DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
I Corintios, 1, 4-8: Doy gracias sin cesar a Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido dada en Cristo Jesús; por cuanto en todo habéis sido enriquecidos en Él, en toda palabra y en todo conocimiento, en la medida en que el testimonio de Cristo ha sido confirmado en vosotros. Por tanto no quedáis inferiores en ningún carisma, en tanto que aguardáis la revelación de Nuestro Señor Jesucristo; el cual os hará firmes hasta el fin e irreprensibles en el día de Nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo Nuestro Señor.
El pensamiento del regreso de Cristo, su Parusía, es manifiesto en la Misa de hoy. Es como si la Iglesia lanzara hoy este grito: Ya viene el Esposo: ¡salidle al encuentro!
Como a los fieles de Corinto, la Iglesia nos exhorta, con San Pablo, a esperar la revelación de la gloria del Señor, el día de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, el día de su Segunda Venida, su Parusía…
Esperar la Revelación de Nuestro Señor Jesucristo… Una expectación anhelante… Esperemos de este modo la Revelación, la Vuelta del Señor, su Parusía.
No debemos temer el día de la Vuelta del Señor. Al contrario, debemos alegrarnos de ello, debemos desear ansiosamente su llegada.
Esperar al que viene… Esto nos explica la complacencia con que los Apóstoles insisten continuamente en sus palabras sobre la afirmación de la venida próxima del Señor.
El cristiano espera la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo.
Todo lo que nos ocupa durante la vida, todo lo que apreciamos y amamos: hombres, familia, patria, amigos, ciencia, poder, trabajo, los negocios y hasta las mismas amarguras de la vida, es decir, las penas, los dolores, las enfermedades…, todo…, todo pasa…, todo se aleja de nosotros…, nos abandona.
Todo llega, todo pasa, sólo Dios permanece, decía el Hermano Rafael.
Nada de lo que tiene fin es grande, añadía el sabio monje.
Esperad la Revelación de Nuestro Señor Jesucristo. Sólo debemos preocuparnos de lo permanente, de lo eterno.
Debemos, pues, alegrarnos de su venida.
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Escribe San Pablo a su discípulo Timoteo: He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he guardado la fe. En adelante me está reservada la corona de la justicia, que me dará el Señor, el Juez justo, en aquel día, y no solo a mí sino a todos los que hayan amado su venida.
¡Amar su venida! Cada uno de nosotros puede examinar su corazón a ver si en verdad tiene este amor, con el cual debemos esperar a Nuestro Salvador hora por hora, según la expresión de San Clemente Romano, tercer Papa… Y sí…, desde el comienzo de la Iglesia hubo trastornados…
¿Amamos la venida de Cristo?
Vagamente creemos que vendrá al fin del mundo, pero que no estaremos ahí…
Pensamos, tal vez, en nuestra muerte; y esperamos de la misericordia divina la gloria del Cielo; pero no nos interesamos por la Vuelta maravillosa de Jesucristo.
¡En cuanto a amarla!…
La venida gloriosa de Cristo Jesús con sus Santos, no parece tener más que un interés secundario; evidentemente no la amamos…
Sin embargo, el Apóstol San Pablo refiere la suprema recompensa, es decir, la corona de justicia, a la guarda de la fe y al amor ardiente de la venida de Cristo, cuando venga a glorificar su Iglesia y sus Santos…
Debemos resaltar la grandeza de la Segunda Venida de Jesús: el único acontecimiento futuro que merece retener la plenitud de nuestra atención.
Así como la expectación del Mesías ha dominado la existencia humana desde el Edén hasta Belén, de la misma manera la esperanza de su Vuelta debería dominar al mundo cristiano desde la Ascensión sobre el Monte de los Olivos hasta su aparición gloriosa.
¡Esperanza de su vuelta! ¡Expectación de su venida! Eso es evidentemente lo que el Apóstol San Pablo tiene en vista cuando escribe a su otro discípulo, Tito, de aguardar el cumplimiento de la bienaventuranza.
