PABLO EUGENIO CHARBONNEAU: NOVIAZGO Y FELICIDAD

La armadura de Dios

VUESTRO CUERPO Y VUESTRO AMOR

matrimonio

Al comienzo del capítulo anterior recordábamos que el amor requiere la unidad. Esto rebasa evidentemente el plano psicológico. En su calidad de humano, el amor hallará su expresión lo mismo al nivel de los cuerpos que al de las almas. Por eso suscitará siempre una atracción sensible entre los que se aman.

La forma última de esta inclinación natural será la unión sexual tal como la exige el matrimonio. Sin embargo, esa atracción se elaborará gradualmente a lo largo del noviazgo, y creará con frecuencia situaciones sumamente delicadas. Por eso es indispensable abordar con entera claridad esta cuestión.

Sería hacer un malísimo servicio a los novios el resbalar, sin tocarlo, sobre el problema espinoso y delicado que a todos ellos se les plantea con una agudeza más o menos grande según los casos; el problema de la pureza de su relación.

  1. Los datos del problema

Para enfocar bien esta cuestión, es preciso ante todo plantear el problema con arreglo a sus verdaderos datos. Los vamos a examinar explícitamente con el fin de hallar una solución positiva: el sentido de la sexualidad, las dificultades que promueve su dinamismo natural y, por último, las condiciones sociales en las que se desarrollan las relaciones de los novios.

El sentido de la sexualidad

Digamos, en principio, que no hay que perder nunca de vista el origen divino de esta fuerza tan impetuosa que sorprende a veces al hombre con sus irreductibles violencias. A menudo, por una deformación cuyos orígenes no cabe examinar aquí, se identifican sexualidad y mal, hasta el punto de que se llega a tomar por artículo de fe que todo lo que es sexual aleja de Dios.

Ahora bien, es ésta una aberración de las más perniciosas, porque desorienta las conciencias y destruye el equilibrio interior de los que la padecen; y es también de las más falsas porque contradice directamente los hechos, tal como la propia revelación los refiere.

¿No se lee, en efecto, muy al comienzo de la Biblia, cuando el escritor sagrado relata el origen del género humano, que Dios dividió a éste en dos sexos, complementarios uno de otro y ordenados el uno al otro: «Dios creó el hombre a su imagen, a imagen de Dios le creó; varón y hembra los creó»? (Gen 1, 27).

No hay que ser muy letrado para inferir de ello que en el hombre la sexualidad no se presenta como una fuerza maléfica que es preciso contener a todo precio rechazándola al subconsciente, sin reconocerle nunca ningún valor objetivo, ninguna dignidad, ninguna nobleza.

Lejos de eso. La sexualidad es buena, con la misma bondad del hombre. Este, cuyo ser —cuerpo y alma— es una imagen, la más perfecta de toda la creación, del ser del Creador, no podría ser condenado según el valor de su propio ser.

Ciertamente, su actividad puede ser deficiente, la debilidad de su libertad le expone a veces a profundos fracasos, pero no se puede inferir de ello que su ser sea malo. Dios, que le creó, le ha dado un ser bueno. Bueno en su totalidad: en su cuerpo y en su alma.

De aquí proviene esta verdad primordial: la sexualidad del hombre, que es la propia expresión de la vida que Dios ha instaurado en él, no podría, en sí misma, ser juzgada mala.

Innegablemente, así como todas las otras fuerzas que en el hombre se encuentran, puede ella viciarse por el hecho de un mal uso; se hace entonces reprensible a causa de este abuso. Pero en sí misma, no por eso deja de ser un dinamismo que tiene su origen en Dios, encontrando en ello un título indiscutible de nobleza.

Como no se comprenda bien esto y se destruya en su más honda raíz el tabú con que el término mismo de sexualidad está rodeado —y con mucha mayor razón la realidad que recubre ese término— nos alejaremos de un concepto verdaderamente recto del hombre. El bien no gana con ello nada, y el mal lo gana todo, porque el ostracismo a que se ha condenado a menudo el sexo no conduce más que a unas desviaciones mórbidas; y lo peculiar de estas últimas es preparar erupciones, cuya violencia imprevisible es tan estrepitosa que llega a resultar catastrófica, tanto para el equilibrio humano como para el equilibrio sobrenatural.

Tal es, por tanto, la primera verdad que revela el texto sagrado. A ésta se añade una segunda que no es menos importante ya que especifica en qué sentido lo sexual se encuentra orientado.

En efecto, inmediatamente después de haber afirmado la creación del hombre a imagen de Dios es cuando los primeros versículos del Génesis mencionan la dualidad de sexos. Considerado como imagen de Dios, el hombre es creado «varón y hembra».

Ahora bien, como ya se sabe, según la célebre definición dejada por San Juan, «Dios es amor». La comparación se impone por sí misma. Puesto que «Dios es amor» y el hombre es su imagen, estará también marcado en su propio ser por y para el amor.

Llamado así al amor, es creado «varón y hembra», es decir, que esta dualidad de los sexos, en el género humano, se sitúa en una perspectiva de amor. En tanto en cuanto es el hombre capaz de amor, a imagen de Dios, encuentra en él esta fuerza instintiva de la sexualidad: y es en el amor, a imagen de su Creador en el que está él llamado a convertirse en procreador.

La continuación del texto sagrado, que establece explícitamente el objetivo de la sexualidad, confirma además esta interpretación: ya que en seguida añade: «Dios los bendijo y les dijo: Fructificad, multiplicaos y llenad la tierra».

Aquí también hay otro punto de vista importante: así como era indispensable reconocer el origen divino de la sexualidad, es igualmente esencial reconocer que no tiene sentido más que practicada en el amor y orientada —al menos en su manifestación perfecta— hacia la fecundidad.

Olvidar esta segunda verdad conduciría a unas actitudes cuando menos tan morbosas, y quizá más aún, que la ignorancia de la primera.

