ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Trigésimo cuarta entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
FENÓMENO VIII
APOCALIPSIS – CAPÍTULO XII
LA SEÑAL GRANDE, O LA MUJER VESTIDA DEL SOL (IV de VIII)
Continuación…
Artículo III
Versículo 5
Y parió un hijo varón, que había de regir todas las gentes con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado para Dios, y para su trono.
No obstante la vista del dragón, no obstante las legiones que tiene a su disposición, y que aparecen junto con él, no obstante los dolores y angustias, así externas como internas que por todas partes le cercan y la afligen de todos modos, la mujer da, en fin, a luz lo que encerraba dentro de sí; pare felizmente un hijo másculo, destinado a regir todas las gentes con vara de hierro, el cual luego que nace, es arrebatado a Dios, y presentado delante de su trono.
Dos puntos principales tenemos aquí que considerar.
Primero: quién es este hijo másculo, que da a luz esta mujer entre tantas angustias y dolores.
Segundo: qué misterio es éste de presentarse este hijo, luego que nace, al trono de Dios.
Estos dos puntos, mucho más que todos los otros, han sido como dos murallas altísimas e inaccesibles, que han cerrado el paso a todos los intérpretes del Apocalipsis. Digo a todos, no solamente porque no tengo noticia de alguno, sino porque en el sistema ordinario me parece imposible que haya alguno que reconozca en este hijo másculo al mismo Jesucristo; no obstante de no haber otra persona ni en el cielo ni en la tierra a quien pueda competer el distintivo de regir todas las gentes con vara de hierro.
Estas palabras son tomadas del salmo II, y se repiten otras veces en el mismo Apocalipsis, y ciertamente son inacomodables a otra persona.
Del mismo modo parece imposible explicar con alguna propiedad lo que significa en el texto ser arrebatado este hijo, luego que nace, al trono de Dios.
Mas en el sistema que seguimos, ambas cosas parecen tan claras, que basta sólo proponerlas, para comprender al punto que todo debe suceder así, según las Escrituras, y esto sin usar de violencia, ni de discurso artificial.
No olvidéis, señor, aquella verdad indubitable que dejamos propuesta en el párrafo IV, que aquí no se habla ni puede hablarse de madre natural ni de parto material. La mujer que pare con tantos dolores, y el parto mismo, son conocidamente una metáfora o una semejanza; mas esta semejanza no impide, antes supone, que así la madre como el hijo deben ser alguna cosa física y real, a quienes competen propísimamente estas semejanzas.
Esto supuesto, decimos, lo primero, que aunque el parto de esta mujer es tan metafórico como ella misma, mas el hijo que nace, por semejanza, que había de regir todas las gentes con vara de hierro, no puede ser otro que el mismo Mesías Jesucristo, Hijo de Dios, e Hijo de la Virgen; no cierto concebido, y nacido, entonces material y físicamente; sino concebido y nacido espiritualmente por la fe, y nacido del mismo modo, por una pública confesión de la misma fe; concebido, digo, y nacido espiritualmente de aquella misma madre, que muchos siglos antes lo había concebido y parido sólo materialmente, y que por una suma ceguedad, efecto propio de su actual iniquidad, no había hecho la debida distinción entre este hijo de la promisión y los otros hijos, según la carne; no había conocido su valor y precio infinito; antes lo había confundido con la ínfima plebe, y reputado como uno de los más inicuos de su familia, según estaba anunciado en Isaías: y con los malvados fue contado.
En suma, lo había concebido y parido; lo había visto y oído; lo había visto crecer dentro de su casa, en sabiduría, y en gracia delante de Dios y de los hombres; lo había contemplado y admirado sus obras prodigiosas; mas sin aquella fe que justifica al impío, y que es el principio de todos los bienes; sin aquella fe de que aquel hijo suyo que tenía delante, y que en todas sus obras y palabras manifestaba evidentemente lo que era, según las Escrituras, era realmente el Mesías mismo, tan deseado y suspirado por todo el cuerpo de la nación.
La misma iniquidad, que tanto abundaba en aquellos tiempos en la misma nación, máximamente en el sacerdocio, fue la que cerró los ojos y los oídos, para que no viesen ni oyesen, lo mismo que veían y oían, según estaba anunciado en sus mismas Escrituras; lo cual les acordó el Mesías mismo cuando dijo, citando este lugar de Isaías: se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: De oído oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no veréis.
Éste parece que es, según todas las contraseñas, aquel prodigio grande e inaudito, de que habla el mismo Isaías: Antes que estuviese de parto, parió; antes que llegase su parto, parió un hijo varón. ¿Quién jamás oyó cosa tal? ¿Y quién la vio semejante a ésta? (LXVI, 7-8).
