LA SAGRADA LITURGIA: ELEMENTOS LITÚRGICOS

Conservando los restos

ELEMENTOS LITÚRGICOS
(Parte IX)

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La ignorancia de la Liturgia es una de las causas de la ignorancia de la Religión”

LOS SACRAMENTALES

La doctrina de los Santos Sacramentos se completa con la de los Sacramentales. A éstos los llamaban los antiguos sacramentos menores o menos principales por cuanto, teniendo con ellos alguna semejanza, en cuanto a los efectos les son mucho inferiores en méritos y en virtud. Su estudio corresponde tanto a la Teología como a la Liturgia.

1. Qué son los Sacramentales

Los Sacramentales —dice el Derecho Canónico— son cosas o acciones, de las cuales suele usar la Iglesia, a semejanza en cierto modo de los Sacramentos, para obtener, con la eficacia de su impetración, algunos efectos, principalmente espirituales”.

Entre las cosas que son sacramentales se cuentan los cirios benditos, las palmas, las medallas, los escapularios, la sal, el pan, etc.; y entre las acciones: la señal de la Cruz, la recitación del Confiteor, etcétera. Su eficacia les viene de la dignidad y mérito de la Iglesia, que ha sido quien los ha instituido en virtud de la autoridad recibida de Jesucristo.

Aunque también son Sacramentales, en el verdadero sentido de la palabra, los ritos que se usan en la administración de los Sacramentos, hoy suele reservarse esa denominación para los ritos ajenos a los Sacramentos.

Los Sacramentales no son de institución divina, sino eclesiástica, y solamente a la Sede Apostólica le compete crear otros nuevos, abolir los existentes, cambiarlos, y darles la interpretación auténtica (Can. 1145).

2. Sus efectos

Según los teólogos, los Sacramentales tienen la virtud especial:

1º De dedicar las personas y las cosas al culto divino, y esto lo producen infaliblemente como “ex opere operato”, por el solo hecho de usar un rito establecido por la Iglesia a ese objeto.

Así, por ejemplo, un abad, un cementerio, una imagen, etcétera, por el mero hecho de ser bendecidos con el rito establecido por la Iglesia, infaliblemente quedan dedicados a Dios.

2° De arrojar o reprimir los demonios, y esto por vía de impetración, ya que las oraciones de la Iglesia son dignas de ser atendidas.

Es cierto que alguna influencia ejercen siempre los Sacramentales sobre los demonios, si bien, cuando se trata v. gr. de la verdadera obsesión, no siempre logran expulsarlos de hecho.

3º De alcanzar algún beneficio temporal como la salud o la mejoría de alguna enfermedad, pero no infaliblemente, sino en cuanto puede convenir a la salvación del alma.

A eso tienden, entre otras, las bendiciones de los enfermos, tanto de personas como de animales. Este efecto se produce de diverso modo: o bien preservando al hombre o a sus bienes, por especial providencia de Dios de males futuros; o bien librándoles de males presentes, v. gr. de la enfermedad; o bien otorgándoles un bienestar temporal.

4º De comunicar gracias actuales, en virtud de la impetración de la Iglesia.

Se entiende de las gracias necesarias para desempeñar dignamente el oficio recibido en virtud de algún Sacramento, como sucede, por ejemplo, en la bendición de un abad, en las órdenes menores, etc.

5º De perdonar el pecado venial, y esto, según la opinión más común de los teólogos, excitando píos movimientos con los cuales se alcanza la remisión de la culpa.

Así, uno que reza el Confiteor o el Padrenuestro o se da golpes de pecho, o se persigna con agua bendita, etc., con algún arrepentimiento, puede alcanzar el perdón de algún pecado venial; y asimismo puede alcanzarlo, quien recibe v. gr. la bendición episcopal, la aspersión, etc., en espíritu de reverencia para con Dios o las cosas divinas.

6º De remitir la pena temporal. Dice Santo Tomás que “el reato de la pena se perdona solamente en la medida del fervor que uno tiene para con Dios, fervor que se excita por los Sacramentales, unas veces más, otras menos”.

Adviértase que no todos los Sacramentales producen todos los efectos señalados, sino que cada uno produce aquellos para los cuales ha sido instituido por la Iglesia. Los efectos propios de cada Sacramental se deducen ora por su institución, ora del tenor de las fórmulas al administrarlos.