Respetar la naturaleza de la sexualidad en su totalidad, es decir reconocer su origen y finalidad, sin intentar desviar la una o la otra con sofismas impuestos por apetitos irregulares, es indispensable. Es el primer paso y el más decisivo.

Fuera de esta justa perspectiva, no se puede llegar más que a destruir el amor, a pervertir el dinamismo sexual, y a romper al mismo tiempo que el equilibrio del hombre sus posibilidades de felicidad.

No se trata de despreciar la sexualidad, ni de exaltarla como si lo fuera todo en la vida, sino simplemente de colocarla en su sitio, situándola conforme a sus exactas proporciones en el universo del hombre.

Para resumir el orden providencial en el cual se inscribe la sexualidad diremos, en unas palabras:

— en su origen, proviene de Dios,

— debe manifestarse en el amor

— está ordenada, por naturaleza, a la procreación.

Estos datos fundamentales son indispensables para comprender que quien reclama la pureza del hombre y de la mujer, no pretende en modo alguno negar el dinamismo sexual que aflora constantemente entre ellos; se trata simplemente de canalizar, por medio de la pureza, ese dinamismo con arreglo a su naturaleza profunda, permitiéndole alcanzar su mayor perfección.

En este sentido, Berdiaef definió con raro acierto el sentido de la pureza: «La vida sexual supone la pureza», ha escrito; es «una manifestación sexual, una de las vías por donde se manifiesta la energía sexual. Es en la pureza donde se conserva la unidad del hombre. No es, por tanto, la negación de la sexualidad, sino tan sólo su salvaguardia» (Le sens de la Création).

La pureza no se impondrá, pues, como una prohibición gratuita impuesta a los novios por el gusto de crearles molestias. En ningún momento cultivará ella el desprecio de lo sexual ni pretenderá condenar el mundo de los afectos sensibles. No será impuesta como el enemigo del amor y de la ternura.

Al contrario. Exigir a los novios jóvenes que se impongan esta dura disciplina y que se obliguen a respetar su cuerpo, es invitarles a no dejarse llevar por el desorden. Un desorden tanto más temible para ellos cuanto que ataca las fuerzas vivas del amor y desorienta a los que se entregan a él.

La naturaleza del hombre está hecha de tal manera que tiene exigencias imperiosas con respecto a la razón: exige de ésta que dirija la evolución de todo el ser humano.

Lo sexual no se libra de esta exigencia, que —lejos de ser impuesta gratuitamente desde el exterior— brota de lo más profundo de nuestra naturaleza misma. Porque, según acabamos de ver, la sexualidad en el hombre no es una fuerza ciega, que surge en todos sentidos, indiferentemente; es un dinamismo turbulento, si se quiere, y difícil de mantener bajo control pero orientado en un sentido bien definido y que requiere, para florecer con plenitud, desenvolverse conforme a su orientación fundamental.

Es necesario comprender que soltar el instinto sexual, es negarle que sea verdaderamente humano. La ley inscrita en la naturaleza del hombre responde en este punto a las exigencias de Dios, y la negativa de la pureza conduce al desequilibrio de esta potencia de don que es la energía sexual.

Tenía razón aquel filósofo que, parándose a reflexionar sobre estos datos de la vida humana, escribió: «El demonio tienta a menudo al hombre por el sexo, a fin de arrancarle a su contexto, a su historia, porque, si su vida se desordena, su ser se desgobierna».

Exigir la pureza, no es, por tanto, negar al hombre que sea él mismo; es, por el contrario, impulsarle a luchar para realizar su verdadero ser, domeñando en él una fuerza que podría destruirle. Recordar esto es capital, para no incurrir en las teorías sofisticadas de los que pretenden que el hombre lleve a cabo su expansión, corrompiéndole. A este respecto es la virtud la que salva la naturaleza, y no es, en absoluto, entre los disolutos donde hay que buscar el dinamismo sexual más potente.

Berdiaef lo ha advertido, formulando esta verdad en términos que se aplican a nuestro propósito: «Los ascetas cristianos, que habían domeñado en ellos toda vida física, reconocían, sin embargo, la importancia del problema sexual, con más agudeza quizá que muchos de sus contemporáneos que hacían, en el siglo, una vida “natural”. Porque el ascetismo es uno de los aspectos metafísicos de la sexualidad» (Le sens de la Création).

No es éste lugar apropiado para ahondar esta última verdad. Retengamos, sin embargo, que en el dominio de la sexualidad, virtud y naturaleza se encuentran por completo.

Las dificultades que promueve su dinamismo

Habría, sin embargo, que estar poseído de un raro idealismo para no reconocer que, bajo la violencia natural de esta fuerza, se efectúa en el hombre una rotura de su equilibrio. Se podría comparar la sexualidad a una corriente subterránea, que corre bajo tierra para brotar de pronto, en el momento más inesperado, haciendo estallar todo lo que parece querer resistirla.

En el hombre más equilibrado la sexualidad puede súbitamente elevarse y rugir hasta el punto de que, movido, según una expresión consagrada, por una «fuerza ciega», se encuentra a cien leguas de sus pensamientos habituales, sacudido por una conmoción cuya intensidad misma le aterra. Y es que, por secundaria que sea en el hombre la sexualidad, no por ello deja de imponerse con gran impetuosidad. «La paradoja de la sexualidad consiste en que representa una de las potencias psicoafectivas más intensas, pero que no es, como tal, más que secundaria en una síntesis espiritual de la persona. No es sino un registro de las manifestaciones de la personalidad, pero este registro es particularmente sonoro».

Esta sonoridad de la sexualidad es sobre todo intensa en la época de la juventud, cuando el cuerpo se halla en plena salud y el «misterio sexual» sigue siendo una razón más o menos cerrada, atractiva precisamente por lo que hay en ella de desconocido.

Por eso es preciso inclinarse ante el hecho de que el período del noviazgo, sobre todo cuando ha alcanzado el punto culminante, presenta dificultades especialmente agudas. El joven y la joven están enamorados; aspiran el uno al otro según la propia tendencia que toma la naturaleza en semejante contexto, y aspiran también a manifestar el afecto que se profesan mutuamente, con muestras de ternura que se imponen de manera espontánea.

