Padre Juan Carlos Ceriani: FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

 

Sermones-Ceriani

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y abriendo entonces la boca, les enseñaba diciendo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren con mentira toda clase de mal contra vosotros por causa de Mí. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

En este día, consagrado a festejar a todas las Almas de los justos que ya gozan de la bienaventuranza eterna, consideremos en primer lugar cómo recompensa Dios a sus Santos.

Dios se ha mostrado infinitamente liberal al recompensar a los Santos, tanto en esta vida como en la otra.

Durante esta vida, los Santos han sido favorecidos con grandes gracias y consuelos espirituales en medio de sus pruebas.

En el momento de la muerte han recibido ayuda especial, visitas celestiales, dulzuras inefables, y para muchos de ellos la gracia del martirio.

En la otra vida, Dios los glorifica ante su Iglesia triunfante y ante su Iglesia militante. Están sentados alrededor de su trono en sedes resplandecientes; sus vestidos, recién lavados en la sangre del divino Cordero, son blancos y sin mancha; sus frentes llevan coronas de oro, como reyes; y palmas de triunfo en sus manos, como un signo de sus victorias en los combates contra Satán y sus legiones.

Cada virtud tiene su recompensa particular, magnífica y superabundante; incluso algunas de ellas merecen aureolas especiales.

¡Cuán glorioso es este reino donde todos los Santos reinan con Cristo!

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¿En qué consiste la felicidad del Cielo?

San Pablo nos asegura que esos bienes son tan eminentes que nunca se ha visto nada semejante.

Santa Catalina de Siena, después de un éxtasis, en el cual Dios le había mostrado un rincón del Cielo, exclamó: He visto maravillas que la palabra humana no puede expresarlas.

Y Santa Teresa, después de un éxtasis semejante, sólo tuvo desdén por las bellezas y los bienes de este mundo. Y Nuestro Señor le dijo: Mira lo que pierden los que me ofenden, y cuán locos son.

Cuentan las crónicas de los dominicos que Santo Tomás de Aquino, hacia el final de su vida dejó de pronto de escribir. Cuando su amanuense se le quejaba de que su obra estaba sin concluir, el Santo le replicó: “Hermano Reginaldo, hace unos meses, celebrando la Santa Misa, experimenté algo de lo Divino. Aquel día perdí todas las ganas que tenía de escribir. En realidad, todo lo que he escrito acerca de Dios me parece ahora como si no fuera más que paja”.

En el Paraíso, ya no hay tristeza, dolor, ni sufrimiento, ni aburrimiento; es la exención de todos los males, la impasibilidad.

¡Qué diferencia con este miserable lugar de exilio, donde todo para nosotros está lleno de peligros, de pecado, de males físicos y morales de todo tipo!

El Cielo es la presencia y posesión de todos los bienes. Sí, los Santos ven sin velo la esencia de Dios y todas sus perfecciones. ¡Qué alegría ver a este Ser divino en su indescriptible esplendor!

Los Santos ven y disfrutan de la Santa Humanidad de Nuestro Señor glorificada; de la Santísima Virgen, exaltada sobre los coros de los Ángeles y coronada como Reina del Cielo y de la tierra.

Y esta dicha nunca terminará, eternamente sin disminución, sin la más mínima mezcla de miedo de perderla.

¡Qué magnificencia en esta gloria y felicidad de los Santos en el Cielo!

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Tenemos obligación de ser santos…

Es la voluntad, muy formal, de Dios de que seamos santos. Es por esta razón, y no para otro propósito, que Dios nos ha creado, que se hizo hombre, que se dignó padecer tanto sufrimiento y que ha establecido en su Iglesia fuentes de santidad tan fructíferas.

Es el honor y la gloria de Dios que seamos santos; porque, si no lo somos, no sólo lo privamos de la gloria que tiene derecho a esperar, sino que lo despreciamos, como si fuera impotente para santificarnos por los medios que nos ofrece.

Por el contrario, si nos santificamos, lo glorificamos, lo consolamos y lo compensamos por los ultrajes que recibe de los malvados; y en Cielo ocuparemos los lugares vacíos provocados por la caída de los ángeles rebeldes.

