Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA ANUNCIACIÓN Y LA ENCARNACIÓN

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

LA ANUNCIACIÓN Y LA ENCARNACIÓN

Al sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposad con un varón de nombre José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrado donde ella estaba, le dijo: “Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres”. Al oír estas palabras se turbó, y se preguntaba qué podría significar este saludo. Mas el Ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia a los ojos de Dios. He aquí que vas a concebir en tu seno, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado el Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre, y reinará sobre la casa de Jacob por los siglos, y su reinado no tendrá fin. Entonces María dijo al Ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” El Ángel le respondió y dijo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá; por eso el santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que tu parienta Isabel, en su vejez también ha concebido un hijo, y está en su sexto mes la que era llamada estéril; porque no hay nada imposible para Dios.” Entonces María dijo: “He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra.” Y el Ángel la dejó.

La gracia, la grandeza y la bondad de María: he aquí tres motivos fundamentales que nos impelen hacia la Santísima Virgen y que la Iglesia Romana desenvuelve en su liturgia el día de la Anunciación.

En primer lugar, María Inmaculada es llena de gracia.

Esto quiere decir que en Ella podemos encontrar cuanto de más armonioso, de más perfecto y de más acabado se encuentra en la belleza natural.

Esto quiere decir que Ella es la más pura joya de la virginidad, una viva imagen de la suprema hermosura espiritual.

Esto quiere decir, que Ella es la obra maestra y el milagro de la naturaleza y de la gracia.

En una palabra, esto quiere decir que Ella es la Inmaculada Concepción.

La gracia está derramada sobre la Santísima Virgen María. Su incomparable belleza es una prueba del amor infinito de Dios… Por esta razón, el Rey de la gloria la bendecirá eternamente, y la hará grande y poderosa en prodigios.

Por eso, María Santísima es grande, inconmensurable… El Todopoderoso, Dios, ha obrado cosas grandes en Ella. Virgen de alma y de corazón, permanece virgen en su cuerpo; gozando la inefable dicha de ser madre, conserva la flor de la virginidad; sin poseer más que la naturaleza humana, engendra un Hombre-Dios.

Esta es la grandeza de María; la grandeza del milagro, que la liturgia hace resaltar en las lecciones de los dos primeros nocturnos.

«Todo es sublime, escribe San León, todo es nuevo: Dios, a quien nada puede contener, se encierra en el seno de una virgen, y levantándose de su trono celestial, sin dejar la gloria de su Padre, el Hijo de Dios es engendrado por una nueva Natividad”.

Virginidad santa e inmaculada, ¿con qué alabanzas le podremos ensalzar?… Imposible; pues Ella ha llevado, como madre, lo que no cabe en los Cielos.

Ella eres grande, bendita entre todas las mujeres; y bendito es el fruto de su vientre…

En fin, la bondad de María Santísima se manifiesta en que Ella es la cooperadora de Dios y la poderosa abogada nuestra.

Desde toda la eternidad Dios, libre en su elección, escogió a María entre todas las mujeres actuales y posibles. Envió a Nazaret, donde ella estaba de rodillas, absorta en la oración, uno de los Príncipes de su corte para pedirle su cooperación al misterio inefable que se ha de realizar en Ella.

La virgen, prudentísima, interroga al Ángel, y, conociendo por sus palabras el deseo del Cielo, consiente en convertirse en esclava del Señor; y el fiat de Dios obtiene su efecto en el fiat de la Virgen.

María queda constituida en Madre de Cristo y de los hombres; es todopoderosa sobre el Corazón de su divino Hijo; es la fuente de todas las gracias para los hombres; es la abogada segura de los que la invocan.

La Fiesta de la Anunciación es, al mismo tiempo, el aniversario del acontecimiento más solemne que se ha cumplido en el tiempo; es el símbolo de la Maternidad divina que, a su vez, es un dogma fundamental del cristianismo, compendio de toda la substancia del misterio de la Encarnación, sustentáculo de todos los demás misterios.