La «sonoridad» del registro sexual es entonces extraordinariamente sensible; no domina uno el teclado sobre el que toca, hasta tal punto que se oye un ruido atronador cuando no se esperaba oír sino un hilo de sonido.

En este terreno, la dificultad del control no debe sorprender a nadie. En el estado de debilidad en que el hombre se encuentra desde que ha sido vulnerado en su equilibrio fundamental, de resultas del pecado original, resulta explicable que, ante el empuje de una fuerza eruptiva como ésa, pueda quedar desconcertado. El daño no es sólo personal, es general; es una debilidad de la especie, podría afirmarse, y estaría uno en lo cierto.

Porque la especie humana ha sido creada en la dualidad carne espíritu, como se señalaba al comienzo de estas páginas. Es decir que el orden de la creación establece un equilibrio entre esas dos fuerzas divergentes que él reúne en la unidad del ser humano. La expresión típica de esta unidad será el instinto genital. Es, por tanto, natural que la grieta comience y se difunda por ahí, si el orden de la creación está agrietado. Así resulta cierta la frase de Bernanos: «La lujuria es una llaga misteriosa en el costado de la especie».

Nadie se libra de esta herida; algunos sienten su agudeza en el estado crónico, otros no sufren su mordedura más que con intervalos; pero todos la sufren. Cada pareja conocerá, pues, una dura dificultad para mantenerse en estado de equilibrio, y el problema con el que tendrá que enfrentarse no debe ser minimizado.

Aun siendo general, no por ello este problema deja de implicar incidencias personales que cada cual deberá esforzarse en descubrir a fin de poner remedio a los peligros que ha de afrontar.

A este respecto, hay que evitar dos actitudes, tan falsa la una como la otra.

Una primera actitud sería la de pánico. A este fin, hay que penetrarse bien de lo que hemos dicho anteriormente: las dificultades en este orden son atributo común, y si hay que temerlas, no debe uno inquietarse en demasía.

La segunda actitud que hay que evitar es la de la presunción. Ésta conduce a prejuzgar las fuerzas de que se dispone; se imagina uno ser un gigante cuando en realidad no es más que un enano. Bajo el influjo de tal ilusión se aventura uno más allá de su capacidad de resistencia, presume de la energía de su voluntad, lucha con riesgos demasiado grandes, se ve envuelto sin necesidad en circunstancias que acaban por hacerle víctima de ellas.

En esta materia, se impone la prudencia a los novios al mismo título que la humildad. Ya tendremos ocasión de volver sobre el tema, pero importa decir desde este momento que, en el contexto de la debilidad común a toda la humanidad, nadie está seguro de obtener un triunfo personal. Y no mentiremos si afirmamos que cuanto más se imagine uno y se proclame invulnerable, en tanto mayor peligro de perdición está.

Las condiciones sociales

Además, el ambiente de nuestro tiempo no incita precisamente a la búsqueda del equilibrio sexual. Basta con mirar y escuchar a nuestro alrededor para comprender hasta qué punto la mentalidad general no favorece en nada a la virtud. Se exalta la carne, hasta dar a entender que el único camino que permite conseguir la felicidad, y satisfacer esa sed que tortura a todo hombre, es entregarse a las extravagancias de una sexualidad desordenada. Es inútil insistir más cuando todos hemos podido experimentar la pesadez de esa atmósfera en la cual se pretende que la carne se expansione en detrimento del alma, como si no hubiese entre las dos una unidad, realizada a partir de la «animación» de toda carne por el espíritu, y que hace que se exalte la una a expensas de la otra, que se provoque un desequilibrio cuya gravedad no podría medirse.

La pareja contemporánea debe, pues, redoblar sus esfuerzos si quiere resistir a todas esas corrientes que amenazan arrastrarla. A las propias incitaciones interiores que surgen violentamente desde el fondo del ser para dejarle presa de un trastorno tan doloroso como amenazador, se añaden las ruidosas propagandas de un mundo corrompido en donde se idolatra el sexo creando la ilusión de un paraíso de la carne.

El resultado más claro —y también el más desdichado— de tal corriente es vender a los jóvenes quimeras, dejándoles creer que les ofrecen la felicidad. Una de estas falacias de Satán consiste precisamente en impulsar a una pareja de novios a confundir sus deseos con el amor, de tal suerte que entregándose a la satisfacción de dichos deseos crea conseguir el amor.

Quien dice aquí Satán, no debe pensar que el Ángel caído va a aparecer él mismo para presentar su pacotilla. Sería esto demasiado honrado. Tiene sus mandatarios, que son legión, y que crean una atmósfera tan densamente impregnada por las preocupaciones de la carne que al espíritu no le cabe vivir allí más que con gran dificultad.

Quien quiera consolidar su amor debe, pues, defenderlo contra esas impulsiones venidas de fuera. Como no se unan en una lucha enérgica, y en ciertos momentos casi feroz, contra las incitaciones —a veces sin rebozo, con frecuencia disimuladas, siempre presentes— del mundo en el cual tienen que vivir, un joven y una muchacha corren el riesgo de ver morir su amor. Porque cuando la carne, abandonada a ella misma, se hipertrofia en el hombre hasta el punto de absorber todas sus preocupaciones, de condicionar sus inquietudes, de poblar ella sola el universo de sus deseos, ¿cómo podría seguir viviendo el amor, que es más que nada cuestión del espíritu?

Preservar el amor de la contaminación demasiado general que afecta a nuestra civilización, he aquí el deber de la pareja.

Se ha hablado de una «verdadera conspiración de la literatura, de la prensa, de los espectáculos y de las diversiones», conspiración que representa uno de los peligros más inmediatos para la pareja. Liberarse de esta conspiración es indispensable. Para no resbalar por la pendiente de las tentaciones fáciles, los novios mostrarán empeño en plantearse claramente el problema de la pureza de su amor.