El ilustre Cardenal Newman comenta a este respecto: “Sí, Cristo debe venir algún día, tarde o temprano. Los espíritus del mundo se burlan hoy de nuestra falta de discernimiento; mas quien haya carecido de discernimiento triunfará entonces. ¿Y qué piensa Cristo de la mofa de estos hombres de hoy? Nos pone en guardia expresamente, por su Apóstol San Pedro, contra los burlones que dirán: “¿Dónde está la promesa de su venida?”. Preferiría ser de aquellos que, por amor a Cristo y faltos de ciencia, toman por señal de su venida algún espectáculo insólito en el cielo, cometa o meteoro, más bien que el hombre que por abundancia de ciencia y falta de amor, se ríe de este error”.
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Los Apóstoles esperaron su vuelta, si no para ellos durante su vida, al menos para la humanidad rescatada, que no tendrá el complemento de su salvación más que en la Aparición y el Reino de Cristo.
La Ascensión marca el término del primer ciclo de la historia del mundo: Expectación del Mesías.
La vuelta de Cristo marcará el fin del segundo ciclo, en el cual nosotros estamos y que se resume así: Expectación del Rey.
“Venga tu reino“, es la oración de la expectación y de la esperanza cristiana.
Los Patriarcas supieron esperar sin ver y, más aún, por esto mismo recibieron “el efecto de la promesa”, que dependía de la Primera Venida de Nuestro Salvador.
Leyendo asiduamente el Evangelio y las Epístolas, estamos obligados a creer en la vuelta de Jesucristo, obligados a esperar su Reino.
Que este día sea próximo o lejano, que lo veamos nosotros o no durante nuestra peregrinación terrenal, esta esperanza es una fuerza que debe transformar nuestra vida espiritual.
Esperamos a Jesús por causa de su Gloria.
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El profeta Isaías ha sido a veces representado en el arte con la mirada dirigida hacia lejanías misteriosas, con la mano sobre la frente para permitir a sus pupilas captar las cosas futuras.
Esta actitud figura la del pueblo judío que esperaba al Mesías; ella, es la que debe tener el pueblo cristiano esperando su regreso.
Una semejanza profunda existe, pues, entre la expectación de la Sinagoga, en otro tiempo, y la de la Iglesia, hoy día.
Pero, ¿en qué consistía exactamente la expectación de los judíos? Ellos esperaban la aparición de un rey poderoso, esperaban en el Ungido del Señor un jefe, que debía restablecer el reino de Israel.
Es fácil seguir en los Evangelios el desarrollo de esta creencia, en contradicción con las profecías de su Primera Venida.
Jesús venía primero para servir y morir.
Pero la Sinagoga tenía los ojos cegados, los oídos sordos, el corazón helado por la concepción puramente ritual de las prescripciones mosaicas. Ella no pudo, pues, reconocer a Aquél que venía a obedecer hasta la muerte de Cruz, llevando el pecado del mundo… Se creía sin pecado; no tenía, pues, necesidad de Salvador…
Ahora bien, ¿cuál es la actitud de los cristianos de hoy?
Teóricamente, todos esperan, implícita o explícitamente, la vuelta gloriosa de Cristo. Pero, en el hecho, fundamos mucho más nuestra vida de fe sobre el recuerdo del Gólgota, sobre la vida terrestre y pasada de Cristo, que sobre las prodigiosas promesas referentes al futuro.
Rara vez los católicos hacen el gesto del profeta Isaías, colocando la mano horizontalmente sobre su frente, para avistar mejor las maravillas lejanas del Día del Señor.
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Es preciso notar aquí que las “señales”, que tienen tanta importancia para reconocer la huella del Señor, pueden también conducir al error al espíritu que se aferra a ideas preconcebidas.
Los judíos no pensaban más que en una cierta realeza mesiánica, no en aquella que Jesús les ofrecía; entonces rechazaron a su Rey. Dejaron en la penumbra las señales y las profecías de la humillación, del dolor y de la muerte.
Ahora bien, todo esto estaba escrito para su primera venida y todo está escrito para el futuro.
Jesús ha desenrollado la primera parte del rollo del Libro cumpliendo a la letra las profecías referentes a su primera venida.
Desenrollará el rollo hasta el fin al venir por Segunda vez, para cumplir, con no menos exactitud, las profecías referentes a su Vuelta y a su Reino glorioso.
Podemos decir que los “secretos” de Dios, confiados a sus servidores los Profetas, están divididos en dos grupos proféticos.
