaquín y a los marinos. Vanos fueron sus esfuerzos, pues todos ellos declararon que estaban dispuesto a morir por Dios. Los dos misioneros y Joaquín fueron condenados a ser quemados vivos, y los doce marinos a ser degollados. Joaquín dijo entonces al juez: — Todos estos hombres son inocentes, pues no han tenido ninguna parte en este negocio. Ni sabían que hubiese misioneros en mi nave. Sólo a mí manifestaron, los padres que eran sacerdotes y lo hicieron en castellano, idioma que no entienden los marinos; de modo que yo solo soy responsable y vuestra ley no puede castigarlos. Oída esta declaración, dijo el magistrado a los marinos que de buena gana consentiría con dejarles en libertad si renunciaban a la religión cristiana, pero cuál no fue su estupor al oír que todos ellos a una voz gritaron que querían ser cristianos aun a costa de su vida. Fuera de sí, los llenó de injurias tratándolos de locos e insolentes y confirmó la primera sentencia. La ejecución debía verificarse sobre una colina situada a corta distancia del mar. Una muchedumbre inmensa, compuesta de más de cien mil personas, acudió al lugar del martirio, unos a pie, otros por mar, amontonados en centenares de barcas. Los cristianos allí presentes eran muy numerosos. Los mártires podían apenas adelantar en medio de tanta gente y, para abrir paso, los soldados repartían bastonazos a diestro y siniestro. Con todo, los cristianos arrostraban los golpes, acercándose a porfía a los mártires para hablarles, abrazarlos y pedirles su bendición.

EL MARTIRIO

EL lugar de la ejecución estaba rodeado de un cerco de cañas de bambú fijas en el suelo para que no se acercase la muchedumbre. Sólo una puerta daba entrada al cercado en cuyo centro se alzaban tres grandes postes rodeados de una pira. Un batallón de soldados armados con lanzas y arcabuces custodiaba los alrededores, y los jueces, ostentando las insignias de su dignidad, presidían desde un sitio algo prominente. Entró el primero el padre Luis Flores; al ir a entrar el padre Zúñiga, algunos españoles se le acercaron para hablarle y abrazarle por última vez y suplicarle que les dejase algún recordativo; y él, no teniendo otra cosa, les dio su capilla, y entró seguido de los demás mártires. Ya todos dentro, los soldados cerraron la puerta y soltaron las manos de los presos, los cuales, al verse libres, empezaron a abrazarse con grandes muestras de ternura, alentándose mutuamente a padecer por Cristo y citándose todos para el cielo.

Los tres que habían de ser quemados vivos se acercaron a los postes, los besaron con amor y dieron gracias al Señor. Entretanto, los verdugos, armados con sus espadas, se llegaron a los doce marinos que estaban de rodillas y, a una señal de los jueces, los degollaron. Quedaban los tres que habían de ser quemados. Cuando vieron que se acercaban los verdugos, abrazáronse por última vez y, puestos de rodillas, rezaron juntos el Credo y luego permanecieron unos instantes orando y suplicando al Señor que fortaleciese su ánimo. Terminada su oración se levantaron y presentaron las manos a los verdugos, los cuales ataron a los mártires en los postes, estando en medio el padre Zúñiga y distantes uno de otro como nueve pies. Llegando al último extremo de crueldad, los japoneses colocaron el montón de leña para la hoguera a unos doce pies de distancia de los postes, para que los mártires fuesen quemados lentamente y padeciesen largo rato. Además, contentáronse con sujetarles las manos con cuerdas de paja, para darse el gusto de verlos luchar contra la muerte y aun escaparse al sentir las primeras quemaduras, confiando con eso poder burlarse de ellos tratándolos de cobardes. Pero quien burló las trazas de tan inicuos jueces fue el Señor, llenando a sus siervos y mártires de fortaleza y constancia sobrehumanas. Apenas los sujetaron a los postes, Joaquín empezó a predicar a la muchedumbre en idioma japonés lo que en castellano le iba dictando el padre Zúñiga. Los jueces le mandaron callar y aun le hicieron dar algunos bastonazos, pero él gritaba más y sus palabras impresionaron vivamente a paganos y cristianos.

Pegaron fuego a la leña, pero estaba tan húmeda que tardó mucho en encenderse y levantó una humareda densa que ahogaba a los tres mártires. — ¡Glorioso San Agustín, ayudadme! —exclamó el Beato Pedro. —¿Qué decís? —repuso el padre Flores— . ¿No lo veis que está aquí con nosotros? Cuando empezaron a levantarse grandes llamaradas, sintieron inmenso gozo que se reflejaba en sus rostros. — Desde hoy seréis capitán del reino de los cielos —dijo el Padre Zúñiga a Joaquín. —Eso espero de la misericordia del Señor —repuso éste— ; y ¡cuánto se lo agradezco! Y así los tres se alentaban, con santas palabras, a morir gozosos por Cristo. Con la primera acometida de las llamas, quemáronse las ataduras de paja que los tenían sujetos a los postes; pero los tres mártires permanecieron de pie, quietos como si fueran estatuas. El padre Luis murió el primero y luego Joaquín. El Beato Pedro de Zúñiga, por estar algo protegido por sus compañeros, recibía la llama en la espalda y expiró el último en medio de atroces dolores. Llenáronse de consuelo los cristianos al ver que los tres esforzados confesores habían logrado el triunfo, y en medio de gozosas lágrimas y gritos de alborozo cantaron el Te Deum y otros cánticos. Los mismos paganos quedaron atónitos y confesaron que jamás habían visto morir con aquel gozo y valor. Sucedió este glorioso martirio a los 19 de agosto del año 1622. Los cuerpos de los mártires permanecieron cuatro días de hinojos al pie de los postes con el rostro vuelto al cielo, y cuando se hubieron retirado los soldados que los custodiaban, entraron los cristianos en el lugar del martirio, y se llevaron como reliquias no sólo los cuerpos de los mártires, sino hasta los postes, los restos de la hoguera y la tierra embebida en la sangre de los doce marinos degollados. Hoy día, los preciosos restos del Beato Pedro de Zúñiga se veneran en la iglesia de los padres Agustinos de Manila. Estos y otros muchos mártires del Japón fueron beatificados por la Santidad de Pío IX el día 7 de mayo del año 1867. La Orden agustiniana celebra su fiesta el 2 de marzo.

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