Después de haber pesado juntos los principales elementos que entran en juego, después de haberse tomado el trabajo de situar la sexualidad en el plano providencial tal como está inscrito en la naturaleza del hombre, después de haberse abroquelado contra un derrotismo que no conduciría a nada, después de haberse dado clara cuenta de las reacciones que se imponen en el ambiente deletéreo en que viven, abordarán el ángulo personal de la cuestión.

  1. El ángulo personal de la cuestión

Ante todo, se guardarán de examinar tan sólo el aspecto negativo de esa lucha, diciéndose, ante unas circunstancias concretas siempre renovadas: «¿Qué es lo que podemos permitirnos sin pecar?».

Esta manera de intentar vivir su vida moral, bailando sobre la cuerda floja del pecado, equivale a un veredicto de suicidio espiritual. ¡Cuántas veces, en efecto, unas parejas cargadas de intenciones bastante buenas, pero animadas por esa mentalidad calculadora según la cual se procura siempre aprovecharse de todo hasta el máximo, no sacrificando a las exigencias superiores sino lo menos posible, se han precipitado neciamente en el fracaso!

Con toda evidencia, empezar así, es marchar hacia atrás orientándose a ciegas, es comportarse temerariamente. Esta actitud profundamente negativa que conduce a unos novios a medir sus «derechos» con la elasticidad de una conciencia a la que se niegan muchas veces a iluminar, porque la luz sería demasiado exigente, no puede engendrar más que el raquitismo espiritual.

Ahora bien, ante un problema tan espinoso como es el del desorden de la sexualidad humana, el raquitismo espiritual está ya derrotado, antes incluso de que se haya iniciado. Esto es, sin duda, lo que explica que tantas parejas se hallen sumidas en una situación desesperante en la que prostituyen su amor a la violencia de sus deseos y a la multiplicidad de las ocasiones que ellos crean.

Por eso hay que saber dar la vuelta a la pregunta y formularla bajo su ángulo positivo. Resulta entonces más singularmente comprometedora y no podría tolerar todos esos compromisos que la actitud precedente alentaba.

Se puede formular de la manera siguiente: «¿Cómo, con nuestra simplicidad, nuestra reserva, nuestra delicadeza, nuestro respeto mutuo, vamos a ayudarnos recíprocamente a preservar nuestro amor de toda decadencia, en este período de nuestro noviazgo?».

Que se hagan esta pregunta precisa, recordando lo que ya se ha dicho del amor. Que se recuerde, sin eludir la brutalidad de los términos, que amar no es buscar egoístamente unas satisfacciones epidérmicas, unas sensaciones que no serían más que la expresión balbuciente de una carne que no logra encalmarse. Que se formulen esta pregunta a la luz del análisis en el cual la naturaleza del verdadero amor aparece como marcada por el sello característico del sacrificio. Entonces no se servirán el uno del otro como de un instrumento de placer a fin de apaciguar periódicamente una sexualidad enfermiza.

Si amar es desear el bien del ser amado (¿y cómo sería posible negar esta definición del amor humano sin condenarse uno mismo, así como a su pareja, a una esclavitud indignante e insoportable?), no se puede dejar de considerar el problema sexual de la pareja desde un punto de vista elevado y a situarlo en su perspectiva completa.

El bien del otro, ¿estaría, por casualidad, en el solo apaciguamiento de una carne que, en tales circunstancias, sobrepujaría al espíritu exponiéndole al desequilibrio y al fracaso espiritual?

¿Y quién podría decir, en el momento en que se dispone a arrastrar al otro en el dédalo de los deseos desenfrenados y de las excitaciones lúbricas, que se entrega a ese juego para «bien» del otro?

¿Para bien del otro? ¡No! Para su propia satisfacción, ¡sí! En todo caso, para su beneficio personal.

En suma, no es el amor el que triunfa entonces, sino el egoísmo. El amor no es más que un pretexto, hasta el punto de que está uno dispuesto a mofarse de él para contentar su apetito carnal.

En este sentido, hay que confesar que la pureza del noviazgo no es una exigencia cualquiera, creada por unos moralistas apasionados de actitudes defensivas y que cultivan lo prohibido. Está ligada al amor mismo que la exige, como puede exigirla un sano concepto del equilibrio humano.

La requieren la naturaleza del amor y la naturaleza del hombre; con este título la impone el propio Dios.

Quien se niega a ella no solamente ofende a Dios, sino que desprecia el amor al que transforma en un comercio abyecto; y se destruye al suscitar en él esos tentáculos monstruosos que son los deseos desordenados de una naturaleza desequilibrada.

  1. Necesidad de la pureza en el amor

Se puede, por tanto, hablar, y hay que hacerlo, de un imperativo de pureza que se impone a los novios no como una coacción penosa cuya única finalidad sería crearles molestias, sino como una fuerza interior que vivifica el amor elevándolo y manteniéndolo en un plano superior.

Esta pureza pretende estar libre de todo desprecio hacia el cuerpo y se basa, por el contrario, sobre el respeto soberano a la carne a la que restituye su equilibrio, eliminando los elementos de defección que son un peligro para ella.

En cuanto al amor mismo, lo consolida y prepara así la felicidad de que gozará la pareja cuando se halle ligada por la vida en común.

Este último punto de vista es de gran importancia y merece ser subrayado con insistencia. No se repetirá nunca lo suficiente hasta qué punto es esta virtud una condición indispensable para la felicidad.

Fundamento de la confianza mutua

Sobre ella, en efecto, se instaura uno de los primeros fundamentos de la felicidad de los futuros esposos: la confianza mutua.

¿Será necesario recordar que una vida conyugal se hace radicalmente insostenible en cuanto los esposos pierden la confianza del uno en el otro? Si temen la infidelidad, el uno del otro, si están cansados de no poder entregarse a un reposo legítimo en ciertos períodos de su vida, si el espectro del engaño acompaña una insatisfacción sexual que las circunstancias imponen al cónyuge, ¿cómo se puede ser feliz?

