Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

 

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ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Ya sabemos que durante todo el tiempo de Cuaresma vamos a considerar y meditar la Pasión de Nuestro Señor, su Sacerdocio, su Sacrificio y la perpetuación del mismo mediante la Santa Misa.

Ya hemos considerado la Pasión de Cristo en general y nuestra participación en la misma, así como también su Sacerdocio.

Hoy vamos a contemplar a Jesucristo como Víctima de su Sacrificio, especialmente bajo la figura del Cordero.

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Antes de entrar de lleno en el tema, tengamos en cuenta que este episodio de la Transfiguración es considerado por los exégetas como el punto culminante del ministerio público de Jesús.

Siendo como es un misterio glorioso, está, sin embargo, saturado del pensamiento de la Pasión:

— inmediatamente antes, predice su Pasión y Muerte;

— en la fase central, habla con Moisés y Elías sobre la Pasión;

— al descender del monte, alude nuevamente a su muerte o salida de este mundo.

¿Cuál es el motivo de tal insistencia?

La razón para enfatizar en este punto radica en que Nuestro Señor quería conducir a sus discípulos a la convicción profunda de que el Cristo, el Mesías esperado, era al mismo tiempo el Hijo Único de Dios (Dios verdadero) y el Hijo del Hombre (verdadero Hombre).

Una de las dos creencias sin la otra no bastaba para la salvación.

Jesucristo quiere confirmar a los Apóstoles en la fe del Verbo Encarnado: como Hombre, debía padecer…; como Dios, había de resucitar…

Con una muestra de la Resurrección (un misterio glorioso), quiere prepararlos para que acepten el escándalo de la Pasión. Quiere hacerles entender (y hacernos comprender a nosotros) que después del pecado original no hay Resurrección ni Glorificación sin Cruz… Pero que, ya que hay Resurrección y Glorificación, no debemos temer la Pasión y la Cruz…

«Se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él». Moisés, testigo de la Ley que preparó la venida del Mesías, rinde pleitesía al Sumo Legislador. Elías, representante de los Profetas, reverencia al Maestro infalible, dueño y señor del pasado, del presente y del futuro. Todo el Antiguo Testamento da testimonio de Nuestro Señor.

«Y hablaban de su salida de este mundo». Se ocupaban de la Pasión de Jesús.

Alrededor de la muerte de Jesús gira toda la historia y toda la economía de la Revelación, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, representados allí por Moisés, Elías, Pedro, Santiago y Juan. Todo converge hacia la Cruz, y del Calvario parten las líneas rectoras de la salvación de la humanidad.

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Establezcamos, pues, claramente que Jesucristo fue, a la vez, Sacerdote y Hostia de su propio sacrificio.

Lo dice repetidamente el Apóstol San Pablo en su Epístola a los Hebreos y en el siguiente texto a los Efesios: Cristo nos amó y se entregó por nosotros a Dios en oblación y sacrificio de suave olor.

Recordemos el texto del concilio IV de Letrán donde se dice expresamente que el mismo sacerdote (Cristo) es sacrificio: Una sola es la Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva, y en ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre se contienen verdaderamente en el sacramento del altar.

El concilio de Trento declaró que una misma es la hostia, uno mismo el que se ofrece en el sacrificio de la misa por ministerio de los sacerdotes y el que se ofreció en la cruz, siendo distinto solamente el modo de ofrecerse.

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En la Antigua Ley se ofrecían a Dios tres clases de sacrificios, que recibían los siguientes nombres:

1) Hostia por el pecado. Tenía carácter penitencial en reparación de los pecados voluntariamente cometidos. En este sacrificio se quemaba en honor de Dios una parte de la víctima y otra porción era asignada a los sacerdotes por su ministerio. El macho cabrío, puro e inmaculado, era la víctima preferida para esta clase de sacrificios.

2) Hostia pacífica. Se ofrecía en cumplimiento de un voto o en acción de gracias por un favor recibido de Dios. En éste se consumían por el fuego las vísceras y las partes grasas del animal; pero la carne se repartía entre el sacerdote y el oferente, que debían comerla, como cosa santa, en el santuario. Era éste un banquete de comunión, que Dios preparaba a sus fieles con aquellos mismos dones que de ellos recibía, y que prefiguraba el futuro sacramento de la eucaristía.

3) Holocausto. Era el más perfecto de los sacrificios, en el cual la víctima era enteramente consumida por el fuego en obsequio de la Divinidad, sin reservar parte alguna para el sacerdote o el oferente.

Todo esto no eran sino nombres y figuras imperfectas del gran sacrificio redentor que había de llevar a cabo Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Precisamente por la perfección definitiva del sacrificio de Cristo se reunieron en él las tres modalidades de los sacrificios de la Antigua Ley, de suerte que, como dice San Pablo, con una sola oblación perfeccionó para siempre a los santificados.

