DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Trigésimo sexta entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

FENÓMENO VIII

APOCALIPSIS – CAPÍTULO XII

LA SEÑAL GRANDE, O LA MUJER VESTIDA DEL SOL (VI de VIII)

Continuación…

Artículo V

Versículo 7-9

Y hubo una gran batalla en el cielo; Miguel y sus ángeles lidiaban con el dragón, y lidiaba el dragón y sus ángeles. Y no prevalecieron éstos, y nunca más fue hallado su lugar en el cielo. Y fue lanzado fuera aquel grande dragón, aquella antigua serpiente, que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el mundo; y fue arrojado en tierra, y sus ángeles fueron lanzados con él.

Esta batalla célebre entre San Miguel y sus ángeles, y el dragón y los suyos, parece clarísimo por todo el texto sagrado, y por todo su contexto, que debe suceder después del parto no menos célebre de la mujer vestida del sol, y después que el hijo másculo, que había de regir todas las gentes con vara de hierro, haya volado a Dios, y presentádose delante de su trono. Asimismo parece clarísimo por todo el contexto, que la batalla debe darse únicamente por causa de la mujer, y en consecuencia de su parto, el que el dragón no pudo impedir, ni pudo devorar.

En este supuesto no arbitrario, sino cierto, claro y perceptible a todos, no tenemos necesidad alguna, antes nos puede ser de sumo perjuicio, divertirnos a otras cosas, o falsas, o a lo menos inciertas, dejando entre tanto sin explicación, y aun sin atención, un suceso o un misterio tan grande, como debe ser esta batalla.

Los intérpretes del Apocalipsis (hablo de los literales, que de los otros no hay para qué hablar) recurren aquí para decir algo, y llenar con esto algunos vacíos, a aquel caos oscurísimo o impenetrable del pecado y castigo de los ángeles malos, imaginando y dando luego por cierta la imaginación, que cuando el gran príncipe Satanás, abusando de su libertad y de los dones del Criador, se rebeló en el cielo contra Dios, trayendo a su partido (como dicen) la tercera parte de los ángeles, se le opuso lleno de verdadero celo otro príncipe no menos grande, que la Escritura llama Miguel, a quien se agregaron las otras dos terceras partes de los espíritus angélicos.

Con esto, encendidos los unos con un verdadero celo de la honra de Dios y los otros en ira y furor, trabaron entre sí una gran disputa, que pasó naturalmente a una verdadera batalla, en la que Miguel y sus fieles compañeros vencieron a Satanás y a sus rebeldes, y los arrojaron del cielo a la tierra; esto es, al infierno.

Si preguntamos ahora por curiosidad, ¿de qué fuentes, de qué archivos públicos o secretos se han sacado una noticia como ésta?, parece más que probable que con esta sola pregunta deban quedar, aun los más eruditos, en un verdadero y no pequeño embarazo.

Este suceso que suponen por cierto, (podemos decirles) precedió ciertamente a la creación del hombre, o mucho o poco, según varios modos de pensar; pues de la Escritura divina nada consta.

Por otra parte, es igualmente cierto que lo que ha pasado, o puede pasar entre los entes puramente espirituales, no es del resorte del hombre, aun cuando fuese de una ciencia perfecta (Job XXII, 2); son estas cosas muy superiores a su limitada inteligencia. Es verdad que pueden llegar a su noticia, mas no por otro conducto que el de la Revelación divina, cierta y segura.

¿De aquí se sigue legítimamente, que si el suceso de que hablamos no nos lo ha revelado Dios en sus Escrituras, podremos no solamente no creerlo, sino reprobarlo como apócrifo? A esta pregunta o consulta no hay duda que responden; mas la repuesta no es otra que remitirnos, como quien está de prisa, a este mismo lugar del Apocalipsis que ahora observamos.

Mas este lugar del Apocalipsis, ¿de qué tiempos habla, de pasados o de futuros? ¿Es una historia, o una profecía?

Es profecía, dicen, que anuncia innegablemente para otros tiempos todavía futuros una grande y terrible entre los ángeles malos y buenos. Mas esta batalla futura que se anuncia, alude a la que se dio en el cielo entre los mismos ángeles antes de la creación del hombre.

¡Oh, válgame Dios! ¿No es esto, propiamente hablando, responder por la cuestión? Para que un suceso cierto y seguro (sea presente o futuro) aluda o pueda aludir a otro suceso semejante ya pasado, es necesario que aquel suceso ya pasado, sea igualmente cierto y seguro, y que esto esté por otra parte bien probado, con aquella especie de prueba que pide el asunto.