No hay felicidad conyugal posible más que en un clima de confianza absoluta entre ambos esposos. Si ésta no florece en el hogar, sobrevendrán las sospechas, las inseguridades, los celos, las represalias y las disputas.

A fin de no incurrir en esas calamidades que llegan, en muy poco tiempo, a destrozar el amor más hermoso, es preciso que la joven esposa pueda descansar sobre la certeza moral de que su marido está lo bastante liberado de las esclavitudes sexuales para conservar el amor que por ella siente, aun cuando, en caso de fuerza mayor (dictámenes médicos, por ejemplo), la pareja deba imponerse ciertas restricciones.

¡Y bien sabe Dios que tal situación no es rara! Inevitablemente, en semejantes circunstancias, la joven esposa se volverá hacia el pasado y juzgará el presente bajo su luz. Si ella recuerda a su novio enfermo de deseo, minado por codicias incontroladas, exigiendo, suplicando, maniobrando para conseguir las satisfacciones de las que no pueden prescindir por más tiempo sus sentidos enloquecidos, ¿cómo no va a estar inquieta y cómo va a impedir que el veneno de la inquietud se infiltre en su espíritu?

Lo mismo le acontece al joven esposo. En la hipótesis de que una ausencia prolongada le imponga el tener que abandonar su mujer a sí misma, o también en caso de que unos motivos personales no le permitan responder a las exigencias inconfesadas, quizá, pero no por eso menos imperiosas de un apetito sexual demasiado intenso, ¿cómo no comprometer el presente volviéndose hacia el pasado? Si él encuentra entonces la imagen de una sirena electrizada por un apetito carnal siempre insatisfecho, ¿cuál no será su inquietud?

Pero si uno y otro pueden entonces recordar con alegría sus esfuerzos comunes, realizados durante los meses en que hayan conseguido domar el deseo en ellos, con la fuerza de su amor, ¡qué seguridad no encontrarán en ese recuerdo! Tendrán entonces la inapreciable certeza de que el cónyuge merece una confianza total ante la prueba misma que él haya dado en esa ocasión de su equilibrio y de su autodominio. Fuera de esta perspectiva, no queda sitio para la confianza… ni tampoco para la felicidad que va unida a ella.

La fuente del dominio de sí mismo

Además, la pureza es, sin discusión, una escuela de autodominio para los novios. El joven, sobre todo, se beneficia de los esfuerzos que aquélla impone para disciplinar sus reflejos instintivos y someterlos al control de la razón.

Ahora bien, en esto también, nos encontramos con una condición indispensable para la felicidad conyugal. La experiencia acumulada en el curso de los siglos, confirmada hoy por los datos que unas encuestas sistemáticas han revelado, establece que una de las causas principales del desacuerdo conyugal es la insatisfacción sexual de la mujer, frustrada en su eclosión normal a consecuencia de la imposibilidad en que se encuentra el hombre de conservar el control de sus reacciones sexuales.

Esto quiere decir, sin posible duda, que el hombre que durante su juventud ha desdeñado todas las exigencias de la pureza para entregarse sin esfuerzo a las inclinaciones que le incitaban con tanta mayor violencia cuanto que creaban en él un desequilibrio cada vez mayor, se prepara a un fracaso matrimonial.

El hombre debe aprender su oficio de marido en su época de novio; y por paradójico que esto pueda parecer a primera vista, no será por medio de una anticipación desdichada como aprenderá ese oficio de hombre, sino adquiriendo un completo dominio de sí mismo.

Sin éste, en lugar de hacerse un hombre, seguirá siendo un adolescente poco evolucionado. Sus reacciones, originadas por una sexualidad infantil y eruptiva, le conducirán a hacer de la unión carnal un embrollo irreparable.

Teniendo en cuenta la experiencia, podemos afirmar de un modo indudable que «la unión armoniosa es imposible sin el dominio del espíritu sobre los sentidos».

Ahora bien, este dominio debe adquirirse antes del matrimonio bajo pena de complicar enormemente, a veces de una manera irreparable, los primeros meses de vida conyugal.

Pero, ¿cómo llegar a este tan preciado dominio de sí más que por la pureza?

Que se tome buena nota de ello: no se ingresa en el matrimonio porque se haya hecho imposible conservar el control de una situación que ya no se puede dominar. Es éste un error de bulto basado en una concepción mezquina y radicalmente falsa del matrimonio.

No se debe entrar en éste sino en el momento en que un suficiente dominio de sí asegure al joven la fuerza requerida para no herir a la muchacha con una precipitación de mala calidad. Lo cual quiere decir que la pureza se convierte en una condición previa al matrimonio, cuyo éxito prepara, asegurando el dominio de un instinto sexual que ella refrena sometiéndolo a la razón.

Todo cuanto se ha dicho hasta aquí no proviene de consideraciones religiosas apriorísticas o gratuitas. La ley de Dios se adapta en este terreno a las exigencias mismas de la naturaleza humana, hasta el punto de que negarse a obedecer ese precepto de pureza, es condenarse a falsear la propia personalidad con una desviación cuyas consecuencias traerán, casi seguramente, el fracaso del amor.

Quien se ha inclinado sobre la angustia de tantas parejas desgraciadas para buscar la explicación del fracaso conyugal, encuentra casi siempre ese mal. La mayoría de las veces había en el joven tal inmadurez sexual que la armonía ha quedado radicalmente comprometida por ella.

No se doma un potro salvaje dejándolo correr por las praderas. Hay que embridarlo, mantener bien sujetas las riendas, enseñarle a obedecer la voluntad de su dueño. Sólo entonces llega a ser apto para el servicio.

El instinto sexual debe mantenerse igualmente bien refrenado. El joven debe aprender a conservar el dominio de sí mismo a fin de hacerse, llegado el día, apto para entregarse a su esposa. Si, durante el noviazgo, no ha aprendido a dominar sus impulsos, será incapaz de adoptar al principio la actitud de reserva que se impone en todo esposo juvenil. Y al propio tiempo, estará a punto de comprometer la felicidad futura del hogar.

