UNDÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Dejando Jesús otra vez los confines de Tiro, se fue por los de Sidón, hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Y le presentaron un hombre sordo y mudo, suplicándole que pusiese sobre él su mano para curarle. Y apartándole Jesús del bullicio de la gente, le metió los dedos en las orejas, y con la saliva le tocó la lengua, y alzando los ojos al cielo arrojó un suspiro y le dijo: Efeta, que quiere decir: abríos. Y al momento se le abrieron los oídos y se le soltó el impedimento de la lengua, y hablaba claramente. Y les mandó que no lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, con tanto mayor empeño lo publicaban, y tanto más crecía su admiración, y decían: Todo lo ha hecho bien; Él ha hecho oír a los sordos y hablar a los mudos.
Más que la curación del sordomudo del Evangelio de hoy, nos asombran las ceremonias con que el Señor procedió para obrar tal milagro. En efecto, utilizó en su curación un rito no acostumbrado en casos análogos.
A otros desgraciados sanó Jesús sólo con su palabra llena de autoridad. Con éste, en cambio, empleó un ceremonial complicadísimo: le apartó de la gente, le metió los dedos en las orejas, con la saliva le tocó la lengua, alzó los ojos al cielo, lanzó un suspiro y pronunció aquella palabra misteriosa, Efeta, que quiere decir: ¡Abríos!
Algún secreto debió encerrarse en este ceremonial, puesto que Jesús no necesitaba de ritos externos para curar al sordomudo.
Sin lugar a dudas, existe un fundamento racional de este ritual. En efecto, fue una atención delicadísima del Señor al modo de ser humano, a nuestra naturaleza: espiritual y sensible a la vez. No somos puros espíritus. Tenemos un cuerpo con su sensibilidad. De ahí que el rito externo adquiera tal ascendiente sobre el hombre.
Podemos añadir a esto que Jesús se hallaba en la Decápolis, rodeado de multitud de paganos. Convenía, pues, que el milagro revistiese formalidades externas, para que con mayor intensidad impresionase a aquellos corazones todavía vacíos de espiritualidad y extraños a las realidades divinas.
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De aquí debemos aprender nosotros a apreciar en su justo valor las ceremonias del culto. Se encierra en ellas un tesoro inagotable de espiritualidad y de doctrina, que sólo llegaremos a percibir si nos dedicamos a estudiarlo y practicarlo.
Estudiemos el significado de los ritos litúrgicos; y pongamos toda nuestra atención en las ceremonias, a fin de que operen los efectos que están llamadas a producir.
No olvidemos que nos movemos entre realidades inaccesibles a la bajeza humana; y que misterios tan sublimes exigen su etiqueta protocolaria. No rebajemos las cosas divinas con nuestras formas menos dignas.
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Hace cinco Domingos dijimos que, Dios mediante, volveríamos a considerar más en detalle las ceremonias del Bautismo.
Ante todo, recordemos que los signos son connaturales al hombre, porque es propio del hombre llegar a lo desconocido a través de las cosas conocidas.
Se llama propiamente sacramento a lo que es signo de una realidad sagrada que santifica a los hombres.
La Liturgia de los Sacramentos son las preces y los ritos con los cuales la Iglesia los administra solemnemente, de acuerdo a un ceremonial oficial ya determinado.
De las ceremonias de los Sacramentos, como de las del culto litúrgico en general, hay que confesar que son muy útiles, y que, como tales, han sido instituidas por la Iglesia:
1º para rodear de mayor solemnidad y respeto a los Sacramentos;
2º para cautivar la atención y excitar la fe y la piedad de los asistentes;
3º para explicar y grabar mejor en la mente el significado de cada Sacramento.
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Por otra parte, sabemos que hay en la naturaleza ciertos elementos a los cuales los hombres les hemos atribuido un significado simbólico más o menos relacionado con el uso común que de ellos hacemos.
Así, el agua, el fuego, el aceite, etcétera, amén de su utilidad práctica, y precisamente por los excelentes servicios que nos prestan, tienen para nosotros un lenguaje y una poesía especial, que la Iglesia, tan amante del simbolismo, no podía menos de aprovechar para su Liturgia.
