SAN HILARIO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SAN HILARIO Padre y Doctor de la Iglesia (f 367)

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HILARIO nació en la ciudad de Poitiers, en Francia, entre el año 310 y el 320. Su familia pertenecía a la nobleza gala y se distinguía no sólo por el brillo de su posición, sino también por la fama de su valor y de su hidalguía. Desgraciadamente estaba envuelta en las tinieblas del paganismo, e Hilario fue educado en el error; mas en medio de un ambiente de corrupción, siempre conservó la rectitud de corazón y llevó una vida honesta y pura, dedicando el tiempo al estudio de la filosofía, de la elocuencia y de la poesía. Estaba Hilario dotado de un ingenio demasiado agudo y sutil para andar cebándose con paganas supersticiones. No cabe duda que la sola lumbre de la razón y de los principios filosóficos era suficiente para llevarle al conocimiento de los crasos errores y desatinos del paganismo y darle en los ojos con el desengaño; pero la verdadera conversión del corazón, no tanto es obra del entendimiento como de la gracia, la cual, por la divina misericordia empezó a Alumbrar el espíritu del Santo, haciéndole entender lo ridículo e impío de aquellos vanos simulacros que recreaban al pueblo. Y creciendo por momentos la claridad de esta divina lumbre, luego advirtió Hilario la existencia de un Ser soberano y eterno, principio y fin de todos los seres criados, y solo capaz para llenar las ansias de felicidad que siente el hombre.

Trayendo en su espíritu estos pensamientos, toparon sus manos, disponiéndolo así la Providencia, con los libros de Moisés y de los Profetas, los cuales escudriñó con avidez y sumo agrado. Leyó después el Evangelio, y éste fue el sol que iluminó su espíritu con meridianas claridades, descubriéndole la verdad y santidad de nuestra religión; y el Padre de las misericordias que tenía dispuesto trocar a Hilario en vaso de elección, le inspiró grandísimos deseos de abrazarla y seguirla. Merced al influjo de luz tan esplendente, dio de mano al paganismo de muy buena gana, y recibió el bautismo con sumo contento de su espíritu, como él mismo nos lo asegura; y tales y tan copiosos dones y gracias derramó Dios en su alma, que desde el principio de su conversión pareció ya estar lleno del espíritu del Señor y ser cristiano antiguo y perfecto. Entonces su conversión fue completa, siguiendo su ejemplo su mujer y su hija Abra. De allí en adelante tuvo horror a la profana ciencia que había aprendido en los libros paganos, y. grande afición y deleite en leer la Escritura sacra, hallando sosa y desabrida la lectura de otros libros.

Destinábale Dios a ser antorcha resplandeciente en la santa Iglesia, y por esto diole tan clara inteligencia de las divinas Letras y de las sublimes verdades de la religión, que saliendo de las regeneradoras aguas bautismales, obró ya, no como mero neófito, sino como maestro y padre de la Iglesia del Señor. Desde aquel momento empezó a sentir tan profundamente aversión a los enemigos de te religión católica, que le repugnaba sentarse a la mesa con ellos, y hasta les negaba el saludo cuando los encontraba al paso. En cambio, exhortaba a los fieles a la práctica perseverante de la virtud, y «de tal manera practicaba él la religión —dice el historiador Fortunato— y tanto esmero y cuidado ponía en conformar sus costumbres con las leyes de la Iglesia, que más parecía sacerdote del Señor, que seglar y hombre casado».

HILARIO, OBISPO DE POITIERS

HACIA el año 350 murió el obispo de Poitiers, Hilario, aunque seglar, fue unánimemente propuesto por el clero y el pueblo para sucederle, siendo consagrado con libre consentimiento de su mujer; desde entonces se separaron los dos esposos para vivir en perfecta continencia. Reinaba a la sazón el emperador Constancio, por cuya protección se extendía por todas partes la herejía arriana, que negaba la divinidad de Jesucristo, causaba mucho daño e infiltraba pérfidamente mortífero veneno en el corazón de los fieles.

