SAN SILVESTRE

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SAN SILVESTRE I
PAPA (270-335)

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San Silvestre, uno de los grandes pontífices que más han enaltecido la Sede Apostólica, debe su celebridad tanto a sus virtudes persona­les como a los memorables acontecimientos en los que hubo de tomar parte principalísima y por los que le cupo ser el instaurador del culto público cristiano.

Sólo conocemos la vida de este santo pontífice por las Actas de su nom­bre, reputadas como poco verídicas por la mayor parte de los críticos, pues las consideran por lo menos siglo y medio posteriores a San Silvestre. Sá­bese, además, que la Iglesia llegó a prohibir la lectura pública de dichas Actas. El criterio que guiaba a los historiadores de los viejos tiempos, y, más aún, el entusiasmo de los comentaristas, permitían la fácil interpolación
y aun la mezcla de elementos biográficos sobre el escueto armazón de los datos incuestionables, haciendo así difícil la tarea selectiva. No obstante, el Líber pontificalis acepta como buenos algunos datos referentes a San Sil­vestre. Cuando se reformó el Breviario —en tiempos de León XIII—, supri­mióse algo en las antiguas lecciones de su fiesta. Bueno es recordar esto, particularmente con relación al bautismo del emperador Constantino.

SILVESTRE Y TIMOTEO DE ANTIOQUÍA

SILVESTRE, hijo de Rufino, nació en Roma el 270 y fue su maestro un sacerdote llamado Cirino. Cuando pudo disponer de sus bienes, gustaba de ofrecer hospitalidad a los cristianos que acudían para vi­sitar el sepulcro de los Santos Apóstoles y venerar sus reliquias. Según las mencionadas Actas, en su casa se hospedó Timoteo de Antioquía, confesor de la fe, cuya existencia es un hecho histórico, el cual recorrió libremente durante un año entero la ciudad de Roma arrancando al error multitud de paganos y confirmando a los cristianos en la vía de la salvación. Al retirarse a casa de su huésped tras las largas jornadas de apostolado, pagábale el hospedaje con la ferviente exposición de los misterios de la fe; pero un día fue apresado y conducido ante el juez, y, después de crueles tormentos, ganó la palma del martirio.

No contentos los perseguidores con haber quitado la vida a su víctima, quisieron también privarle de sepultura, mas no contaban con la diligencia del huésped de Timoteo. A favor de la noche, burló Silvestre la vigilancia de los guardas y se apoderó de aquellas santas reliquias, para colocarlas en precioso monumento debido a la munificencia de una generosa donante.

ANTE EL PREFECTO DE ROMA

ERA a la sazón prefecto de Roma un hombre cruel y codicioso, llama­do Tarquino, quien, sospechando infundadamente que el santo mártir había dejado cuantiosas riquezas, resolvió apoderarse de ellas. A este fin, hizo comparecer ante su presencia a Silvestre; mas, tratando de di­simular su codicia con las apariencias de celo por el culto de los ídolos, dijo a nuestro bienaventurado:
—Adora al instante a nuestros dioses y deposita en sus altares los teso­ros de Timoteo, si es que quieres salvar tu vida.
Pero el ilustre mártir no había dejado a su huésped otra herencia que su fe y su heroísmo. Así, pues, respondió el santo joven como iluminado por inspiración sobrenatural:
—¡Insensato!, yerras gravemente si piensas ejecutar tus amenazas, por­que esta misma noche te será arrancada el alma, y muy a pesar tuyo habrás de reconocer que el único verdadero Dios es el que tú persigues; el mismo que adoramos los cristianos.

Turbóse el ánimo de Tarquino al oír tales palabras, pero sobrepúsose al terror que le habían causado y mandó encerrar a Silvestre en hediondo ca­labozo. Para ahogar aquellas preocupaciones, dispuso un espléndido ban­quete; pero allí le aguardaba la justicia de Dios, porque se le atravesó una espina de pescado en la garganta y murió a causa de ello.

Temiendo que también a ellos les alcanzara algún castigo del Dios de los cristianos, los oficiales del prefecto, que habían oído la predicción tan fatal­mente cumplida, acudieron solícitos a libertar a San Silvestre de sus prisiones.

SILVESTRE, SUMO PONTIFICE

TREINTA años tenía Silvestre cuando fue ordenado sacerdote por el papa San Marcelino. Desde aquel punto habíase distinguido tanto por su celo y caridad, que se atrajo la enemiga de los donatistas. A la muerte del papa San Melquíades, el clero y el pueblo le designaron para sucederle el 31 de enero del 314.