De modo que la mujer de que hablamos, parió ciertamente a su Mesías muchos siglos ha; mas, ¿cómo? Antes que estuviese de parto, parió… varón; lo pare antes de concebirlo o conocerlo; lo parió sin dolor, antes de parirlo con dolor; es decir, lo parió sin sentimiento, sin conocimiento, sin espíritu, sin fe, etc. Por eso aquel parto no le pudo ser de utilidad alguna; antes fue por eso mismo piedra de tropiezo, y piedra de escándalo… ¿Por qué causa? Porque no por fe, sino como por obras; pues tropezaron en la piedra del escándalo, así como está escrito.
Mas cuando Dios use con esta misma mujer de aquellas grandes misericordias que le tiene prometidas; cuando la llame, como a mujer desamparada… y como a mujer que es repudiada desde la juventud…; cuando la recoja con grandes piedades; cuando la ilumine, y le abra los ojos y los oídos; cuando le envíe lengua erudita o maestros ministros de la palabra, especialmente a Elías, quien en verdad ha de venir, y restablecerá todas las cosas; entonces, entrándole por los ojos la luz, y por los oídos la fe de su Mesías, lo concebirá al punto en espíritu, es a saber, con conocimiento, con fe, con estimación, con un entrañable y ardientísimo amor, y también con aquellas angustias y dolores dentro y fuera, de una verdadera y amarga penitencia, que en aquel tiempo y circunstancias serán inevitables.
Este parto espiritual de Sión, esta fe y confesión de fe, este reconocer y publicar públicamente y a todo riesgo, que aquel mismo Jesús a quien reprobó en otro tiempo, a quien pidió para la cruz, a quien siempre había detestado y aborrecido, etc., es su verdadero Mesías, hermosura de justicia, y… esperanza de sus padres; esto parece que es lo que únicamente espera Dios para juntar aquel gran Consejo, y formar aquel majestuoso tribunal, de que tanto se habla en los dos capítulos IV y V del mismo Apocalipsis, que son una manifiesta y vivísima alusión al capítulo VII de Daniel, como luego veremos. Y éste es el segundo punto que vamos a considerar.
Y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono.
Habiendo parido la mujer un hijo varón, que había de regir todas las gentes con vara de hierro, dice el texto sagrado que este hijo fue luego como arrebatado a Dios, y presentado delante de su trono.
¿Qué quiere decir esto? Sigamos en espíritu a este hijo, que acaba de nacer; sigámosle con humildad, mas sin miedo, hasta el mismo trono de Dios, y seamos testigos oculares, en cuanto pueda permitir nuestro estado presente, de lo que allí se hace, y de los misterios nuevos y admirables, que ya van a empezar. La entrada en este supremo Consejo no es tan imposible ni tan difícil, si queremos aprovecharnos de las llaves que se nos dan.
Estaba mirando hasta tanto, que fueron puestas sillas, y se sentó el Anciano de Días… Miraba yo, pues, en la visión de la noche, y he aquí venía como Hijo de Hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano de Días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino; y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él; su potestad es potestad eterna, que no será quitada; y su reino, que no será destruido. (Daniel VII, 9 y 13-14)
Después de haber concluido este Profeta el gran misterio de las cuatro bestias, y llevado todo desde su principio hasta su fin, como observamos en el fenómeno segundo, vuelve cuatro pasos atrás, para referir de propósito otro misterio principalísimo, el cual, aunque tiene no poca relación con el primero, y con su fin, no había podido tener lugar, por no interrumpir los sucesos de las bestias.
Este método practicado hasta ahora entre los buenos historiadores, es comunísimo entre los profetas (y se hace mucho más notable, y casi palpable en todo el libro del Apocalipsis, como quizá demostraremos alguna vez).
El misterio principalísimo de que hablo, es éste. Que junto el gran Consejo sentado en su trono el Anciano de Días, o el mismo Dios vivo y verdadero, y con él los otros conjueces en sus respectivos tronos (expresiones todas metafóricas, acomodadas a nuestra inteligencia), se vio luego venir como en las nubes del cielo, una persona admirable como Hijo de Hombre, el cual se encaminó directamente a dicho Consejo; y entrando en él, se avanzó inmediatamente hasta el trono de Dios, ante cuya presencia fue presentado por otros (no se dice por quiénes) y llegó hasta el Anciano de Días, y presentáronle delante de él. La resulta de esta presentación al trono de Dios, fue que luego inmediatamente le dio Dios a esta persona admirable, o a este, por antonomasia, Hijo del Hombre (que así se llama Él mismo frecuentemente en todos los cuatro evangelios) le dio luego inmediatamente la potestad, el honor y el reino; en cuya consecuencia natural y legítima, le servirán en adelante como súbditos suyos todos los pueblos, tribus y lenguas.