El primero anunciaba el nacimiento del Mesías, su vida humillada, la revelación de la ley de gracia, y, sobre todo, las circunstancias precisas de su muerte dolorosa.
Jesús mismo ha puesto el sello sobre estas profecías y a fin de señalar su completa realización, sus últimas palabras, —notémoslo bien— sus últimas palabras antes de su muerte, fueron: “todo está cumplido” ¡Ya todo está consumado!
El segundo grupo profético anuncia un Mesías glorioso y rey con todos los grandes acontecimientos del fin de los tiempos: restauración de Israel y de Jerusalén; vuelta gloriosa de Cristo para reinar con sus Santos, día de venganza de la justicia divina, después nuevos cielos y tierra nueva, un reino sin fin.
Estas profecías del Antiguo Testamento han sido completadas por la enseñanza de los Apóstoles y sobre todo por el Apocalipsis, revelación hecha por Jesús mismo a San Juan en la Isla de Patmos. El Apocalipsis es el libro final que pone el sello sobre el segundo grupo profético.
Y, si Jesús al morir decía: Esto se ha cumplido, dice a Juan, para sellar su propia revelación: Estas palabras son ciertas y verdaderas… ¡Esto es hecho!
El Judío era un hombre que miraba hacia adelante, hacia el Mesías.
El cristiano, puede, a la vez, mirar hacia un pasado realizado en Jesús, y también fijar sus ojos hacia una lejanía profética, esperando con alegre esperanza que Cristo desarrolle el final de lo revelado.
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Lo que falsea, y gravemente, el sentido de las profecías, es la tendencia moderna a no explicarlas literalmente, sino de manera simbólica o puramente espiritual, alegóricamente.
Además, es preciso temer la falta de libertad de ciertos espíritus que, sometidos en exceso a ideas preconcebidas, están inclinados a leer, no lo que está escrito, sino lo que quieren encontrar.
Tal fue esencialmente el caso de los judíos. Y es el de algunos judaizantes de hoy…, incluso cuando lean a Santo Tomás…, sea en su comentario a las epístolas de San Pablo, sea en su comentario a De Potentia…
Las profecías mesiánicas eran numerosas; y si los judíos no se equivocaron en ellas cuando fue preciso indicar a los magos la ruta de Belén, al preguntar estos príncipes por “el Rey de los judíos”, sin embargo fueron incapaces de reconocer un Mesías venido para servir y morir.
Tal era la enseñanza rabínica. Pero, de todas maneras, los judíos, que no habían aceptado la plenitud del sentido profético antes del Mesías, hubiesen podido adquirirlo cuando Jesús predicó y desarrolló la verdadera naturaleza de su reino, en su primer tránsito sobre la tierra.
¿No tenemos acaso testimonios irrecusables de la manera cómo Cristo quería hacerse conocer por el camino profético? Él mismo explica los textos que le conciernen.
Pero los Apóstoles, enseñados por el Espíritu Santo, van a ser los reveladores de estos misterios de gloria.
Los anuncios de la Vuelta y del Reino son renovados alrededor de trescientas veinte veces en el Nuevo Testamento, pues, en adelante la atención del cristiano debe estar dirigida hacia ese día…
He aquí los hechos bien establecidos: los Apóstoles creían en la Vuelta del Señor y en el establecimiento de su Reino, apoyándose sobre la profecía, dirigiéndose por la claridad de esta “lámpara”.
Muy deseosos de ver estos días, enseñaban a los cristianos los medios de apresurar la aparición: Vivid “en santidad y piedad, esperando y apurando la venida del día de Dios”.
Nosotros podemos, pues, “apresurar” la Parusía y el Reino de Cristo.
¡Qué responsabilidad el no vivir “en santidad y piedad”, o en balbucear con negligencia el “adveniat regnum tuum” (venga tu reino), o cantar, sin alma, en el Credo: “iterum venturus est cum gloria” (vendrá otra vez con gloria), y “expecto… vitam venturi sæculi” (espero la vida del siglo venidero)!
Busquemos la claridad de la lámpara profética que ilumina nuestras tinieblas a fin de contemplar la plenitud del rostro de Cristo.
La verdad del rostro del Señor nos aparecerá, en la medida en que, humildemente, con Él, hayamos desenrollado “el libro donde está escrito de Él”, a la cabeza del cual resplandece para la primera como para la segunda venida: “¡Heme aquí, yo vengo!”
