DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Trigésimo octava entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

FENÓMENO VIII

APOCALIPSIS – CAPÍTULO XII

LA SEÑAL GRANDE, O LA MUJER VESTIDA DEL SOL (VIII de VIII)

Continuación…

Artículo VII

Versículo 13-14

Y cuando el dragón vio que había sido derribado en tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón. Y fueron dadas a la mujer dos alas de grande águila, para que volase al desierto a su lugar, en donde es guardada por un tiempo, y dos tiempos, y la mitad de un tiempo, de la presencia de la serpiente.

Viéndose el dragón arrojado a la tierra irresistiblemente, cortadas las alas para volar al cielo, y privado para siempre del acceso libre que tenía al tribunal de Dios; entra con esto en vehementes sospechas, o en una certidumbre más que moral de que su fin debe estar ya muy cerca. Digo su fin, no respecto de su ser natural, sino respecto de su libertad para hacer mal a los hombres, que parece su pasión dominante. Este pensamiento terrible que debía naturalmente hacerlo caer de ánimo, entristecerlo y oprimirlo, éste es el que lo hace más diligente, llenándolo de nuevo odio, y de mayor furor contra Dios, contra Cristo, y contra todo cuanto le pertenece; y desea por consiguiente emplear bien aquel poco tiempo, sin perder un solo momento.

Y, en primer lugar, la mujer que parió el hijo varón, es la que llama todas sus atenciones, como que ella ha sido la que ha arruinado sus proyectos con un parto tan importuno; y como que ella misma ha sido la causa de su desgracia y humillación actual.

A ésta, pues, se resuelve, y se dispone a perseguir de todos modos y con todas las máquinas imaginables, o para arruinarla y aniquilarla del todo, o, a lo menos, para no dejarla gozar tranquilamente del fruto de su vientre.

Pero se engaña el infeliz, y su mismo furor apaga u oscurece la luz de su razón. La mujer que voy a perseguir (debía decirse a sí mismo) no es ya la que era; no es aquella antigua, sino otra muy nueva; se ha renovado y mudado del todo, principalmente después del parto, por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio; ya tiene de su parte al Omnipotente, y a su lado a su príncipe Miguel. ¿Qué podré yo hacer contra ella, que no recaiga sobre mí? Acercarme a ella personalmente, no es posible, sin trabar otra nueva batalla con su príncipe y protector, para lo cual ya no hay caudal ni fuerzas, aunque sobre rabia y furor.

Esta breve y fácil reflexión debiera contener al astuto dragón, y hacerlo desistir de una empresa no menos peligrosa que inútil; mas el orgullo y la cólera son siempre muy malos consejeros. Resuelto, pues, a perseguirla a todo trance, y conociendo bien que por sí mismo nada puede, vuelve a vestirse de aquellas armas con que apareció vestido antes del parto de la mujer, a fin de tragarse al hijo, luego que ella le hubiese parido; vuelve, digo, a animar de nuevo sus siete cabezas y diez cuernos (todavía no unidos perfectamente en un solo cuerpo moral; pero ya bien dispuestos a esta unión); vuelve a tocar al arma en toda la tierra con mayor prisa y empeño, contra la terrible mujer, cuyo parto inopinado lo ha reducido a tantas angustias: Y cuando el dragón vio que había sido derribado en tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón.

Bien pudiera Dios, sólo con quererlo, defender a la mujer por otra vía más corta, de las máquinas del dragón, y hacer inútiles todos sus conatos; así como pudo defender a su propio Hijo de las asechanzas de Herodes, sin enviarlo desterrado a Egipto. Mas el altísimo y sumo Dios, que no sólo es omnipotente, sino también sabio y prudente, con aquella su infinita sabiduría que alcanza de fin a fin con fortaleza, y todo lo dispone con suavidad, observará entonces con la mujer perseguida la misma conducta suave y fuerte, que observó en otros tiempos con el perseguido infante: el Rey de los judíos que ha nacido. Cuando Herodes, turbado con la gran novedad, que llevaron los Magos a Jerusalén, diciendo: ¿Dónde está el Rey de los judíos, que ha nacido?, determinó buscarlo y sofocarlo en la cuna, dispuso su divino Padre que huyese a Egipto, y allí se estuviese oculto hasta su tiempo, para cuya huida le dio dos alas como de águila grande, proporcionadas al estado de infancia en que actualmente estaba; es a saber, a su misma Madre santísima, y a San José.