Sobre este lugar de Daniel puede cualquiera hacer una breve y facilísima reflexión, haciéndose a sí mismo estas dos preguntas.
Primera: estas cosas que aquí se dicen, ¿se han verificado ya, o no?
Si ya se han verificado, deberá mostrarse cuándo y cómo se han verificado; sin perder de vista el texto de la profecía con todo su contexto, lo cual parece tan imposible como la misma imposibilidad. Si no se han verificado hasta el día de hoy, luego debe llegar tiempo en que todas se verifiquen.
Segunda pregunta: si todas estas cosas se han de verificar alguna vez, ¿cuándo podrá ser esto, sino después del parto de esta mujer? Después que dé a luz un fruto tan anunciado, tan esperado, y tan deseado, para cuyo tiempo están ya preparadas tantas riquezas en los tesoros de Dios.
Comparad ahora un texto con otro, el texto de Daniel con el del Apocalipsis, y hallaréis entre ellos una tan gran analogía, que el primero os parecerá una explicación del segundo, y el segundo la inteligencia del primero.
Miraba yo, pues, en la visión de la noche, y he aquí venía como Hijo de Hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano de Días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino; y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él.
Y parió un hijo varón, que había de regir todas las gentes con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado para Dios, y para su trono.
De manera que verificado el parto de la mujer, y nacido el hijo másculo del modo que hemos dicho, luego al punto vuela a Dios, y se presenta o es presentado delante de su trono. Si preguntamos ahora para qué fin, nos responde Daniel que es para recibir del mismo Dios públicamente en su gran Consejo la potestad, el honor y el reino; pues ésta es la resulta inmediata y única de su presentación al trono de Dios: y llegó hasta el Anciano de Días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino; no cierto en acto primero, como se explican los escolásticos, o en potencia, o en derecho (que de este modo lo tiene ahora, y lo ha tenido siempre), sino en acto segundo, o en ejercicio, que por eso se añade inmediatamente: y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él; con lo cual concuerda perfectamente la expresión del texto de San Juan: que había de regir todas las gentes con vara de hierro.
De aquí se sigue naturalmente, que esta potestad, este honor, este reino que en aquel tiempo se le ha de dar, al Hijo del Hombre, no lo ha recibido hasta la presente (por más que lo repugnen las ideas ordinarias que en este punto son oscurísimas).
Es verdad que después de su resurrección les dijo el Señor a sus apóstoles: Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra; mas por el contexto mismo se conoce al punto, aunque no hubiera otros fundamentos, que el Señor sólo habló de la potestad espiritual de sumo sacerdote; pues esta misma potestad es la que les comunica allí mismo a los apóstoles, en consecuencia de haberla recibido de su Padre; y prosigue inmediatamente diciéndoles: Id, pues, y enseñad a todas las gentes, etc. Como si dijera: se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, y por esta potestad que tengo, yo os envío a todo el mundo, no a dominarlo como señores, sino a enseñarlo como maestros. Andad, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizando a los que creyeren en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y persuadiéndoles que observen todas las cosas particulares que os he mandado.
¿Quién no ve que estas palabras son propias no de un rey, sino de un sumo sacerdote, y quién no ve que estas cosas son las que únicamente pertenecen al sumo sacerdote? No por esto decimos que Jesucristo no tenga ahora plena potestad, para hacer y deshacer, según su voluntad; mas como esta voluntad es santa y bien ordenada, no se mete por ahora en otras cosas, sino en las que son propias de un sumo sacerdote.
Esta plena potestad de hacer y deshacer, la tuvo aun cuando vivía en carne mortal, y, no obstante, en toda su vida santísima no hizo otra cosa que enseñar con obras y palabras. Tan lejos estuvo de usar de la potestad de rey, que a uno que le dijo: di a mi hermano, que parta conmigo la herencia; le respondió con extrañeza: Hombre, ¿quién me ha puesto por juez, o repartidor entre vosotros?
Es verdad, vuelvo a decir, que después de su resurrección se fue este Hijo del Hombre al cielo, o a una tierra distante para recibir allí un reino, y después volverse.
Es verdad que entonces se sentó con suma gloria y honor a la diestra del Padre (no cierto en trono aparte, sino en el mismo trono del Padre, como él mismo lo dice en el capítulo III, versículo 21, del Apocalipsis: y me he sentado con mi Padre en su trono.