3. Diversas clases de Sacramentales

Los antiguos distinguían por lo menos siete clases de Sacramentales, mas los teólogos modernos los reducen a estos tres:

a) las bendiciones y consagraciones,

b) los exorcismos,

c) el uso de las cosas exorcizadas y benditas.

4. a) Las bendiciones y consagraciones

Las bendiciones son de dos clases: unas constitutivas y otras invocativas.

Las constitutivas sirven para transformar las cosas de profanas en sagradas, o de sagradas en más sagradas; y las invocativas para implorar sobre las personas o cosas algún bien.

Las bendiciones constitutivas, para las cuales se usan los santos Óleos se llaman y son Consagraciones.

Las bendiciones constitutivas constituyen a las personas o cosas sobre que recaen en estado permanente de cosas sagradas, quedando así destinadas al servicio de Dios.

Las invocativas, en cambio, no afectan al estado de las personas o cosas benditas, sino que se limitan a implorar a Dios por ellas algún beneficio.

Deseosa la Iglesia de purificar y santificar, para que no nos dañen moral ni físicamente y para que se conviertan en valores espirituales, todos los objetos y todos los seres y a nosotros mismos, bendice:

a) Las personas: los niños al nacer, y después cuando enferman y en diversas ocasiones; los adultos; los novios; las madres que sufren en un parto peligroso; las madres después del parto; los esposos; los viajeros y peregrinos; los reyes; las personas religiosas; los guerreros, los enfermos; los moribundos, los individuos y las asambleas.

b) Los lugares y objetos destinados al culto litúrgico: iglesias, cementerios, tabernáculos, vasos, lienzos y ornamentos sagrados, imágenes, campanas, órganos, estandartes, cruces, pila bautismal, agua lustral, óleo, sal, ceniza, etc.; y los que se usan para la devoción privada: rosarios, medallas, escapularios, coronas, hábitos votivos, cíngulos, etc.

c) Cuanto sirve para la vida del hombre: casas y edificios nuevos o usados, cocinas, dormitorios, vestuarios, graneros, colmenas, viñedos y olivares, fuentes y ríos, baños públicos, pozos, fuego, carruajes y vehículos de todo género, bebidas y comestibles, medicinas, trajes, etc.

d) Los centros industriales y sus productos: fábricas, talleres, altos hornos, usinas, minas, canteras, puentes, caminos y ferrocarriles, telégrafos, teléfonos, radiotelefonías, trenes, automóviles, motores, máquinas, navíos, aeroplanos, hidroaeroplanos, submarinos, instalaciones eléctricas, etcétera.

e) Los establecimientos culturales y benéficos: escuelas, academias, ateneos, universidades, bibliotecas, asilos, hospitales, clínicas, etc.

A todo alcanzan las bendiciones de la Iglesia; no hay invento nuevo, no hay ser, por minúsculo que sea, a donde el Cielo no haga llegar sus simpatías por medio de la Liturgia. Y cuando ésta no ha provisto una fórmula especial para cada cosa, hace uso de una general, la bendición “ad omnia”.

5. b) Los exorcismos

El exorcismo es un conjuro imperativo que hace el legítimo ministro sobre el demonio, con la invocación del nombre de Dios, para expelerlo de algún lugar y así evitar su influjo y poder malévolo.

Existen exorcismos para la bendición del agua y de la sal, para la bendición de las campanas, de los templos, de las medallas de San Benito, de los santos Óleos, etc.; pero como en todos esos casos forman parte de los ritos de la bendición o consagración de los mismos, sólo nos referiremos aquí a los exorcismos destinados a los poseídos del demonio, que son los clásicos.

Para ejercer este poder contra los demonios, la Iglesia instituyó desde el principio un ministro especial, que es el exorcista, a quien proporcionó, en los libros litúrgicos, fórmulas y reglas precisas para el desempeño de su ministerio.

En la actualidad no es ya el simple exorcista quien lo desempeña, sino el sacerdote, y no un sacerdote cualquiera, sino —dice el Ritual— “el que esté dotado de piedad, prudencia e integridad de vida…, y sea de edad madura, y reverendo, más que por su oficio, por la gravedad de sus costumbres”.

