SAN LUCIANO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SAN LUCIANO

Presbítero de Antioquía, mártir en Nicodemia (t 312)

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EN tiempo en que el ánimo del emperador Constantino comenzaba a indinarse al cristianismo, al que andando los años había de convertirse, la persecución de Maximino Daza dio ocasión a que fuese llevado a Nicomedia un santo e ilustre sacerdote, acreedor al aplauso y alabanza de la Iglesia por haber transcrito las sagradas Escrituras vertiéndolas al griego, preludiando con ello los grandes trabajos que más tarde habían de llevar a cabo San Jerónimo y otros escritores. El heroico derramamiento de su sangre por Cristo, coronó dignamente su vida, llena de vicisitudes, pero ejemplar y fecundísima.


FAMILIA DEL SANTO. SU CONVERSIÓN

DE padres descendientes de noble prosapia nació San Luciano en Samosata, hoy en día Samsat, ciudad situada en la Siria septentrional, entonces llamada Siria eufratesiana. Las actas del martirio, escritas con bastanté posterioridad a su muerte, afirman que sus padres eran cristianos fervorosos y que pusieron todo empeño hasta el último día de su vida, que fue cuando Luciano contaba unos doce años, en formar a su hijo en la práctica de la virtud y piedad. Sin embargo de eso, el historiador Rufino, que escribía en el siglo IV, pone en boca del Santo un discurso que pronunciara poco antes de su muerte y en el que le hace decir que en su infancia adoró las falsas deidades del paganismo. Es, pues, verosímil que así sucediera, y que, educado el niño en la idolatría, se convirtiera en su juventud. Fallecidos sus padres y ya él en el gremio de la Iglesia, entró cierto día en el templo y, postrado ante el altar, escogió a Dios por padre y herencia y, siguiendo los impulsos de la gracia, vendió luego su patrimonio y distribuyó el importe entre los pobres. Dejando por aquel tiempo su país natal, se encaminó a Edesa para ponerse bajo la dirección de un tal Macario, que gozaba de gran fama como intérprete de las Sagradas Escrituras. Mas no por eso descuidó Luciano las letras humanas en las que sobresalía mucho, como consta por el testimonio que da de ello San Juan Crisóstomo. También San Jerónimo alaba sobremanera la elocuencia del Mártir, afirmando que en los escritos de Luciano brillan a la par la ciencia de los filósofos y la luz sobrenatural de los Libros Santos. En realidad, Luciano era aún catecúmeno; no tardó, sin embargo, en recibir el agua bautismal que le confirió la gracia santificante, y poco después, el espíritu divino le llevó al desierto de la vida monástica. Su ayuno era allí tal, que casi podría decirse que se privaba de todo alimento: comía una sola vez al día, y aun algunas temporadas una sola vez a la semana. Por entonces vivió Luciano entregado por completo al estudio, a la penitencia y a la contemplación, disputando a la naturaleza un descanso que sólo tomaba de pie, apoyado en una pared o en algún arrimadero. No es, pues, extraño que su Adolescencia fuese pura y varonil.