Afirman las Actas, con visos de verosimilitud, que aun después de la milagrosa victoria obtenida por Constantino contra Majencio en el puente Milvio, siguió la persecución contra los cristianos, o porque el emperador pasase una crisis espiritual, o, lo que es más probable, porque mientras él guerreaba contra sus colegas Maximino y Licinio, los magistrados paganos aprovecharan de su ausencia para atormentar a los enemigos de los falsos dioses. El caso es que Silvestre, para bien de su Iglesia, tuvo que salir de Roma y retirarse con sus sacerdotes al monte Soracte o Syraptim —llamado después de San Silvestre—, distante unas siete leguas de la Ciudad Eterna.

SOBRE EL BAUTISMO DE CONSTANTINO

EN lo que atañe al bautismo de Constantino, las Actas de San Silvestre traen un relato que los críticos consideran como piadosa leyenda, com­puesta para servir de edificación, porque no ofrece base histórica nin­guna. Con ese carácter la expondremos, antes de referir lo que la Historia señala como cierto en este asunto.

Así, pues, Constantino, que aun no había abrazado íntegramente la ver­dad católica, vióse herido de una dolencia que debía contribuir a salvar su alma. De pies a cabeza cubrióse su cuerpo de horribles úlceras. En alivio de tan grave mal, acudieron solícitos los más reputados médicos de todas las provincias del Imperio; pero ni la ciencia de los hombres ni el supuesto poder de los dioses lograban dar con remedio alguno que pudiera valerle en aquel estado; no le quedaba sino resignarse a morir.

Al fin, los sacerdotes de Júpiter, inspirados por el demonio, aconsejaron al emperador una solución tan atroz como apropiada a sus doctrinas.

—Ilustre príncipe —le dijeron—, mandad reunir una multitud de niños pequeños de vuestro imperio, los degollaremos y os bañaréis en la sangre aun caliente de los mismos; tal vez con ello lograréis recuperar la salud que no podéis alcanzar por ningún otro medio humano.

Tan bárbara proposición no conmovió ni estremeció a aquellas almas pa­ganas y el mismo emperador debió dar su consentimiento, puesto que inme­diatamente recorrieron los verdugos las provincias del imperio y, arrancán­dolos del seno materno, llevaron a Roma tres mil niños recién nacidos para que sirviesen a tan horrible cuanto problemático remedio.

El día señalado para el baño sangriento, abandonó el emperador su palacio y se encaminó al Capitolio. Salióle al paso una multitud de mujeres, las cuales se echaron a sus pies, locas de dolor y de desesperación, mesándose los cabellos y levantando sus manos suplicantes en demanda de piedad para ellas y para sus pequeñuelos.
—¿Quiénes son esas mujeres? —preguntó el emperador.
—Son las madres de los niños que deben ser degollados para daros la salud —respondieron los soldados de su escolta.

Constantino, como si despertara de una pesadilla, exclamó:
—Degollar a esos inocentes sería un crimen atroz, y ¡quién sabe si con remedio tan horrible recobraría yo la salud!No me parece justo adoptar medidas tales para un resultado simplemente dudoso.

Dió al instante contraorden, volvió a su palacio, ordenó que se entrega­se cierta suma de dinero a cada uno de los niños destinados al sacrificio y que se los devolviesen a sus madres. En la noche de aquel mismo día vio Constantino ante sí, en sueños, dos ancianos majestuosos y radiantes de luz, que le miraban sonrientes.
—¿Quiénes sois, augustos mensajeros del cielo? —les preguntó con asom­bro el emperador.
—Somos Pedro y Pablo, Apóstoles de Cristo. Él nos envía para decirte:
«Porque has tenido compasión de los pobres niños, yo quiero curar tu cuerpo y dar a tu alma una vida que no tendrá fin. Llama a tu lado al obispo Sil­vestre, a quien la persecución mantiene oculto en el monte Soracte, y él te dirá cuál es el baño saludable que curará las úlceras que cubren tu cuerpo y los pecados que mancillan tu alma».

Dichas estas palabras, desaparecieron los dos Apóstoles y Constantino pasó el resto de la noche agradeciendo en lo íntimo de su alma tan señalada pro­mesa. Cuando a la mañana siguiente se le acercó el médico, no quiso aceptar sus cuidados; le dijo que se retirara y mandó que llevasen cuanto antes a su presencia al obispo Silvestre.

