Padre Juan Carlos Ceriani: QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

QUINTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si no abundare vuestra justicia más que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, mas el que matare, será reo de juicio. Pero yo os digo que todo el que se enojare con su hermano será reo de juicio. Y el que llamare a su hermano raca, será reo de concilio. Y el que le llamare fatuo, será reo del fuego del infierno. Por tanto, si ofrecieres tu presente en el altar, y te recordares allí de que tu hermano tiene algo contra ti; deja tu presente allí, ante el altar y vete antes a reconciliarte con tu hermano; y, volviendo después, ofrecerás tu presente.

La enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo es clara: Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Se trata, pues, de fidelidad a la Ley, pero de fidelidad al cumplimiento del espíritu de la Ley, pues en su cumplimiento material, los fariseos eran maestros insuperables.

Ya los Profetas habían urgido la necesidad de poner el espíritu y el corazón en los sacrificios. El rito material solo, no cuenta. El simple cumplimiento del rito cultual, Dios no lo atiende ni retribuye.

Esto es lo que Nuestro Señor censura, al mismo tiempo que enseña cómo ha de ser la práctica de la Nueva Ley, de la justicia mesiánica; condena la hipocresía de un rito sin vida.

La justicia del reino mesiánico es sencillamente la justicia de la autenticidad religiosa.

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El tema de este pasaje es de gran importancia, por la necesidad de fijar la actitud doctrinal del cristianismo frente al judaísmo; y más precisamente frente a la interpretación que de él daban los escribas y fariseos.

Las polémicas cristianas primitivas frente al judaísmo, los judaizantes, aparecen reflejadas aquí.

Jesucristo no vino a destruir la Ley y los Profetas, las dos secciones principales de la Biblia.

Jesucristo vino a cumplir, perfeccionar la Ley con las obras, llevar lo imperfecto a lo perfecto.

Hay textos rabínicos judíos tardíos que hablan de la «ley del Mesías», pero no en el sentido de abrogar la Ley Mosaica, sino de una nueva interpretación de la misma. El judaísmo esperaba del Mesías una revelación de toda la riqueza de pensamientos ocultos en la Thorah y una solución de todos sus arcanos.

¿En qué sentido perfecciona Cristo la Ley Antigua?

Aunque aquí sólo se trata de cuestiones morales, la afirmación de Nuestro Señor abarca todo el Antiguo Testamento.

Con su práctica, Jesucristo cumple muchas cosas del Antiguo Testamento, pero lo perfecciona con su doctrina al interpretar el sentido recto de muchas cosas deformadas por el leguleyismo farisaico; al mismo tiempo que añade otras muchas, verdadera nueva revelación, lo mismo que inculca el espíritu evangélico que ha de informarla.

Se da la perfección por superación, como destruye el fruto a la semilla, perfeccionándolo.

Del Antiguo Testamento se conserva el espíritu mesiánico y cristiano que existía en él; es el boceto que el cuadro completa, destruye y supera.

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El versículo que dice si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos es un término completivo del tema sobre la relación de Jesucristo y la Ley Antigua, pero es, al mismo tiempo, un versículo puente para el tema del sermón de la Montaña: el perfeccionamiento moral de la Antigua Ley y el perfeccionamiento del espíritu con que ha de ser practicada.

Los versículos 21-48 de este capítulo, que presentan seis antítesis, dan un buen ejemplo del espíritu cristiano revitalizando la moral de la Antigua Ley.

Las seis contraposiciones se establecen por los términos Habéis oído que fue dicho … Pero yo os digo …

Ellas se refieren a la valoración cristiana del quinto precepto del Decálogo, que trae el Evangelio de este Domingo, la apreciación del sexto mandamiento, la condena del divorcio, el exaltamiento cristiano del segundo precepto, la «ley del talión» ante la moral cristiana y, por último, el amor cristiano a los enemigos.

Hay también en esto otro punto de valor para destacar. Al contraponer lo que se les había dicho por Moisés a los antiguos, al pero yo os digo, está implícitamente declarándose superior a Moisés.

