ASEDIO DEL ENEMIGO
QUIEN BLASFEMARE MUERA IRREMISIBLEMENTE
Se metió entre los hijos de Israel el hijo de una mujer israelita, pero de padre egipcio; y riñeron en el campamento el hijo de la israelita y un hombre de Israel. Y blasfemó el hijo de la israelita el nombre (de Dios) y le maldijo, por lo cual le condujeron a Moisés. El nombre de su madre era Selomit, hija de Dibrí, de la tribu de Daniel Le guardaron en prisión esperando el juicio por boca de Yahvé. Y Yahvé habló a Moisés, y dijo: “Saca al blasfemo fuera del campamento, y todos los que le oyeron pongan las manos sobre su cabeza, y apedréele todo el pueblo. Y dirás a los hijos de Israel estas palabras: “Cualquier hombre que maldijere a su Dios llevará sobre sí su pecado. Quien blasfemare el Nombre de Yahvé muera irremisiblemente; toda la Congregación le apedreará. El extranjero y el indígena cuando blasfemare el Nombre morirá.” (Levítico XXIV, 10-16).
Comenta Monseñor Straubinger: ¡Cuán enorme delito sea la blasfemia se ve por el hecho de que Dios la hace castigar con la pena de muerte! Y sin embargo, tan arraigado se halla este mal entre los pueblos modernos que hoy se blasfema por costumbre, casi como por diversión.
El segundo mandamiento, No tomarás el nombre de Dios en vano, nos prohíbe pronunciar el nombre de Dios sin respeto; blasfemar contra Dios, contra la Santísima Virgen y contra los Santos.
Blasfemia es un pecado horrendo, que consiste en palabras o acciones de menosprecio o maldición contra Dios, la Virgen, los Santos o contra las cosas santas.
Por amor de Dios, ¡basta de tanta blasfemia!, ¡basta de tanta irreverencia frente a las cosas Divinas!, ¡basta de tanta falta de respeto exhibiendo a Nuestra Santísima Madre, la Virgen María, como una simple mujer, y, peor aún, como una simple adolescente de esta época!
Esto, de verdad, es el colmo…; y propiciado por el blasfemo Bergoglio… Por favor, ¿hasta dónde hay que soportar tanta ofensa? ¡Basta ya!
Nuestra Madre, toda pulcra, modelo de obediencia a la Voluntad Divina, jamás se hubiese revelado a las palabras del Arcángel en la Anunciación..
¡Cuánta maldad, que el demonio se encarga de disfrazar de ocurrente, gracioso, chispeante, avivado y divertido, han desplegado los jóvenes en la JMJ en Panamá! Y todo esto con permiso de su lobo disfrazado de pastor…, cabeza de esa falsa iglesia, que claramente no es la Verdadera Iglesia en donde se venera con un respeto indescriptible la imagen de la Inmaculada Concepción.
¡¿Cómo pueden soslayar que Nuestra Madre no tuvo mancha, ni la más mínima!
Ofrezcamos hoy nuestras oraciones en reparación por tanta ofensa, y roguemos que pronto Venga Nuestro Señor a imponer justicia.
Publicamos extractos del siguiente artículo, tomado de Aquí
“Cuando estas cosas empiecen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención». (Marcos XIII, 29).

Si se va a la fuente, se puede ver el siguiente vídeo de la JMJ Panamá 2019: www.youtube.com/watch
(En realidad, no es necesario verlo, y es mejor no hacerlo).
Hay circunstancias ante las cuales nuestra fe es sacudida hasta las entrañas y nos preguntamos hasta dónde es lícito “dejar pasar” cuando hasta el mismísimo honor y reverencia debidos a María Santísima son rebajados o directamente puestos en entredicho de manera pública, en un evento presuntamente “evangelizador».
Es la Reina del Universo, la Purísima, la Madre de Dios, la Inmaculada, el Terror de los demonios, y si se toca a la Madre, es deber de hijos reaccionar. Y si la ira como pasión es neutra moralmente, dependiendo de su orden a la razón y la voluntad, ¿cómo no airarnos justamente cuando Nuestra Señora es representada como una mujer cualquiera, explícitamente “aterrada” y reticente a la voluntad de Dios, aunque finalmente la acepte? ¿Cómo no advertir el odio satánico a la Inmaculada, aunque quienes lleven a cabo la afrenta no sean más que unos ignorantes, funcionales al desorden reinante? ¿Y cómo no advertir la huella de la Bestia en la ridiculización —aunque sea involuntaria— del Arcángel San Gabriel, emisario de la Encarnación?