También está en juego el interés de las almas; porque, si nos santificamos, difundiremos la santidad a nuestro alrededor. Nadie se salva solo. ¡Cuántos de nuestros hermanos deberán su salvación a nuestras oraciones, a nuestros buenos ejemplos, a nuestra devoción!

¡Cuidado!, porque esto también vale en el caso inverso…

Si no nos santificamos, no podemos esperar ir al paraíso. Por eso, debemos tener la imagen, la semejanza de Jesús; es decir, que debemos participar en la santidad de Jesús y reproducir su vida y sus virtudes.

No hay recompensa sin mérito, no hay mérito sin la gracia, la cual es una participación de la vida de Jesús.

No podemos esgrimir ninguna excusa, pues se nos ofrecen muchos medios de santificación, muy prácticos y efectivos: Sacramentos, devoción a María, instrucciones, lecturas piadosas, inspiraciones santas, buenos ejemplos, etc.

Por lo tanto, es una obligación para todos nosotros procurar la santidad.

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Está claro que la santidad no consiste en milagros, cosas extraordinarias, gracias especiales, etc.

Ella consiste, en primer lugar, en odiar, huir y evitar todo pecado y toda ocasión de pecado.

Luego, en corregir cualquier imperfección voluntaria, toda negligencia, cobardía y tibieza en el servicio de Dios.

Por consiguiente, requiere de nuestra parte una aplicación constante en hacernos violencia para vencernos, para desarraigar nuestros vicios y nuestros defectos.

Dios ama a las almas en proporción de su progreso en la virtud, que es necesariamente una ascensión a la perfección, es decir, a la santidad.

Ella consiste, no sólo en abstenerse de lo que desagrada a Dios, sino en hacer todo lo que le agrada; por lo tanto, en observar sus mínimos preceptos y cumplir fielmente todos nuestros deberes de estado o vocación.

Ella consiste, simplemente en amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, por el amor de Dios, de acuerdo con el gran precepto del Salvador, quien nos declara que es a esta señal que reconoceremos a sus verdaderos discípulos.

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¿Cómo podemos llegar al Cielo?

En el mundo reina un doble error respecto del camino que conduce al Cielo:

Algunos creen que pueden hacerlo sin muchos problemas; que es suficiente no hacer daño a nadie, evitar algunos vicios groseros y practicar algunas virtudes morales…

Otros, por el contrario, exageran las dificultades, imaginan que nunca se pueden superar…

El primer error, consecuencia de la presunción, al ampliar indebidamente el camino que conduce al Cielo, apenas tiene en cuenta la necesidad absoluta de la gracia, lleva a la relajación y a una falsa seguridad.

El segundo, estrechando más de lo que dice Nuestro Señor esta senda, de por sí estrecha, y haciendo abstracción o despreciando la poderosa ayuda de la gracia, lleva al desánimo y desesperación.

Para desengañarnos y prevenirnos respecto de este doble peligro, echemos un vistazo a los Santos: lo que han hecho para llegar al Cielo nos enseña que la gloria celestial no se puede obtener sin dolor y sin violencia; pero, lo que han podido hacer con la ayuda de la gracia de Dios, nos muestra que podemos hacerlo como ellos, con la misma asistencia.

El Cielo es el precio de una lucha. Es necesario hacerse violencia para conquistar y dominar la naturaleza, por medio de la gracia; para crucificar la carne y sus inclinaciones; para resistir nuestras pasiones y todas las tentaciones de Satanás; para evitar todo pecado y hacer la guerra contra nuestros defectos.

Procuremos hacer siempre y en todo lo que agrada a Dios, cumplir con sus preceptos, hacer fielmente todos los deberes de estado…

Finalmente, tengamos cuidado de orar bien, de buscar constantemente en Dios las gracias que tanto necesitamos… Sin gracia, no podemos hacer nada; con ella, todo lo podemos.

Recurramos a la intercesión de los Santos, especialmente de la Reina de todos Ellos, la Santísima Virgen María.