Estas dos alas lo condujeron en sumo silencio, y con una suavidad admirable al lugar que Dios le tenía preparado, y allí lo ocultaron de Herodes todo el tiempo que duró su destierro, hasta que difunto Herodes se les dio orden de volver a la tierra de Israel, donde ya no había por entonces perseguidores: porque muertos son los que querían matar al niño.

De este modo mismo, cuando la mujer de que vamos hablando, en los días de su mocedad, se vio tan cruelmente perseguida del rey de Egipto, y buscada de tantos modos para la muerte, dispuso y ordenó esta misma prudentísima sabiduría, suave y fuerte, que la joven mujer saliese luego de Egipto, y huyese a los desiertos de Arabia, para lo que le dio también dos alas como de águila grande, esto es, dos grandes y célebres conductores, Moisés y Aarón, que con prodigios inauditos la condujeron al desierto, y allí la sustentaron con el pasto conveniente todo el tiempo de su peregrinación.

Con sola la memoria de este gran suceso se hace luego visible, y aun salta naturalmente a los ojos la alusión del texto del Apocalipsis a la salida de Egipto, y especialmente al capítulo XIX del Éxodo, versículo 4. Compárense entre sí ambos lugares, y se hallará entre ellos una perfecta conformidad.

Después de pasado el Mar Rojo, y estando ya todo Israel en el desierto del monte Sinaí, les dice el Señor estas palabras:

Texto del Éxodo

Vosotros mismos habéis visto lo que he hecho a los Egipcios, de qué manera os he llevado sobre alas de águilas (o como lee la paráfrasis caldea, como sobre alas de águila) y tomado para mí.

Texto del Apocalipsis

Y fueron dadas a la mujer dos alas de grande águila, para que volase al desierto a su lugar.

De manera que así como en otros tiempos remotísimos, cuando se dignó Dios mismo de sublimar a esta joven a la dignidad de esposa suya, la sacó primero de la esclavitud de Egipto, con mano robusta (y fuerte) y la condujo sobre alas de águilas (o como sobre alas de águila), a la soledad del monte Sinaí, donde se celebraron solemnísimamente los desposorios; así sucederá a proporción en otros tiempos todavía futuros de que tanto hablan las Escrituras, cuando el mismo misericordioso Dios, compadecido de sus trabajos, y aplacado con tantos siglos de durísima penitencia, se digne de llamarla segunda vez, como a mujer desamparada y angustiada de espíritu, y como a mujer que es repudiada desde a la juventud (Isaías LIV, 6); aunque bajo otro Testamento, u otro pacto Nuevo y Sempiterno.

Entonces renovará el Señor aquellos antiguos prodigios, y obrará otros mayores para sacarla de la opresión y servidumbre, no ya de sólo Egipto, sino de las cuatro plagas de la tierra, y para poseerla segunda vez: Y será en aquel día; extenderá el Señor su mano segunda vez para poseer el resto de su pueblo (Isaías XI, 11); y para que salga de su actual servidumbre, y pueda huir con más facilidad, le dará también otras dos alas como de águila grande con que pueda volar otra vez a la soledad, le dará otros dos conductores muy semejantes a Moisés y Aarón, y proporcionados al nuevo ministerio.

Qué alas, o qué conductores serán éstos, no lo podemos asegurar de cierto, sino cuando más por vía de congruencia, o de sospechas aunque vehementísimas.

La primera ala o el primer conductor parece ciertamente el profeta Elías. Lo que de él está escrito en el Eclesiástico, en Malaquías y en el Evangelio, es un fundamento que excede la pura verosimilitud, y casi toca en la evidencia.

Este hombre extraordinario está todavía vivo, sin haber pasado por la muerte, por donde debe pasar en algún tiempo.

