
VIGESIMOTERCER DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
De la Carta de San Pablo a los Filipenses, III, 17 – IV, 3: Sed conmigo imitadores, hermanos, observad bien a los que se comportan según el ejemplo que tenéis en nosotros. Porque hay muchos —de quienes otras veces os he hablado y ahora lo repito con lágrimas— que son enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin es la perdición, cuyo dios es el vientre y cuya gloria es su vergüenza, teniendo el pensamiento puesto en lo terreno, En cambio la ciudadanía nuestra es en los cielos, de donde también, como Salvador, estamos aguardando al Señor Jesucristo; el cual vendrá a transformar el cuerpo de la humillación nuestra conforme al cuerpo de la gloria Suya, en virtud del poder de Aquel que es capaz para someterle a Él mismo todas las cosas. Por tanto, hermanos míos, amados y muy deseados, gozo mío y corona mía, manteneos así en el Señor, amados. Ruego a Evodia, y ruego a Sintique, que tengan el mismo sentir en el Señor. Y a ti también te ruego, noble compañero, que ayudes a éstas que lucharon por el Evangelio conmigo y con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida.
Tal como lo presenta la Epístola de este Domingo, San Pablo tuvo que escribir a los fieles de Filipos: Porque hay muchos que son enemigos de la cruz de Cristo.
Hay muchos, dice el Apóstol, y habla de ellos a menudo en sus Cartas. Es que, aunque el tema sea triste y negativo, no puede prescindirse de él por el interés de las almas que, de otro modo, serían engañadas.
En efecto, ya había escrito un poco más arriba: No me pesa escribiros las mismas cosas, y para vosotros es de provecho.
¡Cuidado con los judaizantes!… ¡Cuidado con los que aspiran a lo terreno!… Porque de ellos se trata…
San Pablo apuntaba a los que se ocupaban en ejercitar su enemistad contra la Cruz de Cristo, enseñando que nadie puede salvarse sino por medio de las observancias legales judaicas, con lo que reducían a nada la virtud de la Cruz de Cristo.
En efecto, sentenció el Apóstol: Si por la Ley Antigua se obtiene la justicia, sin ningún provecho murió Cristo.
Ya había dicho: A la verdad que la predicación de la cruz parece una necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es la virtud y poder de Dios.
¿Y qué consecuencias podía tener eso? Ciertamente, para nosotros, la vida por la Cruz de Cristo; para ellos, por el contrario, la muerte en que incurrirán; en razón de lo cual dice San Pablo: Cuyo paradero es la perdición, es a saber, la muerte eterna.
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También en la actualidad son muchos los que andan como enemigos de la Cruz de Cristo. Y esto no debe sorprender, puesto que la Revolución es satánica y hace estragos…
Sabemos que los ataques del infierno tienen como primer objetivo la humanidad en general; seguidamente, el orden cristiano más estrictamente considerado; en fin, a la Iglesia Católica, a sus miembros, los simples fieles, los religiosos y los sacerdotes.
Los Sacerdotes, sobre todo, son y serán el objeto del odio infernal, porque son los hombres de la Santa Misa.
El Santo Sacrificio de la Misa es, en efecto, la renovación del Sacrificio del Calvario por el cual la humanidad quedó redimida y se reconcilió con Dios.
El olvido de estas verdades fundamentales hace difícil a las personas que no leen más que los periódicos y frecuentan el cine, la televisión, internet y las “redes cloacales”, comprender el odio desplegado por la Revolución en todas partes contra la Santa Misa y el Sacerdocio. Basta recordar los horrores de la revolución bolchevique en Rusia y los crímenes en España y México.
Por esa razón, muchos católicos se preocupan más de los actos revolucionarios contra los bienes materiales de la Iglesia; acciones que, aunque execrables y no menos abominables, son apenas un fragmento del verdadero daño provocado por las marionetas del demonio y su sistema.
Estos fieles, incluso sacerdotes, no entienden el problema de fondo; por eso corren a desagraviar esos actos de vandalismo o esos sacrilegios por medio de misas bastardas. Otros, incluso tradicionalistas, convocan a jornadas de oración, ayuno y penitencia reparadora, pero siempre en unión con la Roma apóstata, la misma que contribuyó y sirve todavía al demonio para que la Santa Misa ya no lo sea.
Por eso es muy importante saber distinguir lo que Satanás buscaba con la crucifixión de Nuestro Señor y la finalidad que persigue ahora, al provocar y dirigir los ataques contra la Santa Misa, y contra los que la celebran y los que a ella asisten.