Nos estamos refiriendo a la repugnante y blasfema representación que tuvo lugar hace unos días en la JMJ de Panamá, centrándose en un paralelo de la Anunciación a Nuestra Señora y un “embarazo adolescente no esperado»:
¿Puede una sensibilidad católica ser indiferente a esto? ¿Vale la pena disimular el agravio, realizado en lo que durante unos días fue el centro de atención de gran parte de la iglesia?
Por si quedara alguna duda sobre la negación del dogma de la Inmaculada, nos remitimos a las últimas palabras de la parodia, en que la propia protagonista y el Arcángel San Gabriel cantan el estribillo obsecuente “Yo fui como tú” a coro con los Apóstoles, quienes sí tenían pecado original, pero del cual estuvo exenta la Inmaculada Concepción.
¿Para qué denunciar o protestar? Para multiplicar las obligadas reparaciones y penitencias, y por caridad, en honor a nuestro bautismo —del que hemos de dar cuenta ante Cristo Rey, no ante los hombres— clarifiquemos, porque nuestro silencio puede ser pecado contra el Verbo, que en ocasiones es más propio de los hijos de las tinieblas, y nosotros lo somos de la Luz.
Hace unos años el P. Iraburu señalaba, con respecto a este tipo de “macroeventos católicos”, que los mismos exigían:
“…una reconsideración sobre el modo en que se realizan, o al menos algunos de sus modos habituales.
…La adulación del hombre, concretamente de los jóvenes, cuando de encuentros juveniles se trata, es cosa muy mala. Es una peste. Con más fe en el pecado original, con menos mentalidad semipelagiana o pelagiana, no se adularía al hombre como a veces se hace, no se producirían tantas declaraciones necias: «yo creo en el hombre» —o en la juventud, o en la mujer, o en el obrero, o en el pueblo de tal nación, etc..
(…) Él siempre que predicaba llamaba a conversión: «Yo os lo aseguro: si no os convertís, todos moriréis igualmente» (Lc 13,3). Todos: obreros, científicos, madres de familia, sacerdotes y religiosos, jubilados, y también los jóvenes. Éstos concretamente, los jóvenes, sin conversión profunda, virtudes, sacramentos y demás, serán peores que sus padres. Que ya es decir.”
Indudablemente lo que se vislumbraba entonces era una pendiente en bajada, que se hace más pronunciada cada año.
Y con respecto a la relación entre Tradición y creatividad, observaba el grave peligro de que:
“Lo que en un Encuentro internacional o mundial se hace, en cuanto a modos de celebraciones y demás, puede tener una repercusión enorme, para bien o para mal. (…) este grave error puede difundirse como una epidemia a las Iglesias locales católicas de innumerables países. Algunos habrá que rechacen el «invento», pero otros se mostrarán encantados con esta «moderna renovación» del culto eucarístico, y se dirán: «Si eso se hizo en una magna reunión, presidida por el Papa, será que está bien hecho». Los macro-encuentros cristianos internacionales son mucho más lugar de tradición que de creatividad.”
Y no podemos dejar de advertir que por lo que se ve, ya no sólo se la minimiza, sino que se rechaza frontalmente todo lo que huela a Tradición, considerada si algo completamente extraño a la ocasión. En el caso que nos ocupa, además, se promueve la herejía y hasta la misma adulteración ideológica de la Escritura, pues por ejemplo, el temor de los apóstoles antes de Pentecostés era explícitamente a los judíos, y no a los romanos, identificados en la vergonzosa coreografía con las fuerzas del orden.
Sin negar que el Espíritu Santo sopla donde quiere, y que puede suscitar frutos de conversión en muchos corazones de los asistentes, no podemos dejar de preguntarnos qué sucede cuando simultáneamente en muchos otros corazones el fruto es amarguísimo o incluso abominable. Porque tratando con jóvenes de sincera y recta intención pero escasísima formación, notamos que por muy buenos sentimientos que tengan, lo que profesan con devoción no es en última instancia la fe de la Iglesia, no la fe teologal, sino una fe puramente fiducial, muchas veces bastante epidérmica y lo que es peor, muy vulnerable a los azotes del mundo, demonio y carne. Si los amamos, si deseamos proteger esas almas, es obligada obra de misericordia la advertencia, cuando una situación se presenta como peligrosa para su fe.