Santo Tomás expone magistralmente esta doctrina (III, q. 22, a. 2):

Como escribe Agustín en el libro X De Civ. Dei, todo sacrificio visible es sacramento, es decir, el signo del sacrificio invisible.

Y es sacrificio invisible aquel por el que el hombre ofrece a Dios su propio espíritu, conforme a las palabras de Salmo 50, 19: Es sacrificio para Dios el espíritu contrito.

Por eso, todo lo que es ofrecido a Dios para que el espíritu del hombre sea llevado hacia Él, puede llamarse sacrificio.

Así pues, el hombre necesita del sacrificio por tres motivos:

Primero, para la remisión del pecado, que le aparta de Dios. Y por eso dice el Apóstol en que concierne al sacerdote ofrecer dones y sacrificios por los pecados.

Segundo, para que el hombre se conserve en estado de gracia, unido siempre a Dios, en quien consiste su paz y su salvación. De ahí que, en la ley antigua, se sacrificase una víctima pacífica por la salvación de los oferentes.

Tercero, para que el alma del hombre se una perfectamente a Dios, lo que acontecerá sobre todo en la gloria. Por eso, en la ley antigua, se ofrecía el holocausto, a modo de combustión total.

Ahora bien, todos estos beneficios se han verificado en nosotros por medio de la humanidad de Cristo. Pues, efectivamente:

Primero, fueron borrados nuestros pecados, según las palabras de Rom 4, 25: Fue entregado por nuestros pecados.

Segundo, por Él recibimos la gracia que nos salva, conforme a Heb 5, 9: Fue hecho causa de salud eterna para todos los que le obedecen.

Tercero, por Él hemos logrado la perfección de la gloria, como se lee en Heb 10, 19: Tenemos confianza, en virtud de su sangre, de entrar en el lugar de los santos, es decir, en la gloria celestial.

Y por eso el propio Cristo, en cuanto hombre, no sólo fue sacerdote, sino también víctima perfecta, siendo a la vez víctima por el pecado, hostia pacífica y holocausto.

En las respuestas a las objeciones, Santo Tomás completa la enseñanza:

1ª: Corresponde al sacerdote matar la víctima. Pero Cristo no se mató a sí mismo. Luego Cristo no fue a la vez sacerdote y víctima.

R: Cristo no se mató, sino que se expuso voluntariamente a la muerte, conforme a las palabras de Is 53, 7: Se ofreció porque quiso. Y por eso se dice que se ofreció a sí mismo.

2ª: El sacerdocio de Cristo se parece más al sacerdocio de los judíos, que fue instituido por Dios, que al sacerdocio de los gentiles, con el que se daba culto a los demonios. Pero en la ley antigua nunca se ofrecía en sacrificio un hombre. Tal práctica es recriminada en grado sumo en los sacrificios de los gentiles, según palabras de Salmo 105, 38: Derramaron la sangre inocente de sus hijos y de sus hijas, sacrificándolos a los ídolos de Canaán. Luego en el sacerdocio de Cristo no debió ser la víctima el propio Cristo en cuanto hombre.

R: La muerte de Cristo puede relacionarse con una doble voluntad.

En primer lugar, con la voluntad de los que le mataron. En este sentido no tuvo la condición de víctima, pues no es posible decir que quienes mataron a Cristo hayan ofrecido a Dios una víctima, sino que pecaron gravemente. Los sacrificios impíos de los gentiles eran imagen de este pecado, porque sacrificaban hombres a sus ídolos.

En segundo lugar, la muerte de Cristo puede considerarse en comparación con la voluntad del paciente, que se ofreció voluntariamente a la pasión. Y, bajo este aspecto, tiene razón de víctima, y no guarda semejanza con los sacrificios de los gentiles.

3ª: Toda víctima, por ser ofrecida a Dios, queda consagrada a Él. Pero la humanidad de Cristo fue consagrada y estuvo unida a Dios desde el principio. Luego no puede decirse oportunamente que Cristo, en cuanto hombre, fuera víctima.

R: La santidad inicial de la humanidad de Cristo no impide que la misma naturaleza humana, ofrecida a Dios en la pasión, haya sido santificada de una nueva manera, a saber, como hostia ofrecida actualmente, pues entonces adquirió la santificación actual de la víctima en virtud de la antigua caridad y por la gracia de unión, que lo santificó de modo absoluto.

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Consideremos ahora la figura del Cordero.