El oficio es sumamente delicado, por eso le encarga que estudie los buenos autores y tome muchas precauciones. He aquí algunas de las reglas que le propone:

1. Que no crea, en primer lugar, fácilmente en la obsesión demoníaca, confundiéndola con alguna enfermedad, y que para eso se fije si la persona habla con facundia un idioma desconocido, o entiende a quien lo habla; si manifiesta cosas distantes y ocultas; si desarrolla fuerzas superiores a su edad o condición, y si da otras señales parecidas, y cuantas más, mejor.

2. Que, para más asegurarse, le pregunte, mientras le exorciza, lo que siente en el alma o en el cuerpo, y qué palabras le hacen más efecto, para repetirlas muchas veces.

3. Que no se asuste ni desista porque el demonio le retrueque falsamente, o le oponga mucha resistencia, haga como que se oculta y huye; ni tampoco porque le infunda sopor al enfermo, o le represente visiones, o induzca a rebelársele, etc.

4. Que para triunfar de él acuda, a ejemplo de Nuestro Señor, a la oración y al ayuno; que ejecute el exorcismo en la iglesia o en un lugar decente y retirado; que tenga a mano el crucifijo, etc.

5. Que desprecie sus risas y muecas, y no permita hablar a los circunstantes, quienes deben limitarse a orar humildemente; que recomiende al poseído, si es capaz, la oración, la confesión y la comunión, etc.

6. Si, por fin, consigue la victoria, que exhorte al enfermo a no pecar en adelante, para no dar lugar a una nueva obsesión, que produciría peores estragos que la primera.

Después de tantos y tan sabios avisos, suminístrale el Ritual una serie de preces y exorcismos largos y muy interesantes, sacados unos de la Escritura y otros compuestos por la Iglesia, los cuales forman un conjunto literario muy a propósito para el fin que se propone.

Repite lo mismo una y otra vez, uno y otro día, hasta obtener, si puede, la victoria completa. En estas fórmulas trata la Iglesia al demonio con suma dureza y desprecio. Motéjalo de “debelador de la fe, enemigo del género humano, autor de la muerte, raptor de la vida, violador de la justicia, padre de todos los males, atizador de los vicios, seductor de los hombres, traidor de los pueblos, despertador de la envidia, origen de la avaricia, causa de la discordia, acuñador de los males, etc., etc.”. Con esto nos enseña la Iglesia a no jugar con el demonio y a jamás contemporizar con sus seducciones.

6. c) El uso de las cosas benditas

Los Sacramentales no se reducen a bendiciones y exorcismos, sino que muy a menudo se concretan en objetos y cosas reales, que sirven para el uso o consumo de las personas, y aun de los animales. Así sucede, v. gr., con las imágenes, los templos, los vasos sagrados, el agua, el pan, la ceniza, etc.

En estos casos “las cosas consagradas o benditas con bendición constitutiva —dice el Derecho Eclesiástico— deben ser tratadas con respeto, y no pueden destinarse a usos profanos o impropios, por más que sean del dominio privado” (canon 1151). Esta regla, empero, no reza con las cosas benditas con bendición solamente invocativa, v. gr., los carruajes, las maquinarias, etc.

No es hacer uso profano ni impropio, por ejemplo, el dar pan o pasto bendito a los animales, si han sido bendecidos para ellos, ni colocar sobre ellos o en los corrales, gallineros, porquerizas, etc., medallas o imágenes benditas. Tampoco lo es usar agua bendita para la bebida cuando falta otra, ni encender las candelas benditas, en caso de necesidad, para alumbrar el aposento.

En cambio, sería profanar los Sacramentales usar de ellos para hacer algún daño a otro, para encantamiento, para seducciones, etcétera, como también destinar las cosas benditas a usos sucios e indignos.

Por lo demás, se ha de usar de los Sacramentales con gran confianza y devoción, pero sin darles mayor alcance del que la Iglesia les da, ni desviarlos de su destino natural. Hacer lo contrario sería incurrir en la superstición y en la idolatría, faltando gravemente contra la religión.

¡Guerra, por lo tanto, a las prácticas adivinatorias, a los maleficios, a los usos mágicos, al curanderismo, etc., por más que se ejerzan con objetos o con agua bendita y ante imágenes religiosas y con gestos devotos! ¡Guerra también a los amuletos, mascotas, billikens, etc., que no son sino engañifas de bobos y carantoñas del diablo!

Contra todas estas supercherías, la Iglesia se muestra rigurosa e implacable, advirtiendo que, en punto a creencias y culto, sólo se hace responsable de lo que ella enseña, autoriza y aprueba.