Esta proposición parece un axioma, y lo es en realidad. ¿Quién no se reiría, por ejemplo, de un historiador que nos refiriese ahora una gran batalla naval entre africanos y europeos, sucedida en los tiempos anteriores a Noé? Y si preguntado de dónde había tomado una noticia tan plausible, nos remitiese a la historia romana; si nos asegurase e hiciese ver en esta historia la batalla naval entre cartaginenses y romanos, sucedida en la primera guerra púnica; si nos asegurase con formalidad, que esta batalla naval alude, o aludió a otra semejante, que sucedió en los tiempos antediluvianos: ¿sobre este solo fundamento pudiéramos creer aquella noticia? Aplíquese pues la semejanza.

No me parece conveniente disimular aquí lo que algunos autores no ordinarios, ni de la clase inferior, han discurrido para confirmar, o fundar de algún modo posible aquella noticia. Éstos nos remiten al capítulo primero del Génesis, donde nos hacen observar aquellas palabras del versículo 4: Y vio Dios la luz que era buena. Y separó a la luz de las tinieblas. Y llamó a la luz día, y a las tinieblas noche; las cuales palabras consideradas profundamente pueden tener (dicen) fuera de su sentido literal, este otro sentido: vio Dios la fidelidad y bondad del príncipe Miguel y de todos los ángeles que eligieron con él la mejor parte, y aprobando esta fidelidad, y canonizándola por buena, los dividió de los ángeles infieles: Y llamó a la luz día, y a las tinieblas noche; esto es, a los primeros les dio el nombre de día, esto es, les dio la luz y claridad de la visión beatífica. Y a los segundos los llamó noche, esto es, los arrojó de sí a la noche eterna del infierno.

La sustancia de lo que aquí se dice, es una verdad de la que el texto no habla, y en donde se echa menos (porque sin duda no se ha podido más) la batalla entre los ángeles fieles e infieles. Si proseguimos ahora leyendo en esta inteligencia, este lugar del Génesis, hallamos a pocos pasos que aquellos dos luminares que crió Dios, uno para el día, y otro para la noche, su destino a lo menos secundario sería éste: que el sol sirviese a los ángeles buenos, y la luna a los malos. Y aquellas palabras del salmo CXXXV: El sol para presidir el día… La luna y las estrellas para presidir la noche, podrán también tener este sentido: que el sol tenga potestad o influya sobre los ángeles buenos, y la luna y estrellas sobre los malos, etc.

Hablando ahora simple y sencilla o seriamente, que parece un mismo modo de hablar, es ciertísimo que en todas las Santas Escrituras, no se halla ni una sola palabra de donde poder inferir, ni aun sospechar aquella supuesta batalla sucedida en el cielo, al principio de la creación, entre los ángeles buenos y malos; ni el pecado de unos, ni sus consecuencias; ni el tiempo y medios que les dio Dios, o que no les dio de penitencia, etc. Nada de esto sabemos por la Revelación, y si nada sabemos por la Revelación, ¿por cuál otro conducto lo podremos saber?

Al paso que ésta nos habla frecuentísimamente de los ángeles buenos, y también de los malos, de los servicios reales que nos hacen los unos, y de los perjuicios igualmente reales que nos hacen los otros, y que nos desean y procuran hacer a todas horas; a este mismo paso observa un profundísimo silencio sobre la caída de los ángeles malos, y sobre las causas y circunstancias de su reprobación; o porque esta noticia no nos es necesaria, o lo que parece más verosímil porque en el estado presente no somos capaces de entender lo que pasa, o puede pasar entre criaturas puramente espirituales. A éstas no las concebimos, sino bajo aquellas especies poco justas, que nos prestan nuestros sentidos.

Nos basta, pues, saber en el estado presente dos cosas de gran importancia.

Primera: que hay ángeles, o criaturas puramente espirituales, a quienes llamamos con este nombre general, los cuales son buenos, santos, píos, benéficos, bien aventurados, que siempre ven la cara de mi Padre, que presentan a Dios nuestras oraciones, que nos socorren y ayudan en nuestras tentaciones y necesidades, que nos procuran todo el bien posible, como que son, o todos o muchísimos de ellos, según la voluntad del Padre celestial, enviados para ministerio en favor de aquellos que han de recibir la heredad de salud.