A los enamorados se les dice con mucha perspicacia: «Vuestro cuerpo es el arpa de vuestra alma, y os atañe a vosotros extraer de ella una música dulce o unos sones confusos».

Por medio del largo aprendizaje de la pureza el alma del joven prometido preparará su cuerpo al don conyugal que pueda ser realmente el triunfo del amor.

Para unos novios, no hay mejor manera de preparar su amor futuro asegurando su duración, que vivir su amor presente en la pureza.

La prueba del amor

A estas consideraciones se puede añadir también que la pureza se presenta como la prueba del amor.

Es fácil la confusión entre el verdadero amor y todas las falsificaciones de éste. Ahora bien, lo peculiar de la virtud de pureza es precisamente efectuar una división entre lo que proviene propiamente del amor y lo que proviene más bien de la pasión carnal.

Hemos subrayado ya el peligro de confusión que hay en esta materia, por el hecho de que todo amor implica una resonancia carnal, mientras que la inversa no es necesariamente cierta.

En ese punto precisamente interviene la pureza, revelando la naturaleza del verdadero sentimiento que atrae dos seres el uno hacia el otro.

Si se trata de la trivial aventura de dos cuerpos que se buscan: entonces se cederá a los impulsos del instinto sin tomarse el trabajo de luchar, por poco que sea, para elevarse más allá de un falso amor que es tan sólo una promiscuidad sexual velada.

Si se trata, por el contrario, de un verdadero amor: se intentará entonces dominar los movimientos del apetito sexual y subyugarlos en nombre de un bien superior.

En tal caso, incluso si hay caída, la lucha se mantiene enérgica y tendrá que acabar en una liberación del espíritu. El amor queda en cierto modo purificado, y se tiene la certeza de que los lazos que atan el uno al otro no son exclusivamente los de la carne, sino ante todo los del espíritu. En esta certeza se basa, al mismo tiempo que el gozo de ser amado, la garantía de lo inquebrantable del matrimonio.

Fundamento de la confianza mutua, fuente principal del dominio de sí, prueba del amor: así aparece la virtud de pureza aplicada a los novios. ¿Quién no ve, desde ese momento mismo, el imperativo importante que representa? Hasta tal punto que se puede afirmar sin exageración alguna, que quienquiera que pretenda menospreciarlo, verá, tarde o temprano, fenecer su amor.

No se puede edificar un matrimonio sobre el desprecio de lo sexual, y esto es precisamente lo que hacen quienes se niegan, con el pretexto que sea, a mantenerse castos en su amor.

La pureza, en este sentido, no es realmente facultativa. Se impone como una necesidad.

  1. Posibilidad y condiciones de la pureza

Esta necesidad y el papel primordial que la pureza está llamada a desempeñar en la preparación inmediata al matrimonio, son demasiado evidentes para que una pareja reflexiva no se detenga en ellos. Ocurre, sin embargo, que después de haber visto su importancia y admitido su necesidad, se retroceda ante los sacrificios que impone. Se recurre entonces a una disculpa demasiado fácil: la de la imposibilidad que existe para los jóvenes de nuestra época, de vivir su amor en un clima tal de pureza. Y se inventan entonces mil pretextos que intentan eludir todos los compromisos.

En respuesta a esto, basta mencionar el hecho indiscutible de tantos y tantos novios que, pese a todas las circunstancias, contra viento y marea, se mantienen firmes, y logran alcanzar contra ellos mismos y contra todas las corrientes que se coaligan para vencerlos, esta admirable victoria que significa un noviazgo de pureza.

¿Por qué, pues, lo que es posible para unos ha de ser imposible para otros? Substancialmente, se puede creer que todos se enfrentan con los mismos problemas, hasta cuando para algunos, ciertas circunstancias difieren y hacen la lucha más azarosa. Además, todos tienen a su disposición la gracia de Dios y la fuerza de su amor. Se trata, pues, de convencerse de que allí donde otros han triunfado, todos pueden triunfar.

Esta convicción desempeña un importante papel en el resultado de semejante lucha. En efecto, quienquiera que la entable con la idea preconcebida de que le es imposible triunfar, capitulará desde los primeros choques y quedará abatido por un desaliento peligroso.

Cada pareja de novios debe creer en ella; debe tener la inquebrantable convicción, cualesquiera que sean sus dificultades y sus fracasos, de que lo mismo que otra cualquiera puede alcanzar esa cima del amor que es la pureza. Pues de otro modo sería la decadencia y el derrumbamiento de todo ideal de vida.

Ahora bien, lo que valga el ideal de quienes se aman, es lo que valdrá su amor. Para mantener éste en buena salud, tienen, pues, el deber de hacer que conserve una gran dosis de ideal, a lo cual se aplicarán fomentando la convicción de que pueden conseguir depurar su afecto, si saben perseverar sin retroceder.

Una vez adquirida esta convicción y sólidamente aferrada al espíritu del uno y del otro, se dedicarán a determinar las condiciones prácticas en las cuales será realizable su victoria. Entre éstas, algunas corresponden al joven y otras a la muchacha.

La parte del joven

Al joven, primeramente.

Estando a punto de señalar las condiciones que harán posible la castidad del joven novio, ¿no es necesario ante todo eliminar ciertos prejuicios tan difundidos según los cuales es imposible, e incluso perjudicial para el joven, practicar la castidad?

Con frecuencia se escudan en testimonios pseudomédicos, que además son falsamente alegados o mal interpretados. Éstos no son más que burdos pretextos a los que no se les puede conceder ningún valor.

En fecha todavía reciente, una de las celebridades médicas contemporáneas, el doctor Cossa, jefe del servicio psiquiátrico de los hospitales de Niza, refutaba magistralmente esas alegaciones. Respondiendo de modo sistemático a las preguntas: ¿Puede el hombre abstenerse de la actividad sexual? ¿Puede hacerlo sin inconveniente? ¿Es deseable que se abstenga de ella?, el doctor afirmaba, en conclusión, y de una manera que desbarata todas las objeciones, la conveniencia de la castidad masculina («Bulletin de la Société médicale de Saint-Luc», 1947, n.º 8, p. 195-209).