El mismo Constancio era arriano y perseguía a los que permanecían firmes en la pureza de su fe. Varios obispos ambiciosos, principalmente Ursacio y Valente, sostenían el error con su autoridad y valimiento. Hilario, como denodado campeón, se lanzó a la palestra y no dejó el campo de batalla basta su último suspiro. En un concilio celebrado en Milán, puso en juego el emperador toda su autoridad y poder para destruir la fe de Nicea, que era la que profesaba la Iglesia católica, y arrancar a los obispos la condenación de San Atanasio. implacable y terrible adversario del arrianismo. Pero los legados de la Santa Sede le hicieron ver que era absolutamente contrario a las leyes de la Iglesia condenar a un ausente sin oírle. «Aquí no hay más ley que mi voluntad», replicó Constancio. Pero los legados pontificios y muchos obispos prefirieron el destierro antes que aceptar una máxima tan tiránica y hacer traición de manera tan inicua a la causa de la justicia.

Hilario hubiera podido vivir tranquilo en su Iglesia de Poitiers; bastaba que se hubiera inhibido de la cuestión debatida, dejando que otros la contendieran, con lo cual se hubiera granjeado, además, el favor del emperador; pero no vaciló ni un instante sobre el partido que debía tomar: «Me adhiero dijo— al nombre de Dios y de mi Señor Jesucristo, a pesar de todos los males que me pueda acarrear esta confesión; rechazo la sociedad de los mulos y el partido de los infieles, aunque me ofrecieran todos los bienes de In tierra.» Y acto seguido envió al emperador una valiente requisitoria en nombre de los obispos de las Galias contra la violencia de los arríanos.

La firmeza de su lenguaje le atrajo el odio feroz de los herejes. Saturnino, obispo de Arlés y partidario de los arríanos, se puso de acuerdo con Ursacio y Valente, que habían sido tratados con mucha dureza en aquella requisitoria, y abrió un concilio en Beziéres para juzgar y condenar a los obispos que habían permanecido fieles a la fe de Nicea.

Presentóse Hilario en el concilio y, en medio de esta asamblea de encarnizados enemigos, se levantó para pedir con gran valentía que se le permitiera refutar en el acto la perniciosa doctrina de Arrio. Pero los herejes asombrados ante semejante valor, temieron verse confundidos públicamente y se negaron a oírle.

EN EL DESTIERRO

Ya hacía cuatro años que sufría el destierro el obispo de Poitiers, cuando el emperador Constancio dio a sus oficiales la orden general de convocar a todos los obispos para un concilio que debía celebrarse en Seleucia. En la carta no se hacía mención de Hilario. El gobernador de la provincia, olvidando que había caído en desgracia del emperador, le obligó a que asistiera y hasta le mandó un carruaje para hacer el viaje.

LA VIRGEN FLORENCIA

POR doquiera van los santos, la santidad les sigue y les acompaña. Es privilegio muy suyo. Al pasar un domingo por una población, cuyo nombre no ha conservado la historia, Hilario entró en la iglesia de los católicos a la hora en que se hallaba reunido el pueblo para la oración. De repente, abriéndose paso por en medio de la multitud, una joven declara que hay allí un gran siervo de Dios y, echándose a los pies de Hilario, le suplica que la admita en el rebaño de Jesucristo y haga sobre ella la señal de la cruz.

Era ésta la joven pagana Florencia, a quien un movimiento del Espíritu Santo impulsaba hacia el gran doctor. Este le dio su bendición, prometiéndole que la instruiría en las verdades de la fe. Mas no fue sola en gozar de esta dicha, sino que toda su familia, ilustrada por las palabras de Hilario, fue regenerada junto con ella en las aguas del santo bautismo. Desde aquel instante ya no se separó Florencia del santo obispo, a quien llamaba padre, el cual —decía ella— le había dado vida mil veces más preciosa que la del cuerpo. Siguióle por todas partes y, dirigida por él, llegó a tal grado de santidad, que mereció ser puesta en los altares. Murió en el año 367, y el martirologio galicano coloca su fiesta el 1° de diciembre.