El Cordero es el símbolo de la dulzura y de la mansedumbre, el ser más inofensivo y amable de la naturaleza. Es el más generoso y abnegado: se deja quitar la blanca y fina lana que cubre sus delicados miembros. Se deja sacrificar sin protesta y da su carne sabrosa a sus mismos verdugos.

Supuestos los designios de Dios sobre la persecución, tormentos y muerte del futuro Mesías, el cordero era el símbolo más apropiado de la divina Víctima. Como tal aparece en los libros del Éxodo, Isaías y Jeremías y en las prácticas del culto mosaico.

Moisés, en el capítulo 12 del Éxodo, promulga su primera ley: es la de la Pascua, por la que se instituye el año lunar, la fiesta principal del año, y el rito del sacrificio y manducación del cordero. Todo este pasaje es el centro y la llave del simbolismo de la redención.

La institución del cordero pascual fue para los judíos no sólo un recuerdo de su liberación de la servidumbre de Egipto, sino un símbolo de su liberación futura y definitiva.

El tipo real y ritual del cordero tendrá su realización en Cristo: Nuestra Pascua es el Cristo inmolado.

En Isaías se nos describe la paciencia en sus dolores. La profecía de la pasión del Cordero está contenida en el fragmento llamado el poema del Siervo de Yahvé, que comprende todo el capítulo 53. En él se describen minuciosamente los tormentos, la muerte y la resurrección gloriosa del Mesías, su carácter de víctima universal y substitutiva y la redención obrada por su sangre.

Jeremías nos presenta al futuro Mesías, en las persecuciones de que le harán objeto sus enemigos, bajo la figura de un cordero que es llevado al sacrificio. El Profeta nos describe las asechanzas que contra él han puesto sus enemigos. El pasaje, en su sentido literal, se aplica al mismo profeta; pero éste es el tipo del Mesías.

El cordero ocupaba un lugar especial en la práctica de los sacrificios de Israel. A más del cordero pascual, sacrificio el más universal y popular del pueblo judío, había el sacrificio diario de dos corderos, uno por la mañana y otro por la tarde. En las principales fiestas, Neomenias, primer día de la Pascua, Pentecostés, fiesta de las Trompetas y de la Expiación, se inmolaban siete corderos de un año; catorce en la fiesta de los Tabernáculos y los seis días siguientes.

Así el cordero, especialmente el pascual y los del sacrificio cotidiano, mantenía vivo en el pueblo de Dios el símbolo del Mesías víctima. Si así no lo interpretaron, sobre todo en los últimos siglos inmediatos a la redención, se debió al extravío de la tradición y a las ideas de megalomanía temporal que habían prevalecido entre los intérpretes de la ley.

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Cuando aparece Jesús a la vida pública, el Bautista, gran Profeta, sintetizando toda la profecía y la tradición de Israel sobre el Mesías Cordero, señala a Jesús, en forma solemne como realización del antiguo símbolo: He aquí el Cordero.

Era el Cordero por antonomasia, antitipo del cordero de las profecías y de las instituciones legales del Antiguo Testamento.

Y luego, a la luz del divino Espíritu, ve el Bautista la trascendencia espiritual del Mesías Cordero: es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Jesús es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. La Iglesia repetirá durante todos los siglos esta frase verdaderamente culminante del Bautista. Cordero único que, con su Sangre de valor infinito, borra todo pecado de toda la faz de la tierra.

En la institución de la Sagrada Eucaristía hallamos el complemento de la significación simbólica del Cordero pascual. Nos dice el Evangelio que Jesús comió su Pascua, la noche antes de morir, con sus discípulos. Comido ya el cordero según las prescripciones de la ley, Jesús tomó el pan, y lo bendijo, y lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad y comed: esto es mi cuerpo. Al mismo tiempo figura la inmolación, que deberá realizarse el día siguiente, poniendo aparte en un cáliz su propia sangre: Este es el cáliz de mi sangre: bebed todos de él.

Así se consumaba el simbolismo del cordero: a la mactación seguía la manducación; al Sacrificio, el Sacramento.

Ya el símbolo ha fenecido, y le ha sucedido la realidad que sólo pudo inventar la mansedumbre, la suavidad, la delicadeza del Cordero divino: el Sacrificio y la Comunión Eucarística, que llenarán la tierra y los siglos.

Y acompañarán a la manducación del Cordero de la nueva ley, Jesús, nuestra Pascua, las palabras del Bautista, tan profundamente evangélicas, en las que se suman todas las esperanzas: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que borra los pecados del mundo…

San Juan, el Evangelista, en las magníficas descripciones de su Apocalipsis, ha desentrañado toda la teología del Cordero Jesús, víctima, redentor y lleno de gloria en el Cielo.

Por eso el Evangelio de hoy termina de este modo: Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.