¿Y quién puede ser superior a Moisés? Gradualmente irá declarándose superior a los Reyes, Profetas, Sábado y Templo. Aquí se presenta ya como el supremo Legislador de Israel.

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El primer caso de interpretación de los varios preceptos que aparecen en este sermón es el del quinto precepto del Decálogo: No matarás.

Refiriéndose al auditorio les dice: Habéis oído que fue dicho a los antiguos. Estos antiguos son las generaciones judías anteriores, contrapuestas a las que habla Jesucristo.

Esta legislación del Decálogo había sido interpretada materialmente: realización física del homicidio.

Pero Nuestro Señor, al contraponer su enseñanza a la interpretación rabínica del mismo mandamiento, está dando la exegesis del contenido primitivo.

En este precepto no solamente se condena el acto de homicidio real, sino la injuria al hermano. Éste, en la apreciación judía, era el equivalente al prójimo; y éste era sólo el judío.

Aquí también se condena el airarse injustamente contra el hermano. Paralelamente, el castigo correspondiente es también gradual.

Al airarse se le amenaza con ser reo de juicio del tribunal local, que debía haber en todos los pueblos; al racá, con ser reo ante el sanedrín, es decir, ante el gran consejo de Jerusalén, que es el que tenía competencia en los crímenes mayores; al de impío, se le amenaza con la gehena de fuego, o sea el infierno.

Naturalmente, Cristo no pretende establecer este triple y exclusivo código de penas y castigos. Toma los términos de la jurisprudencia judía como medio de expresión de valoración moral. El tribunal ante el que Cristo cita no es más que uno: el de Dios.

Tomando tres casos con un crescendo de gravedad, expone representativamente todo otro tipo de culpas, sugerido por este procedimiento de acumulación.

En el quinto precepto del Decálogo no sólo se condena el homicidio físico, sino todo deseo de injuria injusta.

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Luego se expone en dos pequeñas parábolas o comparaciones la necesidad de la reconciliación con el prójimo.

La primera la presenta con un símil tomado del sacrificio y con la urgencia del que está ya a punto de ofrecerle.

Con ello encarece la necesidad de la caridad al ponerla en comparación con el sacrificio; ya que siendo éste representación vicaria del oferente, no es grata a Dios sin el amor al prójimo.

La segunda comparación está tomada de la vida civil: más vale componerse los litigantes de un pleito entre ellos que venir a la sentencia inapelable del juez, aparte de pagar costas y tener incomodidades y pleito.

El tiempo que están en camino alegoriza el tiempo que se está in via; el juez y su sentencia son el tribunal de Dios; el castigo en prisión, de la que no se saldrá hasta que se pague el último cuadrante, es decir, hasta que se cumpla estrictamente la justicia…, simbolizan Purgatorio e Infierno…

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Entonces, si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos

Por lo cual me parece importante hacer referencia específica al tema del fariseísmo, siguiendo para ello las explicaciones del Padre Leonardo Castellani, tomadas de muchas de sus obras.

Ante todo, debemos señalar que el Padre parte de una premisa tan importante como profunda y delicada:

Sin el fariseísmo toda la historia de Cristo hubiera cambiado; y también la del mundo entero. Su Iglesia no hubiese sido como es ahora y el universo hubiese seguido otro rumbo, enteramente inimaginable para nosotros, con Israel a la cabeza del Pueblo de Dios y no deicida y disperso.

A continuación, más que una definición, nos hace una descripción del fariseísmo:

El fariseísmo es el gusano de la religión; y después de la caída del primer hombre es un gusano ineludible, pues no hay en esta mortal vida fruta sin su gusano, ni institución sin su corrupción específica.

El fariseísmo es la soberbia religiosa; es la corrupción más sutil y peligrosa de la verdad más grande, es decir, la verdad de que los valores religiosos son los primeros. Pero, en el momento en que nos los adjudicamos, los perdemos; en el momento en que hacemos nuestro lo que es de Dios, eso deviene propiedad del diablo.

El fariseísmo es un compendio de todos los vicios (avaricia, ambición, vanagloria, orgullo, obcecación, dureza de corazón, crueldad), que ha llegado a vaciar por dentro diabólicamente las tres virtudes teologales, constituyendo así el pecado contra el Espíritu Santo. Por eso Nuestro Señor les dijo: “Vosotros sois hijos del diablo y el diablo es vuestro padre”.

