NATIVIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA
Celebramos hoy el nacimiento de la Santísima Virgen María, la mujer predestinada para ser la Madre de Dios.
La Iglesia lo solemniza y a todos nos invita a festejarlo con estas palabras: Con alegría grande celebramos la Natividad de la Santísima Virgen María, pues su nacimiento ha llenado de gozo el universo mundo.
La gloriosa Virgen María fue como el lucero del alba entre las nubes.
El nacimiento de la gloriosa Virgen iluminó el mundo, cubierto por las tinieblas y la sombra de muerte.
Con razón dice el Eclesiástico: “Como el lucero del alba entre las nubes”.
El lucero del alba se llama lucífero, porque resplandece más que las otras estrellas.
El lucífero precede al sol y anuncia la mañana, y con el fulgor de su luz rocía las tinieblas de la noche.
Lucero del alba y portadora de luz es la Bienaventurada Virgen María que, nacida en medio de una nube, disolvió la tenebrosa oscuridad y, a los que yacían en las tinieblas, en la mañana de la gracia les anunció el sol de justicia.
Cuando llegó el tiempo de la misericordia y el tiempo de edificar la casa del Señor, el tiempo favorable y el día de la salvación, entonces el Señor hizo surgir el lucero del alba, o sea, la Bienaventurada Virgen María, para que fuese luz de los pueblos.
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Antes de dar existencia al hombre, que iba a ser el rey de la creación y la obra más bella del mundo visible, el Eterno le preparó una morada. Fue este magnífico palacio del universo, cuyo techo es la bóveda celeste, cuya iluminación son el sol, la luna y las estrellas, cuya alfombra son las flores y la verdura de los campos.
Si esta prodigalidad de riqueza fue desplegada en favor del hombre, que habría de ser ingrato con el Creador, pagándole con ofensas sus beneficios y obligándole a despojarlo de los derechos que le había otorgado a la felicidad eterna, ¿de qué bellezas no habrá adornado la habitación que destinó para su Unigénito, el Verbo divino, cuando vino a hacerse hombre?
Esa habitación fue María Santísima, cuyo Corazón debió ser el centro de todos los sentimientos de esa alma que iba a constituir las delicias del Dios hecho hombre.
Nada hay en toda la creación que se le pueda comparar, nada que pueda darnos una idea de la pureza, elevación de sentimientos y ardiente amor de ese Corazón.
Bella es la flor, bella el ave, bello el resplandor de los astros, bello el mundo con sus montañas, ríos y mares, bellas las almas de los justos y las falanges de los espíritus celestiales que constituyen la corte del Rey de la gloria… Pero toda esa belleza palidece ante el Corazón de María.
Aquella belleza fue otorgada a la creación material destinada a la felicidad del hombre; la belleza de los Santos y de los Ángeles es gracia concedida a los siervos; la belleza que enriquece el Corazón de María es gracia exclusiva de la que es Reina de tierra y Cielo, de los hombres y de los Ángeles.
Cada uno de los suspiros del Corazón de María es un himno de melodías más dulce que el canto de los Ángeles; cada afecto que exhala ese Corazón dice más a Dios que lo que puede decirle la ciencia de los querubines; cada latido de su Corazón es un acto de amor más ardiente que el del abrasado Serafín…
Y para que así fuera, Dios obró el prodigio de que el Corazón de María, desde su animación, estuviera siempre puro, siempre sin mancha, siempre amando a su Creador con encendido fuego; lo eximió, a él sólo, de la culpa original, con la que han sido y serán concebidos todos los mortales.
Y esa exención proporcionó al Corazón de María la gloria incomparable de ser siempre las delicias de Dios, y de que el Verbo divino hallará en él un nuevo cielo, en donde viniera a tomar una carne y una sangre purísimas, dignas de ser la carne y la sangre de Dios; así como también un huerto amabilísimo en que se recreara con las flores de todas las virtudes, todas a una altura de perfección creada inalcanzable.
Debemos detenernos a admirar y bendecir tanta grandeza, tanta hermosura; felicitando por ello a María, y felicitándonos a nosotros mismos por tantas gracias en que abunda el Corazón de nuestra Madre y Reina.
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La Natividad de la Santísima Virgen constituye un motivo de alegría universal, para la tierra y para el Cielo. En su nacimiento se alegran Dios, los Ángeles, los Santos y la Iglesia toda.
Gozo de Dios. La Inmaculada es la obra maestra de sus manos. Al ver el Señor las cosas que había creado, le parecieron muy buenas y se gozó en ellas. ¡Cómo, pues, se gozaría al ver a María!
Recordemos cómo el hombre pecó; y cómo con su pecado toda la creación y el plan de Dios se trastornaron. Ya no podía el Señor mirar con gusto la tierra; no tenía donde posar sus ojos. Por todas partes se había extendido el reino del pecado…
Pero aparece María y todo cambia.
Después de cuatro mil años vuelve Dios a ver hermosa la creación, la tierra, los hombres; ya no aparta su vista de ellos con repugnancia. Otra vez ve su imagen perfecta y pura; en María y por María contempla restaurada esa imagen en los demás.