Está reservado únicamente, según las Escrituras, para bien de los judíos, o de los hijos de Israel en general, esto es, como se dice en el Eclesiástico: para aplacar la ira del Señor, para reconciliar el corazón del padre con el hijo, y restituir las tribus de Jacob. (XLVIII, 10). Lo mismo en sustancia se dice en Malaquías: He aquí yo os enviaré al profeta Elías, antes que venga el día grande y tremendo del Señor. Y convertirá el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a sus padres. (IV, 6). Todo lo que confirmó y explicó más el Hijo de Dios diciendo: Elías en verdad ha de venir, y restablecerá todas las cosas. (XVII, 11). Según esto, parece más que probable que el profeta Elías ha de ser uno de los conductores o una de las alas.

La gran dificultad está en conocer con la misma verosimilitud la segunda ala, o el segundo conductor: Y fueron dadas a la mujer dos alas.

No hay duda que aquel antiquísimo profeta, Enoc, que fue el séptimo después de Adán, está todavía vivo como Elías, sin que sepamos ni del uno ni del otro el lugar determinado donde se hallan, pues la Escritura Santa ya dice en el cielo, ya al paraíso, palabras más generales que particulares. Y anduvo con Dios (dice de Enoc), y desapareció; porque le llevó Dios; y como añade la paráfrasis Caldea, ni aun murió con Dios.

Mas en el Eclesiástico se lee: fue trasladado al paraíso. Y de Elías se dice: subió Elías al cielo en un torbellino. Este texto del Eclesiástico es el único en toda la Escritura por donde podemos conocer el destino de Enoc, o el fin para que Dios le tiene reservado: Enoc agradó a Dios, y fue trasladado al paraíso, para predicar a las gentes penitencia.

Por estas últimas palabras es fácil comprender que el destino de este santo hombre no es para los judíos, como el de Elías, sino para las gentes; o sea para los tiempos terribles de la tribulación del Anticristo (como se infiere, del capítulo XIV, versículo 6 del Apocalipsis), o sea para las gentes que quedaren vivas en la tierra, después de la venida del Señor, como es ciertísimo que han de quedar, según las Escrituras, de lo que hablaremos más de propósito a su tiempo. Por esta razón, o por este destino del santo Enoc, para predicar a las gentes penitencia (que es lo único que hallamos de él en toda la Escritura), no veo cómo pueda ser la otra ala, o el otro conductor de nuestra mujer, con la cual no tiene otra relación que la que tiene el común padre de todos los hombres.

Los intérpretes del Apocalipsis, exceptuando algunos pocos, sienten o sospechan comúnmente, que aquellos dos testigos vestidos de sacos, de quienes se habla en el capítulo XI que se han de oponer a la bestia, y ser perseguidos y muertos por ella, etc., serán Elías y Enoc; mas por el contexto mismo es fácil conocer que estos dos testigos están tan lejos de significar dos personas singulares e individuales, como lo está la bestia misma, a la que se han de oponer, y que los ha de perseguir hasta la muerte.

Basta leer atentamente lo que se dice de estos dos testigos, desde el versículo 7, hasta el 14, para mirarlos como dos cuerpos religiosos y píos, o como dos congregaciones de fieles ministros de Dios; los cuales, llenos de su divino Espíritu, se deberán oponer por providencia suya a la general iniquidad: Y daré a mis dos testigos, y profetizarán mil doscientos y sesenta días, vestidos de sacos.

A éstos, prosigue el texto, perseguirá furiosamente la bestia; pero Dios los protegerá visiblemente con prodigios extraordinarios, hasta que llenen los días de su profecía, y entonces serán vencidos o muertos por la bestia misma, con alegría y aplauso universal de los habitadores de la tierra: Y los moradores de la tierra se gozarán por la muerte de ellos, y se alegrarán; y se enviarán presentes los unos a los otros, porque estos dos profetas atormentarán a los que moraban sobre la tierra.

Después de vencidos y muertos (concluye el texto) sus cuerpos yacerán insepultos por tres días y medio en las plazas de la ciudad grande, que se llama espiritualmente Sodoma y Egipto. Estas palabras parecen la llave de todo el misterio. Si los dos testigos son dos personas singulares, ¿no basta para sus dos cadáveres una sola plaza? ¿Dos solos cadáveres han de estar tendidos en las plazas de una ciudad tan grande?