REVISIÓN DE LOS LIBROS SANTOS. OTROS TRABAJOS

EL apuesto caballero se había trocado en joven y virtuoso santo. Dejando a Edesa, pasó a Antioquía, donde le fueron conferidas las sagradas órdenes, y desde entonces comenzó a agrupar en su derredor un enjambre de jóvenes estudiosos que acudían a él, atraídos por el universal y merecido renombre de que gozaba. Ocupaban el tiempo en copiar manuscritos, y Luciano se valía también de su hermosa letra como medio de hacer frente a sus necesidades y a las de aquellos que le rodeaban, pues miraba como una injusticia el tomar él algún sustento sin haber antes proveído a la necesidad de los menesterosos. La revisión de la Sagrada Escritura fue particularmente el blanco al que apuntaron sus trabajos y los de sus discípulos, por considerarla como de indiscutible necesidad en aquellos tiempos de proselitismo y de incesantes arremetidas contra la verdadera fe. Advierte el escritor Suisdas que Luciano, en vista de las notables modificaciones introducidas en los Sagrados Libros a través de los tiempos, debidas al sin fin de traducciones que de los mismos se hicieron y a la malicia de los paganos, los cuales añadían conceptos que tergiversaban el sentido espiritual de las Escrituras», emprendió la corrección de la versión griega llamada «de los Setenta» del Antiguo Testamento, cotejándola con el texto hebreo, idioma que Luciano poseía con perfección, y después de ese trabajo verdaderamente asombroso, hizo lo propio con el Nuevo Testamento, como refiere San Jerónimo. Su obra fue considerada de tanta excelencia y mérito que casi todo el Oriente, desde Antioquía hasta Constantinopla, adoptó esta revisión de las sagradas Escrituras al finalizar el siglo IV. Además de eso, Luciano escribió algunos tratados menores sobre la fe, y posteriormente unas cuantas epístolas muy cortas. Al hablar la Historia de la Iglesia de los Concilios habidos en la capital de Siria para impugnar los errores de Pablo de Sarnosata, obispo de Antioquía, no menciona a nuestro Santo. Qué partido tomó Luciano con respecto a las falsas doctrinas de Pablo, su compatriota y obispo, no se sabe de cierto, por más que de una carta de San Alejandro, obispo de Alejandría, se deduce que por algún tiempo estuvo separado de la Iglesia Católica, particularmente siendo obispos de Antioquía Domno, Timeo y Cirilo, y es probable que esa excomunión se relacione con el asunto de Pablo, de quien Luciano no quiso al principio separarse. Dice un autor grave que ése es el lugar más escabroso de la vida de nuestro Santo, y que sin duda en eso no se le puede eximir de culpa, pero que sea cual fuere la gravedad de su falta, la borró luego entrando en la comunión de la Iglesia, y la reparó nobilísimamente y con creces, dando muestras extraordinarias de perfecta caridad al confesar con valentía la fe ante los tribunales y derramar heroicamente la sangre por Jesucristo; pero mayores pruebas dio de su retractación antes de su martirio. Otro tanto puede decirse de los errores que se le atribuyen respecto al misterio de la Santísima Trinidad, pues no se puede tampoco culparle de buenas a primeras por doctrinas teológicas que en aquel tiempo eran discutidas libremente, y que la Iglesia no condenó sino trece años después de muerto Luciano, y tras largo y concienzudo examen. 