¡Qué gozo el de Dios al ver a María en su nacimiento! ¡Qué alegría al contemplarla tan pura, tan santa, tan llena de gracia!
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Gozo de los Ángeles. Después de Dios y juntamente con Él, se alegraron los Ángeles. Ha nacido su Reina y Señora; la que, después de la divinidad, constituirá el espectáculo más bello del Cielo.
Comparan a esa Niña con todas las bellezas del Cielo, y reconocen que, después de Dios, ninguna puede equipararse con Ella. Y por eso cantan:
Salve, salve, María.
Que más pura que Tú sólo Dios.
Y en el cielo una voz repetía:
Más que Tú, sólo Dios, sólo Dios.
Traen ahora a la memoria aquella rebelión de Lucifer y sus secuaces…, porque Dios les hizo ver que un día tendrían que adorar a su Hijo hecho hombre… Reconocen como Reina suya a la Madre de ese Hijo; y consideran que la soberbia de Lucifer creyó verse humillada ante esa Mujer, y no quiso admitir esa prueba, y por eso lanzó el grito de rebelión que arrastró a tantos ángeles al infierno…
Veamos, pues, al demonio lleno de rabia y desesperación, ya que al ver a María no tiene más remedio que confesar que es incomparablemente más hermosa que él; y, por tanto, la falta de razón que tuvo al rebelarse de aquel modo.
Miremos a los Ángeles buenos gozándose ahora más que nunca de haber sido fieles a Dios, pues en premio no reciben ninguna humillación, sino que es para ellos una gloria tener a María por Reina.
Gozosos e impacientes, no pudiendo contener su entusiasmo, bajan en legiones inmensas a la cuna de María, queriendo ser todos los primeros en venerarla y ofrecerle sus homenajes.
En cambio, la serpiente infernal lanza aullidos de rabia al sentir sobre su cabeza el peso de un pie delicado que le aplasta; y eternamente tendrá que sentir este quebrantamiento de su cabeza que tanto le humilla… ¡Qué vergüenza! ¡Qué humillación!
Y los Santos Ángeles continúan con su canto:
Salve, salve, María.
Que más pura que Tú sólo Dios.
Y en el cielo una voz repetía:
Más que Tú, sólo Dios, sólo Dios.
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Gozo de los Santos en el Limbo. ¡Pobres almas las que estaban encerradas en aquel destierro del Seno de Abraham! A pesar de ser almas justas y santas, no podían gozar de la gloria del Cielo.
Eran las almas de los grandes Patriarcas, Profetas y personas excelsas del Antiguo Testamento. Siglos y siglos pasaron, y el día de la libertad no llegaba nunca. ¡Qué largas se hacen las horas, qué eternos los días cuando se espera con anhelo una cosa que no acaba de llegar! ¡Cuál sería, pues, el ansia de aquellas almas!
Pues bien, contemplémoslas en un día como hoy, cuando el Señor les comunica que ya llegó a la tierra la Virgen predestinada…, que ya nació la Madre del Mesías prometido y profetizado…, que ya vivía la Reina que, con su Hijo, habría de darles la libertad…
¿Quién podrá explicar aquel gozo y los cantos de agradecimiento que entonarían al Señor, al mismo tiempo que de alabanza y bienvenida a la Santísima Virgen?
Ahora sí que iban a contar las horas… ¡Poco tiempo más de prisión y, en seguida, la libertad eterna!…; esa libertad traída por una Niña encantadora que acababa de nacer.
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Debemos entusiasmarnos al ver este gozo tan grande en Dios, en los Ángeles y en los Justos. Debemos unirnos a ellos para cantar alabanzas ante la cuna hermosísima de María.
Si es grande la alegría de Dios y de los Ángeles en el Nacimiento de María, no debe ser menos la nuestra, pues al fin es a nosotros a quien más de cerca toca la Santísima Virgen, por ser de nuestra naturaleza misma y por ser nosotros los que más hemos de participar en los beneficios de su dichoso nacimiento.
Alegría nuestra. El nacimiento de la Santísima Virgen es el fin de la triste noche…, noche de siglos en que yacía sepultada la humanidad…
Isaías decía que estaba en sombras de muerte, pues tan triste era esa noche del pecado, que no hay nada con qué compararla que con las tinieblas negras y terribles de la muerte.
En medio de esa noche brillaban como estrellas las almas buenas con resplandores de santidad. Pero toda esa luz reunida no era nada, era insuficiente para disipar las tinieblas.
Pero, en medio de esa oscuridad, vemos la luz de la alborada, que se extiende cada vez más y aumenta su claridad y su luz. Entonces sí que se palpita la alegría y el gozo que consigo lleva la aparición de la luz y del sol.
Así apareció María en medio de aquellas tinieblas de muerte, como la aurora de Dios, como la dulce alborada tras de la cual vendría en seguida la luz del sol divino a alumbrar a toda la tierra.
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A Jesús siempre precede María. Este nacimiento nos recuerda esta dulcísima verdad, de que María ha de ir siempre antes de Jesús.