Satanás movió a los jefes del pueblo judío a desembarazarse de Nuestro Señor, pues tenía conciencia de la presencia en el hombre Jesucristo de una excepcional intensidad de esa vida sobrenatural que detesta; pero, ciertamente, no quería y no pensaba entrar en el orden del plan divino de la Redención.
Su orgullo no le permitió comprender el misterio de un Amor que llegaba hasta la inmolación en la Cruz. Los demonios no sabían, en efecto, que el acto de sumisión del Calvario significaba el retorno al orden divino por la restauración de la Vida Sobrenatural de la Gracia para el género humano.
San Pablo insiste diciendo que, si los demonios hubiesen conocido la sabiduría de Dios, nunca habrían crucificado al Señor de la Gloria (I Cor., II, 8).
Satanás nunca habría inspirado la traición de Judas, ni la condenación de Cristo, si hubiera podido conocer su divinidad y el valor de Redención que había de tener su muerte.
Y Santo Tomás explica: Si los demonios hubiesen estado absolutamente ciertos de que Nuestro Señor es el Hijo de Dios y si hubieran sabido de antemano los efectos de su Pasión y de su Muerte, nunca hubieran hecho crucificar al Señor de la Gloria (I, q. 64, a. 1, ad 4).
Pero, si los demonios comprendieron demasiado tarde el valor del sacrificio del Calvario, están, al contrario, perfectamente enterados de la significación de la Santa Misa. Esto es fundamental entenderlo.
¡Ahí se adivina su rabia! Todos sus esfuerzos van dirigidos para impedir su correcta celebración.
Pero, no pudiendo terminar totalmente con este acto de adoración, de reparación, de acción de gracias y de súplica de un valor infinito, Satanás intenta e intentará limitarlo al menor número posible de individuos.
Y esta lucha continuará hasta el fin de los tiempos.
Cuando se ha comprendido el sentido y el alcance de esta lucha, cuando se conoce el plan de redención realizado por Jesucristo y su Iglesia, aparece inevitable que Lucifer y todo el infierno con él se encarnicen en hacer fracasar este plan; se comprende que, a la salvación operada por la acción sobrenatural de la gracia, Satanás busque oponer un universalismo puramente natural, del cual el Señor de la Gloria sea expulsado y en el cual la obra de la redención esté neutralizada, anulada.
Las razones supremas del orden universal establecido por Dios, la primera justicia, consiste en que la Santa Misa sea celebrada, y bien celebrada, entiéndase: según la voluntad misma de Dios, formulada por los Santos Cánones de la Iglesia.
Que pueda ser celebrada de levante a poniente, en todos los lugares.
Que pueda haber, para celebrarla, numerosos Sacerdotes, santos y doctos en la ciencia de Dios.
Que todo esté ordenado en este mundo para que los méritos de la Santa Misa puedan extenderse lo más abundantemente sobre el mayor número posible de hombres.
He aquí, pues, lo que Satanás no puede dejar de combatir…. Hará todo lo posible para que la Santa Misa no pueda ser celebrada, o, al menos, que no sea bien celebrada… Impedirá que sea rezada conforme a las Rúbricas establecidas por la Santa Liturgia, particularmente el Santo Rito Romano, codificado por San Pío V en 1570…
Y llegará el momento, como está profetizado (está en los planos…), en que el sacrificio perpetuo será abolido.
Por esta razón es que hay muchos que son enemigos de la cruz de Cristo.
Algunos lo son en el orden espiritual; otros en el plano doctrinario.
¡Cuidado con los judaizantes!… ¡Cuidado con los que aspiran a lo terreno!…
En cuanto a los enemigos de la Cruz de Cristo en el orden doctrinario, habiendo comprendido el Demonio toda la fuerza y eficacia de la Santa Misa, todo el empeño del infierno estará puesto en obstaculizar y detener la celebración del Santo Sacrificio del Altar, ya sea:
— restringiendo el número de verdaderos sacerdotes que celebren la Santa Misa.
— cambiando la doctrina sobre el Augusto Sacrificio.
— modificando las Rúbricas del Santo Sacrificio.
Así se explica toda esa labor satánica, no sólo en entorpecer y disuadir las vocaciones sacerdotales, sino también en adulterar tanto el Sacramento del Orden como el Santo Sacrificio de la Misa.