La confianza, la gratitud y la devoción serán, en consecuencia, los frutos que la Anunciación a María producirá en nosotros.

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El rezo del Angelus

La piadosa práctica del Angelus Domini, rezado tres veces al día, nos recuerda este hermoso misterio y nos ayuda a tener presente toda su importancia.

Es difícil precisar la época en que esta práctica comenzó a estar en vigor en la Iglesia. Dos hechos quedan fuera de duda:

El primero, es que en el Oficio Parvo de la Santísima Virgen, publicado bajo los auspicios de San Pío V, en el siglo XVI, se encuentra el Angelus, en su forma actual.

El segundo, es que la práctica de esta devoción fue definitivamente fijada por Benedicto XIV, en 1742, cuando prescribió, que en tiempo pascual, se rezase el Regina Cæli, en lugar del Angelus.

Cuando el paganismo del Renacimiento, convertido en luteranismo en Alemania, en cisma en Inglaterra y en calvinismo en Suiza y parte de Francia, amenazaba con degenerar en incredulidad y en naturalismo, en las naciones católicas los Sumos Pontífices recomendaron con mayores instancias el rezo del Angelus. Enriquecieron, además, esta práctica, con numerosas indulgencias.

Durante la primera mitad del siglo XIX, la devoción de que hablamos no era menos popular que en los siglos precedentes. ¿Quién no conoce la emocionante escena pintada por Millet, a mediados de dicho siglo, en la que representa la piadosa pareja de labriegos parados en medio del campo, inmóviles y con la cabeza inclinada, rezando el Angelus, al sonar la campana, al mediodía?

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¿No es este cuadro, por sí solo, una verdadera tradición y un testimonio de la devota costumbre de rezar el Angelus?

¿Por qué tanta solicitud en torno de esta práctica? ¿Por qué tantas exhortaciones para perpetuarla de edad en edad? Vamos a tratarlo brevemente.

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Consideremos las excelencias del Angelus.

El Angelus es, podemos muy bien afirmarlo, el diálogo más sublime que han escuchado oídos humanos.

Sublime por la dignidad de los interlocutores, es decir de los personajes que en él toman parte; sublime por las cosas que se dicen; sublime por los misterios que se cumplen.

En el Angelus, tal como lo rezamos ahora, se oyen cuatro voces: la voz del Arcángel; la de María Santísima; la de Santa Isabel; la de la Iglesia.

La voz del Arcángel, es decir de un Ángel de una jerarquía superior; de un embajador elegido entre los Príncipes más ilustres de la Corte Celestial, San Gabriel, cuyo nombre significa Fuerza de Dios.

La voz de María Santísima, la bendita entre las mujeres, la escogida desde toda la eternidad para ser la Madre de Dios; a la cual esta maternidad divina confiere una dignidad superior a la de todos los hombres juntos, a la de todos los elegidos, a la de todos los Ángeles.

La voz de Santa Isabel, de la madre de aquel hombre santificado antes de su nacimiento, precursor del Mesías y heredero de su venida.

La voz de la Iglesia, que es la encarnación permanente del Verbo Redentor anunciado por el Ángel, concebido por María, saludado por Santa Isabel; de esta Iglesia que gobierna al mundo en nombre de Cristo, que ilumina a los siglos con la luz del Evangelio, y muestra a cada generación el camino de la gloria.

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El Angelus es sublime por los personajes que en él intervienen. No lo es menos por las cosas que se dicen.

Las palabras del Ángel, el embajador de Dios, que saluda respetuosamente a la Virgen llena de gracia, santuario vivo de Dios, bendita entre todas las mujeres; que anuncia a esta joven de Judá la nueva sin par, durante 4000 años esperada por el género humano; la nueva que obró la más universal y la más bienhechora gestión que imaginarse pueda; la nueva de que el Verbo, por quien todas las cosas han sido hechas, va a descender a la tierra, para salvar a los que han perecido, castigar al usurpador de su imperio, reconciliar la tierra con el Cielo, devolver al hombre los derechos perdidos y ponerle de nuevo en el camino de los destinos eternos.