Dios quiso que en la naturaleza no naciera el sol de repente, sino que le precediera la hermosa claridad del alba; lo mismo ha querido en el orden de la gracia. No quiso que apareciera en el mundo el Verbo hecho carne sin que viniera antes, como espléndida aurora, la Niña Reina de los Ángeles, concebida sin mancha.
No quiere que salga y luzca el sol de Justicia, Cristo Jesús, sin que antes nazca en las almas espiritualmente la Madre de la Gracia.
No quiere, en fin, establecer su Reino en este mundo sin que antes tenga en él María su trono.
María es, por tanto, siempre la aurora de Jesús.
Según la tesis de San Luis María Grignion de Montfort, la manifestación de la Santísima Virgen estaba reservada para los últimos tiempos, como él lo afirma claramente en el Tratado de la Verdadera Devoción:
[49] “Por María ha comenzado la salvación del mundo y por María debe ser consumada. María casi no ha aparecido en el primer advenimiento de Jesucristo… Pero, en el segundo María debe ser conocida y revelada mediante el Espíritu Santo, a fin de hacer por Ella conocer, amar y servir a Jesucristo.”
[50] “Dios quiere, pues, revelar y descubrir a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos”
San Luis María pone estos últimos tiempos en relación con la Parusía o Segunda Venida de Nuestro Señor:
[50] “Dios quiere, pues, revelar y manifestar a María, la obra maestra de sus manos, en estos últimos tiempos (…) porque Ella es la aurora que precede y anuncia al Sol de Justicia, Jesucristo, y por lo mismo, debe ser conocida y manifestada, si queremos que Jesucristo lo sea (…) porque Ella es el camino por donde vino Jesucristo a nosotros la primera vez y lo será también cuando venga la segunda, aunque de modo diferente (…) porque María debe resplandecer más que nunca en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia (…) porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces «como un ejército en orden de batalla» sobre todo en estos últimos tiempos, porque el diablo sabiendo que le queda poco tiempo y menos que nunca para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.”
Estos últimos tiempos están relacionados por el Santo con la plena manifestación de la Santísima Virgen y con el Anticristo, y no con una época más remota; en efecto, San Luis dice:
[51] “Es principalmente de estas últimas y crueles persecuciones del diablo, que aumentarán todos los días hasta el reinado del Anticristo, de las que se debe entender esta primera y célebre predicción y maldición de Dios, lanzada en el paraíso terrenal contra la serpiente: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y tu raza y la suya; ella misma te aplastará la cabeza y tú pondrás asechanzas a su talón»”
La Verdadera Devoción marial tiene una connotación apocalíptica esencial; separarlas equivale a adulterar el mensaje de San Luis y a desnaturalizar la esclavitud mariana.
San Luis María comienza su Tratado relacionando sin ninguna duda el Reino de Jesucristo y su Parusía con la devoción a la Santísima Virgen:
[1] “Por la Santísima Virgen Jesucristo ha venido al mundo y también por Ella debe reinar en él”
[13] “La divina María ha estado desconocida hasta aquí, que es una de las razones por que Jesucristo no es conocido como debe serlo. Si, pues, como es cierto, el conocimiento y el Reino de Jesucristo llegan al mundo, ello no será sino continuación necesaria del conocimiento y del Reino de la Santísima Virgen, que lo dio a la luz la primera vez y lo hará resplandecer la segunda”
San Luis María señala con precisión la connotación íntima entre los últimos tiempos y la devoción mariana: la manifestación de la Virgen María es para el santo un hecho que señala claramente los tiempos apocalípticos, los últimos, de los cuales nos hablan las Sagradas Escrituras.
El Santo asocia, no solamente la manifestación y el conocimiento de María a la Segunda Venida de Nuestro Señor, sino también que ésta tiene por finalidad hacer reinar a Jesucristo sobre la tierra:
[158] “Y si mi amable Jesús viene, en su gloria, por segunda vez a la tierra (como es cierto) para reinar en ella, no elegirá otro camino para su viaje que la divina María, por la cual tan segura y perfectamente ha venido por primera vez. La diferencia que habrá entre su primera venida y la última, es que la primera ha sido secreta y escondida, la segunda será gloriosa y resplandeciente; pero ambas serán perfectas, porque las dos serán por María. ¡Ay! He aquí un misterio incomprensible: «Hic taceat omnis lingua» (Calle aquí toda lengua)”
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Sabemos a quién se dijo: Dios te salve, llena de gracia.
Hallaste, dice el Ángel, gracia a los ojos de Dios. Dichosamente, siempre Ella encontrará la gracia.
Busquemos la gracia, y busquémosla por María, porque Ella encuentra lo que busca y no puede verse frustrada.
No nos empeñemos en conocer y amar a Jesús sin estudiar bien a fondo y amar con cariño filial a María Santísima.
Hagamos todo por María, con María, en María y para María, para dar gusto a Jesús… Será ésta la mejor manera de festejar el Nacimiento de Nuestra Señora, de Muestra Reina y Madre.