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Durante los cuatro primeros siglos, ningún cristiano hubiera pensado identificar el Retorno de Cristo con su propia muerte. Las admirables parábolas escatológicas transmitidas por los Evangelistas se refieren todas a este día, Día del Señor.
Durante cuatro siglos jamás se dijo, como en nuestros días, hablando de la muerte: “Ella viene como ladrón”.
Esta acepción estaba reservada, exclusivamente, al advenimiento glorioso de Cristo, que vendrá en efecto como un ladrón, es decir, de improviso, súbitamente.
Cuando Jesús se compara al Ladrón, al Esposo, al Maestro, al Rey que vuelve de improviso después de haberse hecho esperar largo tiempo, se trata de una cosa completamente distinta de la muerte individual, que tiene un carácter de castigo por el pecado.
Se trata de su Segunda Venida para la resurrección de los justos, después de la larga expectación de los siglos y, por lo tanto, de un suceso que debe causarnos inmensa alegría.
No es posible confundir la muerte con la Parusía, que traerá una resurrección de los cuerpos y nos dará el reinar con el Cristo.
La muerte es, pues, una cosa, y la Parusía otra; la confusión de una y otra es un grave atentado a las últimas enseñanzas de Jesús y a las de los Apóstoles.
Es preciso amar, apresurar la Venida de nuestro Salvador, que lo glorificará magníficamente a Él, y a nosotros con Él.
Si vivimos de toda esperanza, nosotros seremos hechos puros, según la promesa de San Juan; y entonces no temeremos nuestra muerte, por muy próxima que ella esté: “Bienaventurados desde ahora los muertos que mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus trabajos: porque sus obras los acompañan”.
“No durmamos como los demás hombres, sino que velemos y seamos sobrios”, escribía el Apóstol San Pablo a los Tesalonicenses.
“Sed sobrios y velad”, decía todavía San Pedro, “a fin de resistir, fuertes en la fe, al diablo que ronda”.
Jesús no recomienda otra cosa en la enseñanza de la última semana; y las parábolas escatológicas pueden resumirse en una sola palabra: “¡Velad! Yo lo digo a todos: ¡Velad!”.
Esta palabra será una de las últimas dirigidas a los Apóstoles en la noche de la agonía, palabra de reproche a los tres íntimos que se durmieron en Getsemaní. El Maestro entristecido les dijo: “¡Así, no habéis podido velar una hora conmigo! ¡Velad y orad!”.
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La parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes necias, fue propuesta por Jesús el martes antes de su muerte, en el Monte de los Olivos.
Cuando una joven abandona su casa para contraer matrimonio, es conducida por un cortejo de amigas a la presencia del esposo que viene a su encuentro.
Entonces el esposo introduce a la esposa y a su corte a la sala del festín.
Generalmente el encuentro se hace en la tarde; de ahí la costumbre de proveerse de lámparas, cuya falta de capacidad hace necesario llevar consigo un pequeño depósito con aceite de reserva.
Cinco de las jóvenes habían tomado este vaso de emergencia para alimentar sus lámparas en caso de que el esposo se hiciera esperar un poco. Las otras cinco habían descuidado esta prudente precaución.
Ahora bien, la espera fue larga; duró hasta la media noche. Todas las vírgenes se durmieron. Parece que esta larga espera, que estaba prevista, debía, según el pensamiento de Jesús, llamar la atención de los discípulos, y sobre todo la nuestra.
Jesús, el verdadero Esposo de la Iglesia y de las almas, tardaría en volver…
Esta espera es, pues, la nuestra, y la de los cristianos que nos han precedido. Estos murieron; estos son los dormidos que esperan, en el polvo, el despertar, a la voz del Arcángel.
Pero, ¿acaso muchos de los vivos no duermen también? ¡Es tan pobre su esperanza en esa hora suprema! Y, ¿quién tiene, hoy, aceite de reserva?…
A media noche un grito resuena: ¡”He aquí al Esposo, que ya viene; salid a su encuentro!”
Entonces todas las vírgenes se despiertan, pero no todas están preparadas para la venida del Esposo.
