MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SAN JUAN BAUTISTA PRECURSOR DEL MESÍAS ( f 28 o 29)

CIERTO día en que Jesucristo predicaba a las gentes, dijo, hablando de Juan: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Alguna caña que a todo viento se mueve? Decidme, si no, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con lujo y afeminación? Ya sabéis que los que así visten, en palacios de reyes están. En fin, ¿qué salisteis a ver? ¿A algún profeta? Eso, sí, yo os lo aseguro, y aun mucho más que profeta. Pues él es de quien está escrito: Mira que yo envío mi Ángel ante tu presencia, el cual irá delante de ti disponiéndote el camino. En verdad os digo que no ha salido a luz entre los hijos de mujeres alguno mayor que Juan Bautista» (Mat XI. 7-11). ¡Magnífico elogio, salido de la boca del mismo Dios! San Juan Bautista ocupa en la historia de la humanidad un lugar único e incomparable; es el lazo de unión entre los dos mundos: él resume todo el Antiguo Testamento y prepara el Nuevo; al señalar al Mesías prometido, ya presente en medio de su pueblo, pone término a la sucesión de los Profetas y da comienzo a la misión de los Apóstoles.
SUS PADRES
HABÍA en Israel dos familias nobilísimas: la familia real de David, de la cual nacería el Mesías, y la familia sacerdotal de Aarón, cuyo sacerdocio figuraba, anunciaba y preparaba el verdadero y único sacerdocio de Jesucristo. María, Madre de Jesús, pertenecía a la estirpe de David; Zacarías y su esposa Isabel, padres del santo Precursor, descendían de Aarón. Isabel, siendo hija de una hermana de Santa Ana, madre de María, era por consiguiente prima hermana de la Santísima Virgen, pero de mucha más edad que María. Isabel y Zacarías poseían además otra nobleza, la nobleza excelsa y personal de la santidad, pues según frase del evangelista San Lucas «ambos eran justos a los ojos de Dios, guardando, como guardaban, irreprensiblemente todos los mandamientos y leyes del Señor» (I, 6). Pero una inmensa tristeza embargaba el corazón de estos santos esposos y es que «no tenían hijos» ni abrigaban la esperanza de tenerlos, lo cual se consideraba entre los hebreos como oprobio y maldición. Dios así lo dispuso para probar y perfeccionar su virtud y porque San Juan Bautista, como Isaac, Sansón, Samuel y María, la Virgen bendita entre todas las criaturas, debía ser el fruto de la gracia y la oración, más aun que de la naturaleza.
APARICIÓN DEL ARCÁNGEL GABRIEL
ZACARÍAS era sacerdote de la octava familia o clase de Abías, una de las veinticuatro en que, para el mayor orden en el ejercicio del sagrado ministerio, había dividido David la descendencia de Aarón. Estas familias alternaban por semanas en las funciones del culto en el Templo de Jerusalén. Era éste un vasto edificio, mas no al estilo de nuestras catedrales, en cuyo único recinto se celebran los Oficios divinos. Imagínese en primer lugar una extensa explanada, rodeada de un cerco y flanqueada de construcciones diversas. Al entrar en esta explanada, se hallaba un espacioso patio o atrio de los gentiles, en el que todos podían entrar. Una especie de balaustrada y una doble hilera de columnas separaban este primer patio de otro, que era el atrio de los Judíos, en donde sólo los hebreos podían penetrar; este atrio, a su vez, estaba separado de un tercero, el atrio de los Levitas o Sacerdotes, en donde se inmolaban las víctimas y en medio del cual se levantaba el Santuario o Templo propiamente dicho. Este edificio, que ocupaba un lugar muy preeminente y al que se llegaba por medio de una larga gradería, estaba dividido en dos partes: el Simio y el Santo de los Santos. En el Santo había, entre otros, el altar de los perfumes o mesita de madera de setím recubierta de láminas de oro. Por la mañana a las nueve y por la tarde a las tres, un sacerdote, designado en suerte cada semana, entraba en el Santo y hacía quemar un puñado de incienso sobre el altar de los perfumes; luego salía, y de lo alto de la gradería del santuario, puestas las manos en forma de cruz, bendecía al pueblo reunido en el pórtico, diciendo: «El Señor te bendiga y te conserve; el Señor te descubra su faz y tenga piedad de ti; el Señor vuelva hacia ti su rostro y te conceda la paz». Esta triple invocación se dirigía misteriosamente a la Santísima Trinidad