Ahora, ¿qué ciudad es esta que merece el nombre de Sodoma y Egipto? ¿No se conoce por estas contraseñas que se dice ciudad, así como se dice Sodoma y Egipto, esto es, por semejanza, no por propiedad? ¿No es éste el modo de hablar de todo el libro divino del Apocalipsis?

Muchos doctores graves, reparando bien en estas expresiones y modo de hablar, son de parecer que aquí no se habla de alguna ciudad determinada (ni de Jerusalén futura, ni de Roma futura, según diversos modos de pensar) sino generalmente de todo el mundo o de toda la tierra; pues aunque el texto añade: donde el Señor de ellos fue también crucificado; esta circunstancia no es menos verdadera, hablando de todo el orbe de la tierra, que hablando sólo de Jerusalén; fuera de que el Señor no fue crucificado en la ciudad de Jerusalén, sino fuera de ella.

Yo me conformo casi enteramente sobre este punto con el parecer de estos doctores; y digo, casi enteramente porque no me parece necesario darle una gran extensión a esta ciudad metafórica, que es llamada espiritualmente Sodoma y Egipto. Basta considerar su grandeza dentro de aquellos límites (bien espaciosos y celebérrimos) donde han florecido los cuatro grandes imperios, de que hablan las Escrituras; donde ha florecido el cristianismo, y donde florecerá en otros tiempos con increíble vigor el anticristianismo.

De los otros países de nuestro globo, de aquellos principalmente de quienes dice Dios por Isaías: que no oyeron de mí, y no vieron mi gloria; de quienes dice en el mismo Isaías: Porque estas cosas serán en medio de la tierra, en medio de los pueblos; como si algunas pocas aceitunas, que quedaron, se sacudieren de la oliva; y algunos rebuscos, después de acabada la vendimia. Éstos levantarán su voz, y darán alabanza; cuando fuere el Señor glorificado, alzarán la gritería desde el mar; de aquéllos de quienes se habla en Daniel: Y vi que había sido muerta la bestia… Y que a las otras bestias se les había también quitado el poder, y se les habían señalado tiempos de vida…, de estos países, digo, gentes y lenguas, tenemos que decir cuatro palabras en otra ocasión más oportuna, pues ya ésta parece una verdadera digresión.

Volviendo ahora a nuestros dos testigos, considerados como dos cuerpos morales, decimos en suma y brevísimamente, que de ellos deberán salir todos o los más de aquellos mártires que todavía falten para completar el número de los correinantes; de los cuales se dice expresamente en el capítulo XX, que han de resucitar en la venida de Cristo, juntamente con los otros mártires más antiguos: y las almas de los degollados… y los que no adoraron la bestia… y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los otros muertos no entraron en vida.

Así, cuando a la apertura del cuarto sello del libro claman las almas de los mártires pidiendo justicia de su sangre derramada por Cristo, se les da a cada uno una estola blanca, que parece un nuevo grado de gloria, con la noticia de estar ya muy próxima su resurrección: Y fueron dadas a cada uno de ellos unas ropas blancas; y se les dice, que descansen y esperen todavía un momento, mientras se completa el número de sus consiervos y hermanos, que van luego a ser muertos como ellos lo fueron.

Aunque por las razones que acabo de apuntar me parece que el santo Enoc no es la segunda ala que se ha de dar a la mujer, no por eso me atrevo a negarlo del todo; pues los dos ministerios, el uno de dar penitencia a las gentes (o antes o después de la venida del Señor), y el otro de conducir las tribus de Israel a la soledad, no son absolutamente incompatibles.

No obstante, siguiendo la alusión que parece tan clara, a la salida de Egipto, se halla fácilmente una gran semejanza y proporción entre Moisés y Elías, y no es fácil hallar alguna entre Aarón, y Enoc.

Si se me pregunta ahora, ¿quién será, o quién podrá ser esta segunda ala, según las Escrituras? Respondo con verdad que no lo sé. Las sospechas que sobre esto tengo, aunque vehementísimas, no me atrevo a proponerlas aquí. Esto sería excitar inoportunamente una disputa inútil, capaz de distraernos a otra cosa, y hacer olvidar el asunto principal.

Por ahora basta decir, que esta segunda ala, compañera de Elías, como lo fue Aarón de Moisés, será infaliblemente la que Dios ya tiene elegida.

A MAYOR GLORIA DE DIOS