La ambición es una de las partes más finas del fariseísmo. Pero su flor es la crueldad: crueldad solapada, cautelosa, lenta, prudente y subterránea.

El fariseísmo es esencialmente homicida y deicida, es decir, da muerte a un hombre por lo que hay en él de Dios…; odio deicida al prójimo; odio a lo santo, a lo virtuoso.

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Llegamos al punto en que el Padre explica el proceso que dio a luz al fariseísmo judaico y que, puesto en marcha, produce los mismos efectos:

El engreimiento religioso trajo el mesianismo político.

Los fariseos necesitaban ser vengados de sus quemantes humillaciones, de sus derrotas. La religión era humillada en ellos y el Mesías debía vindicar la religión.

Y, si el Mesías había de ser político, naturalmente había que preparar su venida haciendo política.

Cuando la política se introduce en la religión, se produce una corrupción extraña.

En esas condiciones el poder se vuelve temible, porque puede obligar en conciencia.

La corrupción llega al máximo cuando lo religioso se ha reducido a un instrumento y pretexto de lo político.

La crueldad, cuya condición y primer grado es la dureza de corazón, es inexorable en consecuencia de la soberbia religiosa.

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El rechazo nacional del pueblo judío es motivado porque ellos no oyeron a los Profetas y los mataron.

El destino del pueblo judío es una cosa actual. Es una de las tragedias más grandes de la historia; Cristo mismo lo dijo, comparándolo con el Diluvio y con la situación de los últimos tiempos, o sea con la Gran Apostasía.

La tragedia del pueblo hebreo es, en suma, la siguiente: he aquí un pueblo que durante 2000 años giró en torno de la esperanza del Mesías; y cuando viene el Mesías, lo desconoce, lo rechaza y lo mata.

Toda la razón de ser de ese pueblo elegido está en la esperanza religiosa del Gran Rey Salvador. Y con toda esa esperanza, que inspiraba toda la vida del pueblo hebreo, cayó en el error de matar al Mesías: una especie de suicidio.

La causa de ese error horrible es una corrupción horrible, una corrupción de la religión, el fariseísmo.

Esta situación del pueblo hebreo debe movernos a una gran compasión; pero no debe movernos, de ninguna manera, a la judaización del cristianismo; lo cual vemos hoy en día.

Un cristiano que se judaíza, deja de ser cristiano sin llegar a ser judío; es, simplemente, una corrupción, una apostasía.

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El Padre Castellani señala luego el fondo del morbo farisaico y sus dos formas:

El fariseo es el hombre religioso que se engaña con la verdad, que es la peor manera de engañarse.

Un fariseo, que no tiene conciencia de pecado sino de santidad, no puede arrepentirse, y es peor.

De modo que engaña a los demás comenzando por engañarse a sí mismo; una hipocresía mucho más profunda y peligrosa que la otra.

Es una actitud radicalmente irreligiosa, e incluso antirreligiosa, que aparece como religiosa.

Lo encontramos en dos formas: teórico y práctico.

El fariseísmo teórico se continuó con la religión judía, la cual actualmente se funda mucho más en el Talmud que en la Escritura.

El fariseísmo práctico existe en la Iglesia. El poner el acento en lo exterior de la religión, ahogando poco a poco lo interior, es el primer paso.

El fariseísmo abarca desde la simple exterioridad hasta la crueldad, pasando por todos los escalones del fanatismo y de la hipocresía.

La religión suprimiendo la misericordia y la justicia; ¿puede darse algo más monstruoso?

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Finalmente, el Padre Castellani desarrolla la tragedia farisaica hasta las últimas consecuencias:

Es el drama de Cristo y de su Iglesia. Si en el curso de los siglos una masa enorme de dolores y de sangre no hubiese sido rendida por otros cristos en la resistencia al fariseo, la Iglesia hoy no subsistiría.