en favor del pueblo escogido. «Sucedió, pues — como narra el evangelista— , que sirviendo Zacarías las funciones del sacerdocio en orden al culto divino, por su turno, que era el de Abía, le cupo en suerte, según el estilo que había entre los sacerdotes, entrar en el templo del Señor, o lugar llamado Santo, a ofrecer el incienso: y todo el concurso del pueblo estaba orando de parte de afuera, en el atrio, durante la oblación del incienso. Entonces se le apareció un ángel del Señor, puesto en pie a la derecha del altar de los perfumes, con cuya vista se estremeció Zacarías, y quedó sobrecogido de espanto. Mas el ángel le dijó: No temas, Zacarías, pues tu oración ha sido bien despachada, y tu mujer Isabel te dará un hijo al que pondrás por nombre Juan —que significa Yahvé ha hecho gracia— , y será para ti objeto de gozo y de júbilo, y muchos se regocijarán en su nacimiento porque ha de ser grande en la presencia del Señor. No beberá vino, ni cosa que pueda embriagar, y será lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor Dios suyo: delante del cual irá él, revestido del espíritu y del poder de Elías, para reunir los corazones de los padres con los de los hijos — es decir, enseñar a los judíos de entonces a imitar la fe de sus padres los antiguos patriarcas— , y conducir los incrédulos a la prudencia y fe de los antiguos justos, a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto. Zacarías respondió al ángel: «¿Por dónde podré yo certificarme de eso?; porque soy viejo, y mi mujer de edad muy avanzada». El ángel, replicándole, dijo: «Yo soy Gabriel que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a hablarle y a traerte esta feliz nueva. Y desde ahora quedarás mudo, y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por cuanto no has creído a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.
Entretanto estaba el pueblo esperando a Zacarías, y maravillándose de que se detuviese tanto en el Templo. Salió, por fin, para dar la bendición acostumbrada, mas no podía hablar palabra, por donde conocieron que había tenido en el templo alguna visión: no obstante él procuraba explicarse por señas, pues había quedado mudo y sordo» (Luc., I, 8-22).
«Cumplidos los días de su ministerio volvió a su casa», triste dice San Paulino— y pidiendo perdón a Dios en el fondo de su corazón. Vivían en Ain Karim, pequeña ciudad situada a dos leguas al oeste de Jerusalen y al pie de una montaña. Pronto tuvo Isabel la seguridad de ser madre.
LA VISITACIÓN
SEIS meses más tarde el ángel Gabriel se apareció a la humilde e incomparable virgen de Nazaret y le anunció el privilegio de su maternidad virginal y divina y, en testimonio de sus palabras, añadió: «Alli tienes a tu parienta Isabel que en su vejez ha concebido también a un hijo: y la que se llamaba estéril hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios nada es imposible». Así, pues, Juan empezaba a hacer el papel de precursor. Levantóse María y se puso en camino sin que le amedrentaran las cuatro o cinco jornadas que dista Nazaret de las montañas de Judea, en donde habitaba su prima; la caridad pareció darle alas, pues el evangelista nos dice que se fue apresuradamente para saludar a Isabel. La madre de Dios adelantóse a la madre de Juan; Jesús se adelantó a su precursor, habló por la boca de María, y su voz penetró hasta el alma del hijo de Isabel, el cual despertóse a la vida de la gracia, reconoció a su Salvador y dio saltos de júbilo en el seno de su madre. El Espíritu Santo iluminó el alma del hijo y esta divina luz, reflejándose en el alma de la madre, hizo exclamar a Isabel: «Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre. Y ¿de dónde a mí tanto bien que venga la madre de mi Señor a visitarme? ¡Oh, bienaventurada tú. que has creído!, porque se cumplirán sin falta las cosas que se te han dicho de parte del Señor». Pero María, atribuyendo a Dios toda la gloria, exclamó: «Mi alma glorifica al Señor», y por primera vez, en aquel lugar solitario, resonaron los sublimes acentos del Magníficat, que los siglos vienen repitiendo en memoria suya. De lo maravilloso de este primer encuentro puede uno colegir las gracias abundantísimas que acarreó sobre la familia del Bautista la presencia de María durante los tres meses que permaneció en casa de su prima.
