PADRE JUAN CARLOS CERIANI: DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

sermones-ceriani

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie. Jesús le contesta: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios. Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito, pues, que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo y los ángeles se aproximaron y le servían.

Hace una semana, el Domingo de Quincuagésima, Nuestro Señor nos mostró el camino que con Él hemos de recorrer en este santo Tiempo de Cuaresma, y nos señaló los misterios que van a desarrollarse ante nuestros ojos en los días luctuosos de la Pasión y los alegres de Pascua:

He aquí que subimos a Jerusalén, y todo lo que ha sido escrito por los profetas se va a cumplir para el Hijo del hombre. Él será entregado a los gentiles, se burlarán de él, lo ultrajarán, escupirán sobre él, y después de haberlo azotado, lo matarán, y al tercer día resucitará.

La Pasión es el manojillo de mirra que el alma cristiana debe llevar siempre consigo; por eso me ha parecido importante dedicar este año los Domingos del Tiempo Litúrgico de Cuaresma y Pasión a profundizar en los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo que se refieren a su salida del mundo, o sea, a los de su Pasión y Muerte en la Cruz.

Seguiré para ello las siete grandes cuestiones de la Tercera Parte de la Suma Teológica de Santo Tomás. Podemos resumir su doctrina en cuatro capítulos, dedicados, respectivamente, a la pasión, muerte, sepultura y descenso de Jesucristo a los infiernos.

En cuanto a la primera cuestión, la Pasión de Jesucristo, se divide en cuatro artículos, dedicados a la pasión en sí misma, a sus autores, los distintos modos con que la Pasión consigue el fin a que se ordena y en sus efectos.

Entrando en la materia de la Pasión de Cristo en sí misma, Santo Tomás dedica a la misma una larga cuestión dividida en doce artículos. La doctrina que expone en la mayor parte de ellos es impresionante y sobrecogedora. Resumimos lo más que podemos.

+++

1º) Dada la actual economía de la divina gracia, fue necesario que Jesucristo padeciese para la liberación del género humano.

¿Con qué clase de necesidad fue preciso que Cristo padeciese? Es evidente que no fue necesario que Cristo padeciese con necesidad intrínseca o por la propia naturaleza de la cosa, pues podría haberse obtenido por otro medio, tanto por parte de Dios, que hubiera podido perdonarnos gratuitamente, como por parte de Nuestro Señor Jesucristo, cuyos actos son todos de valor infinito.

Tampoco fue necesario que Jesucristo padeciese con necesidad de coacción, ni por parte de Dios, que decretó libremente que Cristo padeciese; ni por parte del propio Cristo, que padeció voluntariamente.

Por lo tanto, fue necesario que padeciese por razón del fin, la redención del género humano, que por ningún otro medio se hubiera obtenido tan perfectamente.

Tanto por parte de nosotros, que fuimos liberados por su Pasión, según el pasaje de San Juan 3, 14: Es necesario que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna.

Como por parte del mismo Jesucristo que, por la humillación de la Pasión, mereció la gloria de la exaltación. Y a esto corresponde lo que se dice en San Lucas 24, 26: Fue preciso que Cristo padeciese esto y entrase así en su gloria.

Hay que destacar que, aunque Dios hubiera podido perdonar al hombre sin exigirle ninguna reparación de justicia, sino únicamente el arrepentimiento de su pecado, la Pasión de Cristo fue mucho más conveniente a su justicia e incluso a su misericordia.

En efecto, a una objeción muy especiosa, Santo Tomás responde magistralmente.

La objeción dice: no parece necesario que padeciese por parte de la misericordia divina, la cual, como reparte gratuitamente sus dones, parece que también perdona gratuitamente las deudas, sin satisfacción; ni tampoco parece necesario por parte de la justicia divina, conforme a la cual el hombre había merecido la condenación eterna.

La respuesta de Santo Tomás dice: la liberación del hombre por la pasión de Cristo convino tanto a la misericordia como a la justicia divinas. A la justicia, porque mediante su Pasión Cristo satisfizo por los pecados del género humano, y así fue liberado el hombre por la justicia de Cristo. A la misericordia, porque, no pudiendo el hombre satisfacer, de suyo, por el pecado de toda la raza humana, Dios le dio a su Hijo como satisfactor. Y esto fue una obra de misericordia mayor que si hubiese perdonado los pecados sin satisfacción.