Y deteniéndose, después de él, en el análisis de ese problema, el doctor Robert-Henri Barbe, afirmaba: «Desde el ángulo medicopsicológico que nos interesa, no se ha repetido lo suficiente la posibilidad y la inocuidad de la castidad masculina bien entendida»  ((«Bulletin de la Société médicale de Saint-Luc», 1947, n.º 8, p. 107). Conviene además afirmar, añadía, que es oportuna.

A estos testimonios, ya bastante explícitas por sí mismos, añadiremos este otro que barre de golpe todos los sofismas acumulados sobre el tema: «La práctica de la castidad no ha hecho enfermar ni enloquecer a nadie: es, por el contrario, un poderoso elemento de equilibrio para quien sabe vivirla en su plenitud» (Dr. Fabienne Signoud, Aspects médicopsychologiques de la chasteté féminine dans le célibat et le mariage, en Médecine et Sexualité, Spes, París 1950, p. 139).

Por tanto, sería inoportuno buscar pretextos para justificar los extravíos a los que tantos hombres se entregan. Lo mismo que la mujer, el hombre puede y debe mantenerse casto. Para conseguirlo, tiene que someterse a ciertas condiciones.

Entre otras cosas, el joven debe, ante todo, revisar su concepto de la mujer. Por desgracia, sucede en efecto que la idea que de ella difunden el cine y una buena parte de la literatura contemporánea no está en conformidad con lo que ella debería ser. ¡Cuántos, para quienes la mujer es ante todo una «despertadora de deseos», no ven en ella más que el instrumento requerido para satisfacer sus pasiones desequilibradas!

Detrás de las medias sonrisas y de las miradas de reojo, se cultivan falsos reflejos de tal modo que, llegado el momento de elegir esposa, arrastran a su zaga ese triste bagaje del que no logran ya desprenderse.

Ahora bien, es esencial que su concepto de la mujer lleve al hombre a ver en ella, no un ser que codiciar sino un ser que respetar, a amarla tal vez por su belleza, pero mucho más por su bondad, por el impulso hacia el bien que lleva ella dentro, por su fineza interior que aportará al hombre ese complemento de alma que él necesita. Considerarla como su compañera ante Dios, la que le ayudará a ir hacia Él, pidiéndole a cambio su propio apoyo. Considerarla también como madre de sus hijos, la que será en el hogar fuente de vida y corazón de la alegría. En suma, recogiendo la magnífica idea de Gina Lombroso, volverse hacia la mujer como hacia «la que es esencialmente madre, aquella en quien el amor habla más alto que la ambición, la que necesita encontrar un apoyo y darlo a su vez, la que tiene sed de ser amada y de amar ella también».

A menos de alimentar en él tan elevado concepto de ella, el hombre no podría ser digno de la mujer y su amor se reduciría a no ser más que una triste toma de posesión al nivel de la carne.

En el mismo sentido, el joven debe habituarse a la idea de que sus bruscos arrebatos, que son fruto de la pasión en él y que rugen cada vez que el deseo asciende, pueden llevarle a herir de modo irremediable la delicadeza de su novia. Es muy crecido el número de las que entran en el estado matrimonial ocultando tras su máscara sonriente un auténtico temor.

En numerosos casos, éste proviene de unas relaciones ambiguas, debidas al hecho de esa violencia incontrolada que han percibido en el hombre. Se sienten deseadas más que amadas, lo cual no puede sino engendrar en ellas una inquietud desgraciadamente justificada.

Que el hombre aprenda a amar y a manifestar su amor sin dejarse turbar por los impulsos equívocos de su potencia sexual, porque no hay otro medio de evitar a la joven novia las torturas de una angustia que, con toda evidencia, permanece siempre secreta. Que él despliegue, pues, toda su energía para evitar el dejarse deslizar y llegar a tomar por anticipado el don total del mañana.

Porque hay cosas que no se rompen más que una vez; después no queda más que llorarlas. Tal es, con respecto al joven, la imagen de él que lleva dentro su novia. No hay más que una primera noche, que debería estar marcada por el amor más tierno, más delicado, más generoso. ¿Por qué, al anticiparla, marcarla con el recuerdo indeleble del egoísmo, de la violencia, del daño y de la tristeza? ¿Por qué ofrecer a la novia esa entrada deprimente y desesperante en el mundo del amor, que debería ser confortante y bello? ¿Por qué exigir de ella hoy lo que no tiene ella derecho a entregar hasta mañana?

Acaso consentirá ella, a fuerza de circunloquios y con frecuencia por temor a perder al hombre a quien ama, a la infamia de entregarse demasiado pronto; pero conservará siempre de ello una amargura profunda, porque creerá haber pagado su amor con su carne. Y no podría haber para ella un recuerdo más penoso.

La parte de la muchacha

Queda ahora por recordar a la muchacha que ella tiene también su parte que realizar en esta lucha tan difícil.

Lo primero que hace falta es que ella comprenda a su novio. Que sepa que en él, debido a su propia constitución fisiológica, puede haber a ciertas horas un deseo carnal de una gran violencia sin que por eso el novio sea malo. Paga él simplemente entonces el rescate de su sexo, una de cuyas características es precisamente esta sensibilidad sexual intensa y a menudo tan difícil de vencer.

Cuando la muchacha perciba en su pareja un ardor que le parezca sospechoso, que se guarde mucho de juzgarle por ese solo signo, y de situarle entonces entre las bestias. Tal juicio sería injusto. Que se guarde también de rechazarle entonces neciamente, y que sepa disimular la firmeza de su negativa con una delicadeza que su novio le agradecerá infinitamente. La brusquedad, en tales circunstancias, no puede conducir más que al desacuerdo.

