Padre Juan Carlos Ceriani: VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

VIGESIMOSEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Entonces los fariseos se fueron y consultaron entre sí, cómo le sorprenderían en lo que hablase. Y le envían sus discípulos, juntamente con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz, y que enseñas el camino de Dios, en verdad, y no te cuidas de cosa alguna; porque no miras a la persona de los hombres: Dinos, pues, ¿qué te parece, es lícito dar tributo al César o no? Mas Jesús, conociendo la malicia de ellos, dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Y Jesús les dijo: ¿De quién es esta figura e inscripción? Dícenle: Del César. Entonces les dijo: Pues, dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y cuando esto oyeron, se maravillaron, y dejándole, se retiraron.

Dad al César lo que es del César.

Expliquemos brevemente esta sublime doctrina de Jesucristo.

Significa que, si esta imagen y esta inscripción son del César, el denario que las porta pertenece al César. Además, aquellos que se benefician de él, que lo utilizan en sus relaciones cotidianas y en las transacciones, demuestran que actúan bajo la autoridad y la protección de César, y reconocen su soberanía. Y, si el César lo reclama en forma de impuesto, deben dárselo.

Sin embargo, la infinita sabiduría del Redentor agregó: Dad a Dios lo que es Dios.

Dad al César, es decir, al Príncipe temporal, el tributo, el servicio, la obediencia, siempre que no exija nada en contra de lo que Dios exige.

Y dad a Dios el culto que le es debido, es decir, un homenaje de adoración, de alabanza, de sumisión perfecta a todos sus mandamientos, de reconocimiento y de amor.

Los Príncipes tienen derechos, que Dios les ha asignado. Dios tiene derechos, que se ha reservado y son inalienables.

Los buenos cristianos comprenden una y otra obligación, y se conforman a ellas en conciencia; y por esto los príncipes no tienen más devotos servidores que los verdaderos fieles de Dios.

Pero también, cuando los Príncipes abusan de su poder pidiendo a los siervos de Dios cosas contrarias a su conciencia y a los derechos de Dios y de su Iglesia, estos deben responder con valentía: Hay que obedecer antes a Dios que a los hombres.

Y esto constituye gran parte de la noble historia de la Iglesia, desde el comienzo; y así será hasta el final, al menos en lo que respecta a la verdadera y única Iglesia y sus hijos fieles, claro está…

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Al Estado hay que reconocerle los derechos con que Dios lo ha investido; pero el hecho de la institución divina de la Iglesia, cuyos derechos ha establecido el mismo Jesucristo, determina, precisa e incluso limita los derechos del Estado.

Por de pronto, Cristo tiene derecho a ser reconocido como Rey, no sólo por los individuos, familias e instituciones privadas, sino también por el Estado civil, sobre quien tiene verdadera autoridad.

De ahí, consiguientemente, la obligación del Estado a reconocer a la Iglesia como Reino de Jesucristo, con todos los derechos de que su divino Fundador la ha investido.

Y, pues, como la voluntad de Cristo es ordenar lo natural a la salud eterna, se sigue como conclusión la subordinación indirecta del Estado a la Iglesia.

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La apostasía general de las naciones a veces nos hace olvidar esta doctrina católica que, sin embargo, es permanente e inmutable.

Pero, ¿cómo llevar a cabo esto en las actuales circunstancias que nos tocan vivir?

Por un lado, San Pío X:

* nos asegura que «no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó» y que «no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos»;

* nos advierte que «la civilización no está por inventarse ni la «ciudad nueva» por edificarse en la nubes»;

* nos recuerda que esa «civitas Dei» «ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la «ciudad católica»»;

* nos traza el único verdadero camino del «Omnia instaurare in Christo»: «no se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad».