Segunda: que hay también ángeles malos, perversos, inicuos, malignísimos, arrojados para siempre de la gracia y amistad de Dios, sin duda por el mal uso que hicieron de su libertad, y de los dones de su Criador, mientras fueron viadores, los cuales no cesan de perseguirnos, de insidiarnos, y también de acusarnos ante el tribunal del justo juez; pidiendo y alegando contra nosotros, por el mal uso que también hacemos de nuestra libertad, de nuestra razón, de nuestra fe, y de tantos bienes naturales y espirituales que hemos recibido.

Estas dos cosas nos basta saber, y nos fuera una cosa utilísima el saberlas bien, y mucho más el aprovecharnos de esta noticia. La ciencia de otras cosas más particulares no nos toca, ni nos es necesaria, ni asequible en el estado presente.

Concluida esta digresión, no del todo inútil, entremos ya a observar de propósito el lugar del Apocalipsis, que dejamos suspenso. Para cuya inteligencia no tenemos necesidad alguna de suposiciones arbitrarias, ni de discursos artificiales. El mismo texto y contexto de esta profecía nos abre el camino fácil y llano. No tenemos que hacer otra cosa, sino seguirlo; advirtiendo bien y llevando presente estas dos verdades, no menos necesarias que innegables:

Primera: que el dragón y sus ángeles, no obstante de estar privados para siempre de la gracia y amistad de Dios, tienen todavía algún acceso a él, real y personal; pueden todavía llegar a Dios, presentarse delante de su tribunal, hablar con él, pedir y acusar, alegar, etc.

Esto parece claro por las Escrituras, y me parece que ninguno lo niega, ni lo duda. Consta del capítulo II de Job. Consta del capítulo XXII del libro III de los Reyes. Consta del capítulo XXII, versículo 31, del Evangelio de San Lucas, y consta de este mismo lugar del Apocalipsis, versículo 10, como veremos en el artículo siguiente.

Este acceso a Dios, que ha tenido y tiene todavía el dragón y sus ángeles, no es para adorarlo y honrarlo como a su criador y Señor, ni para gozar de su vista, ni para amarlo como a sumo bien; todo esto es infinitamente ajeno de su estado presente, y aun contrario a sus inclinaciones. Según las ideas que sobre esto nos dan las Escrituras, sólo podemos concebir este acceso a Dios de los espíritus malignos, como el que tiene acá en la tierra cualquier hombre privado, por vil que sea, a su rey o príncipe en consejo o tribunal de justicia. Si el tribunal procede como debe, oye, o admite cualquiera acusación, de cualquier acusador que sea; y si después de bien examinada, se halla verdadero el delito en el acusado, no puede menos de dar la sentencia contra él, según lo alegado y probado, aunque por otra parte deteste y abomine al vil acusador. Esta ley, como fundada en la recta razón, se ha practicado universalmente en todos tiempos y en todas las naciones, aun las menos civiles; y se practicará mientras hubiere en el mundo recto juicio.

Ahora pues, como el gobierno y justicia de los hombres, que como saben o deben saber todos los cristianos, de Dios son ordenadas, es una imagen o una emanación de la justicia y gobierno de Dios, podemos decir seguramente que lo mismo sucede a proporción en el sacrosanto y rectísimo tribunal del sumo Dios, respecto de Satanás y de sus ángeles.

Si a éstos se les concede acceso a Dios, como a justo juez, por razones que no son de nuestro resorte, es consiguiente que se admita la acusación. Si ésta se admite, es consiguiente que se examine, o que se vea si es verdadera o falsa. Si se halla verdadera, innegable e indisimulable, es consiguiente y aun necesario que se dé luego la sentencia contra el culpado, aunque el acusador haya procedido con intenciones tan perversas, como las puede tener el mismo Satanás; pues en un juicio justo, o en un recto tribunal de justicia no se atiende a la intención buena o mala del acusador, sino solamente a la verdad o falsedad de la acusación. La mala intención tendrá a su tiempo su juicio y su sentencia.

La segunda cosa que debemos advertir aquí y no olvidar es aquel Consejo extraordinario y juicio supremo, de que hablamos en el Artículo IV, el cual, como se dice expresamente en Daniel, se debe abrir en aquellos tiempos, para quitar a los hombres toda la potestad que habían recibido, y de que tanto han abusado: Y se sentará el juicio para quitarle el poder, y que sea quebrantado, y perezca para siempre. Y que el reino, y la potestad, y la grandeza del reino que está debajo de todo el cielo, sea dado al pueblo de los santos del Altísimo. (Daniel VII, 26-27).