ENFRENTE DE LOS OBISPOS Y DEL EMPERADOR 

HILARIO pudo, pues, tomar asiento en el concilio de Seleucia, donde tuvo la pena de oír horribles blasfemias de boca de los arríanos, hombres cobardes delante de los príncipes de la tierra; pero audaces sólo contra Dios, negando al Hijo de Dios el atributo de eterno que daban al emperador.

Los mismos semiarrianos, animados por el ejemplo del intrépido doctor de las Galias, condenaron la herejía arriana y destituyeron a sus obispos infieles que la defendían. Pero estos impíos recurrieron a Constancio; unos y otros marcharon a Constantinopla, como si Nuestro Señor hubiese dicho a sus apóstoles: «Cuando os veáis perplejos acerca de cualquier punto de la doctrina que os he mandado enseñar, id a pedir la solución al César.» Hilario acompañó este triste concilio a la corte, para proclamar los derechos inalienables de la verdad frente al servilismo arriano. Los herejes, viéndose en gran número en la misma capital de un imperio que ponía la fuerza a su disposición, juzgaron que la ocasión era propicia para celebrar un concilio de su gusto. En él se disputó de la fe, y los arríanos la removieron hasta en sus fundamentos. Pero allí estaba el gran atleta; dirigió una petición al emperador, en la que se justificaba de las acusaciones que contra él habían dirigido sus enemigos, y le pedía una audiencia en que se le permitiera exponer la fe católica delante de los obispos reunidos y en presencia de todo el pueblo.

En esta defensa censuraba Hilario con mucha habilidad y fina ironía la multitud de símbolos contradictorios que componían los arríanos a cada momento. «El año pasado —decía— compusieron cuatro; la fe no es ya la del Evangelio, sino la de los tiempos, o mejor dicho, hay tantas clases de fe cuantas son las voluntades. Los arríanos publican todos los años y aun todos los meses símbolos nuevos para destruir los antiguos y anatematizar a los que los profesan.» l.os herejes no se atrevieron a aceptar el desafío del santo doctor. Para librarse de adversario tan terrible que los acometía hasta en sus últimas trincheras, persuadieron al emperador que le enviara a las Galias como hombre que perturbaba la paz en Oriente. Constancio, que también quería verse libre de un acusador importuno, negó la audiencia que el pontífice le había pedido con tanta instancia como respeto, y le dio orden de salir inmediatamente de la capital y tomar el camino de Occidente.

La injusticia no podía ser más notoria, ni la doblez del príncipe más palpable. Hilario pensó que ya no debía guardar miramiento alguno con él, y publicó un escrito para denunciar a todos los obispos de las Galias las iniquidades e impiedad del tirano. «I.obo devastador —decía en un vehemente apóstrofe dirigido al emperador – ya vemos tu piel de oveja; recibes a los obispos con el beso con que fue entregado Jesucristo; inclinas la cabeza para recibir su bendición, pero es para mejor pisotear su fe; los convidas a comer contigo para que se parezcan a Judas, que se levantó de la mesa para ir a vender a su Maestro. Esa es la piel de oveja con que te cubres; veamos ahora los hechos del lobo.»

Aquí trazaba el santo obispo un cuadro exacto de las crueldades de Constancio contra los católicos.

REGRESO DE HILARIO A SU PAÍS

DESPUÉS de un destierro tan prolongado como laborioso, Hilario desembarcó por fin en las costas de su patria. La Galia entera —dice San Jerónimo— abrazó al héroe que volvía del combate, victorioso y con la palma en la mano. Pero donde el júbilo no tuvo límites fue en la ciudad de Poitiers.