Al ver a los soldados romanos que se acercaban a su retiro, creyó el Pon­tífice que había llegado la hora de su martirio y se puso gozoso en sus manos considerando tan cerca la inmarcesible y anhelada corona. Mas fue grande su sorpresa al hallarse en presencia del emperador y ver en él, no al perse­guidor que esperaba, sino a un hijo sumiso y cariñoso.
—En nombre de Cristo —dijo Constantino—, decidme si entre los dioses que adoráis los cristianos hay dos que se llaman Pedro y Pablo.
—Nosotros —respondió el Pontífice— no adoramos más que a un solo Dios, creador del cielo y de la tierra; esos cuyos nombres acabáis de pro­nunciar son dos gloriosos siervos suyos.
—Mostradme sus imágenes —replicó Constantino— para que vea si son las de los dos venerables varones que se me han aparecido en sueños.
Al serle presentadas reconoció en ellas a sus dos visitantes y exclamó lleno de júbilo.
—Sí, ellos son verdaderamente los que he visto esta noche: llevadme a la piscina en la que según su promesa ha de hallar la salud mi cuerpo y ha de purificarse mi alma.
—Nadie puede entrar en ella si antes no cree que el Dios predicado por
Pedro y Pablo es el único verdadero.
—Si adorase aún a otros dioses distintos de Cristo, no os hubiese llama­do ante mí; apresuraos, pues, a conducirme al baño saludable que se me ha anunciado.
—Si así es, oh príncipe, humillaos en la ceniza y en las lágrimas, y du­rante ocho días deponed la pompa imperial, y en el retiro de vuestro pa­lacio confesad vuestros pecados, mandad que cesen los sacrificios a los ídolos, devolved la libertad a los cristianos que gimen en los calabozos y en las minas, repartid abundantes limosnas y veréis cumplidos vuestros deseos.

Todo lo prometió el emperador. Por su parte el Papa reunió al clero y fieles de Roma y les ordenó ayunos y oraciones para el triunfo de la Iglesia.

Ocho días se pasaron en incesantes plegarias y penitencias.

En el día fijado para el bautismo, fue Silvestre al encuentro de Constan­tino, acabó de iniciarle en las verdades de la fe cristiana y le dijo:
—Ya es tiempo, ilustre emperador, de entrar en el agua santificada por la invocación de la Trinidad Santísima; venid, pues, al baño saludable en el que, conforme a la palabra de los santos Apóstoles, vuestra alma y vuestro cuerpo quedarán purificados.

Despojóse entonces Constantino de sus vestiduras, entró en la piscina y el Pontífice le confirió el bautismo. En el mismo instante una brillantísima luz iluminó aquel lugar; Jesucristo se manifestó a los ojos del emperador, posó su mano divina sobre la cabeza del nuevo cristiano, y desapareció en seguida. Cuando Constantino salió de la piscina santa, su carne estaba pura y sana como la de un niño; pero el agua en que había estado sumergido quedó cubierta de costras asquerosas, recuerdo de la horrible lepra que
antes cubría su alma y su cuerpo.

El nuevo cristiano dejó de lado durante los ocho días que siguieron a su bautismo la púrpura imperial, y tuvo especial complacencia en adornarse con la vestidura blanca de los recién bautizados, símbolo de su inocencia.

Mandó derribar los templos de los falsos dioses, hizo levantar iglesias que enriqueció con sus dones, y prohibió se blasfemase del nombre de Cristo.

CRÍTICA DE ESTA TRADICIÓN

TAL es la piadosa leyenda que nos traen las Actas El Líber pontificalis había dado por buenas la huida de Silvestre al monte Syraptim, la curación de la lepra del emperador, y su bautismo en Roma en el baptisterio de Letrán. Pero está demostrado que la tradición del bautismo de Constantino en Roma, no remonta sino hasta el siglo VIII, y el baptisterio de Letrán, aunque debido al parecer a la munificencia de Constantino, no conserva recuerdo alguno de su bautismo.

Mas lo que destruye toda verosimilitud en la leyenda referida, es el ser históricamente cierto que Constantino recibió el bautismo al fin de su vida.

Ese aplazamiento en la recepción del bautismo era frecuente en los prime­ros siglos: basta recordar que San Agustín fue catecúmeno durante muchos años y que recibió el bautismo al convertirse definitivamente en Milán. Pero no cabe dudar de los sentimientos cristianos ni de las convicciones del emperador. Hallándose en Helenópolis de Bitinia en abril del año 337, cayó enfermo; algunas semanas después —el día de Pentecostés, 22 de mayo— entregaba su alma a Dios en Ancira, luego de haber recibido el bautismo de manos del obispo de Nicomedia.

No es menos cierto que, desde el año 312, los cristianos, la Iglesia y los dos papas San Melquíades y San Silvestre, en especial este último, gozaron primero de la tolerancia, y después de una protección cada vez mayor que favoreció magnífica y definitivamente el desarrollo del cristianismo.

DONES CONCEDIDOS A LAS IGLESIAS

TERMINADAS las persecuciones, era de toda justicia devolver a los cristianos los bienes que injustamente les habían sido arrebatados. Pero aun hicieron más los poderes administrativos, pues les conce­dieron algunos inmuebles que hasta entonces habían servido para el culto de los ídolos. Tan importante obra, comenzada en tiempos del papa San Melquíades, continúose felizmente durante el pontificado de San Silvestre.