En el cual supremo Consejo se sienta, en primer lugar, en su trono el Anciano de Días, y en sus tronos respectivos otros conjueces. En que asisten millares de millares de ángeles, prontos a ejecutar lo que allí se ordena. En que se presenta el Mesías mismo, según Daniel, como Hijo de Hombre; y según San Juan, un Cordero así como muerto. En que tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono, según dice San Juan; y según Daniel, recibe la potestad, y la honra, y el reino, etc.

Este Consejo o Juicio supremo que se abre, como queda notado, después del parto de la mujer, persevera abierto y en continua operación todo el tiempo que la mujer misma está retirada en la soledad, es decir, los mismos cuarenta y dos meses que debe durar entre las gentes la gran tribulación del Anticristo, o del misterio de iniquidad, ya consumado y revelado, hasta que del mismo Consejo o tribunal supremo se desprenda la piedra, y se encamine directamente hacia la estatua, hiriéndola en sus pies de hierro y de barro; hasta que el Hijo del Hombre o el Cordero mismo, Cristo Jesús, llegada aquella hora y momentos, que puso el Padre en su propio poder, y que espera con las mayores ansias el cielo y la tierra, vuelva a ésta después de haber recibido el reino con toda aquella gloria y majestad con que se describe en el capítulo XIX del mismo Apocalipsis.

Esta verdad no sólo se colige, sino que se ve con los ojos, leyendo con alguna mediana atención el mismo Apocalipsis, desde el capítulo IV hasta el XIX.

Después de abierto aquel Consejo extraordinario, y sentado el juicio, para quitarle el poder, y que sea quebrantado, y perezca para siempre; después que el Hijo del Hombre, o el Cordero supremo se presenta en dicho juicio, y recibe el libro de mano de Dios mismo, etc., se ve y se palpa en el Apocalipsis que de este mismo Consejo y juicio supremo empiezan luego a salir, y prosiguen saliendo, hasta la venida del Señor, nuevas, repetidas y casi continuas órdenes contra la tierra, contra la bestia en especial, contra los adoradores de la bestia, contra los que traen ya en la frente o en las manos su carácter, o su nombre, o el número de su nombre; todo lo cual, como queda notado en otra parte, no es otra cosa que el reniego o la formal apostasía.

De este Consejo o juicio se ven salir primeramente, conforme se van abriendo los siete sellos del libro, aquellos siete misterios cuya inteligencia, aunque la ignore por la mayor parte, mas no ignoro que son verdaderos males, y verdaderas plagas, para estos que moraban sobre la tierra.

De este Consejo o juicio se ven salir aquellos cuatro ángeles, que estaban sobre los cuatro ángulos de la tierra… a quienes era dado poder dañar a la tierra, y a la mar.

De este Consejo o juicio, después de abierto el último sello del libro, y habiendo precedido un silencio como de media hora, se ven salir luego inmediatamente siete ángeles, a quienes les fueron dadas siete trompetas697, a cuyo sonido y a cuyas voces sucesivas van sucediendo y efectuándose en la tierra aquellas siete plagas horribles de que se habla en los capítulos XIII y IX y parte del X.

De este Consejo o juicio se ve salir un ángel con un incensario en la mano lleno de brasas de fuego, las cuales arroja sobre la tierra: y fueron hechos truenos, y voces, y relámpagos y terremoto grande.

Poco después se ven salir del mismo Consejo otros siete ángeles, cada uno con su fiala o redoma, en las cuales llevan las siete plagas postreras. Porque en ellas es consumada la ira de Dios; y a quienes se dice: Id, y derramad las siete copas de la ira, de Dios sobre la tierra.

De este Consejo o juicio, después de sustanciada la causa, y dada la sentencia, sale también la orden de su ejecución contra la grande Babilonia, que allí mismo vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino de la indignación de su ira; la que se ve ya en aquel tiempo, sentada sobre la bestia, y no obstante llena de presunción y seguridad vanísima, diciendo dentro de su corazón: Yo estoy sentada reina, y no soy viuda, y no veré llanto. De todo lo cual se habla difusamente en los dos capítulos XVII y XVIII y parte del XIX.