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En cuanto al Sacramento del Orden, el Papa Pío XII había declarado la forma que expresa, sin ambigüedad, la finalidad de la Ordenación Episcopal, que es el poder del Orden recibido del Obispo, así como la gracia producida por el Espíritu Santo.
El 18 de junio de 1968, Pablo VI llevó a cabo la reforma del Pontifical Romano, con el cambio radical, entre otras cosas, en la forma del Sacramento del Orden.
Particularmente, la nueva fórmula de la Consagración Episcopal ya no expresa de manera inequívoca el efecto que debe producir el Sacramento.
Este nuevo sacramento, después de un análisis cuidadoso, aparece como inválido, o, al menos, arroja muy serias y gravísimas dudas sobre su validez.
Por esta razón es indispensable que una persona que ha sido ordenada o consagrada con estos nuevos ritos sea re-ordenada o re-consagrada al menos sub-condición.
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Respecto del Novus Ordo Missæ, durante todo este año he publicado un estudio general y particular del mismo. Allí consideré los autores y los fines de la nueva misa, examiné la explicación que dan de ella los innovadores modernistas, especialmente en el documento titulado Institutio Generalis. Del mismo analicé cuatro puntos en particular:
— La definición de la nueva misa.
— La cuestión de la transubstanciación.
— El carácter propiciatorio del sacrificio.
— El carácter sacerdotal del ministro sagrado.
Los autores de la nueva misa sometieron la Misa Católica a una verdadera revolución. En efecto, el padre de la nueva misa, el sepulturero de la Misa Católica, Annibale Bugnini, en una conferencia de prensa del 4 de agosto de 1967, expresó:
No se trata sólo de retoques en una obra de arte de gran precio; a veces es necesario dar nuevas estructuras a ritos completos. Se trata de una restauración fundamental, diría casi de una refundación, y, en algunos aspectos, de una nueva creación.
Un estudio somero y rápido de los ritos del novus ordo missæ revela tres características principales:
1ª) Un relajamiento general de la liturgia.
2ª) La desnaturalización del Ofertorio.
3ª) Ataques contra el Canon Romano.
Un resumen bien logrado lo tenemos en las 60 Razones por las que, en conciencia, no se puede asistir a la “Nueva Misa” o Misa de Pablo VI.
Los Cardenales Bacci y Ottaviani resumieron bien la cuestión al afirmar:
El nuevo Ordo Missæ se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la XXª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio.
Debido a todos esos cambios, errores y ambigüedades del nuevo rito, una misa celebrada siguiendo estrictamente el nuevo misal, incluso en su versión latina, será inválida.
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Como sabemos, después de implementar sagaces reformas preparatorias, en abril de 1969 se publicó un Novus Ordo Missæ.
Desde entonces, los católicos se vieron trágicamente divididos entre la Misa Católica y la misa bastarda.
Contrariamente a lo que muchos querían hacer creer y otros muchos creían, la Misa Romana continuó siendo, desde el punto de vista estrictamente jurídico y canónico, la Misa oficial y única del Rito Latino Romano de la Iglesia Católica.
El Misal Romano no había sido abrogado.
Era claro, para quien lo quisiera ver, que todo sacerdote tenía el deber (y, por lo tanto, el derecho) de rezar la Santa Misa conforme a ese Misal.
Pero, de hecho, desde 1969, los sacerdotes que deseaban mantener la Misa Romana fueron brutalmente perseguidos por los partidarios de la nueva misa montiniana.
Por lo tanto, el mantenimiento del Misal Romano tuvo que llevarse a cabo en una aparente y creciente desobediencia: fundación de seminarios y prioratos, ocupación de iglesias, construcción de centros de Misa, ordenaciones sacerdotales, consagraciones episcopales…
Fue entonces, y sólo para obstaculizar y reabsorber esta legítima reacción, que el Vaticano se interesó por la Misa Romana.
El 3 de octubre de 1984, Juan Pablo II firmó un primer indulto, por el cual autorizaba a los obispos conceder, bajo ciertas condiciones, la Misa Romana.
Las condiciones para beneficiarse de este “indulto” eran cuatro, de las cuales la primera exigía que constase sin ambigüedades que los sacerdotes y fieles que se beneficiasen del mismo no tuviesen parte (nullam partem) con los que dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por Pablo VI en 1970.
Aceptar esas condiciones, equivalía reconocer la abrogación del Misal Romano.
Por lo tanto, quedó bien establecido que un sacerdote no podía beneficiarse de la Misa de Rito Romano más que a condición de abandonar el combate contra la misa de Paulo VI, y que esta posición fuera pública y conocida por todos.