Y al final será peor. En los últimos tiempos, el fariseísmo triunfante exigirá para su remedio la conflagración total del universo y el descenso en Persona del Hijo del Hombre, después de haber devorado insaciablemente innúmeras vidas de hombres.

La última corrupción en la Iglesia (es decir, el fariseísmo generalizado y entronizado) traerá consigo lo que San Pablo llama la Gran Apostasía y la Gran Tribulación.

San Pablo cuando habla del Anticristo, da como señal el sacrilegio religioso, y no otra cosa: “Se sentará en el Templo de Dios haciéndose dios”, es decir, se apoderará en forma aún más nefanda de la religión para sus fines, como habían hecho los fariseos.

Si creemos a Jesucristo y a San Pablo de que en los últimos tiempos habrá una gran apostasía y que no habrá ya casi fe en la tierra, sólo el fariseísmo es capaz de producir ese fenómeno.

Solo el fariseísmo puede devastar la religión por dentro; sin lo cual ninguna persecución externa le haría mella. Si la Iglesia está pura y limpia, es hermosa y atrae, no repele.

Solamente cuando la Iglesia tenga la apariencia de un sepulcro blanqueado, y los que manden en ella tengan la apariencia de víboras, y lo sean, el mundo entero se asqueará de Ella y serán poquísimos los que puedan mantener, no obstante, su fe firme, un puñado heroico de escogidos que, si no se abreviara el tiempo, ni ellos resistirían.

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Lo grave y lo actual del asunto es que, así como los judíos erraron respecto a la Primera Venida, los cristianos pueden errar respecto a la Segunda Venida…

Y está predicho que van a errar, porque antes de la Parusía vendrá primero la Gran Apostasía, profetizada por San Pablo.

Ya lo vemos, porque la Nueva Teología:

1°) No recuerda nunca la Gran Apostasía

2°) No tiene en cuenta la Segunda Venida

3°) Tiene como un dogma inconcuso que la Iglesia y el Mundo tienen que ir adelante…, ir adelante…, ir adelante siempre…, lo menos durante millones de años…

Y esto no es solamente un error en la fe, sino un disparate ante la razón.

Antes del fin del mundo vendrá una gran apostasía. Una apostasía general no es posible si la Iglesia estuviera vigente, llena de pureza, de justicia, de caridad y de luz.

Siempre ha existido contaminación, y existirá hasta el tiempo de la siega. Y hacia el tiempo de la siega es cuando la cizaña se parece más al trigo.

La condición del mundo cuando vuelva Cristo será análoga a la que tenía cuando lo dejó. De modo que entrará a reinar el fariseísmo en la Iglesia, como antaño en la Sinagoga.

El fariseísmo no se acabó ni se acabará. Lo que puede producir la Magna Tribulación, la peor prueba, es el Magno Pecado, que efectivamente infirió la muerte al que es la Resurrección y la Vida.

El fariseísmo, siendo la corrupción especifica de la religión, ha existido y existirá siempre; y de vez en cuando demanda víctimas humanas, que Dios le concede, no se sabe por qué.

En el principio de la Iglesia, el fariseísmo había plagado de tal manera la Sinagoga, que Jesucristo se dio como misión principal de su vida el combatirlo, y fue su víctima.

Al fin de la Iglesia, el fariseísmo se volverá de nuevo tan espeso, que demandará para su remedio la segunda Venida de Cristo.

La única solución teórica a la presencia del fariseísmo en la Iglesia está en la parábola del trigo y la cizaña y en el dogma de la Parusía.

Llegará un tiempo en que el trigo y la cizaña, mezclados siempre en las eras humanas durante el curso de las edades, llegarán a la lucha suprema, la que no conoce piedad; y la cizaña crecida oprimirá al trigo de Dios de un modo insoportable, rodeándolo por todas partes como sin esperanza y sin respiro; tiempo en que la persecución, prometida a todo creyente, se hará interna a más de externa; y en que gemirá su carne a punto de aniquilarse.

Para ese tiempo se escribieron las últimas y más terribles profecías…, pero también las más consoladoras…

Para, en cierto modo, merecerlas, recordemos que Si no abundare nuestra justicia más que la de los escribas y fariseos, no entraremos en el reino de los cielos…