Mientras que las necias corren al mercado para comprar óleo, pues sus lámparas se extinguen, las que están preparadas entran con el Esposo en la sala de las bodas. Y la puerta se cierra.
Se nos proporciona en esta parábola, en esta hora solemne, una imagen del Segundo Advenimiento, una especie de selección, de segregación, de separación radical entre las diez vírgenes: cinco están preparadas y entran a las bodas, cinco se retrasan y son desechadas.
Cuando estas últimas llegan con las lámparas encendidas, llaman y gritan: “¡Señor, Señor, ábrenos!”; y el Esposo responde: “No os conozco”. ¡Palabra punzante entre todas! Palabra terrible…
Y Jesús pone en guardia a los cristianos: “Velad, les dice, porque no sabéis ni el día ni la hora”.
Y muchos se quedan muy tranquilos con esta certeza; la de no poder determinar con exactitud ni el día, ni la hora…, y se dedican a otra cosa… a dormirse plácidamente en la participación en la demonocracia, por ejemplo…
Pero Jesús no reconocerá a los negligentes, a aquéllos que no desearon ni amaron su regreso, a aquéllos que entre los burlescos decían: “¿Dónde está la promesa de su Advenimiento?”…
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Hoy, los videntes no se vuelven vigilantes…
Los hombres que en los últimos tiempos se dejarán seducir y se agruparán en masa alrededor del Anticristo continuarán, sin embargo, llevando su vida, su pequeña vida cotidiana, con un descuido sorprendente y una quietud perfecta.
En la enseñanza que impartió en la última semana, el Señor Jesús cita el ejemplo de los tiempos que precedieron inmediatamente al diluvio y a la destrucción de Sodoma, para llamar nuestra atención y ponernos en guardia contra la tendencia natural a vivir nuestra vida sin pensar en la proximidad de su retorno.
Justamente, en medio de la vida más corriente, “el ladrón” horadará la casa.
Pero decía el Apóstol San Pedro: “el Señor sabe librar de la prueba a los hombres piadosos”.
Entonces los justos, a ejemplo de Noé y Lot, serán puestos en salvo.
Dios, en su misericordia, dio entonces señales, como las da ahora.
La construcción del arca duró cien años, era un signo para todo aquél que hubiese querido considerar el estado de la sociedad de entonces, “llena de violencia”.
El envío de dos Ángeles a Sodoma fue también una advertencia para toda la ciudad.
Pero mientras Noé “condenaba al mundo” construyendo el instrumento de salvación, que era el arca, sus contemporáneos se burlaban de él. Y los yernos de Lot, a quienes este dio aviso en la víspera de la catástrofe de Sodoma, no le creyeron tampoco: “A los ojos de sus yernos pareció que se burlaba”.
Parecen burlarse todos aquéllos que anuncian el fin de los tiempos…
Hasta la víspera de ese día, los hombres comerán, beberán, venderán, comprarán, e irán a depositar en una urna su religioso tributo al César…
Si no velamos, si sólo nos atraen las vanidades de la tierra, ¿lograremos escapar?
“Acordaos de la mujer de Lot”, decía Jesús…
Fue dejada, estatua de sal…; como serán dejados del mismo modo una de las dos mujeres que molerán, uno de los dos hombres en el campo, uno de los dos esposos…
Habrá, pues, en esa hora trágica, una separación de los prudentes y de los necios, de los fieles y de los infieles…
Así como Dios puso a Noé al abrigo en el arca y a Lot sobre la montaña, así también Jesucristo vendrá a poner al abrigo a los suyos…
Tal es el parecer de San Jerónimo: “En el momento en que la noche se acaba, al fin de los tiempos, es cuando Jesucristo vendrá a poner en seguridad a los suyos”.
Por todo lo dicho y mucho más que quedaría por decir… Doy gracias sin cesar a Dios por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido dada en Cristo Jesús; por cuanto en todo habéis sido enriquecidos en Él, en toda palabra y en todo conocimiento, en la medida en que el testimonio de Cristo ha sido confirmado en vosotros. Por tanto no quedáis inferiores en ningún carisma, en tanto que aguardáis la revelación de Nuestro Señor Jesucristo; el cual os hará firmes hasta el fin e irreprensibles en el día de Nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por quien habéis sido llamados a la comunión de su Hijo Jesucristo Nuestro Señor.

