Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO IN ALBIS

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DOMINGO IN ALBIS

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos. Tomás, uno de los Doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: La paz sea con vosotros. Luego dice a Tomás: Mete aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino fiel. Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío. Dícele Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído. Bienaventurados los que sin ver creyeron. Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos milagros que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.

El mismo día de la resurrección, pero ya al anochecer, vino Jesús al Cenáculo y se puso en medio de sus discípulos.

¿Cuáles fueron las causas por las que Nuestro Señor dilató hasta la noche la visita a sus Apóstoles?

Podemos suponer diversas causas:

La primera, porque entre ellos había algunos muy duros en creer, y era menester disponerles, poco a poco, para que les fuese provechosa la visita.

La segunda, para probar la paciencia de los más queridos, y con esta dilación aumentar el deseo que tenían de verle, y disponerlos mejor para el favor que les pensaba hacer.

La tercera, porque es costumbre de Dios venir en consuelo de los suyos cuando están más desesperanzados de recibirle.

Esto nos tiene que enseñar que debemos esperar con paciencia la visita de Dios y su consuelo, confiando que lo hará en el tiempo que más conviniere.

Otra cuestión se plantea: ¿por qué entró cerradas las puertas?

Uno de los motivos fue para manifestar a sus discípulos cómo su cuerpo estaba glorificado, y por la dote de la sutilidad podía penetrar por donde quisiere sin estorbo alguno.

Con esto significaba también la eficacia de su omnipotencia, y que, como Señor absoluto, puede entrar dentro del alma a visitarla y consolarla con sus inspiraciones, y a mudarla como Él quisiere, sin que haya cosa que le estorbe ni pueda resistir a su voluntad eficaz.

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Es muy conveniente meditar las palabras que Jesucristo dirigió a sus Apóstoles, con su saludo pascual: La paz sea con vosotros.

Acordaos que os dije: Mi paz os dejo y mi paz os doy; esta paz he ganado con mi Pasión y muerte, y así, ahora de nuevo os la comunico y saludo con ella.

¿En qué consiste la paz que Jesús resucitado desea a sus Apóstoles?

Es la tranquilidad de un corazón que siempre es dueño de sí mismo, sin turbarse ni precipitarse jamás. Es el imperio sobre las pasiones, los ímpetus, los arranques, y los movimientos demasiados vivos de la naturaleza, para moderarlos, dirigirlos e impedirles que nos perturben.

Es la dulce libertad del espíritu que, haciendo cada cosa a su tiempo, con orden y sabiduría, se contrae a su objeto sin tristeza por lo pasado, sin apego a lo presente y sin inquietud por lo porvenir.

Es, en fin, la tranquilidad del alma, que, comunicándose al exterior, imprime a todas las acciones del cuerpo un aspecto moderado, que edifica y es apacible sin ser lenta, y pronta sin precipitación; que no se agita con la actividad excesiva que produce cansancio, sino que es tranquila, obrando en el reposo mismo con que oye. Sus movimientos son suaves, moderadas sus acciones.

Es la imagen de Dios, que jamás se turba: ni en los ultrajes que recibe, ni en las grandes obras que ejecuta.

El alma que ha perdido la paz es víctima de todas las pasiones; la alegría la embriaga y transporta; la pena la abate y desanima; en la oración está distraída; en el recreo, disipada; en su conducta ordinaria, no considera ni los pasos falsos que da, ni los precipicios a que se expone; en el mismo bien que hace, es la naturaleza y no la gracia la que obra.

Es incompatible con el Espíritu Santo, cuya acción, siempre tranquila, no puede estar acorde con el apresuramiento irreflexivo, y cuya voz no se puede oír en medio del tumulto.

La paz del alma es el secreto esencial y la piedra fundamental de toda la vida interior; es la preciosa margarita, que es preciso comprar con cuanto se posee. El alma que la ha encontrado es más rica que si poseyera un mundo entero. ¿Hemos comprendido hasta ahora la necesidad de la paz interior? ¿Trabajamos por establecer y conservar nuestra alma en este estado santo?

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Consideremos la benignidad de Nuestro Señor; porque no contento con certificar a los discípulos de su resurrección con la vista y con el oído, dándoles a ver su propio cuerpo y hablándoles con su propia voz, les quiere certificar con el tacto, dándoles licencia que le toquen y palpen su cuerpo, especialmente los pies, manos y el costado, donde tenía las llagas de los clavos y de la lanza, para sanar con ellas las llagas de la infidelidad y pusilanimidad que tenían en sus corazones.

Pero Tomás, uno de los doce, no estaba con ellos mientras vino Jesús. Le dijeron los demás discípulos: Hemos visto al Señor. Respondió él: Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.

Consideremos los defectos de este Apóstol, no para su desprecio, sino para nuestro escarmiento, y para que se vea mejor la misericordia de Nuestro Señor en curarle, y lo mucho que él mismo se aprovechó de medicina.

El primer defecto y falta fue apartarse de la compañía de los demás Apóstoles, o por enfado, o por atender a otra cosa de su gusto; por lo cual se privó de un bien tan grande como fue ver al Maestro y gozar de los favores que hizo a sus compañeros.