En suma, de este Consejo o juicio supremo se ven salir tantas, tan nuevas, tan inauditas órdenes contra la tierra, que cualquiera las puede observar fácilmente, si lee con cuidado el divino libro del Apocalipsis, desde el capítulo IV en que se abre el Consejo y empieza la visión hasta el XIX en que se ve bajar del cielo en su propia persona el Rey de los reyes.

Supuestas y advertidas bien estas dos verdades, esto es, el acceso que tienen todavía a Dios los ángeles malos, y el Consejo o juicio extraordinario que se ha de abrir en los tiempos de que hablamos, con esto sólo queda fácil y llana la inteligencia de este misterio particular. La batalla de San Miguel y sus ángeles, con el dragón y los suyos, debe de ser una consecuencia muy natural del estado nuevo a que ha pasado la mujer después de su parto.

Ya hemos visto desde el Artículo II las sospechas, los temores e inquietudes del dragón, al ver una tan gran novedad en aquella misma mujer, a quien hasta entonces había mirado con el mayor desprecio. Estas sospechas y temores crecen y se aumentan hasta llegar al supremo grado, al verla realmente preñada y ya para parir.

Hemos visto las diligencias que hace, y los expedientes que toma (haciendo entrar a todo el mundo en sus propios intereses, y tocando al arma por todas partes contra esta mujer), para impedir desde sus principios las resultas terribles de su preñez y de su parto.

Hemos visto sus deseos y esfuerzos inútiles para devorar el parto mismo, ya que no le es posible el impedirlo, es decir, para que la mujer después del parto se arrepienta de lo hecho, para que niegue y renuncie, desconozca y olvide enteramente el fruto mismo de su vientre, que acaba de dar a luz entre tantas angustias.

Hemos visto que la mujer, no obstante los artificios y las violencias del dragón, parió un hijo varón, que había de regir todas las gentes con vara de hierro; que este hijo suyo voló al punto a Dios, y se presentó delante de Dios y de su trono; que allí recibió de su mano un libro cerrado y sellado; que lo abrió allí mismo con admiración y júbilo plenísimo de todo el universo, etc.

Hemos visto, en fin, que la mujer después del parto, quedando victoriosa de tantos enemigos, se retira del mundo, y se encamina a la soledad.

Pues en este conflicto tan importuno y terrible, ¿qué remedio? En la tierra ninguno aparece. Todos se han tomado, y todos se han frustrado. No hay, pues, otra esperanza que acudir al cielo. ¿Al cielo? ¿El dragón acudir al cielo contra una mujer manifiestamente protegida del cielo? ¿Contra una mujer que ha creído, y que ha confesado públicamente su fe? Sí, dice el dragón, al cielo. No nos queda ya otra áncora que arrojar al mar, para evitar el cierto naufragio. Al cielo, al tribunal del justo Juez.

Hasta ahora se han oído y despachado a nuestro favor todas las acusaciones que hemos hecho contra esta mujer (lo cual no ignora Dios), que ha sido en todos tiempos la más infiel, la más ingrata, la más vil y perversa de todas las mujeres. Puede ser que seamos oídos y atendidos también esta vez. No perdamos tiempo, vamos al cielo, presentemos contra ella nuevas acusaciones, y si éstas no se admiten, presentemos juntas, sin olvidar una sola, todas las antiguas, que son gravísimas y casi infinitas.

Consolado un momento con estos pensamientos, y lisonjeado con estas esperanzas, se encamina al punto para el cielo, seguido de todos sus ángeles, y abandonado por entonces todo otro interés. Como el que lleva no sufre dilaciones, ninguna otra cosa es capaz de detenerlo, ni aun de divertirlo. No obstante que halla mudado en el cielo todo el teatro; no obstante que halla otro nuevo tribunal y juicio, cuyas puertas halla cerradas; no por eso se turba, ni pierde el ánimo ni las esperanzas; se presenta a estas puertas pidiendo audiencia, y pretendiendo con aquel orgullo y audacia que es su propio carácter, que se le dé entrada, como siempre, para proponer y hacer valer sus acusaciones; y también, si acaso esto le es posible, para investigar lo que allí se trata. No penséis, señor, que éste es alguno de aquellos vanos fantasmas que finge la imaginación, y que se desvanecen más presto de lo que se formaron. De más de ser una cosa naturalísima, en que por otra parte no se halla repugnancia alguna, todo esto lo veréis claro en el artículo siguiente, y bien expreso.