Por lo tanto, cualquier rito que no haya sido sometido a su escrupuloso examen, cualquiera bendición que no haya sido aprobada por ella y que se da prescindiendo de las reglas fijas por ella establecidas, no puede ser autorizado ni de su nombre, ni de su mediación, ni de su intercesión; es un producto extraño que entra —de dondequiera que él venga— en el orden privado, individual, el cual será más o menos sano, según sea su naturaleza y procedencia”.

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7. Catálogo de bendiciones aprobadas

Terminamos consignando un catálogo alfabético de las principales bendiciones que usa la Iglesia y que los fieles pueden pedir a los sacerdotes facultados.

Los nombres indican los objetos benditos, y a continuación se expresa lo que la Iglesia se propone con ellos al bendecirlos y lo que los fieles deben intentar al usarlos, lo cual se deduce de la correspondiente fórmula del Ritual.

Abejas: Pide su multiplicación, conservación y prosperidad.

Adela (pan y agua de Santa): Curación de las enfermedades.

Agua ordinaria: Protección, salud, preservación – de San Benito (enfermedades nerviosas) – de San Ignacio y San Vicente de Paul (enfermedades en general) – de San Ramón Nonato (madres, fiebres).

Agnus Dei: Salud del cuerpo y del alma — protección de los peligros.

Águeda (pan de Santa): Salud del cuerpo y del alma – preservación.

Alberto (agua de San): Contra la fiebre. Animales: Sanos, enfermos – establos – manadas.

Anillo nupcial: Fidelidad, amor mutuo.

Anillo de San José: Socorro en las necesidades de la vida.

Automóviles, carruajes: Contra los accidentes – prosperidad en los negocios y viajes.

Avena para los animales: Preservación de enfermedades y maleficios.

Barcas y lanchas: Contra los accidentes.

Benito (medalla de San): Contra enfermedades y maleficios – tentaciones, protección de las madres, hijos, autos.

Blas (velas de San): Para los males de garganta.

Candelas o cirios: Protección y preservación.

Casas: Salud, honestidad, paz, abundancia.

Cerveza, vino, bebidas en general: Sobriedad y provecho para la salud.

Comestibles: Sobriedad y provecho para la salud.

Ceniza (imposición de la): Espíritu de penitencia, conversión.

Cordones de San Francisco: Protección y preservación.

Cordones de San Francisco, Santo Tomás, etc.: Protección y favores diversos.

Cruces, rosarios, etc.: Protección, gracias varias.

Demonio: Exorcismos para expelerlo o reprimirlo.

Enfermos de toda clase: Salud, paz, fortaleza, resignación.

Escapularios: Protección, gracias diversas espirituales y corporales.

Fábricas: Preservación de accidentes.

Fuentes, pozos: Salud y todo buen efecto.

Hábitos para enfermos: Protección, salud.

Huevos de Pascua: Salud del alma y del cuerpo.

Imágenes: Protección, preservación, bendiciones.

Jardines, sembrados, huertos: Su conservación y prosperidad.

Lecho nupcial: Honestidad, fidelidad, fecundidad.

Locales, casas: Paz, prosperidad, salud, protección.

Madre, después del parto: Acción de gracias, ofrecimiento del hijo.

Mauro (San): Bendición para enfermos muy graves.

Medallas: Preservación, protección.

Medicinas: Que surtan buen efecto.

Mujer encinta: Feliz parto, conservación de la madre y del hijo.

Niños (enfermos): Salud, protección – (sanos): inocencia, preservación.

Piedra (primera) de una iglesia, casa, etc.: Feliz término, preservación de accidentes.

Ramos: Preservación de males.

Ratas, ratones: bendición deprecatoria contra animales dañinos.

Sal: Para animales enfermos.

Semillas: Para que surtan el efecto apetecido.

Talleres: Paz, salud, prosperidad, preservación de accidentes.

Vino para los enfermos: Salud, alegría.

Willibrordo (agua de San): Para las enfermedades nerviosas — epilepsia.

Nota. —Además de los objetos y cosas previstos en el Ritual, se puede bendecir con una fórmula general, titulada “Benedictio ad omnia”, cualquiera cosa útil y honesta que el hombre desee aprovechar para su bien. Que los fieles pierdan el respeto humano y pidan al sacerdote las bendiciones del caso. Así contribuirán a santificar y espiritualizar todas las cosas, combatiendo el laicismo y el materialismo reinantes.