SU NACIMIENTO
ENTRETANTO le llegó el tiempo del alumbramiento, y dio a luz un hijo. Supieron sus vecinos y parientes la gran misericordia que Dios le había dispensado y se congratulaban con ella. El día octavo vinieron a la circuncisión del niño y llamábanle Zacarías, del nombre de su padre. Pero la madre, oponiéndose, dijo: «No será así sino que se llamará Juan».
Dijéronle: «¿No ves que nadie hay en tu familia que tenga ese nombre?», y al mismo tiempo preguntaban por señas al padre del niño cómo quería que se llamase. Y él, pidiendo las tablillas de escribir, escribió así: «Juan es su nombre». Lo que llenó a todos de admiración. Mas apenas hubo reparado, con este acto de fe y obediencia, su falta de confianza en la palabra de Dios, el espíritu de los profetas iluminó su alma y, desatada repentinamente su lengua, el hermoso cántico Benedictus brotó de sus labios inspirados: «Bendito sea el Señor Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo… Y tú, oh niño, tú serás llamado el profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos….. Multiplicábanse, pues, los milagros en torno de la cuna del niño; por lo que un santo temor se apoderó de todas las gentes comarcanas y divulgáronse estos sucesos por todo el país de las montañas de Judea. Cuantos los oían, meditábanlos en su corazón, y se decían unos a otros: «¿Quién pensáis ha de ser este niño? Porque verdaderamente la mano del Señor estaba con él». ¿Presenció María estos faustos acontecimientos? Algunos opinan que ya había regresado a Nazaret; mas San Ambrosio y otros muchos creen que permaneció en casa de Zacarías hasta después del nacimiento de San Juan. Nuestra imaginación gusta representarse al niño Juan, siempre precursor, preceder a Jesús en los brazos de María. Cuando el divino Salvador nació en Belén, Isabel y Zacarías, ¿devolvieron su visita a la augusta Madre de Dios? El evangelista nada nos dice sobre el particular, mas teniendo cuenta con la proximidad de las localidades de Ain Karim y Belén, hay razones fundadas que nos autorizan a pensarlo. Y en el supuesto de que entonces el Precursor fuese llevado a Belén, ¿quién podrá describir la encantadora escena que se desarrolló entre el Niño Dios y el tierno Juan, que a pesar de su niñez gozaba del uso de razón? No tardó en llegar a oídos de Herodes, usurpador del trono de David, la noticia del nacimiento del Mesías. Turbóse el rey y, temiendo por su autoridad, mandó matar a todos los niños que había en Belén y su comarca. Jesús, llevado a Egipto por José y María, se libró de la muerte; mas, ¿qué fue del hijo de Zacarías, nacido no lejos de Belén? Leyendas antiguas cuentan que fue milagrosamente salvado. Sea de esto lo que fuere, Zacarías, que ejercía en Jerusalén las funciones sacerdotales, murió asesinado, según algunos autores, por orden del rey, entre el Templo y el altar, y la mancha de su sangre permaneció indeleble en el suelo. Poco después Isabel murió en el desierto montañoso; dícese que los ángeles cuidaron del huerfanito, cuya vida entera había de ser tan semejante a la de aquellos espíritus celestiales.