De esto debemos entender que es un gran mal apartarse de la compañía de los buenos; porque Cristo asiste en medio de los que están unidos con amor, y deja a los que se hacen singulares con daño de la fraterna caridad.

La segunda falta fue de incredulidad, con dureza de corazón y protervia de juicio, no queriendo creer lo que todos sus condiscípulos atestiguaban como testigos de vista, anteponiendo con secreta soberbia su juicio y parecer al de los demás.

El tercer pecado fue un modo de presunción y curiosidad que llegó a señalar a Dios el medio para creer, diciendo que no se contentaría con ver a Cristo, sino que le había de tocar, y entrar sus dedos y manos por sus llagas; lo cual es muy perjudicial a los que tratan con Dios, porque no han de presumir de sí, ni pretender favores especiales, ni señalar los medios por donde han de creer, rechazando los ordinarios que Dios les señala.

El cuarto fue un modo de pertinacia, durando ocho días en esta mala disposición, sin quererse ablandar por el dicho de los condiscípulos, y a todos se hacía sordo, permaneciendo en su dureza, en la cual continuaría si Nuestro Señor no hubiese venido a curarle.

Todo esto sucedió por especial providencia de Dios, que lo permitió; parte para que la dureza de Tomás en creer se convirtiese en mayor seguridad y garantía de su testimonio cuando creyó; parte para que veamos nuestra debilidad, si Dios nos deja de su mano, y como ninguno puede venir a Cristo, si no le es dado de arriba y si no es traído por el Padre.

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Después de ocho días, estando otra vez los discípulos encerrados, y Tomás con ellos, entró Jesús y se puso en medio de ellos, diciendo: La paz sea con vosotros; y luego dijo a Tomás: Mete aquí tu dedo, y mira mis manos; trae tu mano, y métala en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel.

Consideremos la infinita caridad de Jesucristo en mirar por el bien de sus ovejas; porque habiendo esperado ocho días a ver si Tomás se convertía, viendo su dureza, no quiso dilatar más el remedio, sino venir en persona a sanarle, manifestándosele como a los demás, entrando las puertas cerradas, y dándoles la paz como la primera vez, para moverle con esto a que creyese.

Admiremos la cordialidad con que Nuestro Señor habló a Tomás, condescendiendo con su flaqueza. Y para que entendiese que conocía sus pensamientos y sabía bien lo que había dicho, y con esto convencerle, le dijo: Pues has dicho que no creerás si no vieses y tocases las llagas de mis manos y costado, llégate y entra tu dedo por los agujeros de las manos, y entra tu mano por mi costado, y no quieras ser incrédulo.

Respondió Tomás: Señor mío y Dios mío.

Jesús le dijo: Porque me viste, Tomás, creíste; bienaventurados los que sin ver creyeron.

Santo Tomás, tocando las llagas, quedó tan ilustrado, que con grande afecto de su corazón confesó que Cristo era su Señor y su Dios, confesando claramente su humanidad y divinidad.

Nuestro Señor, aunque aprobó la confesión de Tomás, no quiso alabarle por ella, llamándole bienaventurado, como a San Pedro cuando le confesó por Hijo de Dios vivo, porque había sido tardo en creer y porque no tomasen otros ocasión de este ejemplo para pedir otro tanto, queriendo prueba de sentidos para creer los misterios de Dios; antes tácitamente le reprendió, diciendo: Porque me has visto, Tomás, has creído; como quien dice: Ha sido necesario que me hayas visto y palpado, para que creyeses que soy tu Señor y tu Dios. Y luego añadió: Bienaventurados los que sin ver creyeron, para consuelo de los fieles que no alcanzaron a verle en esta vida mortal.

Recordemos que, en otra ocasión, Jesús había dicho: Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis; porque muchos reyes y profetas y justos desearon verlo y no lo vieron.

Pero ahora dice que son bienaventurados los que no le vieron y le creyeron, ¿por qué?

Porque, por una parte, gozamos de todos los bienes que nos ganó por su muerte, de los sacramentos que instituyó, de los ejemplos que nos dio en el transcurso de su vida, de los sermones que predicó y de la ley perfecta que nos enseñó; y, por otra parte, nuestra fe es más meritoria, en cuanto creemos sin haber visto y palpado con los sentidos corporales lo que ellos vieron y palparon.

Esta fe es principio de nuestra bienaventuranza, y si se perfecciona con el amor, nos entrará dentro de ella.

El Ritual del Bautismo comienza con este interrogatorio:

¿Qué pides a la Iglesia de Dios? La Fe. ¿Qué te da la Fe? La vida eterna.

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No solamente en la semana de su Pasión y en la Cruz presenta Jesucristo sus llagas a nuestra meditación; nos las muestra también en la semana de las alegrías pascuales; pero con la diferencia de que antes estas llagas se nos presentaban sangrientas y dolorosas, y hoy las vemos gloriosas y brillantes con los rayos de la divinidad.