Por otra parte, los «utopistas», «rebeldes» e «impíos», que gestaron, dieron a luz e hicieron crecer las ideologías conciliares del Vaticano II proclaman solemnemente que:

* «Para ciertos creyentes, una vida conforme a la fe no sería posible más que por un retorno a este antiguo orden. Esta actitud no aporta una solución compatible con el mensaje cristiano y el genio de Europa» (Juan Pablo II);

* «En el debate sobre la libertad religiosa estaba presente en la catedral de San Pedro lo que llamamos el fin de la Edad media, más aún, de la era constantiniana» (Padre Joseph Ratzinger);

* «Los textos conciliares Gaudium et Spes, Dignitatis Humanæ y Nostra Aetate juegan el papel de un contra-Syllabus en la medida que representan una tentativa para la reconciliación oficial de la Iglesia con el mundo tal como ha llegado a ser después de 1789» (Cardenal Joseph Ratzinger).

Pero, para estos «idealistas irreductibles —como los llama San Pío X—, que tienen doctrina social propia y principios filosóficos y religiosos propios para reorganizar la Sociedad con un plan nuevo», la destrucción del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad es poco y nada.

«Su sueño consiste en cambiar sus cimientos naturales y tradicionales y en prometer una ciudad futura edificada sobre otros principios» y nos proponen la construcción de la “Civilización del Amor”.

* De este modo, Pablo VI en más de una ocasión indicó a la Civilización del amor «como fin al que deben tender todos los esfuerzos en el campo social y cultural, lo mismo que en el económico y el político».

* Por su parte, Juan Pablo II expresó: «Estamos aquí para hacer realidad, inicial pero objetiva, este gran proyecto de la civilización del amor. Esta es la civilización de Jesús; esta es la civilización de la Iglesia; esta es la verdadera civilización cristiana».

* Para no ser menos, Benedicto XVI muchas veces abordó la temática: “¡Jóvenes constructores de la civilización del amor! Dios os llama hoy, jóvenes europeos y estadounidenses, a cooperar, junto con vuestros coetáneos de todo el mundo, para que la savia del Evangelio renueve la civilización de estos dos continentes y de toda la humanidad”.

* Aunque con otras palabras, no podía faltar el inefable Decimejorge: “Necesitamos un pacto educativo global que nos eduque en la solidaridad universal, en un nuevo humanismo. Debemos hacer que nazca una convergencia global para una alianza entre los habitantes de la Tierra y la “casa común”, para que la educación sea creadora de paz, de justicia, de acogida entre todos los pueblos de la familia humana además de diálogo entre sus religiones” (Lanzamiento del pacto educativo para el 14 de mayo de 2020).

Quien conozca las obras de Félicité Robert Lamennais, fundador del liberalismo católico, y de Jacques Maritain, creador de la animación cristiana de la civilización moderna, reconocerá en ellas las bases de esta Nueva Cristiandad, propuesta por el Concilio Vaticano II, cuyos mentores han sido Maurice Blondel, Henri de Lubac, Marie Dominique Chenu, Yves Congar, Urs Von Balthasar, de quienes son deudores tanto Pablo VI como Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Frente a este avance revolucionario, no faltan quienes esperan un reflorecimiento de la Cristiandad Medieval…; y, mientras tanto, convocan a Cruzadas millonarias de Rosarios…, o a marchas y manifestaciones…, y organizan conferencias, difunden vídeos mientras invitan a depositar su voto en las sacrosantas urnas democráticas…

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Es cierto que San Pío X afirma que «no se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó» y que «no se edificará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos».

Al respecto, tenemos, pues, varias posturas.

1º) Están los que quieren edificar otra ciudad, distinta a como Dios la edificó.

2º) Están lo que quieren reconstruir la misma ciudad, pero con otros planos.

3º) Están los que quieren reconstruir la misma ciudad, con los mismos planos, pero sin que la Iglesia dirija los trabajos.

4º) Están los que quieren reconstruir la misma ciudad, con los mismos planos, con la Iglesia dirigiendo los trabajos, pero con obreros que no respetan los planos.