La mejor baza de la mujer, en este terreno, será la prudencia. A este respecto diremos, además, que con frecuencia la mujer carece de ella. Entregándose a una coquetería a la cual la inclina espontáneamente su feminidad, cultivando de un modo inconsciente su afán de agradar y de seducir, sucede que, sin darse cuenta, la muchacha llegue a mostrarse provocadora. Es un desastre el que prepara entonces, porque el hombre, estimulado en su natural violencia por un despliegue de artificios harto eficaces, llegará a no poder resistir más. Sin saberlo quizá, pero de una manera cierta, la muchacha le habrá conducido entonces a las puertas de la exasperación.

Para evitar una situación tan peligrosa, que la novia sea muy prudente en su manera de vestir, en su manera de expresar su ternura, en las manifestaciones de su poder femenino. En este terreno no está permitida ninguna inconsciencia, y no sería una disculpa alegar la ignorancia.

Pero una vez asegurada esta colaboración por su parte, una vez bien utilizada esta prudencia comprensiva, que se arme de una gran firmeza. Pudiera ocurrir que, bajo la impresión de una negativa, aunque ésta sea hábil, el joven impulsado por su fogosidad proteste; pero una vez restablecida la calma sentirá más estimación, más confianza, más respeto e infinitamente más amor.

No hay camino más seguro para engendrar el respeto del hombre que el autorrespeto que muestra la mujer en semejante ocasión. Sólo al precio de esta amable firmeza la mujer se engrandecerá en el corazón de su novio.

La norma: un esfuerzo conjunto

Finalmente, como última norma en esta materia: sabrán darse la mano para elaborar entre los dos una estrategia de la prudencia. Unos novios deben comprender que les resulta imposible resolver ese problema si no se aplican a ello conjuntamente. Por eso no deben temer el hablar juntos a este respecto a fin de analizar la situación concreta.

Se quejan a menudo de estar siempre luchando con una eterna repetición. Se adoptan grandes y hermosas resoluciones que se olvidan en seguida. Lo malo de esas resoluciones es que son con frecuencia demasiado vagas. No se ciñen a la realidad y, por ello, se vienen abajo en seguida.

Es preciso, por tanto, que la pareja, con un esfuerzo leal e intransigente, determine el camino a seguir para eliminar las ocasiones que provocan generalmente sus fracasos. No es necesario crearse dificultades; una pareja que se detenga a analizar su comportamiento habitual encontrará muy pronto sus puntos débiles. Una revisión sistemática e inexorable, efectuada conjuntamente por el novio y la novia, tendrá sin duda como resultado el revelar las brechas por donde se infiltra el mal. Determinar en suma lo que pueden permitirse y lo que deben evitar… aunque «en sí» no sea un mal.

No existe sobre este tema un código al cual pueda uno atenerse con certeza; sería pueril querer redactarlo. Verdad es que hay ciertos límites precisos que no está nunca permitido rebasar. Pero hay otros que pueden imponerse a una pareja mientras que no se imponen a otra. Por eso cada pareja de novios debe aplicarse a trazar el camino que le sea apropiado a fin de evitar el verse, tarde o temprano, empujados ante un muro prohibido.

En caso de duda, téngase como un deber el consultar humilde y simplemente a un confesor, cuidando de exponerle los antecedentes verdaderos de la situación y con quien se podrán discutir las actitudes generales que deben adoptarse. Con frecuencia, este simple paso, prenda de honradez y de buena voluntad, traerá por sí solo gracias innumerables de las que se beneficiará la pareja en sumo grado.

¿No será éste, además, el mejor medio de asegurar la perseverancia y la continuidad del esfuerzo? Porque hay que tener muy en cuenta esta realidad: los mejores quedan muchas veces destrozados en sus esfuerzos hacia el bien.

No hay que vacilar nunca en acudir entonces a la misericordia divina; ésta es inagotable, como nuestra miseria y nuestra flaqueza. Por eso, no hay que abstenerse de hacerlo con el pretexto de que se teme abusar o mostrar una falta de lealtad. Ciertamente, no se trata de coleccionar absoluciones sin tomarse el trabajo de mejorar la situación; sería ridículo e indecoroso. Pero quien quiere hacer un verdadero esfuerzo y se obliga a no ceder, debe buscar el perdón de Dios, cuando ha habido extravío.

Lo que Dios espera de nosotros, siempre y en todo terreno, no es que triunfemos fácilmente y en el acto, sino que luchemos tenazmente, aunque la derrota ocasional haya de ser el resultado desalentador de esa perseverancia. Que se guarden en esto de incurrir en exámenes de conciencia enfermizos y de insistir machaconamente sobre sus culpas. Que sepan olvidar sus pecados como Dios mismo los olvida, sin aferrarse a ellos con desesperación. Hay que escuchar las palabras de Péguy:

Vuestros pecados, ¿son acaso tan preciados que haya que catalogarlos y clasificarlos, y registrarlos y alinearlos sobre mesas de piedra, y grabarlos y contarlos y calcularlos y compulsarlos, y recopilarlos y revisarlos y repasarlos, y enumerarlos y culparos de ellos eternamente, y conmemorarlos con no se sabe qué clase de piedad? (Le mystère des Saints Innocents).

Desde el momento en que unos novios están verdaderamente decididos a realizar el esfuerzo, desde el momento en que no se niegan a sacrificarse para mantener su amor en ese saludable clima de pureza que les servirá para lograr la felicidad, que se vuelvan hacia Dios con tanta frecuencia como la que mostraron en apartarse de Él; extraerán de Él una fuerza nueva y esa gran paz que proporciona el pensamiento de un ayer olvidado y de un mañana naciente.

A todas las parejas de novios que luchan por conservar el esplendor de su amor, cualesquiera que hayan sido los fracasos, les está permitido repetir las palabras que el poeta de la misericordia presta a Dios:

La jornada de ayer está cumplida, hijo mío, piensa en la de mañana, y en tu salvación, que está al término de la jornada de mañana. Para ayer, es demasiado tarde. Mas para mañana, no es demasiado tarde (Péguy. Le mystère des Saints Innocents).