PADRE JUAN CARLOS CERIANI: DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD

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DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él… ¿Qué significan estas palabras?

El anciano y santo Simeón, iluminado por el Espíritu Santo, acababa de reconocer en el Niño Jesús al Mesías durante tanto tiempo prometido y esperado; y celebró, en términos magníficos, los beneficios de su llegada para toda la humanidad.

Los padres de Jesús se admiran al escuchar estas cosas; no porque ellas contuviesen algo de nuevo y sorprendentemente por ellos, pues conocían más que todos al respecto; pero su corazón encontró nuevos motivos para la alabanza, la gratitud y el amor.

Estamos, pues, ante el misterio de la Profecía del anciano Simeón. Misterio venerable, en que descubrirnos lo que encierra nuestra religión, no sólo de más sublime y divino, sino de más edificante y afectuoso: un hombre Dios ofrecido a Dios; el Santo de los santos consagrado al Señor; el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza en un estado de víctima; redimido el mismo Redentor del mundo; una Virgen purificada; y una Madre, en fin, inmolando a su Hijo… ¡Qué prodigios en el orden de la gracia!

Siguiendo el ejemplo de María Santísima y el Buen San José, contemplemos y admiramos sin cesar las maravillas del poder, la sabiduría y la bondad de Dios, en la Encarnación y el Nacimiento del divino Redentor; y, de hecho, ¡qué acumulación de maravillas en estos dos misterios!

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Simeón les bendijo…, es decir, los felicitó por ser los padres de tal Niño, y les deseó a ambos gracias proporcionales a la felicidad que disfrutaban.

En el mismo sentido, Santa Isabel le había dicho a Nuestra Señora: Benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui.

El santo anciano siguió profetizando. Se dirigió en particular a María, como Madre del Niño, y porque el Espíritu Santo le mostró la parte que debería tener en el gran misterio de la Redención.

Sus palabras, graves y solemnes, contienen una triple predicción: en relación con Jesús, en relación con María misma y en relación con los hombres.

Esta proclamación profética fue para María un trazo de luz, pero también una señal de dolor, pues Dios le indicaba que la asociaba de una manera más especial a los sufrimientos y méritos de su divino Hijo.

Lo que su alma experimentó de amargura en este momento, sólo Dios lo sabe; pero seguramente esta Madre bendita repitió de todo corazón, sus ojos elevados hacia Él, y pensando en la obra de nuestra salvación: Ecce ancilla Domini, fiat mihi secundum verbum tuum.

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La profecía de Simeón sobre el Niño Jesús está indicada por estas palabras: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción.

Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel. Este Niño, nacido para salvar a todos los hombres, será, de hecho, una fuente de salvación y de vida para muchos, para todos los hombres de buena voluntad que creerán en Él, que serán fieles a sus preceptos; los hará pasar de la muerte del pecado a la vida de la gracia.

Pero para aquellos que se nieguen a reconocerlo, que serán rebeldes a su gracia y que violen su ley, será una piedra de escándalo, una ocasión de ruina y muerte.

Los malvados, sin embargo, perecerán solo por su culpa; su ruina es obra, no de Jesús, sino de su triste locura.

Simeón acababa de decir que la salvación ha sido preparada para todos: Salutare, quod parasti ante faciem omnium populorum; Jesús descendió del Cielo para ser la resurrección de todos, tanto de los judíos como de los gentiles. Pero, por la resistencia que se le opondrá, por el abuso o el desprecio de su gracia, causará, a pesar de sí mismo, a pesar del derrame de toda su Sangre, la pérdida y la muerte de un gran número, pérdida sin reparación posible, muerte total y eterna.

Cuanto mayor sea la gracia despreciada, más terrible será el castigo…: si la misericordia es desconocida y rechazada, la justicia intervendrá sin aquella…

¡Qué predicción tan asombrosa y terrible!… Y se trata de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que acaba de descender del Cielo para ser el Salvador de todos los hombres…

Que sea puesto para elevación, uno lo entiende; pero ¿cómo será puesto para caída?

Un aterrador misterio de misericordia y justicia divinas, lleno de instrucciones saludables para todos nosotros…

¿Para quién es puesto Jesús para caída?

Primero fueron los judíos, orgullosos, quienes esperaban un Mesías conquistador; y lo despreciaron en su establo, se escandalizaron por sus humillaciones y su doctrina, y lo crucificaron.

El mayor número de ellos no quiso reconocer a Jesús, y han desatado sobre ellos y sobre toda su nación una ruina completa.

También los corruptos y perseverantes paganos de todos los siglos, quienes rechazan obstinadamente la luz del Evangelio y, con frecuencia, matan a los apóstoles que les son enviados.