EN EL DESIERTO
HASTA la edad de treinta años San Juan vivió en el desierto apartado de todo lo que podía empañar la pureza sin mancilla de su inocencia, y, cual ángel terrrestre ocupado en orar, adorar, alabar a Dios y contemplar sus divinas grandezas. Durante la estancia en el desierto su morada habitual era una gruta, cavada en la roca, que el peregrino puede aún visitar, en un valle solitario, estrecho y profundo, no lejos del antiguo Ain Karim, donde nació el santo Precursor. Su vestido no consistía en la piel de carnero con que suelen representarle los pintores, sino en una túnica hecha de piel de camello y ceñida al cuerpo por un cinturón de cuero; túnica, en verdad, áspera y pobre, verdadero instrumento de continua penitencia. Su alimento consistía en miel silvestre y langostas, contentándose con los frutos del algarrobo cuando carecía de otro alimento en el desierto. Es muy probable que el santo Precursor fuera más de una vez al Templo de Jerusalén; pero, en cambio, de un pasaje de sus discursos al pueblo se colige que no fue a Nazaret para ver a Jesús. De este modo el testimonio que Juan debía dar de Jesús parecería a los judíos más desinteresado, más divino, por proceder de un hombre que había crecido y vivido lejos de Nazaret y apartado de la sociedad del Hijo de María. Mas, ¿quién podrá ponderar el sacrificio impuesto al alma tan amante de Juan, al sentirse tan cerca de su amado Salvador y no gozar de su presencia?
SU PREDICACIÓN. BAUTISMO DE JESÚS
LEGA, por fin, el tiempo en que Jesús, oculto en Nazaret, va a manifestarse al mundo. Juan tiene treinta años, edad que se exige a los doctores de Israel para que se les conceda el derecho de explicar al pueblo los Libros Sagrados; Dios le envía para anunciar a los hombres la «buena nueva» y preparar los caminos a Jesús. Juan empieza a predicar en las montañas de Judea, no lejos de su retiro, y pronto hace oír su palabra en las riberas del Jordán. Al cabo de cuatrocientos años de silencio, la voz de los profetas resuena de nuevo en Israel. Palestina toda se conmueve, las muchedumbres se ponen en marcha hacia el Jordán y se agolpan en tomo del Precursor, cuya santidad y austeridad extraordinarias todos admiran, recordando sin duda las maravillas obradas alrededor de su cuna. «¡Oh raza de víboras — exclama el nuevo Elias, refiriéndose a los fariseos— , ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que os amenaza? Haced, pues, frutos de penitencia y dejaos de decir interiormente: Tenemos por padre a Abrahán; porque yo os digo que poderoso es Dios para hacer que de estas mismas piedras nazcan hijos a Abrahán. ¡Mirad que ya la segur está aplicada a la raíz de los árboles, pues todo árbol que no produce buen fruto será cortado y echado al fuego!». Y, preguntándole las gentes: «¿Qué es lo que debemos hacer, pues Juan respondía: «El que tiene dos túnicas dé al que no tiene ninguna; y haga otro tanto el que tiene qué comer». A los publicanos respondía: «No exijáis más de lo que está ordenado»; y a los soldados: «No hagáis extorsiones a nadie, ni uséis de fraude, contentaos con vuestras pagas». Véase, por lo dicho, cuán exactamente conocía Juan el medio en que vivía. Muchos se arrepentían de sus culpas y, como prueba de su arrepentimiento, iban a recibir el bautismo en las aguas del Jordán. En fin, el Bautista — pues así le llamarán en adelante— aparecía a los ojos de todos como un personaje tan sobrehumano que pensaron muchos si se trataría del Cristo o Mesías: Así, pues, los judíos le enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para preguntarle: «¿Tú quién eres? — Yo no soy el Cristo —respondióles Juan— . Yo soy la voz del que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como lo tiene dicho el profeta Isaías… Yo