Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL JUEVES SANTO

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

JUEVES SANTO

Meditemos los siguientes pensamientos extraídos de las obras del Bienaventurado Pedro Julián Eymard y del Santo Cura de Ars, San Juan Bautista Vianney.

El Jueves Santo, es decir, la víspera de su muerte, cuando instituyó el Sacramento adorable de la Eucaristía, es el día más hermoso de la vida de Nuestro Señor, el día por excelencia de su caridad.

¡Jesucristo va a quedar perpetuamente en medio de nosotros!

Grande es el amor que nos demuestra en la Cruz; el día de su muerte nos manifiesta, sin duda, mucho amor; pero sus dolores acabarán y el Viernes Santo no dura más que un día, en tanto que el Jueves Santo se prolongará hasta el fin del mundo.

Jesús se ha hecho Sacramento de sí mismo para siempre.

Nuestro Señor, próximo a morir, se acuerda que es padre y quiere hacer testamento.

¡Qué acto más solemne en una familia! Es, por decirlo así, el último de la vida, y se prolonga más allá del sepulcro.

El padre de familia, llegado este momento, reparte lo que tiene.

Todo lo da, menos su propia persona, de la que no puede disponer. A cada uno de sus hijos, sin excluir los amigos, les hace un legado, les entrega lo que tiene en más estima.

Nuestro Señor se dará a sí mismo. Él carece de posesiones o riquezas; ni siquiera tiene dónde reclinar la cabeza.

Jesús no tiene nada que dar aquí en la tierra, ni siquiera gloria mundana, porque harto humillado va a quedar en su Pasión.

Los que esperen de Él algún bien temporal se llevarán un chasco, pues todo su caudal se reduce a una cruz, tres clavos y una corona de espinas…

Y, sin embargo, Nuestro Señor quiere hacer testamento. ¿De qué? ¡De sí mismo! Es Dios y hombre; como Dios, tiene la posesión de su sacratísima humanidad, y ésta es la que nos entregará, y junto con la humanidad, todo lo que es.

Esta es toda nuestra herencia: Nuestro señor Jesucristo, verdadera, real y substancialmente presente en la Sagrada Eucaristía, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

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Admiremos las divinas invenciones del amor de Nuestro Señor Jesucristo. Sólo Él ha podido excogitar esta obra de amor.

¿Quién hubiera podido preverla, ni aun concebirla siquiera? Ni los mismos Ángeles. Sólo Nuestro Señor pudo idearla.

En su testamento de amor lo ha incluido todo: todas sus gracias, su misma gloria.

Cuando pecamos tenemos una víctima que ofrecer por nuestras culpas, pues nos pertenece; es nuestra, y nos autoriza para hablar al Padre celestial en esta forma: “¡Oh Padre!, yo os la ofrezco y espero me perdonaréis por Jesús. Porque, ¿no ha sufrido por mí con exceso y satisfecho superabundantemente por mis pecados?”

Por muchos y excelentes que sean los dones que Dios nos concede, siempre le podemos considerar como deudor nuestro, puesto que podemos retribuirle con Jesús, que es de valor infinitamente superior a todos los beneficios divinos, incluso el mismo Cielo.

Aprovechémonos de este pensamiento; hagamos fructificar a Jesucristo. Valgámonos de Jesús sacramentado para orar y reparar; paguemos las deudas contraídas, por medio de Jesús, cuyo precio es subido en extremo.

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Pero ¿cómo es posible que llegue íntegra hasta nosotros esta herencia?

Jesucristo la confió a los que constituyó tutores, los cuales la han conservado y administrado para entregárnosla a lo largo del tiempo. Dichos tutores son los Apóstoles; los Apóstoles la transmitieron a los sacerdotes, y éstos nos ponen en posesión de ella. Abren el testamento a nuestro favor, y nos entregan nuestra Hostia.

Jesucristo, al tenernos presente en aquella hora, nos quiso amar con exceso, y todas nuestras hostias están preparadas. ¡No desperdiciemos ni una sola!

Nuestro Señor no viene a nosotros sino para producir frutos, ¿y le condenaremos a la esterilidad? ¡No dejemos Hostias infecundas!

La Última Cena duró, aproximadamente, tres horas: fue la Pasión de su amor. ¡Qué caro costó este Sacramento!

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¿Podremos hallar en nuestra Santa Religión un momento más precioso, una circunstancia más feliz, que aquel instante en que Jesucristo instituyó el adorable Sacramento de los Altares? No, puesto que esta circunstancia nos recuerda y atestigua el inmenso amor de Dios a los hombres.

Cierto que en todo cuanto Dios ha hecho se manifiestan sus perfecciones infinitas; mas lo que nos manifiesta en la institución de este gran Sacramento, no es solamente su poder y sabiduría, sino además el inmenso amor de su Corazón.

Jesucristo, antes de instituir este Sacramento, sabía muy bien a cuántos desprecios y profanaciones se expondría; mas nada fue bastante para detenerlo, quiso comprometerse a permanecer día y noche entre nosotros, y que en Él hallásemos un Dios Salvador, que cada día se inmola por nosotros a la justicia del Padre.