Hoy todavía somos testigos de esta resistencia y de esta ceguera deplorables; y, a pesar de las gracias divinas que se les ofrecen, ¡cuántos siguen siendo los tristes esclavos y las víctimas del demonio, y se pierden para siempre!

Finalmente, son los malos cristianos, entregados a sus pasiones, y que rechazan a Jesús; quienes prefieren la tiranía de Satanás al yugo suave del Salvador, se burlan de las advertencias, desprecian o profanan los Sacramentos…

¿Para quiénes Jesús es puesto para elevación? La misericordia de Dios también ha reservado, en el transcurso de los siglos y en todas partes, una multitud de benditos elegidos.

Entre los judíos, algunos creyeron en Jesús y se convirtieron en sus discípulos; luego, después de Pentecostés, el número de fieles aumentó considerablemente.

Además, los Apóstoles y sus sucesores, por orden de Jesús, se extienden por toda la tierra, dando vida al alma en una multitud de hombres de buena voluntad.

Hoy todavía, en todas partes del mundo, brilla la luz del Evangelio, y algunas pobres almas resucitan por la virtud del nombre de Jesús.

A pesar de las herejías y de la apostasía, a pesar de los esfuerzos de Satán y sus seguidores, ¡cuántos se mantuvieron fieles y no doblegaron la rodilla ante el modernista Baal!

Jesús los anima y fortalece con su palabra y sus Sacramentos… Son menos numerosos, sin duda, que los malvados y los cobardes; pero nolite timere, pusillus grex… pues vuestro Padre ha determinado daros su Reino…

Pero no termina aquí la profecía…, sino que sigue con estas palabras: Este está puesto ser señal de contradicción.

Jesús será un signo de contradicción, es decir, el objeto de una contradicción obstinada, general, inaudita… Continuó siendo contradicho, y lo será hasta el fin del mundo; y no sólo en sí mismo, sino también en la obra que fundó, su Iglesia.

Por parte de los judíos primero, y especialmente de los fariseos, fue contradicho en su nacimiento, en su divinidad, en su doctrina; calumniado en su conducta y milagros; perseguido sin tregua y finalmente sacrificado. Después de su muerte, Jesús crucificado sigue siendo un signo de contradicción para todos, escándalo para los judíos, locura por los gentiles.

¿Es de extrañar que Satanás, el mundo y la carne se levanten contra Aquel que vino a destruir su imperio?

Pero observemos que esta contradicción, esta guerra contra Cristo y su Iglesia, sólo ha arruinado a sus enemigos. ¡Cuánto se han rebajado! ¿Qué ha sido de una moral sin religión, de una doctrina sin autoridad?

El oráculo divino se cumplirá indefectiblemente: Jesús será nuestra resurrección y nuestra vida, si somos fieles; pero será nuestra pérdida, si lo resistimos, si lo ofendemos…

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¿Cuál es la profecía acerca de María?

Y a ti misma una espada te atravesará el alma…

Simeón predice a María las dificultades que deberá soportar, lo que tendrá que sufrir al cooperar con su divino Hijo en la obra de la redención de los hombres, especialmente al pie de la Cruz.

La vida de María, de hecho, como la de Jesús, fue un martirio continuo; estaba constantemente ante sus ojos su Jesús, ese Cordero divino, perseguido, azotado, crucificado.

Vio de antemano todos sus tormentos, y su Corazón de Madre sintió un dolor inexpresable; era una espada que la traspasada en todo momento, sin poder matarla.

Pero lo que causó el largo martirio de María fue que este tierno Cordero, tan dulce y hermoso, sería objeto de una contradicción general y perpetua; que un día sería tratado como el más miserable y el más criminal de los hombres… Todas las palabras de los Profetas, especialmente de David e Isaías, pasaron ante sus ojos y representaron todo este sangriento drama de la Pasión como una visión espantosa…

Otra causa de dolor por su tierna alma fue ver la malicia y la ingratitud de los hombres, la inutilidad de la Encarnación y la Pasión de Jesús para tantos pueblos y pecadores obstinados.

Ella lo vio de antemano, en todo momento, rechazado, contradicho…, y, en consecuencia, la inevitable ocasión de la ruina de muchos…

Y finalmente una innumerable multitud de personas bautizadas, que se perderían por su ingratitud, su resistencia a la gracia, su apostasía. Ella vio la Sangre de Jesús gritando venganza contra tantos Caínes…

Es esta resistencia insensata de los hombres a la gracia de la Redención la que desuela a la Santísima Virgen; y, mientras adora los juicios secretos de Dios en la reprobación de estas multitudes de hombres tercos en su infidelidad y perversión, su Corazón será sumido en un océano de amargura y dolor.

Consideremos cómo la Santísima Virgen nos ama y cuánto ha sufrido por nosotros. Pensemos a menudo en sus dolores y tratemos de consolarla con nuestra fidelidad, nuestra gratitud, nuestro amor y nuestra generosidad.