Añádase a esto que el mismo Jesucristo consagró con su uso algunos de estos elementos, como el agua del río Jordán, la saliva, el aire, etcétera, comunicándoles virtudes secretas en orden a la vida sobrenatural; y que, de algunos otros, como de la luz, de la sal, de la vid, etc., explotó su rico simbolismo para sus discursos.
Los elementos y productos naturales más usados en la Liturgia son: la luz, el fuego, el agua, la saliva, el aire, el aceite, el bálsamo, la cera, el pan, el vino, la sal, la ceniza y el incienso.
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Entonces, podemos preguntarnos, con Santo Tomás, si es adecuado el rito utilizado por la Iglesia en la administración del Bautismo.
El Santo Doctor comienza por decir que la Iglesia está gobernada por el Espíritu Santo, que nada hace sin que tenga explicación. Y concluye con este luminoso pensamiento: las cosas que pertenecen a la solemnidad del Sacramento, aunque no sean indispensables, no son superfluas, porque contribuyen a la perfección del mismo.
Y lo explica de este modo: En el Sacramento del Bautismo algunos ritos son indispensables, y otros sirven para dar cierta solemnidad al Sacramento.
En el Sacramento son indispensables la forma, que designa la causa principal del Sacramento; el ministro, que es causa instrumental; y el uso de la materia, o sea, la ablución con agua, que designa el efecto principal del Sacramento.
Todo lo demás que la Iglesia ha establecido en el rito del Bautismo pertenece, más bien, a una cierta solemnidad del Sacramento.
Estas ceremonias se añaden al Sacramento por tres razones.
Primera, para excitar la devoción de los fieles y la reverencia hacia el Sacramento. Porque si la ablución se hiciese sin solemnidad alguna, fácilmente algunos pensarían que se trata de una ablución ordinaria.
Segunda, para instrucción de los fieles. Porque a los sencillos, que carecen de cultura, hay que instruirles a base de signos sensibles. Y porque es conveniente conocer, además del efecto principal del Sacramento, algunas otras cosas, por eso fueron éstas representadas por signos sensibles.
Tercera, para impedir con oraciones, bendiciones y cosas semejantes que el poder del demonio obstaculice el efecto del Sacramento.
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Los exorcismos:
El exorcismo es un conjuro imperativo que hace el legítimo ministro sobre el demonio, con la invocación del nombre de Dios, para expelerlo de algún lugar y así evitar su influjo y poder malévolo.
¿Deben los exorcismos preceder al Bautismo?
Aunque no todos los no bautizados estén corporalmente atormentados por el demonio, todos, sin embargo, están sometidos a su poder, aunque no sea más que como una consecuencia del pecado original.
La ablución bautismal sustrae el poder que el demonio tiene sobre el hombre para impedirle alcanzar la gloria. Pero los exorcismos sustraen el poder que el demonio tiene para impedir que el hombre reciba el sacramento.
Dice el Papa Celestino: Tanto los niños como los jóvenes que vienen al sacramento de la regeneración, no deben acercarse a la fuente de la vida antes que los exorcismos y las exuflaciones de los clérigos hayan arrojado de ellos al espíritu inmundo.
Todo el que se propone hacer sabiamente una cosa, quita primero los impedimentos de su acción.
Ahora bien, el diablo es enemigo de la salvación que el hombre alcanza por el bautismo, y tiene un cierto poder sobre el hombre por el mismo hecho de que éste se encuentra bajo el pecado original y también el personal.
Por eso es conveniente que antes del bautismo se expulsen los demonios con los exorcismos, para que no impidan la salvación de los hombres.
Esta expulsión está significada en la exuflación.
Y la bendición, que tiene lugar con la imposición de manos, cierra al expulsado la vía de retorno.
La Iglesia no hace cosas sin sentido. Luego tenemos que afirmar que las exuflaciones y los exorcismos producen algún efecto, aunque de diverso modo que el Bautismo, pues son Sacramentales.