Estando pues, el dragón y sus ángeles, como tumultuando, digámoslo así, o como batiendo atrevidamente las puertas de aquel nuevo juicio, se levanta por orden de Dios el príncipe grande San Miguel, seguido de innumerables ángeles, y sale fuera a reprimir aquella audacia: Y en aquel tiempo, se le dice a Daniel, capítulo XII, se levantará Miguel, príncipe grande, que es el defensor de los hijos de tu pueblo. De este texto hablaremos luego.

El dragón furioso pretende entrar de grado o por fuerza, San Miguel le resiste constantemente. El dragón clama grandes voces ser oído en juicio, pues trae acusaciones gravísimas contra la mujer que acaba de parir; San Miguel no cede un punto, antes lo trata, no sólo de inicuo, sino de falso delator, pues la mujer a quien viene a acusar ya no es la que era delante de Dios, sino otra infinitamente diversa; ya no es aquella ingrata e infiel, aquella dura, pérfida y rebelde; sino otra fiel, humilde, bañada en lágrimas de verdadera penitencia, que ha despertado de su letargo, que reconoce sus delitos, que los detesta y abomina, que, en fin, ha concebido y ha parido, esto es, ha creído y ha confesado públicamente a su Mesías, en medio de tantas oposiciones, angustias y dolores, y lo adora y ama sobre todas las cosas.

Por tanto, si trae nuevas acusaciones, éstas son evidentemente falsas. Si no trae otra novedad que sus antiguos delitos, ya éstos están sobradamente castigados de herida de enemigo con cruel castigo (Jeremías XXX, 14). Ya ha recibido esta miserable de la mano del Señor al doble por todos sus pecados (Isaías XL, 2). Ya estos pecados están perdonados, y arrojados en el profundo de la mar (Miqueas VII, 19).

En esto creciendo por momentos el fervor, y no siendo probable que ceda alguna de las partes, se viene fácilmente de las palabras a las obras, y de las razones a la fuerza de las armas. Se traba, digo, entre el príncipe Miguel y el dragón, y entre los ángeles del uno y del otro una verdadera batalla, del modo que puede haberla entre puros espíritus; no solamente con voces intelectuales, o meras razones, sino también con violencia, y con fuerza real; lo cual aunque no comprendemos cómo pueda ser, mas esto sólo prueba que somos pequeños, y nuestras ideas muy escasas para poder salir de los entes puramente materiales, y pasar a entender cómo obran los puros espirituales. Nuestro estado presente no alcanza a tanto. Esperamos otro estado mejor en que todo nos será inteligible. Y hubo una grande batalla en el cielo; Miguel y sus ángeles lidiaban con el dragón, y lidiaba el dragón y sus ángeles.

En esta verdadera batalla, no pasada, sino todavía futura, deben quedar el dragón y sus ángeles plena y perfectamente vencidos, deben todos ser arrojados a la tierra irresistiblemente, y quedar privados desde entonces para siempre del acceso que tenían a Dios como a justo juez, para acusar, alegar y pedir contra los hombres: Y nunca más fue hallado su lugar en el cielo. Y fue lanzado fuera aquel dragón, aquella antigua serpiente, que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el mundo; y fue arrojada en tierra, y sus ángeles fueron lanzados con él.

Esta célebre batalla debe ser sin duda un suceso gravísimo, y de gravísimas consecuencias, pues está anunciado para aquellos tiempos con tantas, tan claras y tan magníficas expresiones. En ella deberá decidirse, y quedar decidida la suerte de la mujer, por lo cual ciertamente se pelea según todo el contexto; esto es, si esta ha de quedar enteramente libre, o sujeta de algún modo a las violencias, asechanzas, artificios y máquinas del dragón; lo que parece que interesa igualmente al cielo, a la tierra y al infierno.

Texto de Daniel, capítulo XII:

Entendido ya el misterio de esta gran batalla, sus causas, sus fines, sus circunstancias del tiempo y del lugar, etc., se entiende al punto con ideas clarísimas todo el capítulo XII de Daniel, al cual alude manifiestamente, y no sólo alude, sino que lo explica y aclara toda esta profecía admirable, contenida en el capítulo XII del Apocalipsis.