Aquí hay que distinguir.

a)entre aquellos que no los respetan porque están enviados para ello.

b)y aquellos que no los respetan porque creen ser más sabios que Dios y hacen modificaciones, pensando que la restauración quedará mejor que el original.

5º) Están los que quieren reconstruir la misma ciudad, con los mismos planos, con la Iglesia dirigiendo los trabajos, con obreros que respetan los planos, pero que, de todos modos, fracasan una y otra vez en su intento desde hace siete siglos, especialmente desde hace 230 años, porque no han comprendido las señales de los tiempos ni las profecías que enseñan la conducta a seguir; no han comprendido los planos… y los explican y divulgan erróneamente…

6º) Están los que querían reconstruir la misma ciudad, con los mismos planos, con la Iglesia dirigiendo los trabajos, con obreros que respetan los planos, pero que no meten mano a la obra por miedo al fracaso. Estos no pertenecen al plano religioso, sino al ético, cuyo signo es la lucha y la victoria, y no admiten las derrotas predichas y previstas.

7º) Están los que quieren la reconstrucción de la misma ciudad, con los mismos planos, con la Iglesia dirigiendo los trabajos, con obreros que respetan los planos, pero han comprendido las señales de los tiempos y las profecías que enseñan la conducta a seguir.

Estos han comprendido los planos…; y saben que es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento de los derechos de la Iglesia, para pretender del Estado apóstata el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, para esperar del Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios.

Saben que en el combate que se lleva y debe llevarse a cabo, son constreñidos a los medios de la «legalidad» revolucionaria, que, por añadidura, será cada día más rigurosa, reduciendo cada vez más los medios de defensa.

Pero creen, porque así lo enseña la Revelación, que la batalla ulterior, la que tendrá por objetivo arrancar el poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es obra personal de Dios.

Creen que el Divino Maestro espera que ese pequeño ejército intervenga por la oración y la penitencia para remover el obstáculo que se opone a la acción divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla.

Estos son los que creen y esperan que se reconstruirá la misma ciudad, con los mismos planos, con obreros que respetarán los planos y con Nuestro Señor dirigiendo los trabajos después de su Parusía.

Mientras tanto, llevan adelante la batalla preliminar en la inhóspita trinchera.

Y a los que les objetan que esto es inhumano, pues se les manda luchar por una cosa que va a perecer, sin esperanza de victoria, lo cual, dicen, es imposible al hombre…, les responden que eso es imposible al hombre que está en el plano ético, cuyo signo es la lucha y la victoria; pero no al hombre que está en el plano religioso, el cual lucha por Dios, y sabe que la victoria de Dios es segura, y que él ha nacido para ser usado, quizá para ser derrotado.

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No podemos seguir ninguna de las seis primeras propuestas; y claro está que hemos optado por la única válida.

Todo esto no satisface ni a los idealistas de la Civilización del Amor ni a los utopistas de la Restauración

Respondo, con el Padre Castellani: El filósofo, como el médico, no tiene remedio para todas las enfermedades… A veces, todo lo que puede dar como solución es oponerse a las falsas soluciones… Puede, con el pensamiento, poner obstáculos para retardar una catástrofe; pero en muchos casos no puede sino prever la catástrofe; y a veces debe callarse la boca, y lo van a castigar encima…

Entonces, ¿qué podemos hacer nosotros, si todo esto depende de una serie de destrucciones sucesivas y forma parte de una destrucción que avanza?

“Conserva las cosas que han quedado, las cuales son perecederas”, le manda decir Jesucristo al Ángel de la Iglesia de Sardes.

Tenemos que luchar hasta el último reducto por todas las cosas buenas que van quedando, prescindiendo de si esas cosas serán todas “integradas de nuevo en Cristo”, como decía San Pío X, por nuestras propias fuerzas o por la fuerza incontrolable de la Segunda Venida de Cristo.