Porque el Bautismo otorga al hombre la gracia con la plena remisión de las culpas; mientras que los ritos del exorcismo eliminan los dos obstáculos que impiden recibir la gracia salvífica.
El primero es un obstáculo extrínseco, constituido por los intentos que hacen los demonios para impedir la salvación del hombre.
Pues bien, este obstáculo se elimina por las exuflaciones, que, como consta por un texto de San Agustín, reprimen el poder del demonio para que no impida recibir el sacramento. Dice San Agustín: Los niños son exuflados y exorcizados para que el poder hostil del demonio, que engañó al hombre, sea arrojado fuera de ellos.
Permanece, no obstante, en el hombre el poder del demonio por la mancha del pecado y la deuda de la pena hasta que el pecado sea borrado en el bautismo. De acuerdo con esto, dice San Cipriano: Has de saber que la maldad del demonio puede resistir hasta el momento de recibir el agua salvífica, pero en el bautismo perderá todo poder de dañar.
El otro obstáculo es intrínseco, y consiste en que el hombre, debido a la enfermedad del pecado original, tiene los sentidos embotados para percibir los misterios de la salvación. Por lo que Rábano Mauro dice que con la saliva simbólica y el tacto de los sacerdotes, la sabiduría y el poder divinos operan la salvación en los catecúmenos, de tal manera que se abran sus narices para percibir el perfume del conocimiento de Dios, sus oídos para oír los preceptos divinos y sus sentidos más íntimos para responder.
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Unciones:
La sal que se le pone en la boca y la unción con saliva en narices y oídos significan: la recepción de la doctrina de la fe por los oídos, la aprobación por las narices, y la confesión por la boca.
La unción con el óleo significa la capacitación del hombre para luchar contra el demonio.
Al bautizando se le unge con óleo en el pecho y en la espalda como si fuese un atleta de Dios, porque así se hacía a los púgiles, según dice San Ambrosio. O, como dice Inocencio III: Al bautizando se le unge en el pecho para que reciba el don del Espíritu Santo, rechace el error y la ignorancia, y reciba la verdadera fe, porque el justo vive de la fe. Y se le unge en la espalda para que se revista de la gracia del Espíritu Santo, se despoje de la negligencia y la indolencia, y se ejercite en las buenas obras, de modo que por el sacramento de la fe tenga limpieza de pensamientos en el pecho, y fortaleza para las fatigas en la espalda.
Y después del bautismo, como dice San Ambrosio, se derrama el ungüento en la cabeza porque el juicio del sabio está en la cabeza, de tal manera que así esté preparado para dar cuenta de su fe a todo el que se la pida.
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Otros ritos:
Al bautizado se le da la vestidura blanca como signo de la resurrección gloriosa, para la que el hombre ha sido regenerado por el bautismo, y como signo de la pureza de vida que después del bautismo deberá observar.
También se le entrega un cirio encendido, símbolo de la luz de Cristo, y de que el bautizado debe comportarse como hijo de la luz y distinguirse de los hijos de las tinieblas.
Hay ritos que no solamente significan, sino que también producen. Es el caso, por ejemplo, de la unción en la coronilla, que produce la conservación de la gracia bautismal.
Otros ritos, sin embargo, no producen nada y solamente significan, como, por ejemplo, el vestido blanco dado al bautizado para significar la nueva vida.
Todos estos ritos se dirigen a remover los impedimentos o a la recepción fructuosa del Sacramento. Luego, sin ellos se puede conseguir el efecto del Bautismo.
Sin embargo, no se deben omitir, si no es en caso de necesidad. Pero, una vez que ha pasado el peligro, se deben suplir para guardar la uniformidad en el bautismo.
Y no se crea que esta suplencia sea inútil, porque de la misma manera que se puede impedir el efecto del bautismo antes de recibirlo, también se puede impedir después de haberlo recibido.
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Jesús hubiese podido realizar esta curación por medio de una sola palabra, y su poder hubiese sido manifestado más maravillosamente.
Pero este milagro esconde un misterio; y Jesucristo, queriendo principalmente instruirnos, subordina el ejercicio de su poder al objetivo educativo que procura.