Nótese que, si Dios hubiera querido perdonar al hombre por el simple arrepentimiento de su pecado sin exigirle reparación alguna, no hubiera cometido la menor injusticia.

La razón radica en que no puede perdonar la culpa o la pena, respetando la justicia, aquel juez que está obligado a castigar la culpa cometida contra otro, sea contra otro hombre, sea contra la comunidad entera o contra un gobernante superior. Pero Dios no tiene superior alguno, sino que Él mismo es el bien supremo y común de todo el universo. Y por eso, si perdona un pecado que tiene razón de culpa porque se comete contra Él, a nadie hace injuria, como el hombre que perdona una ofensa contra él sin que medie la satisfacción obra misericordiosamente, y no injustamente.

+++

2º) No hubo otro modo más conveniente de redimir al hombre caído en pecado que por la Pasión de Cristo.

Un medio es tanto más conveniente para conseguir un fin cuantas más ventajas concurren en él para lograr tal fin. Ahora bien, en la liberación del hombre por la Pasión de Cristo concurren muchas circunstancias que pertenecen a la salvación del hombre, además de la liberación del pecado.

Primero, por este medio conoce el hombre lo mucho que Dios le ama, y con esto es invitado a amarle a Él, en lo cual consiste la perfección de la salvación humana.

Segundo, porque con esto nos dio ejemplo de obediencia, humildad, constancia, justicia y demás virtudes manifestadas en la Pasión, necesarias para la salvación de los hombres.

Tercero, porque Cristo con su Pasión no sólo liberó al hombre del pecado, sino que también mereció para él la gracia de la justificación y la gloria de la bienaventuranza.

Cuarto, porque con esto se intimó al hombre una mayor necesidad de conservarse inmune de pecado, según aquellas palabras de I Corintios 6, 20: Habéis sido comprados a gran precio, glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.

Quinto, porque esto resulta de mayor dignidad, de modo que, como el hombre fue vencido y engañado por el diablo, así fuese también el hombre el que derrotase al diablo; y así como el hombre mereció la muerte, así el hombre, muriendo, venciese la muerte, como se lee en I Corintios 15, 57: Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de Jesucristo.

Y, en consecuencia, fue más conveniente ser liberados por la Pasión de Cristo que serlo solamente por la voluntad de Dios.

+++

3º) Fue convenientísimo que Cristo padeciera precisamente muerte de Cruz.

Muchos son los motivos:

Primero, para ejemplo de virtud. Dice a este propósito San Agustín: La Sabiduría de Dios tomó la naturaleza humana para ejemplo de cómo viviríamos rectamente. Y pertenece a la vida recta el no temer lo que no debe ser temido. Pero hay hombres que, si bien no temen la muerte, tienen horror al género de muerte. Por consiguiente, para que ningún género de muerte hubiera de ser temido por el hombre que vive rectamente, hubo de mostrárseles el género de muerte en cruz de aquel hombre, pues nada había entre todos los géneros de muerte más execrable y temible que aquél.

Segundo, porque este género de muerte era el más conveniente para satisfacer por el pecado del primer hombre, que consistió en tomar la manzana del árbol prohibido, en contra del mandato de Dios. Y por eso fue conveniente que Cristo, a fin de satisfacer por aquel pecado, tolerase ser clavado en un madero, como si restituyese lo que Adán había robado, según aquellas palabras del Salmo 68, 5: Pagaba entonces lo que nunca había robado. Por lo cual dice San Agustín en un Sermón De Passione: Adán despreció el precepto, tomando del árbol; pero lo que Adán perdió, lo encontró Cristo en la cruz.

Tercero, porque al morir en la cruz prepara nuestra subida a los cielos. Y ésta es la razón de que Él mismo diga en San Juan 12, 32: Yo, si fuere levantado de la tierra, lo atraeré todo hacia mí.

+++

4º) Cristo padeció en la Cruz todo género de sufrimientos humanos.

Santo Tomás hace una impresionante descripción:

Los sufrimientos humanos pueden considerarse de dos modos.

Uno, en cuanto a la especie. Y bajo este aspecto, no fue necesario que Cristo padeciese todos los sufrimientos humanos, porque hay muchas clases de sufrimientos que son contrarios entre sí, por ejemplo, la combustión por el fuego y el hundimiento en el agua.