Y en aquel tiempo (se le dice a Daniel) se levantará Miguel príncipe grande, que es el defensor de los hijos de tu pueblo; y vendrá tiempo, cual no fue desde que las gentes comenzaron a ser hasta aquel tiempo. Y en aquel tiempo será salvo tu pueblo, todo el que se hallare escrito en el libro… (de los escogidos…) Muchos serán escogidos, y blanqueados, y probados como por fuego (o como por medio del fuego); etc.

Sobre este texto de Daniel debemos reparar, lo primero, que aquí se dice clara y expresamente, que el príncipe grande San Miguel está señalado de Dios por príncipe y protector del pueblo de Israel. Lo mismo se dice en el capítulo X, versículo último: Miguel que es vuestro príncipe. Esta circunstancia o esta advertencia, ¿para qué puede aquí añadirse, si la expedición de San Miguel, o el se levantará Miguel, no es por causa de este mismo pueblo, y para defenderlo y protegerlo?

Debemos reparar lo segundo, el tiempo preciso de que aquí se habla: En aquel tiempo se levantará Miguel príncipe grande, que es el defensor de los hijos de tu pueblo. Este tiempo se presenta de suyo sin otra diligencia que abrir los ojos; basta leer el texto para conocer, sin poder dudarlo, que es el tiempo mismo de la vocación y asunción futura de Israel, de que habla San Pablo, y de que hablan casi todos los Profetas. Pues de este mismo tiempo se le dice a Daniel: Y en aquel tiempo será salvo tu pueblo, todo el que se hallare escrito en el libro (de los escogidos); y se añade poco después, que muchos de este pueblo serán elegidos y dealbados, y probados como por el fuego; los cuales son visiblemente aquellos mismos de que hablamos hacia el fin del Artículo I, de quienes se dice en Zacarías, capítulo XIII: Y pasaré por fuego la tercera parte, y los purificaré como se quema la plata, y los acrisolaré como es acrisolado el oro… ¿Y éstos son otros que los que aparecen en el Apocalipsis, sellados en la frente con el sello de Dios vivo?

Debemos observar lo tercero, que este tiempo de la batalla de San Miguel con el dragón, o del se levantará Miguel, debe preceder necesaria y evidentemente a la tribulación del Anticristo, así por el texto del Apocalipsis, como por el texto de Daniel; pues expresamente se dice a este Profeta, que después de la expedición de San Miguel en consecuencia de lo que ha de haber (lo que aquí se calla y se revela en el Apocalipsis) se seguirá en la tierra un tiempo tan tenebroso, tan terrible, cual nunca se ha visto en todos los siglos anteriores: Y vendrá tiempo, cual no fue desde que las gentes comenzaron a ser; que es la expresión misma de que usa el Señor en el Evangelio hablando de la tribulación del Anticristo: Porque habrá entonces grande tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora, ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva. Todo lo repite San Juan, y lo trae a la memoria en esta misma profecía que ahora observamos al versículo 12 y 17 como luego veremos.

De aquí se sigue legítimamente, que la explicación que hasta ahora se ha dado, así al texto de Daniel, como al de San Juan, diciendo que el se levantará Miguel, o su batalla con el dragón será para defender a la Iglesia de la persecución del Anticristo, esta explicación, digo, que es la común entre los intérpretes literales, no puede subsistir; la repugnan y contradicen unánimemente ambas profecías; la de Daniel por lo que acabamos de decir, y queda dicho más difusamente en el Apéndice al Fenómeno IV; la del Apocalipsis, porque en ella se ve claro, que el dragón vencido y arrojado a la tierra, no pudiendo alcanzar a la mujer que huye, la que ha sido la causa de su desgracia presente, convierte todas sus iras contra lo poco que habrá entonces de verdadera Iglesia cristiana: se fue a hacer guerra contra los otros de su linaje (de la mujer), que guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo. Y se paró sobre la arena de la mar. Con lo cual, saliendo del mar la bestia de siete cabezas y diez cuernos, y de la tierra la bestia de dos cuernos, empieza desde luego la gran tribulación del Anticristo, y se revela todo el misterio de iniquidad, como se anuncia en todo el capítulo siguiente.

No siendo, pues, ni pudiendo ser esta batalla de San Miguel con el dragón para defender a la Iglesia de la persecución del Anticristo, que todavía no ha empezado, es consiguiente que sea otro el misterio.

Yo propongo otro que es el que acabo de explicar.

Cualquiera que repugnare esta sentencia o inteligencia, deberá producir otra mejor, que sea más propia, más seguida, más natural y más conforme a las Escrituras.

Continuará…