NOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Al acercarse y ver la ciudad, lloró por ella, diciendo: ¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes, y te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos que estén dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita. Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, diciéndoles: Está escrito: Mi Casa será Casa de oración. ¡Pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos! Y enseñaba todos los días en el templo.
Este pasaje es propio de San Lucas. Al bajar Jesucristo del Monte de los Olivos, ya acercándose a Jerusalén, al contemplarla, y enfrente el templo herodiano, lloró a causa de la ciudad.
Le acompañaban las aclamaciones de sus discípulos y judíos; pero veía lo que le aguardaba a Él y a ella….
Si Jerusalén hubiese conocido, en este día, como extrema tabla de salvación, toda la misión de paz mesiánica que Él le traía…
Pero eran muchas las pasiones que estaban en juego contra Él…
Y un pueblo que esperaba desde hacía siglos al Mesías para su gloria y su paz, cuando Éste llegó, lo desconoció y lo hizo crucificar…
Es lo que el Señor ve y por lo cual derrama sus lágrimas.
Pero con ellas, como garantía de su verdad, pronuncia la profecía de su castigo. Es la catástrofe de Jerusalén en el año 70.
La descripción de esta calamidad por el historiador judío Flavio Josefo y los datos de la arqueología han probado la verdad del mensaje profético del Señor.
Todo ello por no haber conocido el tiempo de su visitación…
La visita de Dios es frase frecuente en el Antiguo Testamento para indicar castigos o premios.
En este caso concreto, el tiempo de su visitación es todo el período mesiánico de Cristo, de enseñanza y milagros, en Galilea y Judea, en sus repercusiones en Jerusalén, y, más precisamente, sus visitas, enseñanzas y milagros mesiánicos en la ciudad deicida.
Enseña San Gregorio Magno: Lloró el piadoso Redentor la destrucción de aquella pérfida ciudad, las desgracias que ella misma ignoraba habrían de venirle. Por esto añade: ¡Ah si tú conocieses siquiera!, llorarías con amargura lo que ahora tanto te alegras, porque desconoces lo que te amenaza. Y añade: Mas ahora está encubierto a tus ojos; porque, si los males que te amenazan no estuviesen ocultos a los ojos de tu corazón, no te alegrarías tanto por las prosperidades presentes. Y profetiza la pena que le amenaza, cuando dice Porque vendrán días contra ti...
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La Epístola de hoy se corresponde perfectamente con el Evangelio. Ella está tomada del capítulo décimo de la Carta de San Pablo a los Corintios, y es la continuación del pasaje que hemos meditado el Domingo de Septuagésima. He aquí el texto completo:
Septuagésima (1-6): No quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, que todos atravesaron el mar, y todos en la nube y en el mar fueron bautizados en Moisés; que todos comieron el mismo pan espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo; pero Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, pues fueron postrados en el desierto. Esto fue en figura nuestra, para que no codiciemos lo malo como lo codiciaron ellos.
Noveno de Pentecostés (7-13): Ni idolatréis, como algunos de nuestros padres, según está escrito: «Se sentó el pueblo a comer y beber y se levantaron para danzar». Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, cayendo veintitrés mil en un día. Ni tentemos al Señor, como algunos de ellos le tentaron y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, acabando a manos del exterminador. Todas estas cosas les sucedieron a ellos en figura y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes tocó vivir en la última fase de los tiempos. Así, pues, el que cree estar en pie, mire no caiga; no os ha sobrevenido tentación que no fuera humana, y fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, antes dispondrá con la tentación el éxito, dándoos el poder de resistirla.
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San Pablo presenta razones para mover a los corintios a que sean cautos en la cuestión de la idolatría, y los exhorta poniéndoles delante el peligro de caer en ella.
Para que no se fíen demasiado de sí mismos, les pide que tengan presente el caso de los israelitas en su salida de Egipto, regalados todos por Dios con extraordinarios favores; y, sin embargo, la mayor parte de ellos fueron descalificados, sin lograr llegar hasta la meta de la tierra prometida.
Este ejemplo era tanto más expresivo cuanto que la comunidad israelítica del desierto era considerada por las primitivas comunidades cristianas como la comunidad ideal, tipo de la futura comunidad mesiánica.
San Pablo comienza haciendo notar las gracias extraordinarias con que Dios favoreció a los israelitas: todos fueron cobijados bajo la nube, todos atravesaron el mar, todos fueron bautizados en Moisés, todos comieron el mismo pan y todos bebieron la misma bebida.
El adjetivo todos se repite cinco veces para acentuar que, aunque el pueblo de Israel en su totalidad recibió aquellas bendiciones, sólo un pequeño número entró en la tierra prometida.