Pero, en cuanto al género, padeció todos los sufrimientos humanos. Y esto puede considerarse de tres maneras.

Una, por parte de los hombres. Padeció tanto de los gentiles como de los judíos; de los hombres y de las mujeres, como es evidente por las sirvientas que acusan a Pedro. Padeció también de los jefes y de sus ministros, e incluso de la plebe. Padeció también de los familiares y conocidos, como es claro en el caso de Judas, que le traicionó, y en el de Pedro, que le negó.

Otra, por parte de todo aquello en que el hombre puede padecer. Cristo padeció, efectivamente, en sus amigos, que le abandonaron; en la fama, por las blasfemias proferidas contra Él; en el honor y en la gloria, por las burlas y las afrentas que le hicieron; en los bienes, puesto que fue despojado hasta de los vestidos; en el alma, por la tristeza, el tedio y el temor; en el cuerpo, por las heridas y los azotes.

La tercera, por lo que atañe a los miembros del cuerpo. Cristo padeció en la cabeza la corona de punzantes espinas; en las manos y pies, el taladro de los clavos; en la cara, las bofetadas y salivazos; y en todo el cuerpo, los azotes.

Padeció también en todos los sentidos del cuerpo: en el tacto, por haber sido flagelado y atravesado con clavos; en el gusto, porque le dieron a beber hiel y vinagre; en el olfato, porque fue colgado en el patíbulo en un lugar maloliente, llamado lugar de la calavera, a causa de los cadáveres allí existentes; en el oído, al ser herido por las voces de los blasfemos y burlones; en la vista, al ver llorar a su madre y al discípulo amado.

+++

5º) Los dolores de Cristo en su Pasión fueron los mayores que jamás ha sufrido nadie en esta vida.

La misma Sagrada Escritura lo atestigua en aquellas palabras de Jeremías aplicables al futuro Mesías: ¡Oh vosotros los que por aquí pasáis! Considerad y ved si hay dolor semejante a mi dolor (Lamentaciones 1, 12).

Consideremos el impresionante razonamiento de Santo Tomás:

Cuando padeció se dio en Él el verdadero dolor: lo mismo sensible, causado por algo perjudicial corpóreo, que interior, proveniente de la aprehensión de algo nocivo, y que se llama tristeza. Ambos dolores fueron en Cristo los mayores entre los dolores de la vida presente. Y esto sucedió por cuatro motivos:

Primero, por las propias causas del dolor. Pues la causa del dolor sensible fue la lesión corporal. Esta llegó a la acerbidad, tanto por la universalidad del sufrimiento, cuanto por el género del sufrimiento.

Porque la muerte de los crucificados es acerbísima, ya que son clavados en puntos saturados de nervios y sumamente sensibles, esto es, en las manos y en los pies; y el mismo peso de su cuerpo colgado aumenta continuamente el dolor; y junto con esto está la larga duración del dolor, porque no mueren inmediatamente, como sucede con los que son muertos a espada.

Causa del dolor interior fue:

En primer lugar, el cúmulo de todos los pecados del género humano, por los que satisfacía padeciendo.

En segundo lugar, de manera especial, la ruina de los judíos y de otros que delinquieron ante su muerte; y principalmente de sus discípulos, que fueron víctimas del escándalo en la pasión de Cristo.

Finalmente, también la pérdida de la vida corporal, que es naturalmente horrible para la naturaleza humana.

Segundo, por la capacidad de la percepción del paciente. Porque Cristo estaba óptimamente complexionado en cuanto al cuerpo, ya que éste fue formado milagrosamente por obra del Espíritu Santo. Por esto en Él fue exquisito el sentido del tacto, de cuya percepción se sigue el dolor. También su alma, conforme a sus facultades interiores, percibió eficacísimamente todas las causas de tristeza.

Tercero, por la pureza del dolor. Porque en los demás pacientes se mitiga la tristeza interior, e incluso el dolor exterior, con alguna consideración de la mente, en virtud de cierta derivación o redundancia de las fuerzas superiores en las inferiores. Esto no aconteció en la pasión de Cristo, porque permitió a cada una de sus potencias realizar lo que le es propio, como dice el Damasceno.

Cuarto, porque Cristo tomó aquella pasión y aquellos sufrimientos voluntariamente, con el fin de liberar del pecado a los hombres. Y, por ese motivo, asumió tanta cantidad de dolor cuanta fuese proporcionada a la grandeza del fruto que de ahí iba a seguirse.