He aquí la lista de las iglesias que el emperador Constantino mandó cons­truir o mejorar y a las que dotó con regia munificencia: la basílica Constantiniana o de Letrán, el baptisterio Constantiniano, San Pedro del Vati­cano, San Pablo extramuros, San Lorenzo extramuros, Santa Inés extra­muros, Santos Pedro y Marcelino, la iglesia del título Equicio, denominada actualmente de los santos Silvestre y Martín, y, fuera de Roma, las iglesias de Ostia Tiberina, Albano, Capua y Nápoles.

PRESCRIPCIONES CANÓNICAS Y LITÚRGICAS

AL glorioso papa San Silvestre se debe la floración esplendorosa y pú­blica de la liturgia cristiana, lozana ya, es verdad, pero oculta en la oscuridad de las catacumbas. Por ello llegaron algunos autores a atribuirle muchos decretos que no son más que repetición o codificación de lo que ya se usaba en la Iglesia. Citaremos algunos: Solamente el obispo podrá preparar el santo Crisma y servirse de él para confirmar a los bauti­zados.

Los diáconos usarán dalmática y manípulo en el servicio del altar.

Queda prohibido el uso de la seda o de paño de color para el santo Sacrifi­cio de la Misa; deben emplearse telas de lino, porque Nuestro Señor fue amortajado y sepultado en esa clase de tela. Que ningún laico tenga la osa­día de presentarse como acusador contra un clérigo; y que ningún clérigo sea citado ante un tribunal laico para ser juzgado. Los días de la semana, excepto el domingo y el sábado, se llamarán «ferias».

San Silvestre determinó el tiempo que debía transcurrir entre la recep­ción de un Orden y la de otro Orden superior. Veinte años para el de lector, treinta días para el de exorcista, cinco años para el de acólito, cinco años para el de subdiácono, diez años para el de custodio de los mártires, siete años para el de diácono y tres para el sacerdocio.

EL CONCILIO DE NICEA

FUE el primer Concilio general que se celebró en la Iglesia. Lo convocó el papa San Silvestre en el año 325 y asistió a él el emperador Cons­tantino. Por su avanzada edad no lo pudo presidir el Papa, y delegó al gran Osio, obispo de Córdoba, y a los sacerdotes romanos Vito y Vicencio.

Ventiláronse en las discusiones conciliares tres cuestiones principales aun­que de desigual importancia. En primer lugar la herejía arriana. Un joven diácono, San Atanasio, confundió victoriosamente al impío Arrio que negaba la divinidad de Jesucristo.

El Concilio de Nicea formuló contra esa herejía el Símbolo o Credo que, salvo una ligera adición posterior (381) concerniente al Espíritu Santo, es el que canta hoy la Iglesia en las misas de domingos y fiestas. La segunda cuestión tratada en el Concilio, fue el cisma provocado en Egipto por Melecio de Nicópolis, y la tercera, la unificación de la fecha para celebrar la Pascua.

La reunión de ese primer Concilio ecuménico, en el que participaron 318 Padres, fue tal vez el acontecimiento más glorioso del pontificado de San Silvestre I, y su fecha una de las más dignas de conmemorarse en la Iglesia católica. Por eso se celebró en Roma con gran solemnidad el décimo sexto centenario de la misma en 1925, bajo el pontificado de Pío XI.

MUERTE Y VENERACIÓN

SAN Silvestre murió el 31 de diciembre de 335, tras un pontificado de veintiún años y once meses. Fue sepultado en el cementerio de Priscila en la vía Salaria, en una basílica formada por la reunión de otras dos menores y en la que estaba enterrado el papa San Marcelo. Dicho tem­plo, anterior a San Silvestre, tomó luego su denominación.

En unas excavaciones realizadas en 1890, creyóse haber encontrado sus ruinas. En 1907, el arqueólogo Marucchi demostró que, en efecto, se trata­ba de la misma basílica.

Reconstruida sobre sus primitivos cimientos, fue inaugurada el 31 de diciembre del mismo año, en el pontificado de Pío X.

La veneración de la Iglesia a San Silvestre, queda bien demostrada por el hecho de haberlo incluido, juntamente con San Gregorio Magno, en las Letanías de los Santos, y porque, además, aunque su fiesta cae dentro de la octava de Navidad, se celebra con rito doble desde San Pío V.

San Paulo I trasladó los restos de este santo Pontífice a la iglesia de San Silvestre in cápite, y la gloria de esa tumba eclipsó pronto el recuerdo de San Dionisio en cuyo honor había sido edificada. Dícese que en 753 Este­ban II concedió el cuerpo de San Silvestre al abad de Nonantulo, pero lo más probable es que sólo le cediera algunas reliquias. Los griegos celebran esta fiesta inmediatamente después de la Circuncisión, el 2 de enero.

 

 

EL SANTO DE CADA DÍA 

EDELWEIS

 

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