Las alusiones a determinados hechos históricos narrados en la Biblia son claras y conocidas tanto por los judíos como por los primeros cristianos prevenientes de la gentilidad; sin embargo, es muy de notar el modo cómo San Pablo presenta esos hechos, proyectando sobre ellos la imagen de otros hechos cristianos (Bautismo y Eucaristía), de los que aquéllos habían sido tipo o figura.
Algo parecido había hecho San Esteban en su discurso ante el sanedrín respecto de Moisés y Jesucristo.
Por eso el Apóstol habla de «ser bautizados en Moisés en la nube y en el mar», presentando esos dos hechos, de estar bajo la nube y atravesar el mar, cual si estuviesen insinuando el bautismo cristiano en sus dos elementos esenciales, el Espíritu Santo y el agua.
Guiados por la nube, signo de la presencia y protección de Yahvé, y atravesando el mar, que los liberaba del dominio del faraón, los israelitas quedaron vinculados a Moisés, el caudillo elegido por Dios para mediador de la Alianza que pensaba establecer.
De igual modo, por el Bautismo, como hemos visto hace tres domingos, los cristianos quedamos, aunque en más alto grado, vinculados a Cristo, el Mediador de la Nueva Alianza.
En cuanto al maná y al agua que brota de la roca, los llama comida y bebida espirituales, no sólo por razón de su origen sobrenatural, sino especialmente por su carácter prefigurativo del pan y vino eucarísticos, que se transubstanciarán en el Cuerpo y la Sangre del Redentor.
Es lo que dirá luego de modo más explícito, al escribir que todas estas cosas sucedieron a los israelitas en figura.
Todos estos hechos fueron signos: así como los israelitas fueron bautizados en la nube y en el mar, y fueron alimentados con un manjar espiritual, así también nosotros recibimos las aguas del Bautismo y el Pan del Cielo en la Sagrada Eucaristía.
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Hasta aquí la parte hermosa de la medalla; mas viene en seguida el reverso…
Fueron muchos los favores concedidos a los israelitas., pero Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, y perecieron en el desierto víctimas de la cólera divina.
Alusión a los israelitas que codiciaron las carnes de Egipto. Pero mientras tenían aún la carne de las codornices entre los dientes, fueron castigados…
También aquí las alusiones a determinados hechos históricos narrados en la Biblia son claras: la añoranza por las carnes y pescados de Egipto, las danzas del pueblo en torno al becerro de oro, la fornicación con las mujeres de Moab, las quejas contra el Señor de que no les da otra comida que el maná, las murmuraciones contra Moisés y Aarón, y el desagrado divino castigándoles a morir en el desierto.
En su Carta a los Hebreos, San Pablo escribe (3: 7-19):
Por lo cual, según dice el Espíritu Santo: «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la rebelión, como el día de la tentación en el desierto, donde vuestros padres me tentaron y me pusieron a prueba, y vieron mis obras durante cuarenta años; por lo cual me irrité contra esta generación, y dije: Andan siempre extraviados en su corazón y no conocen mis caminos, y así juré en mi cólera que no entrarían en mi descanso.» Mirad, hermanos, que no haya entre vosotros un corazón malo e incrédulo, que se aparte del Dios vivo; antes exhortaos mutuamente cada día, mientras perdura el «hoy», a fin de que ninguno de vosotros se endurezca con el engaño del pecado. Porque hemos sido hechos participantes de Cristo en el supuesto de que hasta el fin conservemos la firme confianza del principio; mientras se dice: «Si hoy oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la rebelión». ¿Quiénes, en efecto, se rebelaron después de haber oído? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por obra de Moisés? ¿Y contra quiénes se irritó por espacio de cuarenta años? ¿No fue contra los que pecaron, cuyos cadáveres cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes sino a los desobedientes juró que no entrarían en el descanso? En efecto, vemos que no pudieron entrar por su incredulidad.
San Pablo dirige una exhortación a los destinatarios para que se mantengan firmes en la fe que han abrazado. La exhortación continuará a lo largo del capítulo cuarto.
No deja de llamar la atención el modo cómo el autor se vale de la Escritura.
Supone como tres fases o etapas en esa llamada de Dios: la que hizo a los israelitas del desierto, la hecha a los judíos de tiempos del Salmista, y la que hace ahora a los cristianos.
En efecto, como base de la exhortación se toman las palabras de Salmo 95: 8-11, cuando el Salmista invita a los judíos, sus contemporáneos, a que oigan la voz de Dios y se muestren más dóciles que la generación de tiempos de Moisés en el desierto.
Fue aquella una generación perversa, en continua rebeldía contra Dios, exigiendo siempre de Él nuevos milagros y olvidándose cada día de los del día anterior; por eso Dios, irritado, la castigó a morir en el desierto, no permitiéndole entrar en el reposo de la tierra de Canaán.
De esta larga cita San Pablo hace en seguida la aplicación a sus lectores. La conducta de Dios con la generación del desierto debe servirles de aviso. Recomendación parecida a la hecha a los Corintios.