¿Puede acaso amarse y practicarse lo que no se conoce?¿Puede acaso hablarse de un diálogo fecundo entre fe y razón, cuando no se tienen las más mínimas razones de la propia fe? ¿Son estas JMJ estímulo para esa profundización, o más bien todo lo contrario, minimizando el pecado, en una grosera confusión del Reino con el Mundo, precisamente en lo que tienen de opuesto?
¿Qué juicio harían los santos Pastorcitos Francisco y Jacinta —cuyo jubileo celebramos este año— ante el comportamiento de las pobres almas que se vio en el “baile de la coneja», cuyo vídeo preferimos no publicar por elemental modestia?:
El mismo ESCÁNDALO (que es pecado referido al quinto mandamiento) suscitan las ceremonias litúrgicas de esas JMJ. ¿Cómo responder, entonces, cuando, al referirnos al sentido de lo sagrado, al significado esencial del Santo Sacrificio del Altar, se les presenta como modelo este tipo de “shows”, que no sólo no tienen nada que ver con el espíritu de la liturgia, sino que lo contradicen frontalmente?
“Dios es silencio, y el demonio es ruidoso. Desde el inicio, Satanás ha buscado enmascarar sus mentiras bajo una agitación falaz, resonante”.
Y no podemos dejar de subrayar que en esta época “el ruido ha llegado a ser como una droga de la cual nuestros contemporáneos son dependientes. Con su festiva apariencia, el ruido es un torbellino que evita que cada uno se mire a la cara y confronte el vacío interior. Es una mentira diabólica. El despertar puede ser solo brutal”.
¿Con qué cara y argumentos puede hoy un catequista, sacerdote u obispo pretender inculcar el hábito por el decoro y esplendor en la acción sagrada, el llamado a la conversión y reparación, cuando en la memoria de los jóvenes desfilan uno tras otro los innumerables y gravísimos abusos, la irreverencia e impudor durante estos eventos, bajo la mirada complaciente de la Jerarquía de la Iglesia?
Ante la situación presente se nos plantea una disyuntiva: ¿significa esto que todas las prescripciones derivadas de la fe revelada y profesada durante veinte siglos, junto a los testimonios de santos y manifestaciones de la Sma. Virgen, súbitamente carecen de sentido, o es que no se trata de la misma fe ni de la misma Iglesia…?
Proponemos pues una oración reparadora a Nuestra Señora para estas y similares ocasiones, que por desgracia no son aisladas y ante las que no debemos acostumbrarnos ni mostrarnos indiferentes:
Oh Gloriosísima Virgen María, Madre de Dios y Madre Nuestra, volved vuestros ojos de piedad sobre nosotros, miserables pecadores; estamos sumamente afligidos por los males que nos rodean en esta vida, pero especialmente sentimos romper nuestro corazón al oír los temerarios insultos y blasfemias proferidas contra Vos, ¡oh Virgen Inmaculada!
¡Cuánto ofenden esos dichos impíos la infinita Majestad de Dios y de su Unigénito Hijo, Jesucristo! ¡Cuánto provocan Su indignación y nos da razón para temer los terribles efectos de su divina venganza!
Quisiéramos que el sacrificio de nuestras vidas pudiese ser provechoso para poner fin a aquellos ultrajes y blasfemias; si fuera así, cuán dichosamente deberíamos hacerlo, porque deseamos, ¡oh Madre Santísima!, amaros y honraros con todo nuestro corazón, porque esto es la Voluntad de Dios.
Y sólo porque os amamos, haremos todo cuanto esté en nuestras fuerzas para que Vos seáis amada y venerada por todos los hombres.
Entretanto, Vos, nuestra Madre misericordiosa, suprema consoladora de los afligidos, aceptad este nuestro acto de reparación que os ofrecemos por nosotros y por nuestras familias, como también por todos aquellos que impíamente blasfeman contra Vos, sin saber lo que dicen.
Obtenedles para ellos de Dios Omnipotente la gracia de la conversión, y así se manifestará y glorificará aún más vuestra Bondad, vuestro Poder y vuestra gran Misericordia. Que ellos puedan unirse a nosotros para proclamaros Bendita entre las mujeres, la Virgen Inmaculada y muy compasiva Madre de Dios. Amén.
(Rezar tres Avemarías. Indulgencia plenaria al mes, con las condiciones de rigor, concedida por el Papa León XIII).