Fortunato refiere que cada cual se figuraba haber hallado a su padre y aun la patria misma, porque durante la ausencia de su amado pastor, a todos les había parecido la patria un lugar de destierro. Señalóse su llegada por un estupendo milagro. Acababa de fallecer un niño sin el bautismo. «Su madre, que ya no era madre, pues no tenía más hijos —dice un biógrafo—, se postraba sollozando a los pies del Santo, mostrándole el cuerpo de su hijo: Obispo —le decía—, devuélveme a mi hijo, a lo menos para que reciba el bautismo. Tú, que eres llamado padre del pueblo, haz que yo pueda aún ser llamada madre. Conmovido por los ruegos de esa mujer, que mostraba tanto dolor y tanta fe, se postra de rodillas y elevando sus súplicas al cielo, devuelve el niño a la vida, ante el asombro de los fíeles.»

Inmensa alegría inundó el alma de Abra al regreso de su amadísimo padre, pero poco sobrevivió a la celebración de sus nupcias con el divina Esposo de las almas. Su nombre aparece en, el martirologio galicano el 13 de diciembre. Uno de los más señalados favores que las Galias deben a San Hilario es el haber conquistado para la religión y atraído a su suelo al célebre San Martín, que debía ser tan popular y que la historia apellida «el taumaturgo de las Galias». Había nacido en Panonia. La fama de las virtudes y de los combates del obispo de Poitiers, le admiraron de tal manera que dejando el brillante porvenir que le ofrecía la carrera de las armas, acudió desde su lejano país para vivir a su lado. Cuando Hilario regresó a Poitiers, estableció a su discípulo en Ligugé y de acuerdo con él fundó el más antiguo monasterio galo.

ÚLTIMOS TRABAJOS.  SANTA MUERTE

NO conoció Hilario mucho tiempo el reposo en la tierra. Quiso reparar las innumerables ruinas ocasionadas por los desmanes de los arrianos. La bondad y la indulgencia fueron las principales armas de que se sirvió para atraer a los extraviados al gremio de la Iglesia católica.

Restablecida la fe en toda su pureza en las Galias, pasó Hilario a Italia donde el error tenía aún hondas raíces. Encontró un gran obstáculo en Aujencio, obispo arriano de Milán, el cual le acusó taimadamente ante el emperador Valentiniano II de perturbar la paz de su Iglesia, y el príncipe, mal informado, obligó a Hilario a volver a las Galias. El santo obispo tornó, pues, a su diócesis de la que le habían alejado los intereses de la fe.

Se encargó de nuevo del ministerio pastoral, siguió explicando a su amado rebaño la Sagrada Escritura, compuso una colección de himnos para cantarlos en las ceremonias, e introdujo en su Iglesia algunas costumbres piadosas que había traído de Oriente. Al fin, agotado por tantos trabajos y fatigas, cayó gravemente enfermo. Apenas corrió la noticia, acudieron presurosos los cristianos a palacio para seguir, llenos de ansiedad, el curso de la enfermedad, llorando de antemano la desgracia que los amenazaba. A eso de la medianoche, estando ya solo con dos discípulos que velaban al pie del lecho, se iluminó de repente la habitación con un resplandor tan vivo que los dejó deslumbrados. Poco a poco se fue extinguiendo la luz y desapareció en el mismo instante en que el alma de Hilario, rompiendo los lazos de la carne, volaba al cielo. Era el día 14 de enero del año 366, 367 o 368. Fue enterrado en la tumba que él mismo había preparado entre su esposa y su hija. La basílica sepulcral en que la edificó, dedicada en un principio a los mártires romanos Juan y Pablo, fue luego dedicada a nuestro Santo. Es la Iglesia llamada hoy día de San Hilario el Grande. Allí descansaron sus preciosos restos con pública veneración, multiplicando las gracias y los prodigios hasta el 25 de mayo de 1652, en que fueron quemados por los hugonotes, sin que lograsen por eso, a Dios gracias, abolir su culto; El 10 de enero de 1852, accediendo a la petición del episcopado francés, Pío IX proclamó al denodado adalid de la fe, Doctor de la Iglesia universal.

EL SANTO DE CADA DÍA

EDELVIVES

 

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