Si entonces, por su incredulidad, aquella generación fue fuertemente castigada por Dios y excluida de la entrada en el descanso de la tierra prometida, tema también ahora la generación cristiana, no sea que, incrédula al Evangelio, irrite a Dios y sea excluida del descanso del Señor, primero el de la justicia y unión con Dios acá en la tierra, y luego el de la eterna felicidad en el Cielo.
Todo da la impresión de que el autor de la carta estaba preocupado por el peligro de la pérdida de la fe en los destinatarios. Por eso insiste en que no basta haber sido incorporados a Cristo por la fe y el Bautismo, sino que, para que no nos pase como a la generación del desierto, hay que conservar firme hasta el fin la fe del principio.
También insiste en que el hoy de la llamada divina subsiste al presente para nosotros, como subsistía entonces para los contemporáneos del salmista; pero cuidémonos de no desaprovecharla mientras perdura, exhortándonos mutuamente a la constancia en la fe, pues pasará, y entonces ya no habrá remedio, como sucedió a los de la generación del desierto.
Precisamente, en la Sagrada Escritura se utiliza la expresión fornicar para señalar la grave infidelidad que se esconde en la idolatría…, hoy en la apostasía…
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Presentada así la medalla por las dos caras, San Pablo saca la conclusión: Todas estas cosas les sucedieron a ellos en figura, y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes tocó vivir en la última fase de los tiempos, esto es, en la Sexta Edad, que es para los que trabajan en la hora undécima: Hijitos míos, esta es la hora postrera, dice San Juan en su Primera Epístola.
El fin de las edades es una fórmula aplicada por oposición a los tiempos en que aún se esperaba la Venida del Mesías.
Que no se confíen, pues, demasiado los corintios; lo que sucedió a los israelitas, cayendo en la idolatría y fornicación, fácilmente puede sucederles a ellos, si no son cautos en la cuestión de los idolotitos, lo ofrecido a los ídolos.
En resumen, pues, tres cosas deben sacarse en conclusión:
— el temor de ese castigo,
— lo que tuvo por motivo
— y andar con mucho cuidado, no acontezca lo pasado.
Aquí van envueltas tres cosas que deben movernos a reflexión y resoluciones:
— los ejemplos que traen las Escrituras de los antiguos;
— la razón, nuestro escarmiento;
— la edad, la postrera, que es ya el fin de los siglos.
He aquí, pues, ejemplos ciertos, porque están escritos; útiles, ya que están enderezados a quedar escarmentados; de inminencia, pues son para los que ya estamos en los fines de los siglos.
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San Cirilo enseña: Si tú conocieses… No eran dignos de comprender las Sagradas Escrituras divinamente inspiradas, que refieren el misterio de Cristo. En efecto, cuantas veces leen a Moisés, un velo cubre su corazón para que no vean que todo se ha cumplido en Jesucristo; y como no reconocían la verdad, se hicieron indignos de obtener la salud que mana de Jesucristo.
Nuestro Señor señala la culpa por la que fue condenada a la destrucción, añadiendo Por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación… Esto es, de mi venida; porque he venido a visitarte y a salvarte, y si lo hubieras comprendido así, y creyeras en mí, estarías en paz con los romanos y libre de todos los peligros, así como todos aquellos que creyeron en Jesucristo pudieron evadirse.
Jerusalén fue destruida por los pecados de sus habitantes; pero estas lágrimas han sido vertidas también sobre nuestra Jerusalén…, nuestra alma… Cuando alguno peca después de participar de los misterios de la verdad, Jesús llorará por él.
Por eso dice San Gregorio: Nuestro Redentor no cesa de llorar por sus escogidos cuando ve caer en el mal a los que poseían la virtud; porque si éstos conociesen la condenación que les espera, se llorarían a sí mismos con las lágrimas de los escogidos.
Jesús llora por nuestra Jerusalén, a la que, después que ha pecado, sitian sus enemigos, esto es, el espíritu maligno, y la rodean de trincheras para cercarla y no dejar piedra sobre piedra, según las palabras del Profeta Ezequiel: No me acordaré de sus primitivas virtudes…
Sin embargo, el Señor visita al alma culpable para su enseñanza; alguna vez mediante la desgracia, otras con los milagros, con el fin de que reconozca las verdades que ignoraba, y, menospreciando el mal, vuelva por la compunción del dolor u obligada por los beneficios, y se avergüence de lo mal que obró.
Pero, si no reconociese el tiempo en que fue visitada, al final de su vida será entregada a sus enemigos, con quienes se verá unida en el juicio eterno de su perpetua condenación.
Recordemos, pues, y tengamos siempre presente que todas estas cosas les sucedieron a los judíos en figura, y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes tocó vivir en la última fase de los tiempos…