Quedó claro también que esta concesión no podía tener la pretensión de suplantar la misa de Paulo VI, y que ésta debía conservar todos sus derechos de “primacía” litúrgica.
Era evidente, para quien quisiese verlo, que hacer uso del indulto para rezar la Misa Católica, era insultarla.
Todo este siniestro plan no prosperó debido a la negación de numerosos sacerdotes y fieles a entrar en esta estratagema diabólica.
Así llegamos, en julio de 1988, a las consagraciones episcopales realizadas por Monseñor Marcel Lefebvre y Monseñor de Castro Mayer.
Con ocasión de ellas, la operación es nuevamente intentada; y Juan Pablo II promulga el Motu proprio Ecclesia Dei afflicta, fechado el 2 de julio de ese año.
En este documento pide que se respete «la sensibilidad de todos aquellos que se sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede Apostólica, para el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962»; y remite a la Carta Quattuor abhinc annos, del 3 de octubre de 1984.
Fue entonces que, apoyándose sobre esta aparente «voluntad generosa», aquellos que querían permanecer fieles a la llamada Misa de San Pío V, sin aceptar las consagraciones episcopales de Monseñor Lefebvre por temor al cisma, acudieron a Roma; y recibieron, de hecho, muy buena acogida…
Por lo tanto, se trataba de una operación de recuperación de sacerdotes y de fieles que frecuentaban la antigua FSSPX.
Algunos de ellos cayeron en la trampa; y la Roma apóstata los autorizó a fundar la Fraternidad San Pedro con el fin de estar en la legalidad…, pero en la legalidad conciliar y modernista, por supuesto…
Queda claro que la Comisión Ecclesia Dei continuaba la línea original: sólo estará en la legalidad aquél que no combata la misa bastarda de Paulo VI, aquél que no cause perjuicio a la reforma litúrgica conciliar; y todo esto si su posición es conocida públicamente por todo el mundo.
De este modo, la corriente Ecclesia Dei se convirtió en el refugio de los “católicos sentimentales”, que prefieren la Misa antigua por gusto personal, pero que han cesado el buen combate, que consiste en rechazar la nueva misa por motivos de fe y conservar la Misa Romana por la misma razón.
No faltaron enemigos de la Cruz de Cristo que se acogieron a estos verdaderos insultos de la Santa Misa, cayendo en la trampa de estos pasos intermedios…, necesarios al proceso revolucionario.
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En julio de 2007, con el Motu proprio de Benedicto XVI, encontramos una vez más el mismo desprecio por la Misa Romana…
Pero este desdén ha sido capaz de adaptarse a las circunstancias y ha sabido aceptar, con sagacidad sibilina, la realidad de la defensa del Misal Romano y del rechazo del nuevo misal bastardo.
De este modo, se busca distorsionar esa defensa y ese rechazo, al mismo tiempo que se ofrecen componendas. El objetivo es siempre el mismo: eliminar el Misal Romano.
La Revolución Conciliar permitirá, si es necesario incluso por largo tiempo, que los sacerdotes celebren la Misa Romana, porque lo esencial es que acepten un rito ambiguo y protestantizante. El resto vendrá después.
A la luz de estas reflexiones debemos juzgar el Motu proprio de Benedicto XVI.
La fórmula según la cual la Misa Romana nunca ha sido abrogada en cuanto forma extraordinaria de la liturgia del Rito Romano es una de las ideas más inteligentes para armonizar la Misa Romana con la doctrina modernista.
La realidad es que, si Benedicto XVI pretendía legitimar la misa bastarda y protestantizante, no podía seguir afirmando que la Misa Romana había sido abrogada.
Por lo tanto, era necesario resolver el problema con inteligencia, y hacer creer que la nueva misa es la continuación y la expresión legítima de la Liturgia del Rito Romano.
Era imperioso decir que El Misal Romano promulgado por Pablo VI es la expresión ordinaria de la «Lex orandi» de la Iglesia católica de rito latino.
Además, en su afán de síntesis dialéctica, no era posible que Benedicto XVI dejase transparentar la más mínima sospecha de ruptura o cisma litúrgico.
Era ineludible decir que El Misal Romano promulgado por San Pío V debe considerarse como la expresión extraordinaria de la misma «Lex orandi».
Era forzoso afirmar que Estas dos expresiones de la «lex orandi» de la Iglesia no inducen ninguna división de la «lex credendi» de la Iglesia; son, de hecho, dos usos del único rito romano.