Las palabras de María Inmaculada que, una vez asegurada su virginidad, descansa humildemente en la palabra de Dios manifestada por el Ángel, y consiente así en nuestra Redención subordinada a su consentimiento.

Las palabras de Santa Isabel, que comienza por publicar solemnemente, como el Ángel, que María es bendita entre todas las mujeres que han existido y que jamás existirán, y que proclama en seguida el cumplimiento en María de la promesa divina, hecha a David: «Del fruto de tu seno pondré un rey sobre tu trono». ¡Bendito el fruto de tu vientre!

Las palabras de la Iglesia, palabras solemnes, que comienzan por una profesión de fe en la Maternidad divina de María, salida de los labios de la esposa infalible de Cristo, cuando Nestorio intentó arrebatar esta gloria a la Virgen Madre. Finalmente, una invocación a la Madre de Dios que, cada día millones de bocas añaden al saludo del Ángel y al de Elisabet y elevan al Cielo.

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El Angelus es sublime por razón de los tres misterios que se cumplen a la voz del divino embajador.

La Encamación del Verbo, la Maternidad divina de María, y la Redención del mundo.

La Encarnación del Verbo.

Misterio inefable cuya grandeza, sublimidad y profundidad jamás lengua humana ni celestial podrán expresar.

Sí; apenas María hubo dado su consentimiento, concibió en su casto seno, por obra del Espíritu Santo divinamente milagrosa, el cuerpo de Nuestro Señor unido a un alma racional, de manera que formase un hombre perfecto, que, por la unión hipostática con la segunda Persona de la Santísima Trinidad, participase de la plenitud de la vida divina y humana.

En el seno purísimo de Nuestra Señora, por la unción del Espíritu Santo, Jesucristo fue constituido Maestro, Sacerdote y Rey.

La maternidad divina de María.

Apenas María hubo pronunciado el Fiat mihi.., la Hija de David se convirtió en Madre de Dios, y, merced a esta dignidad incomparable, se vio elevada sobre todas las reinas de la tierra, sobre todos los elegidos del Cielo, sobre los nueve coros angélicos.

Maternidad divina…, de ella dependen todos los otros privilegios y todas las otras prerrogativas de Nuestra Señora.

La Redención del mundo.

«El Verbo se hizo carne, y habitó entre, nosotros». El Verbo, que antes del principio de todas las cosas era el Verbo de Dios, el Eterno, el Creador del cielo y de la tierra, el Rey de Reyes, el Señor de los que dominan, sin perder su divinidad, con toda su majestad y toda su gloria, se hizo carne, es decir se hizo hombre, sin dejar de ser Dios.

La naturaleza humana estará en adelante, en Él, unida a la naturaleza divina, de manera que no forman más que una sola persona, la Persona del Hijo de Dios.

Y habitó entre nosotros, para darnos ejemplo, para enseñar la verdad, para sufrir y morir por nuestra redención, para salvarnos.

¿Qué cosa puede haber más sublime? Estas son las excelencias del Angelus.

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El Angelus es una verdadera predicación que recuerda sin cesar a los cristianos los misterios fundamentales del cristianismo, misterios, cuyo recuerdo influye poderosamente no sólo en la inteligencia, sino también en el corazón.

Esta práctica complace mucho a la Santísima Virgen. La prueba de ello está en los maravillosos auxilios obtenidos del Cielo por el rezo del Angelus, como se lee en la historia de la Iglesia.

Durante el tiempo pascual, se reza el Regina cæli en lugar del Angelus.

Dice un autor que así como el Angelus anuncia la Redención, el Regina cæli canta su cumplimiento.