ES MARTIRIZADO EN NICOMEDIA

EXISTEN fundados motivos para creer que en el tiempo en que estuvo separado de la Iglesia, pasó Luciano por vez primera a Nicomedia de Bitinia, ciudad que Diocleciano había de elegir poco después para capital del Imperio de Oriente. Allí se reconcilió el sabio sacerdote con los católicos de la población, los cuales le facilitaron medios de volver a ser admitido en la Iglesia de Antioquía. Hallábase todavía en Nicomedia en el año 303, al estallar la persecución contra los cristianos, y fue testigo de sus primeras heroicidades. Consérvase, en efecto, un fragmento de una de sus cartas escrita al parecer en el año 304, en la que dice a los fieles de Antioquía que «el sagrado batallón de los santos mártires los saluda, y que el obispo Antimo, terminó su vida con el martirio», lo cual es segura prueba de que Luciano estaba ya en comunión con las Iglesias de Nicomedia y Antioquía, y también con los santos mártires. Regresó luego a Antioquía, y pronto el emperador Maximino Daza (Daia) desencadenó violentísima persecución contra la Iglesia de Dios, dispuesto a borrar de la tierra hasta el recuerdo del nombre cristiano, y para mejor lograr su diabólico intento, arremetió primero contra los prelados, sacerdotes y personas de mayor nombradía. No tardó en mandar detener a Luciano; pero el Santo, ya por desconfiar de su valor, ya por salvar a los fieles, había huido de la ciudad y vivía oculto en los alrededores. Sin embargó, cayó, al fin, en manos de los perseguidores, delatado por un hereje que le odiaba de muerte por envidia de la gran fama de que gozaba, y fue conducido a Nicomedia donde el emperador residía con preferencia, para recoger la sucesión de Galerio y preparar la guerra contra su competidor Licinio.  En el viaje a Nicomedia, atravesó Luciano la Capadocia y, durante un alto que hizo la comitiva, encontróse el ilustre preso con un grupo de cuarenta soldados cristianos de aquella provincia, los cuales, por temor a los tormentos habían cobardemente apostatado. Ardiendo en celo por la salvación de aquellos desventurados, echóles en cara lo ignominioso de su proceder, ya que habían temido peligros y suplicios que generosamente habían arrostrado las doncellas y los tiernos niños. Con inflamadas frases que le salieron del alma removió sus conciencias y al fin tuvo el consuelo de verles primero arrepentirse y luego hacer pública profesión de fe, reparando unos con la muerte y otros con atroces tormentos sufridos animosamente, la flaqueza y cobardía en que habían antes incurrido. Acompañaron a Luciano hasta Nicomedia algunos de sus discípulos también detenidos por cristianos; pero no todos ellos tuvieron bastante valor para permanecer firmes y constantes en la fe, y así, prefirieron apostatar, antes que morir atormentados. Luciano puso todo en juego para conseguir que volvieran sobre sus pasos, lo que hicieron, con mucho gozo del Santo, entre otros el presbítero Alejandro y el sofista Asterio, ambos tristemente célebres más tarde por sus heréticas doctrinas. El ilustre confesor de la fe permaneció algunos días encarcelado, y aprovechó ese tiempo para enviar cartas a sus amigos de Antioquía, sirviéndole de secretario su carísimo discípulo Antonio, como se colige de una de ellas. Escribíalas a los discípulos que no habían podido acompañarle a Nicomedia, y también a algunas piadosas matronas como Dorotea, Severa, Eustolia y otras. Refiere el historiador Eusebio, obispo de Cesarea, que al comparecer Luciano ante el emperador Maximino, presentó para su defensa una apología del cristianismo. Por desgracia, casi todos esos escritos se han extraviado, y en los demás hanse introducido tantas y tales modificaciones que hoy en día es imposible averiguar lo que fue escrito por el propio Mártir.

Mientras tan santa y útilmente pasaba sus días el esforzado atleta, preparábase el tirano para vencerle, y, como le dijeran los que ya le habían tratado, que era tal su continente y la gravedad atractiva de su semblante que a todos admiraba y subyugaba, no quiso verle durante el interrogatorio, sino que le mandó estar lejos, puso una cortina entre el juez y el acusado y le habló por intérprete. Intentó el emperador deslumbrar a Luciano con la perspectiva de riquezas abundantes y de los más codiciados honores, respondiéndole el mártir que en nada tenía él la magnificencia de tales promesas, ni aun el mundo entero con sus riquezas, cuando comparaba todo ello con el amor y reverencia debidos al verdadero Dios. Amenazóle entonces el emperador con suplicios largos e inauditos; mas el valeroso atleta, imperturbable y sereno, se  mantuvo firme en su fe, burlando la cólera del emperador, el cual girado y como fuera de sí, juró salir vencedor del santo mártir. Varios fueron los tormentos que infligieron al esforzado sacerdote con la doble intención de causarle los más atroces dolores y de alargar todo lo posible su martirio. Abrieron los verdugos cuatro orificios muy separados en una tabla e introdujeron los pies y las piernas de Luciano, primero por los dos mas altos, y luego a viva fuerza por los otros dos, de modo que se le dislocaron los miembros; al mismo tiempo le tendieron de espaldas sobre el suelo cubierto de cascos de vidrio. llagándose el cuerpo con heridas sin número en extremo dolorosas y ataron sus manos a una viga atravesada en el techo encima de la cabeza del Santo. 

TESTIMONIO DE SAN JUAN CRISÓSTOMO

EN el panegírico que del santo mártir Luciano pronunció San Juan Crisóstomo el día 7 de enero del año 387, dijo estas palabras: «Viendo los verdugos la augusta serenidad de la víctima, y aquella tranquilidad de ánimo con que sufría los más atroces tormentos; que en vano le sometían al suplicio del potro y lo arrojaban en braseros hechos fuego; que era inútil querer despeñarlo o echarlo a las fieras; que nada, en fin, era eficaz para hacerle abjurar sus doctrinas, acudieron a otra manera de suplicio para ver de doblegar la voluntad del Mártir. Sometiéronle al tormento del hambre; pero viendo el demonio que a pesar de tales privaciones no podía vencerle, intensificó con nueva saña sus padecimientos mudando de táctica. Movió al emperador a que mandara disponer al alcance de las manos del santo mártir una mesa repleta de manjares ofrecidos a los ídolos, intentando con ello dar la última arremetida contra el esforzado varón que se moría ya de hambre. Mas aun aquí triunfó el intrépido soldado de Cristo, y aquello que fue puesto ante sus ojos como tropiezo para su fortaleza, enardeció más su valor, de manera que no solamente reprimió su apetito no dejándose arrastrar a probar aquellos impuros manjares, sino que aun creció en su alma el desprecio y asco que por ellos sentía. Y si la voz del hambre resonaba con fuerza en sus entrañas, impulsándole a probarlos, el santo temor de Dios sujetaba sus manos y le infundía valor para desoír la exigente voz de la naturaleza. A la vista de aquella mesa manchada con la idolatría, acordábase Luciano del banquete eucarístico en el que Dios mismo se da en alimento, y con ese pensamiento se le llenaba el alma de heroica fortaleza, y así determinó sufrirlo todo antes que probar aquellos sacrilegos manjares.»

LA ÚLTIMA MISA. LA MUERTE

ACERCÁBASE entretanto la fiesta de la Epifanía, y los discípulos del santo sacerdote hallábanse sumidos en profunda tristeza a la vista de su ilustre maestro agotado por los tormentos. Temían que muriese de hambre antes de la hermosa festividad, privándolos con ello de celebrarla dignamente, ya que sería imposible hallar otro sacerdote que ofreciese el divino Sacrificio. Adivinó Luciano las angustias de sus discípulos y les dijo con bondad: —Sosegaos, hijos míos, y confiad, pues aun celebraremos juntos la Epifanía; no os dejaré sino al día siguiente.