Es decir, sabiendo y comprendiendo que el único Reinado cierto, firme y duradero de Cristo será cuando Él entregue el Reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder…

Mientras tanto, es necesario que Él reine hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies…

Y mientras Él reina, sentado a la diestra del Padre, nosotros debemos hacerlo reinar en nuestra alma, en nuestro corazón, en nuestra familia, en nuestras actividades y a nuestro alrededor…, en la medida de nuestras posibilidades…

Sabemos que todo esto es poco para el activista, que nos acusa de ser pasivos…

Pues bien, una y otra vez, como en Getsemaní, Nuestro Señor restituirá las “orejas de Malco” que los partidarios de la acción, como el somnoliento Pedro, hayan cortado, democráticamente ¡eso sí!, con sus asambleas, sus congresos, sus simposios, sus marchas y contramarchas… y sus sufragios bien populares…, creyendo así dar al César lo que es del César, cuando en realidad el César se sirve de ellos para seguir despojando a Dios…

La fe asegura al cristiano que este ciclo de la Creación tiene su fin; que el fin será precedido por una tremenda agonía y seguido de una espléndida reconstrucción; o en palabras religiosas que Cristo vuelve un día a poner a sus enemigos de escabel de sus pies y a tomar posesión efectiva del Reino de los Cielos trasladado a la tierra…

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Mientras velamos, contemplando a Nuestro Señor reinando sentado a la diestra del Padre, murmuremos, una y otra vez, ese bendito Adveniat Regnum tuum, esperando confiados la hora decretada por el Altísimo para su realización…

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo».

Monseñor Pie ha demostrado que estas tres solicitudes son, de hecho, una sola, la del Reino público y social de Nuestro Señor, porque el Nombre de Dios no puede ser santificado total y completamente, si no es reconocido públicamente; la voluntad divina no se cumple en la tierra como en el cielo, si no se realiza pública y socialmente.

Sería, pues, justo y razonable que sus vasallos saliesen a su defensa y reivindicasen sus derechos divinos… Aunque sabemos, y lo he explicado en otras ocasiones, que ya es demasiado tarde para ello… demasiado tarde…

Pero también sabemos que, después de haber triunfado completamente de todos sus enemigos, Jesucristo cambiará su actual manera de reinar, en otra más sublime…

Por eso, tenemos que luchar por todas las cosas buenas que han quedado hasta el último reducto, prescindiendo de si esas cosas serán todas «integradas de nuevo en Cristo» por nuestras propias fuerzas o por la fuerza incontrolable de la Segunda Venida de Nuestro Señor.

Mientras tanto, Dios no nos dice ni exige que venzamos; Dios nos pide que no seamos vencidos; es decir, que defendamos hasta el final los restos, esas parcelas naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna, no de vencer, sino de no ser vencidos; renovando constantemente nuestros esfuerzos, aunque no veamos los resultados; con humildad y confianza para levantarse y perseverar, a pesar de los fracasos; sabiendo que, si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección.

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Hoy, cuando el César ha despojado a Dios y esgrime derechos que no son suyos…, cuando incluso ha desnaturalizado su propia dignidad…; hoy, cuando los apóstatas y herejes usurpan y manipulan la autoridad eclesiástica…, sólo nos queda implorar: ¡Ven, Señor Jesús!

¡Ven, Señor Jesús!, a restablecer todas las cosas…, las del César y las de tu divino Padre…, pues ambas han sido traicionadas y están en manos espurias…

¡Ven, Señor Jesús!, pues sólo nos queda dar a Dios lo que es de Dios en el orden familiar…, e incluso tan sólo en el orden individual…

¡Ven, Señor, Jesús!

Y, cuando las cosas del César estén completamente ganadas por y para el Anticristo, en ese momento…, por supuesto…, pero ya desde ahora, lo importante es y será dar a Dios lo que es Dios

Demos, pues, a Dios lo que es de Dios, aguardando la bienaventurada esperanza y el glorioso advenimiento del gran Dios y Salvador Nuestro Jesucristo, quien, como nos lo tiene prometido, restaurará e instaurará todas las cosas en Él y por Él.