bautizo con agua; pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis. Él es quien ha de bautizar con el Espíritu Santo y con el fuego. Él vendrá en pos de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias». Mas he aquí que cierto día un hombre de Nazaret fue al Jordán en busca de Juan para ser por él bautizado. El santo Precursor reconoció en él al Salvador del mundo y, estremecida su alma de júbilo, exclamó: «Yo debo ser bautizado de ti, ¿y tú vienes a mí?». A lo cual respondió Jesús: «Déjame hacer ahora; que así es como conviene que nosotros cumplamos toda justicia». Y Jesús descendió a las ondas del río y recibió el bautismo de penitencia; pero no fueron las aguas las que santificaron a Jesús, sino Jesús quien santificó a las aguas; y desde aquel momento el verdadero Bautismo, el que borra el pecado original, quedó instituido por Nuestro Señor Jesucristo. Después, el Verbo humanado salió del río y se abrieron los cielos, y se vio bajar el Espíritu Santo a manera de paloma, que se posó sobre Él, y oyóse la voz del Padre: «Éste es mi querido Hijo, en quien tengo puestas todas mis complacencias». Día en verdad, de felicidad y de gloria para San Juan. Otro día vio Juan a Jesús que venía, y dijo: «He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo». Oyéronlo dos de sus discípulos y siguieron a Jesús; éstos eran Andrés, hermano mayor de Pedro, y Juan, el futuro Evangelista. Luego el divino Maestro da comienzo a sus predicaciones y milagros sinnúmero, y las muchedumbres se agolpan en torno suyo. Algunos discípulos de Juan se afligen, mas el Precursor, lleno de inefable júbilo, les dice: «Ya os dije que no soy el Cristo, sino el que le precede, y es necesario que Él crezca y que yo disminuya».
SU MARTIRIO
TIEMPO hacía que el viejo Herodes, el verdugo de los Inocentes, había muerto; mas, su hijo, el tetrarca Herodes, mandaba en Galilea. Este príncipe disoluto había arrebatado la mujer a Filipo su hermano. para desposarse con ella, por lo que Juan Bautista, cuyo celo y apostólica franqueza no habían podido ser vencidos por las persecuciones de los fariseos, se atrevió a decir la verdad a Herodes: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano». Hizo encarcelar Herodes al Precursor en la fortaleza de Maqueronte al otro lado del Mar Muerto. Esto no obstante, Herodes le temía y miraba con respecto y hacía muchas cosas por su consejo y le oía con gusto, por lo que Herodías, cual otra Jezabel, se encolerizaba y enfurecía contra el nuevo Elias. Con ocasión de su cumpleaños, Herodes convidó a cenar a los grandes de su Corte, a oss primeros capitanes de sus tropas y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías, habiendo entrado en la sala del festín, bailó y agradó tanto a Herodes y a los convidados, que le dijo el rey: «Pídeme cuanto quisieres que yo te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino. — No pido tanto — respondió Salomé, aleccionada por su perversa madre— . me basta con que me des al instante, en esta fuente, la cabeza de Juan Bautista». El rey se puso triste, mas en atención al impío juramento y a los que estaban con él a la mesa, no quiso disgustarla: sino que, enviando a un alabardero, mandó traer la cabeza de Juan en una fuente. El alabardero le cortó, pues, la cabeza; trájola en una fuente, y se la entregó a la muchacha, que se la dio a su madre. Lo cual sabido por sus discípulos, fueron y dieron sepultura al cuerpo del mártir, muerto en defensa de las sagradas leyes del matrimonio. El culto de San Juan Bautista ocupa un lugar importante en la Iglesia, la cual celebra su natividad el 24 de junio y su degollación o martirio el 29 de agosto.
EL SANTO DE CADA DÍA
EDELVIVES
Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea
