ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Trigésimo quinta entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
FENÓMENO VIII
APOCALIPSIS – CAPÍTULO XII
LA SEÑAL GRANDE, O LA MUJER VESTIDA DEL SOL (V de VIII)
Continuación…
Artículo IV
Versículo 6
Y la mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar aparejado de Dios, para que allí la alimentasen mil doscientos y sesenta días.
Habiendo la mujer dado a luz, aunque con grandes angustias y dolores, lo que encerraba dentro de sí; habiendo volado a Dios, y a su trono el fruto de su vientre, que había de regir todas las gentes con vara de hierro; mientras se obraban los misterios grandes y admirables que acabamos de observar, y otros más que observaremos luego; fuera de otros infinitos que al hombre no le es lícito hablar; dice el texto sagrado, que la mujer huyó luego inmediatamente a la soledad, donde Dios le tenía preparado un lugar cómodo y seguro para que allí viviese, y se le diese el sustento necesario y conveniente por espacio de 1260 días, que son puntualmente 42 meses, y según el calendario antiguo tres años y medio, tiempo necesario que debe durar la gran tribulación del Anticristo entre las gentes, y en que debe pervertirlas casi enteramente, como se dice en todo el capítulo siguiente y también en el evangelio.
Parece moralmente imposible comprender bien lo que aquí se nos dice, si no advertimos, o si hacemos poco caso de la alusión tan clara y tan sensible que contienen estas pocas palabras.
Si no volvemos, digo, los ojos a los tiempos pasados, trayendo a la memoria aquel célebre suceso de que se habla en el libro del Éxodo, al cual aluden también frecuentemente los Profetas, cuando anuncian la vocación futura de Israel, como hemos observado, y todavía hemos de observar.
Cuando Dios determinó dar a su pueblo aquella ley que llamamos escrita; cuando determinó entrar Él en pacto y sociedad pública con este pueblo; cuando se dignó sublimarlo a la dignidad de esposa, y celebrar solemnísimamente aquel contrato en que ambos quedaron ligados y obligados perpetuamente; fue conveniente ante todas cosas sacar de Egipto a este pueblo o a esta esposa; redimirla del cautiverio, esclavitud y miseria en que entonces se hallaba; separarla enteramente del trato y comunicación de aquella gente supersticiosa; y conducirla en primer lugar, aun a costa de prodigios inauditos, al desierto y soledad del monte Sinaí.
Fue conveniente tenerla por algún tiempo en aquella soledad, sustentándola en alma y cuerpo, con maná del cielo, para que allí, libre de toda ocupación, desembarazada de todo otro cuidado, y lejos de toda distracción, pudiese oír quietamente la voz de su Dios, y ser enseñada e instruida, así en el rito y ceremonias del nuevo culto, como en todas las otras leyes que debía observar.
Del mismo modo podemos discurrir y discurrimos confiadamente, según las Escrituras, que sucederá cuando llegue aquel tiempo feliz anunciado con tan magníficas expresiones por los Profetas de Dios; cuando llegue aquel tiempo feliz de la vocación, conversión, congregación y asunción de las reliquias preciosas de este pueblo, y de esta esposa, a quien todos miran como repudiada y abandonada; cuando esta antigua esposa de Dios, no repudiada, sino castigada, afligida y penitenciada por su enorme ingratitud, conciba en espíritu, y dé a pública luz aquel mismo hijo infinitamente amable y apreciable, que en otros tiempos había parido, según la carne, sin haber querido, hasta la presente, reconocerlo por lo que es, ni distinguirlo del resto de los hombres.
Entonces, pues, sacará Dios segunda vez de Egipto, o de todas las tierras a su antigua esposa: y será en aquel día, extenderá el Señor su mano segunda vez para poseer el resto de su pueblo, que quedará de los Asirios, y de Egipto… y de las islas del mar. Y alzará bandera a las naciones, y congregará los fugitivos de Israel, y recogerá los dispersos de Judá de las cuatro playas de la tierra… Y habrá camino para el resto de mi pueblo, que escapare de los Asirios (esto es, al residuo de las diez tribus), así como lo hubo para Israel en aquel día, que salió de tierra de Egipto. (Isaías XI, 11-16).
Entonces sacará Dios a su antigua esposa de todas las tierras y naciones donde él mismo la tiene dispersa, desterrada, cautiva y llena de todo aquel oprobrio y confusión, que ella misma se ha merecido.
Entonces la sacará con los mismos o mayores prodigios con que la sacó de Egipto; pues así le está anunciado y prometido en casi todos los Profetas: según los días de tu salida de la tierra de Egipto, le haré ver maravillas (o como leen los LXX: ved las maravillas). Lo verán las gentes (prosigue), y serán confundidas con todo su poder. (Miqueas VII, 15). Y por Jeremías se les dice a estas santas reliquias: no dirán ya más: Vive el Señor, que sacó a los hijos de Israel de la tierra de Egipto. Sino: Vive el Señor, que sacó, y trajo el linaje de la casa de Israel de tierra del Norte, y de todas las tierras, a las cuales los había yo echado allá; y habitarán en su tierra. (Jeremías XXIII, 7).
De la huida de esta mujer al desierto, y de sus ocupaciones en aquella dulce soledad, hablamos de propósito en el Capítulo VIII; y como no es preciso seguir el orden mismo de la profecía, San Juan toca aquí este misterio sólo en general, y al punto lo deja, o lo reserva para mejor lugar, substituyendo otro misterio no menos grande, que debe suceder en el mismo tiempo, sin cuya noticia no se puede entender bien el misterio de la huida de la mujer, y de su habitación en la soledad. Sigamos, pues, el orden del texto sagrado, que sin duda alguna es el más conveniente y el mejor.
Continuará…