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¿Qué predice Simeón para los hombres?

Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.

Las contradicciones de las cuales Jesús será el objeto, y los dolores de su Madre darán lugar a la revelación de los corazones, es decir, se utilizarán para sacar a la luz sus verdaderas disposiciones, para distinguir a los verdaderos discípulos y fieles de aquellos que sólo lo serán de nombre.

Si Jesucristo no hubiera aparecido en la tierra, no conoceríamos la profundidad de la malicia, del orgullo, de la corrupción, del ocultamiento y de la hipocresía del corazón del hombre.

Los falsos discípulos se sonrojarán de su Maestro y lo abandonarán, mientras que otros lo confesarán generosamente y sufrirán con Él y por Él contradicciones, persecuciones y muerte.

Examinemos sinceramente nuestro corazón: ¿es fiel, es constante?, ¿estamos listos para sacrificar por Jesús nuestra comodidad, nuestros bienes, nuestra reputación, nuestra vida?

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Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

El relato de San Lucas termina diciendo que, cumplidas estas obligaciones, la Sagrada Familia se fue de Jerusalén a Nazaret, en Galilea.

Se omite el tiempo que están en Belén y la estancia en Egipto, que sí trae San Mateo.

No cabe aquí y ahora entrar en el examen de las dificultades planteadas por estos versículos y explicar las diversas interpretaciones dadas por los exégetas.

San Lucas simplemente dice que María Santísima y San José, después de haber cumplido lo que prescribía la ley del Señor, regresaron a Galilea, porque no tenía intención de hablar de la adoración de los Magos y de huida a Egipto, ya narradas por San Mateo, el primer Evangelista de la vida de Jesucristo.

Lo que parece más natural y probable es que del Templo regresaron a Belén, donde después llegaron los Reyes Magos; luego, San José, advertido en sueños de los siniestros planes de Herodes, tomó con la Madre y el Niño el camino a Egipto. Regresaron a Palestina cuando el Ángel les dijo el final de la persecución, y fue entonces cuando, según el texto de San Lucas, regresaron a Galilea, a Nazaret, su ciudad.

Sabemos que vivieron allí hasta que Jesús, de unos treinta años, inauguró su vida pública con su bautismo, la elección de sus primeros discípulos y el milagro de Caná.

A San Lucas, pues, sólo le interesa unir lo sucedido en el Templo con la estancia en Nazaret. Preparando el relato siguiente, sólo dice que el Niño crecía y se fortalecía en su cuerpo, al tiempo que aparecía lleno de sabiduría.

¿Cómo explican estas palabras: Puer autem crescebat y confortabatur?

El Niño Jesús, según su santa humanidad, realmente estaba creciendo, volviéndose más fuerte.

Como Dios, obviamente no podía crecer ni fortalecerse, ya que es infinito, eterno y todopoderoso.

Plenus sapientia, lleno de sabiduría. Todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia divina estaban realmente en Él, ya que es Dios; pero estaban escondidos debajo del exterior de un niño pequeño.

A medida que crecía, reveló a los hombres, como por grados, los rayos de esa sabiduría y gracia, que residen en plenitud en su Divinidad.

Y la gracia de Dios estaba sobre él. El Señor, Dios su Padre, ya ponía todas sus complacencias en este bendito Niño. Ya se podía ver en Él una admirable modestia y dignidad, una santidad infinita, algo de lo celestial y lo divino, que cautivaba y deleitaba a todos los corazones.

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Ya lo he dicho otros años como conclusión, y hoy lo repito:

Acabemos nuestra meditación con una observación: el silencio de la Virgen Santísima en medio de todo ese concierto de alabanzas y profecías concernientes a su Hijo y a Ella misma.

Todo habla a su alrededor… Sólo Ella calla…

Hemos ya admirado este silencio… Pero ¡cuánto sube de punto la sublimidad de este silencio, cuando la profecía, encarándose con María sola, no le anuncia alegrías y glorias, sino que hace relumbrar por primera vez a sus ojos la espada de dolor que esas mismas glorias y alegrías sólo harán más aguda y centellante!

Y en situación semejante, María calla…

No pide una palabra de aclaración; recibe los avisos de la Providencia en la medida y el estado en que place a Dios notificárselos, sin tratar de deslindarlos ni anticipar su curso…

Tranquila, resignada y sublime en la expectación, como lo estará en el suceso, hasta el punto de parecer insensible a puro querer tan sólo lo que Dios quiere…

Nos dice el Evangelio que María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su Corazón…

Admiremos…

Conservemos…

Meditemos…

Porque el signo de contradicción está hoy más erigido que nunca…

Y que María Santísima nos ayude a sobrellevar esta carga de la contradicción de Jesucristo y de su verdadera Iglesia. Así sea…