Es verdad que en el cielo, a la diestra del Padre, está honrado y glorificado de Dios, y de todos los ángeles y santos. Está ciertamente constituido rey, y heredero universal de todas las cosas criadas; pues por Él y para Él se hicieron todas: al cual (el mismo Padre) constituyó heredero de todo, por quien hizo también los siglos… por quien son todas las cosas, y para quien son todas las cosas.
Mas también es igualmente verdad, que esta herencia, esta potestad actual, este reino, este honor tan propio y tan debido al Hombre Dios, hasta ahora no lo ha recibido; porque hasta ahora no se le ha dado: Mas ahora (decía San Pablo, y nosotros lo decimos ahora con la misma verdad) Mas ahora aún no vemos todas las cosas sometidas a él.
Si todavía no se ven sujetas a él todas las cosas; luego todavía no ha recibido en acto segundo la potestad, el honor y el reino, pues la sujeción y obediencia de todas las cosas a Él, debe ser una consecuencia necesaria e inmediata de su potestad, honor y reino: En esto mismo de haber sometido a él todas las cosas, ninguna dejó que no fuese sometida a él.
Y si no, ¿qué potestad, honor y reino, se le podrá dar en aquel tiempo de que habla Daniel?
Así, aunque actualmente se halla ya el Hijo del Hombre, Cristo Jesús, en estado de gloria y de impasibilidad, no por eso deja de estar al mismo tiempo en una real y verdadera expectación, hasta que llegue el tiempo en que se le dé efectivamente toda la potestad, honor y reino, de que ya está constituido heredero irrevocablemente; poniendo sobre sus hombros todo el principado, y todas las cosas bajo sus pies: está sentado… a la diestra de Dios, dice el Apóstol mismo, esperando lo que resta, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.
Para acabar de comprender con mayor claridad lo que acabamos de decir sobre este Hijo del Hombre, presentado delante del trono de Dios, abramos otra ventana, y miremos este mismo misterio con otra nueva luz. Leamos, digo, con alguna mayor atención el capítulo IV y V del Apocalipsis, en los cuales se repite manifiestamente, se explica, y se aclara todo el texto de Daniel.
Combinadas estas dos Escrituras, no parece sino que ambos Profetas se hallaron presentes en espíritu a este mismo Consejo (el uno 500 años antes que el otro), y fueron testigos oculares de lo que allí se hacía, o se había de hacer a su tiempo; aunque a este último, como a discípulo tan amado, se le manifestaron en la misma visión algunas cosas más particulares.
Después de esto miré, y vi una puerta abierta en el cielo, y la primera voz que oí era como de trompeta, que hablaba conmigo, diciendo: Sube acá, y te mostraré las cosas que es necesario sean hechas después de éstas. Y luego fui en espíritu; y he aquí un trono, que estaba puesto en el cielo, y sobre el trono estaba uno sentado… Y al rededor del trono veinte y cuatro sillas, y sobre las sillas veinte y cuatro ancianos sentados, vestidos de ropas blancas, y en sus cabezas coronas de oro, etc.
Lo que resta de esta profecía, que son cuando menos dos capítulos enteros, se puede ver y considerar en su misma fuente, pues yo no puedo detenerme tanto en un solo punto, cuando me llaman al mismo tiempo otros muchos de igual o mayor importancia. Para mi intento particular me basta hacer aquí una breve reflexión, comparando una profecía con otra, para que se vea, que el misterio de que hablan, es el mismo en sustancia, explicado solamente con diversas palabras, y añadidas en la segunda profecía algunas circunstancias más, que no se hallan en la primera, como es frecuentísimo en todas las alusiones del Apocalipsis.
Primeramente, el tiempo de que hablan, parece evidentemente el mismo.
Daniel vio formarse este gran Consejo en los tiempos de su cuarta bestia, que como dijimos en su lugar, y ninguno duda ni es posible dudar, son ya tiempos muy inmediatos a la venida del Señor (y esto, sea esta bestia lo que quisieren que sea), pues los doctores mismos confiesan que éste será algún Consejo o juicio oculto, que hará Dios con sus ángeles y santos, para condenar al Anticristo, y mirar por el honor de Cristo y bien de su Iglesia; la cual explicación, aunque, respecto del misterio, es oscurísima, mas respecto del tiempo es bastante clara. Esto nos hasta por ahora.
San Juan nos representa este mismo Consejo y juicio conocidamente en los mismos tiempos.