Así sucedió, en efecto; pero llegado el día de la fiesta sintieron nueva congoja por no saber cómo se las compondrían para celebrar los santos misterios en la cárcel, ya que era imposible llevar allí una mesa sin que lo vieran los paganos que iban y venían sin parar y los soldados de guardia. —Tranquilizaos, hijos —exclamó Luciano—; mi pecho será el altar vivo que valdrá más que uno material e inerte, y vosotros, rodeándome, formaréis como un templo. Ahora bien, la divina Providencia dispuso las cosas de tal manera que todos los guardianes faltaron a un tiempo, de modo que la víspera de su muerte, el santo Mártir pudo celebrar el augusto sacrificio con toda tranquilidad. Estando en él, dio los últimos consejos y alientos a sus compañeros, y todos ellos y también los ausentes —a quienes se llevó la santa Eucaristía en nombre del celebrante— participaron de los sagrados misterios comulgando con fervor: eran las suaves alegrías de la última Cena que preludiaban las amarguras y duelo del Calvario. Pero oigamos otra vez a San Juan Crisóstomo: «Juzgando impotentes todos los medios empleados hasta entonces, el enemigo hace comparecer de nuevo a Luciano ante el tribunal del emperador. Llueven sobre él nuevos tormentos y le acosan con infinidad de preguntas, a todas las cuales contesta: «Soy cristiano». Pídele, el emperador cuál es su patria, y el mártir le contesta: «Soy cristiano»; cuál es su oficio, y él dice: «Soy cristiano»; cuál es su familia, y la invariable respuesta del esforzado confesor es: «Soy cristiano.» Con esa frase tan corta y sencilla, el valeroso mártir logra vencer la soberbia de Satanás, infligiéndole nueva herida con cada una de sus respuestas.» «Bien es verdad que de joven había Luciano . estudiado con afán las humanas letras, pero no ignoraba que en aquella clase de combates debe el cristiano fiarse en la fe, no en la elocuencia, y que un corazón lleno de amor de Dios vale más en esos trances que el ingenio y la sutileza de las palabras.» No se sabe a punto fijo cuál fue el último .suplicio del Santo, pero es lo más probable que murió degollado o con parecido tormento, pues San Juan Crisóstomo asegura que Luciano fue purificado y bautizado con su propia sangre. Sucedió su martirio a los siete días de enero del año 312. Su cuerpo, al que ataron piedras para, que se hundiese, fue arrojado al mar, pero los cristianos lo hallaron al cabo de unos días en la playa, milagrosamente devuelto por las olas. Rufino opina que fue decapitado secretamente en la prisión por orden de Maximino, quien, temeroso de un tumulto popular, no se atrevió a hacerle morir públicamente. Ribadeneira dice que fue condenado a ser dividido en cuatro partes, cada una de las cuales fue luego atada a una enorme piedra y arrojada al mar. Pero las olas devolvieron milagrosamente el cuerpo entero.

VENERACIÓN DE SUS RELIQUIAS

GRANDE consuelo fue para los cristianos el poder recoger los sagrados restos del Mártir. Faltábale al santo cuerpo la mano derecha que tanto y tan bien había escrito en defensa de la fe y que sin duda se había desgajado al enredarse en algún obstáculo dentro del mar. Pero al cabo de pocos días la vieron flotar sobre las aguas y las olas la acercaron a la orilla, de manera que pudo juntarse con las demás reliquias, las cuales fueron trasladadas con la solemnidad que permitían las circunstancias, al pueblecito llamado Drepanón de Bitinia, situado en la costa meridional del golfo de Nicomedia. Perteneció nuestro Santo a una época gloriosa para el cristianismo, en la que una como fiebre de santidad se apoderó de los hombres de valor y de prestigio de la sociedad. Viéronse milagros de Poder, pues los ídolos eran desprestigiados; milagros de Saber, pues los maestros de la doctrina cristiana eran muchos y medían talla de genio; milagros de Piedad y de Mística, pues los desiertos se poblaban de santos. Esos hombres admirables prepararon el triunfo de la Iglesia proclamado definitivamente por Constantino. En cuanto este emperador se vio dueño y señor del imperio romano, edificó un magnífico sepulcro para las reliquias de San Luciano y, además, transformó el pueblecito de Drepanón en pequeña pero hermosa ciudad, a la cual puso por nombre Helenópolis, en honor de su madre Santa Helena, y para honrar más aún al glorioso mártir eximió de pagar tributo a las tierras que rodeaban a Helenópolis, privilegio que duró varios siglos. Hoy en día, en el lugar donde estaba Helenópolis se encuentra una aldea llamada Yalova, pero, como aseguran algunos viajeros que recorrieron hacia 1900 dicha región, tanto el sepulcro de San Luciano como el recuerdo del ilustre y valeroso Mártir están allí totalmente olvidados. La Iglesia Católica celebra su fiesta el séptimo día de enero, y los Griegos, el día 15 de octubre.

EL SANTO DE CADA DÍA 

EDELWEIS

 

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