Así pues, ¿quién es este hombre que traen al Salvador y cuya miseria arrancó suspiros al Verbo divino?
¿Qué representa este sordomudo?
¿Qué significan las inusuales circunstancias con las que se opera su curación?
Los Santos Doctores nos enseñan que este hombre representa la humanidad fuera del pueblo judío: Tiro, Sidón, la Decápolis indican la gentilidad.
Esta gentilidad, abandonada desde hacía cuatro mil años en las regiones donde reinaba el Príncipe de este mundo, sentía los efectos desastrosos del olvido en que la había dejado su Creador y Padre como consecuencia del pecado original y de sus pecados personales.
Satanás, cuyas artimañas engañosas habían obtenido hacer expulsar al hombre del Paraíso, habiéndose apoderado de los gentiles, superó y perfeccionó la elección de los medios para asegurar su conquista.
La astuta tiranía del opresor redujo a su esclavo a la sordera y al mutismo para estrechar mejor las cadenas de su imperio.
Sordo para escuchar a Dios, mudo para suplicarle, se cierran los dos caminos que podrían conducirlo a su liberación.
El adversario de Dios y del hombre, Satanás, puede alegrarse de su trabajo…
Jesucristo gime ante la miseria extrema de esos pueblos. ¿Y cómo no había de gemir a la vista de la devastación ejercida por el enemigo en esta obra tan bella, para la cual había servido de modelo a la adorable Trinidad al comienzo del mundo?
Tiro, Sidón, la Decápolis… la gentilidad…, tenemos ejemplos palpables de esta miseria espiritual en los pueblos que conocieron los misioneros al llegar a las tierras americanas.
Tienen de qué vanagloriarse los indigenistas en la sordera y el mutismo espirituales, culturales y sociales…
Nosotros nos honramos de la cultura greco-romana, y agradecemos la misericordia, la gracia, la cultura y la civilización cristianas aportadas por los santos misioneros. Somos agradecidos a la España católica y mariana que nos sacó de la barbarie y nos evangelizó y cristianizó.
Decimos que Nuestro Señor quiere, por medio de esta curación milagrosa, dar más una enseñanza que demostrar su divino poder. Él quiere revelar las realidades invisibles producidas por su gracia en el misterio de los Sacramentos.
Por eso, aparta lejos a este hombre que le presentan; lejos de esta tumultuosa muchedumbre de pasiones y de vanos pensamientos que le habían vuelto sordo y mudo para el Cielo: apartándole de la gente, a solas.
¿Qué lograría con curarlo, si no fuesen removidas las causas de la enfermedad? Recaería inmediatamente en ella…
Vemos en esto el porqué de tanto paganismo, e incluso tanto salvajismo, en nuestra sociedad, otrora cristiana… Así como se hace hediondo el perro que vuelve a su vómito, de la misma manera causa repulsión la moderna sociedad, apóstata, que regresa al paganismo, se degrada y se torna salvaje…
La causa está en la apostasía de las naciones, y en el retorno del fuerte armado con sus siete demonios peores que él… los siete pecados capitales que dominan a la humanidad alejada de Jesucristo y de su Iglesia…
Pueden vanagloriarse los revolucionarios del estercolero que han forjado…
Nosotros tratamos de mantener los restos de la Civilización Cristiana legada por la España católica y mariana, mientras esperamos la restauración final de todas las cosas en Cristo y por Cristo.
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En la Epístola de este domingo, San Pablo nos dice: Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué.
Es en primer lugar por el Bautismo que el hombre recibe el oído espiritual y la palabra de la fe, que prepara para recibir la prédica evangélica.
Antes del Bautismo éramos sordomudos; no podíamos hablar a Dios en la oración porque no teníamos la fe; no podíamos escuchar la voz de Dios.
Pero por el Bautismo nos convertimos en hijos de Dios, recibimos la gracia santificante.
¡Atención!… Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, por el cual también sois salvados, si lo guardáis tal como os lo prediqué. Si no, ¡habríais creído en vano!