Lo primero, por las razones generales que quedan apuntadas en otras partes, principalmente en el Fenómeno III, párrafo V, donde se dijo, y también se probó, que el Apocalipsis, especialmente desde el capítulo IV, es una profecía seguida, cuyo asunto principal es la segunda venida del Mesías; comprendidas todas las cosas más notables que la han de preceder, acompañar y seguir; lo cual no dejan de confesar, o expresa o tácitamente, en todo o en parte, casi todos los expositores.
Lo segundo, porque a lo menos parece cierto que este Consejo y juicio tan solemne de que aquí se habla, no se ha formado hasta el día de hoy, pues hasta ahora no se ha visto resulta alguna de tantas y tan grandes cosas que anuncia la misma profecía, como consecuencias inmediatas de aquel mismo Consejo.
Lo tercero, porque el contexto mismo nos da a conocer los tiempos, como luego veremos.
Daniel dice, que en los tiempos de sus cuatro bestias vio que se ponían muchos tronos, y se sentaba en ellos el juicio; primeramente Dios mismo, a quien llama el Anciano de Días, y después en otros tronos inferiores otros conjueces: Estaba mirando hasta tanto que fueron puestas sillas, y se sentó el Anciano de Días.
San Juan dice lo mismo con diversas palabras. En lugar de el Anciano de Días, dice: sobre el trono estaba uno sentado; y por lo que mira a los otros conjueces, señala su número preciso: y sobre las sillas veinte y cuatro ancianos sentados.
Daniel vio millares de millares de ángeles alrededor del trono de Dios: millares de millares le servían, y diez mil veces cien mil estaban delante de él.
San Juan no sólo vio todos estos millares de millares de ángeles al rededor del trono, sino también oyó sus voces: Y vi, y oí voz de muchos ángeles… y era el número de ellos millares de millares.
Por abreviar, Daniel nos representa una persona singular y admirable, como Hijo de Hombre, la cual, entrando en aquel grande y supremo Consejo, se presenta delante del trono de Dios mismo, que allí preside, y recibe de él inmediatamente la potestad, el honor y el reino: Y llegó hasta el Anciano de Días, y presentáronle delante de él, y diole la potestad, y la honra, y el reino; y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él.
San Juan nos representa esta misma persona singular y admirable, bajo otra semejanza, y con otras circunstancias más particulares, y todavía más admirables; esto es, bajo la semejanza de un inocentísimo Cordero que se presenta, y está en pie delante del trono de Dios: así como muerto; como alegando el mérito infinito de su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual recibe de mano del mismo Dios cierto libro cerrado y sellado con siete sellos que ninguno es digno de abrir ni puede abrir sino él solo. Lo abre allí mismo a vista de aquella numerosa y respetable asamblea, que espera con vivas ansias aquel momento feliz, el cual llegado, se sigue luego inmediatamente en todo el universo una tan gran admiración, una alegría, un júbilo, una exultación tan sagrada y tan universal, que no sólo los ángeles, y los conjueces y testigos, sino junto con ellos todas las criaturas del universo, aun las irracionales e insensibles, todas claman a una voz, todas dan gloria a Dios, y se regocijan de ver abierto el libro en manos del Cordero.
El mismo discípulo amado, que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas, y sabemos que su testimonio es verdadero, nos asegura que oyó en todo el universo todas estas voces de júbilo sagrado, luego al punto que el Cordero recibió el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono, y lo abrió públicamente en aquel Consejo extraordinario. Los consejeros mismos y conjueces se postraron delante del Cordero… Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres, Señor, de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque fuiste muerto, y nos has redimido para Dios con tu sangre, de toda tribu, y lengua, y pueblo, y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reino y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra. Los millares y millares de ángeles dijeron: Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir virtud, y divinidad, y sabiduría, y fortaleza, y honra, y gloria, y bendición. Las demás criaturas del universo clamaron a una voz: Al que está sentado en el trono, y al Cordero: bendición, y honra, y gloria, y poder en los siglos de los siglos. Todo lo cual concuerda admirablemente con infinitas cosas semejantes, que ya están anunciadas y preparadas para aquellos tiempos en los Profetas y en los Salmos.
Leed entre otros muchísimos lugares, que no podemos por ahora citar, todo el salmo LXXI, y reparad especialmente sus últimas palabras: bendito el nombre de la majestad de él para siempre; y será muy llena de su majestad toda la tierra, así sea, así sea. Y el salmo XCV: Alégrense los cielos, y regocíjese la tierra, conmuévase el mar, y su plenitud; se gozarán los campos, y todas las cosas que en ellos hay. Entonces se regocijarán todos los árboles de las selvas a la vista del Señor, porque vino, porque vino a juzgar la tierra. Juzgará la redondez de la tierra con equidad, y los pueblos con su verdad… Cantad alegres en la presencia del Rey, que es el Señor; muévase el mar, y su plenitud; la redondez de la tierra, y los que moran en ella. Los ríos aplaudirán con palmadas, juntamente los montes se alegrarán a la vista del Señor, porque vino a juzgar la tierra.