Diversas son las causas por las que Nuestro señor resucitó con las señales de las llagas de los pies, manos y costado.

La primera causa fue para confirmar a sus discípulos en la fe de su resurrección, mostrándoles, no solamente su cuerpo, para que le palpasen, sino los agujeros que hicieron en él los clavos y la lanza, para que creyesen que era el mismo cuerpo que fue crucificado y no otro hecho de nuevo.

La segunda causa fue para que fuesen signos de su victoria y triunfo, y juntamente indicios de lo mucho que estimaba padecer trabajos e ignominias, honrando sus llagas con dejarlas en el cuerpo glorificado con especial hermosura y resplandor, con lo cual pretendía alentarnos a padecer y a preciarnos de ello, teniendo por grande honra tener en nuestro cuerpo impresas algunas llagas, esto es, algunos trabajos semejantes a los de Nuestro Señor, recibidos por su amor.

La tercera causa fue para que le sirviesen como de memoria y despertador de lo mucho que le habíamos costado, y con esto le moviesen a amarnos y perdonarnos y hacernos siempre bien.

El que, en cuanto Dios, como dice el profeta Isaías, no se olvida de nosotros, porque nos tiene escritos en sus manos, también, en cuanto hombre, no se olvidará de nosotros, porque en sus manos está escrito lo mucho que le costamos.

La cuarta causa fue para mostrar estas llagas al Eterno Padre y aplacar con ellas la ira e indignación que tuviese contra el mundo por nuestros pecados, haciendo oficio de perpetuo abogado y mediador nuestro.

La quinta causa fue para provocarnos con estas llagas a que le amásemos y obedeciésemos, conociendo por ellas lo mucho que nos amó y lo que padeció por nosotros; de suerte que la vista espiritual de estas llagas, que están ahora en el cuerpo glorificado de Cristo, fuese un estímulo eficacísimo de nuestras potencias para que todas se ocupasen en servicio de este Señor.

A estas causas se añade la última: para confundir el día del Juicio a los condenados, mostrándoles las llagas que recibió por ellos y el deseo que tuvo de salvarlos. A los cuales, como enseña San Agustín, dirá de esta manera: Veis aquí al Hombre que crucificasteis, mirad las llagas que le hicisteis, reconoced el costado que alanceasteis, el cual por vosotros y para vosotros fue abierto, y con todo eso, no quisisteis entrar por él.

Al contrario, con estas mismas llagas alegrará Nuestro Señor a los escogidos, no solamente aquel día, sino por toda la eternidad, viendo en ellas claramente tantos motivos de amar al que las recibió por ellos.

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Nuestro Señor exige la fe. Por eso la Santa Liturgia subraya con manifiesto ahínco la importancia de la fe, de nuestra fe, la fe en Jesucristo, como Hijo de Dios.

En el Evangelio, el Señor vence la incredulidad del Apóstol Tomás. La Oración de la Comunión insiste de nuevo sobre el episodio del Cenáculo y nos dice, a los que acabamos de recibir al Señor: Mete tu mano, y reconoce el lugar de los clavos, y no seas incrédulo, sino fiel.

El católico lo cifra todo en la fe. La fe es el principio de la salvación, la raíz de todos los pensamientos, juicios, valores, deseos y obras de la vida cristiana.

Creer es algo más que contentarse solamente con el pensamiento de que existe un Dios, un Ser supremo. Creer en Dios significa para nosotros tanto como aceptar y someterse a todo lo que Él ordena. Y esto, no porque nosotros comprendamos con nuestra inteligencia el porqué y el cómo, sino simplemente porque Dios así lo dice y así lo manda.

En la fe le ofrecemos a Dios el sacrificio de nosotros mismos y nos sometemos, en espíritu de sacrificio, de consciente y voluntaria renuncia a la propia comprensión, a toda palabra revelada por Él.

Y esto lo hacemos llenos de un santo respeto hacia la veracidad de Dios y obedeciendo sólo a su mandato.

No es en verdad pequeña cosa consagrar a Dios el sacrificio de uno mismo, con todos sus pensamientos y deseos personales. Pues esto es lo que hacemos nosotros en la fe.

¡Más aún! Creer en Dios, creer a Dios, significa para nosotros reconocer en Él a nuestro último y supremo fin, hacia el cual tendemos, hacia el cual se encaminan todos nuestros pensamientos y aspiraciones, en torno del cual giran toda nuestra vida y actividad.

Creer en Dios significa entregarse a Él con todo lo que uno es y posee. Creer en Dios es servirle con un servicio que sólo a Él puede y debe rendírsele.

Sólo quien posea la fe católica podrá creer verdaderamente en Dios. Y, viceversa, todos los que hemos recibido la fe católica estamos santamente obligados a creer en Dios verdaderamente, a reconocerle como fin de nuestros sentimientos y aspiraciones, a entregarnos totalmente a Él, con todo lo que seamos y tengamos, a seguir sus palabras, sus mandamientos, sus excitaciones, sus ilustraciones, sus direcciones, sus llamadas.