No hay duda que en todos los Sacramentos que Jesucristo ha instituido nos muestra una misericordia infinita; pero en el adorable Sacramento de la Eucaristía llega más allá: quiere Él, para el bien de las criaturas, que su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad se hallen en todos los rincones del mundo, a fin de que podamos hallarle cuantas veces lo deseemos, a fin de que en Él hallemos toda suerte de dicha y felicidad.

Y todavía no está satisfecho su amor… Tiene otros dones para otorgarnos, dones que su inmenso amor halló en su Corazón abrasado por el mundo ingrato, el cual sólo parece aceptar tal cúmulo de bienes para ultrajar a su bienhechor.

¡Cuánto amor para con nosotros es el que muestra todo un Dios en la institución del adorable Sacramento de la Eucaristía!

¡De qué respetuoso sentimiento hubiéramos estado penetrados, si entonces nos hubiésemos hallado en el Cenáculo y presenciado a Jesucristo instituyendo el Santísimo Sacramento del Altar!

No obstante, este gran milagro se opera cada vez que el sacerdote celebra la Santa Misa… Si tuviésemos viva esta creencia, ¿de qué respeto no deberíamos estar penetrados? ¡Con qué reverencia y temor compareceríamos ante ese gran sacrificio, en el que Dios nos muestra la magnitud de su amor y de su poder!

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¡No hay mayor caridad que la manifestada por Jesucristo, al escoger la víspera del día en que debía dársele muerte, para instituir un Sacramento por el cual iba a permanecer en medio de nosotros, para ser nuestro Padre, nuestro Consolador y toda nuestra felicidad!

En aquel momento tan venturoso para nosotros, toda Jerusalén estaba agitada, el populacho estaba furioso, todos conspiraban para perderle; y fue precisamente en aquel momento, cuando todos estaban sedientos de su adorable Sangre, que les preparó, así a ellos como a nosotros, la prenda más inefable de su amor.

Los hombres estaban tramando contra Él los complots más tenebrosos, al paso que Él se estaba ocupando en regalarles con lo que tiene de más precioso que es Él mismo. No pensaban más que en levantar una infame cruz para hacerle morir en ella, y Él quería levantar un altar donde inmolarse cada día por nuestro amor.

Se estaba preparando el derramamiento de su Sangre, y Jesucristo quiere que aquella misma Sangre sea para nosotros una bebida de inmortalidad, para consuelo y felicidad de nuestras almas.

Podemos afirmar que Jesucristo nos ama hasta agotar los tesoros de su amor, sacrificándose hasta donde han podido inspirarle su sabiduría y su poder.

¡Cuánto respeto deberíamos tener a ese gran Sacramento! Aunque Jesucristo sea la misma bondad, no deja algunas veces de castigar rigurosamente, según vemos en distintos pasajes de la historia, los desprecios que se hacen a su santa presencia.

Guardémonos de hacer como aquellos impíos que no muestran el menor respeto a los templos, tan santos, tan dignos de reverencia, tan sagrados por la presencia de Dios hecho hombre, que día y noche mora entre nosotros.

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No nos cansemos de contemplar el gran misterio de amor en el que Dios alimenta a sus hijos, no con un alimento ordinario, ni con aquel maná con que el pueblo judío se alimentaba en el desierto, sino con su Cuerpo adorable y su Sangre preciosa.

Leemos que San Juan Evangelista vio un Ángel a quien el Padre Eterno entregaba la copa de su furor para que la derramara sobre todas las naciones de la tierra; mas aquí vemos todo lo contrario; el Padre Eterno pone en manos de su Hijo la copa de su misericordia para que sea derramada sobre todos los pueblos del mundo.

Para la remisión de nuestros pecados fue derramada aquella Sangre, y para el mismo objeto este sacrificio se reproducirá todos los días. Ya veis, cuánto nos ama Jesucristo, pues con tanto afán se sacrifica por nosotros a la justicia de su Padre; y aún más, quiere que semejante sacrificio se renueve todos los días y en todos los lugares del mundo.

Acudamos al pie del tabernáculo, para consolarnos en nuestras penas y para fortalecernos en nuestras debilidades.

¡Nuestra dicha es demasiado grande!, jamás comprenderemos su alcance ¡Pueblo feliz, el cristiano, al ver cómo cada día se renuevan todos los prodigios que la omnipotencia de Dios obró en otro tiempo en el Calvario para salvar a los hombres!

¿A qué obedece, pues, el que no experimentemos este mismo amor, no sintamos el mismo agradecimiento, no estemos poseídos del mismo respeto, con obrarse cada día los mismos milagros ante nuestros ojos? ¡Hemos abusado tanto de las gracias recibidas, que merecimos de Dios el castigo de que nos fuese arrebatada, en parte, nuestra fe!…

Temamos los castigos que Dios puede enviarnos por nuestra falta de respeto a su adorable presencia.

Aún estamos a tiempo, volvamos sobre nuestros pasos, echémonos a los pies de Jesucristo, escondido en el adorable Sacramento de la Eucaristía. Él ofrecerá de nuevo y por nosotros, al Padre celestial los méritos de su Pasión y Muerte, y con ello estamos seguros de alcanzar misericordia.