Observación de este libro que abre el Cordero.
Llegando aquí, parece naturalísimo el deseo de saber (con aquella ciencia, a lo menos, que nos es posible en el estado presente) ¿qué libro es este que en aquel Consejo extraordinario se pone en manos del Cordero, tan cerrado y tan sellado, que ninguna pura criatura es digna ni capaz de abrirlo, sino él solo? ¿Qué libro es este que el Cordero recibe inmediatamente de la mano derecha del que estaba sentado en el trono; que abre allí mismo en medio de toda aquella numerosa y venerable asamblea; que la llena toda, con sólo abrirlo, de tanto regocijo y alegría, que no cabiendo en el cielo, se difunde a todas las criaturas del universo? Sin duda debe figurarse y significarse por este libro alguna cosa muy grande; pues las resultas de su apertura son tan grandes, tan extraordinarias y tan nuevas.
Yo confieso que siempre he tenido el mismo deseo, pareciéndome que una vez que esto se entendiese, sería ya fácil sacar muchas y muy útiles consecuencias. Lo que sobre esto hallo en los intérpretes, hablando francamente, no me satisface; o porque no entiendo lo que quieren decir, o porque no le hallo proporción alguna con lo que dice el texto sagrado.
¿Quién podrá persuadirse, por ejemplo, después de haber considerado el texto con todo su contexto, que el libro de que aquí se habla es la misma Escritura divina? ¿Cómo y a qué propósito? Ésta, dicen oscuramente, se abrió, o se entendió con la muerte y resurrección de Cristo. Y no obstante esta supuesta apertura, digo yo: los doctores han trabajado infinito en buscar la inteligencia de la misma Escritura, diciendo las más veces unos una, y otros otra cosa sobre un mismo lugar.
¿Quién podrá persuadirse que el libro de que aquí se habla es el mismo libro del Apocalipsis? ¿Cómo, y a qué propósito, cuando es cierto que no había tal libro en el mundo, en el tiempo que San Juan tuvo esta visión?
Y aun prescindiendo de este anacronismo, ¿el libro del Apocalipsis es el que recibe el Cordero de mano de Dios, el que abre delante de todos los ángeles y santos, el que con su apertura llena de júbilo y regocijo al cielo y a la tierra? Cierto que no lo entiendo, sino es acaso que quieran decirnos que así en el Apocalipsis como en otras muchas Escrituras se nos dan grandes ideas del libro de que hablamos, y de algunas cosas de las que contiene, a lo cual no pienso repugnar.
¿Pues qué libro puede ser éste, al que competan con propiedad las cosas tan nuevas y admirables, que se dicen de él? Yo bien creo, señor, que no me preguntáis sobre las cosas particulares que están escritas en el libro; pues no ignoráis lo que se dice en el mismo texto: no fue hallado ninguno digno de abrir el libro, ni de mirarlo. Si ninguno es digno de abrir el libro, ni de mirarlo, ¿quién podrá decir lo que contiene? Seguramente contiene lo que dice San Pablo: Que ojo no vio, ni oreja oyó, ni en corazón de hombre subió.
Mas si sólo me preguntáis sobre el título del libro, esto es, sobre su argumento o asunto general, voy luego a proponer simplemente mi pensamiento, pidiendo no sólo atención, sino consideración y examen formal, y todo ello poniendo a un lado por un momento toda preocupación.
El libro, pues, de que hablamos, me parece a mí, atendidas las circunstancias, que no es otro sino el mismo Testamento Nuevo y Eterno de Dios, en el cual sabemos de cierto que está llamado, en primer lugar y constituido heredero, Rey y Señor universal de todo, aquel mismo Unigénito de Dios, por quien son todas las cosas, y para quien son todas las cosas, al cual constituyó heredero de todo, por quien hizo también los siglos; aquel que siendo Unigénito de Dios, resplandor de la gloria, y la figura de su sustancia y sustentándolo todo con la palabra de su virtud, es al mismo tiempo por su infinita dignación, el primogénito entre todos los que son, y serán llamados hijos de Dios: que según su decreto son llamados santos… para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Dije en primer lugar, porque también sabemos con la misma certidumbre, que juntamente con el primogénito, y por él… de él… y en él están llamados a la herencia, como coherederos suyos, todos sus hermanos menores, los cuales muchos días ha que se llaman y convidan con las mayores instancias; muchos días ha que se buscan por todas partes, y entre todas las gentes, tribus, y lenguas, para que quieran admitir la dignidad de hijos de Dios, y tener parte en la herencia de que habla el mismo Testamento Nuevo y Eterno; pidiéndoles de su parte solamente dos condiciones indispensables, que son fe y justicia; esto es, que crean en verdad a su Dios, y sigan sin temor alguno, obedezcan, imiten, amen, y se conformen todo lo posible con la imagen viva del mismo Dios, que es su propio Hijo: Porque los que conoció en su presciencia, a estos también predestinó, para ser hechos conformes a la imagen de su hijo… Y si hijos también herederos, herederos verdaderamente de Dios, y coherederos de Cristo… El que aun a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros; ¿cómo no nos donó también con él todas las cosas?