Por consiguiente, de la consideración de todas estas causas juntas resulta evidente que el dolor de Cristo fue el máximo que se puede padecer en esta vida.

Es muy interesante la respuesta a una dificultad que se plantea y resuelve Santo Tomás.

Dificultad: La pérdida de un bien mayor causa un dolor mayor. Pero el pecador, al pecar, pierde un bien mayor que el que perdió Cristo en la pasión, pues éste perdió únicamente su vida natural, mientras que el pecador pierde la vida sobrenatural del alma, que vale infinitamente más. Además, Cristo perdió la vida sabiendo que iba a resucitar al tercer día; luego parece que padeció menos que los que la pierden para permanecer en la muerte.

Respuesta: Cristo no se dolió solamente de la pérdida de su propia vida corporal, sino también de todos los pecados de todos los hombres; y este dolor excedió al que experimenta cualquiera de los contritos, porque procedía de mayor conocimiento y caridad, que aumentan el dolor de contrición.

Por otra parte, la vida corporal de Cristo fue de tanta dignidad, sobre todo por la divinidad, a la que estaba unida, que de su pérdida por una sola hora había motivo para dolerse más que de la pérdida de la vida de cualquier hombre para siempre.

Hay que tener en cuenta una precisión importante: los dolores de Jesucristo fueron, por cualquier lado que se los mire, los mayores que jamás ha padecido nadie en esta vida. Con todo, no fueron mayores que los que padecen las almas del Purgatorio y, sobre todo, los condenados del Infierno.

En efecto, el dolor del alma separada que padece pertenece al estado de la futura condenación, el cual excede todo el mal de la vida presente, así como la gloria de los Santos supera todo el bien de la presente vida. De manera que, cuando decimos que el dolor de Cristo es el más grande, no lo comparamos con el del alma separada.

Este argumento tiene pleno valor con relación a las almas de los condenados del Infierno. Con relación a las almas del Purgatorio hay que decir que sus penas no pertenecen al orden y plano puramente natural, sino al sobrenatural de la gracia y de la gloria, ya que disponen al alma para la visión beatífica, siendo como su condición previa y causando en el alma el grado de purificación indispensable para la misma. No cabe duda, pues, que entre las penas del Purgatorio y las de esta vida tiene que repercutir de alguna manera la distancia infinita que hay entre el orden puramente natural y el orden sobrenatural de la gracia y de la gloria.

+++

6º) Cristo, Dios y hombre, padeció la Pasión por razón de su humanidad, no de su divinidad, que es impasible.

Como sabemos, en Cristo el sujeto de atribución de todos sus actos es la Persona divina del Verbo, única persona que hay en Él.

Pero esta única Persona subsiste en dos naturalezas perfectamente distintas e inconfusas entre sí; por eso, algunas de las acciones de Cristo pertenecen a su Persona por razón de la naturaleza divina, y otras por razón de la naturaleza humana.

La Pasión afecta a la Persona de Cristo únicamente por razón de la naturaleza humana, pero no por razón de la naturaleza divina, que es absolutamente impasible.

Y así puede decirse en verdad: «Dios padeció» o «Dios murió», por razón de la naturaleza humana, en la que subsistía el Verbo; pero no puede decirse: «La divinidad padeció» o «La divinidad murió», porque la divinidad, de suyo, es impasible e inmortal.

Por lo cual, en la Epístola Sinodal de San Cirilo se dice: Si alguno no confiesa que el Verbo de Dios padeció en la carne y fue crucificado en la carne, sea anatema.

Por consiguiente, la Pasión de Cristo pertenece al supuesto de la naturaleza divina por razón de la naturaleza pasible asumida, no por razón de la naturaleza divina impasible.

+++

Los sentimientos que debe despertar en el alma fiel la Pasión de Cristo son los de compasión, compunción y espíritu de sacrificio.

Hemos de unir nuestros dolores a los dolores de Jesucristo. Con ello elevaremos nuestros sufrimientos a la categoría de redentores, contribuiremos a nuestra propia purificación y a la del prójimo y aliviaremos el martirio del Redentor.

Dios mediante, el Domingo próximo continuaremos con la meditación de la Pasión de Nuestro Señor.