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Sería ridículo pensar, y no faltan cabezas mitradas que lo piensan, que el cambio de posición en el terreno de combate es debido a un inicio de restauración… Es una estrategia de acercamiento hacia la Tradición, ¡sí!…, pero para intentar envolverla y destruirla…
No se trata de una restauración. Es todo lo contrario: consolidar y legitimar la nueva misa protestantizante y el Concilio Vaticano II, sin fracturas trágicas o dramáticas; hacer creer que se trata de una evolución suave, y asegurarse de que ambos sean universalmente reconocidos, aceptados y admitidos de forma pacífica.
Quienes pretenden demostrar que el Concilio Vaticano II no es un cisma doctrinal, del mismo modo quieren probar que la Nueva Misa no es un cisma litúrgico; antes bien, que ambos son el resultado de un desarrollo vital, que debe ser asumido y aceptado.
Esta es la misión del Motu proprio de 2007.
Algunas personas, laicos y clérigos, sacerdotes y obispos, creyeron que la batalla por la Misa se había ganado, y que ahora se debía librar la batalla por la doctrina.
Pero, considerando bien todas las cosas, lo que aparece con claridad es que para Benedicto XVI se cerró el capítulo… No se trata de un comienzo, sino del término del debate: para él, la nueva doctrina conciliar es la misma que la Doctrina Tradicional; del mismo modo que, para él, la nueva liturgia conciliar es coherente con la antigua Liturgia Romana.
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Sin embargo, se habla mucho de la llamada “liberalización de la misa por el papa Benito XVI”. Se la presenta, incluso, como un indicio de restauración en la Iglesia y como el primer paso de una vuelta a la fe para numerosos sacerdotes y laicos.
¿Qué debemos pensar de esto?
Rezar o celebrar la Misa Romana no significa, de modo absoluto, adherir a toda la Doctrina Tradicional y rechazar todo los errores del concilio Vaticano II y del modernismo.
Por lo tanto, a partir del Motu proprio, nos vemos obligados a distinguir a los sacerdotes según su doctrina y no ya solamente según la Misa que celebran. Ahora la distinción es más sutil y difícil. Hasta ahora bastaba saber qué misa celebraban.
Por otra parte, es necesario no dejarse seducir por la ilusión de que la Misa Romana devuelve al sacerdote y a los laicos la sana doctrina.
Como prueba de esto tenemos a los ortodoxos, que nunca han cambiado la liturgia desde hace siglos y que, con todo, permanecen fuera de la Iglesia, cismáticos y herejes.
Sabemos que durante el Concilio Vaticano II todos los obispos celebraban la Misa Romana, y con todo se infiltró a este concilio un espíritu y unos principios contrarios a la Tradición de la Iglesia.
Más recientemente, los institutos que se acogieron a los indultos de 1984 y 1988 y entraron en la Comisión Ecclesia Dei, después de su acuerdo con Roma, poco a poco, aceptaron la rectitud canónica y doctrinaria de la nueva misa, así como las nuevas doctrinas resultantes del concilio Vaticano II, celebrando, al mismo tiempo, la Misa Romana.
Más recientemente, la neo F₪₪PX, que aceptó, festejó, difundió y difunde el Motu proprio de 2007, llega a sostener la validez y legitimidad de la nueva misa, así como el 95 % del conciliábulo, celebrando, al mismo tiempo, la Misa Romana.
Todos estos hechos muestran que la Misa no basta para conservar la fe o recuperarla.
La Liturgia está en dependencia de la Fe y no al revés: sólo se puede honrar a Dios por la Liturgia, si se tienen de antemano la Fe recta, la Esperanza verdadera y la Caridad genuina.
Dicho de otro modo: la Liturgia y la Misa no pueden hacer profesar y alimentar la Fe sino en los que ya la poseen.
Si en una mentalidad modernista y liberal introducimos lo que la Misa Romana enseña sobre la Fe y la doctrina, el resultado será semejante (con la diferencia abismal que existe) a lo que sucedería si ponemos un buen vino en una botella que contenía perfume o nafta.
Esto da una mala mezcla, que no es otra cosa que el Vaticano II: la relativización de toda verdad.
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Concluyamos con las palabras de San Pablo en el contexto que precede al pasaje de la Epístola de hoy:
Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. (…) Hermanos, sed imitadores míos, y fijaos en los que viven según el modelo que tenéis en nosotros. Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo…