Es ciertísimo que este Testamento Nuevo y Eterno de Dios, tan anunciado en las antiguas Escrituras, está ya hecho muchos tiempos ha; está firmado irrevocablemente; está sellado y asegurado por dos cosas infalibles, en las cuales es imposible que Dios falte, esto es, con la palabra de Dios, y con la sangre del Cordero, con la sangre del Hombre Dios, la sangre del nuevo (y eterno) Testamento, así como el Antiguo Testamento que era solamente por algún tiempo, y como ayo que nos condujo a Cristo, se selló y aseguró con la sangre de animales: Porque Moisés habiendo leído a todo el pueblo todo el mandamiento de la ley, tomando sangre de becerros, y de machos de cabrío con agua, y con lana bermeja, y con hisopo; roció al mismo libro, y también a todo el pueblo, diciendo: Ésta es la sangre del Testamento que Dios os ha mandado.
Mas aunque este Testamento de Dios, Nuevo y Eterno, está ciertamente hecho, aunque está firmado y asegurado irrevocablemente; parece, del mismo modo cierto e indubitable, que todavía no se ha abierto, sino que está cerrado y sellado, hasta que llegue el tiempo de abrirse.
Lo que ahora llamamos Testamento Nuevo, esto es, las nuevas Escrituras, canónicas, auténticas, divinas, que se han hecho después del Mesías, no son, propiamente hablando, el Testamento mismo, son solamente la noticia, el anuncio, el convite general que se hace a todos los pueblos tribus y lenguas, para que concurran todos los que quisieren a la gran cena, y procuren entrar en parte del Testamento Nuevo y Eterno de Dios; verificando cada uno en sí mismo aquellas dos condiciones que se piden a todos, y a cada uno en particular; esto es, fe y justicia.
Estas nuevas Escrituras se llaman con mayor propiedad el Evangelio del Reino, que es el nombre que dio el Mesías a la misión y predicación de los apóstoles: Evangelio, o anuncio, o buenas nuevas del Reino, el cual Reino es todo lo que contiene el Testamento mismo.
No hay, pues, razón alguna para confundir la noticia de estar ya hecho el Testamento de Dios, Nuevo y Eterno, con el Testamento mismo.
La noticia es cierta y segura, y sobre esta certidumbre y seguridad, se trabaja muchos siglos ha, en que todos la crean y se aprovechen de ella; mas el Testamento mismo ninguno lo ha leído hasta ahora, y ninguno es capaz de leerlo; ya porque ninguno es capaz de entender lo que ojo no vio, ni oreja oyó, ni en corazón de hombre subió; ya principalmente porque está todavía en manos de Dios, cerrado y sellado, con siete sellos, hasta que lleguen los tiempos y momentos, que el Padre puso en su propio poder; hasta que se ponga el Testamento en manos del Cordero; hasta que el Cordero mismo rompa los sellos; hasta que lo abra públicamente en el supremo y pleno Consejo de Dios mismo y con esto entre jurídicamente en la posesión actual de toda su herencia, con el hágase, hágase, o con el consentimiento y aclamación, deseo, y júbilo, y exultación unánime de todo el universo.
En efecto, ¿qué quiere decir presentarse el Unigénito de Dios, como hijo de hombre, como Cordero, así como muerto; presentarse, digo, delante del trono de su divino Padre en aquel Consejo extraordinario, y en aquel tiempo de que vamos hablando; recibir de mano del Padre un libro cerrado y sellado, que ninguno puede abrir sino él solo; abrirlo allí públicamente en presencia de Dios, y a vista de todos los ángeles, y de todos los conjueces y testigos; llenarse de admiración, y de un júbilo extraordinario con la apertura del libro, así los conjueces y testigos, como todos los espíritus angélicos; postrarse todos llenos de verdadera devoción, de agradecimiento, y del más profundo respeto, delante del trono de Dios, y también delante del Cordero mismo; alabar a Dios, bendecirlo, y darle gracias, por lo que acaba de suceder, esto es, porque ha puesto ya el libro en manos del Cordero, y el Cordero lo ha abierto a vista de todos, y manifestado todos sus secretos; conocer, y confesar todos unánimemente, que el Cordero, que fue muerto, es realmente digno de todo aquello que ha recibido con el libro, y está encerrado en el mismo libro?
¿Difundirse esta exultación y júbilo sagrado desde aquel supremo Consejo a todas las criaturas del universo?
¿Oírse al punto las voces de todos, que gritan y aclaman a una voz: Al que está sentado en el trono, y al Cordero: bendición, y honra, y gloria, y poder en los siglos de los siglos?
¿No es esto manifiestamente una confirmación o una relación más extensa, y más circunstanciada del texto de Daniel?
Una persona admirable, como Hijo de Hombre (dice este Profeta), llegó como de las nubes del cielo, y entrando sin impedimento ni oposición alguna en el gran Consejo de Dios, se presentó o fue presentado delante de su trono, y allí recibió de mano de Dios la potestad, el honor y el reino: y he aquí (son sus palabras) venía como Hijo de Hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano de Días, y presentáronle delante de él. Y diole la potestad, y la honra, y el reino; y todos los pueblos, tribus, y lenguas le servirán a él.
San Juan dice que este mismo Hijo del Hombre, presentado delante del trono de Dios en figura de Cordero, así como muerto, recibió de su mano un libro cerrado y sellado, que sólo él podía abrir, que lo abrió allí mismo a vista de todos los conjueces y testigos, con admiración, y exultación de todos; y en consecuencia inmediata de esta apertura del libro, todos se postraron delante de Dios y del Cordero, diciendo: digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir el honor y la gloria, la virtud y la potestad, la bendición, la sabiduría, la fortaleza, etc.
Decidme ahora, señor mío, con sinceridad: ¿no es éste el mismo misterio de que habla Daniel?
¿No es esto decirnos manifiestamente, que recibiendo el Cordero un libro de mano de Dios, recibe en él la potestad, el honor y el reino?
¿No es esto decirnos manifiestamente que recibiendo el libro y abriéndolo, se halla ser el Testamento de su divino Padre, en que lo constituye y declara heredero de todo?
¿No es esto decirnos manifiestamente, que junto con el libro, y el libro mismo, se le da la posesión actual de toda su herencia; esto es, la potestad, el honor y el reino?
Si no es esto, ¿a qué propósito son tantas voces de júbilo y regocijo, con que resuena todo el universo a sola la apertura del libro?
Considérese todo esto con más formalidad, y examínese con mayor atención. Yo no puedo detenerme más en esta consideración, porque me llama a grandes voces la mujer misma que acaba de parir espiritualmente este hijo másculo, este Hijo del Hombre, este Cordero; la cual después del parto queda en la tierra en grandes conflictos.
Volviendo ahora al punto particular que dejamos suspenso, lo que decimos y concluimos es: que a este mismo Consejo extraordinario, a este mismo trono de Dios de que habla Daniel, y de que habla San Juan, será arrebatado y presentado el hijo másculo de nuestra mujer metafórica, luego al punto, que se verifique su nacimiento también metafórico; luego al punto, digo, que esta celebérrima mujer, vestida ya del sol, lo conciba por la fe, y lo dé a luz por una pública confesión de la misma fe: Y parió un hijo varón, que había de regir todas las gentes con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado para Dios, y para su trono; pues según todas las ideas que no dan las Santas Escrituras, parece que esto sólo se espera, para dar a este hijo de esta mujer, a este Hijo de Dios, a este Hijo del Hombre, a este Cordero que fue muerto, toda la potestad actual, todo el honor efectivo y real, y todo el reino y principado universal, que por tantos títulos se le debe, y de que ya está constituido heredero en el Testamento nuevo y eterno de su divino Padre. Por consiguiente, no se espera otra cosa para poner en sus manos este libro, o este Testamento, y para comenzar a ponerse en ejecución lo que en él se contiene.
Entonces, señor mío, y sólo entonces se empezarán a ver los grandes y admirables misterios que contiene el Apocalipsis, y a verificarse sus profecías, las cuales, digan otros lo que quisieren, hasta ahora no se han verificado, no digo todas, o muchas, pero ni una sola.
Entonces se revelará, se manifestará, o saldrá a la pública luz, con todas sus piezas y resortes, aquella gran máquina, o aquel gran misterio de iniquidad, que llamamos Anticristo, el que se está formando tantos tiempos ha, y en nuestros días vemos ya tan adelantado y tan crecido.
Continuará…
