Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.

El misterio de la Profecía de Simeón, al mismo tiempo que nos revela las palabras de su terrible predicción, pone a nuestra consideración cinco personas: el Niño Dios, su Madre Santísima, el Patriarca San José, el anciano Simeón y la profetisa Ana.

En cuanto al profeta, ¡qué retrato nos proporciona el Evangelista de este Santo!

Nos dice que era un hombre justo, expresión que refleja la fusión de todas las virtudes naturales y sobrenaturales en perfecta conciliación.

Este carácter general de la virtud de Simeón está admirablemente realzado por el rasgo que viene en seguida: en medio de tan perfecto mérito era timorato. ¡Qué delicadeza y qué pureza de conciencia nos revela este trazo!

Era justo y timorato… Y esperaba el consuelo de Israel. ¿Qué hacía tan tarde en la vida? Esperaba; esperaba al Redentor; esta era su ocupación, su profesión, su razón de ser, su misma vida… Era un expectante de Jesucristo.

No era el único que lo esperaba; pero lo aguardaba con otro espíritu, con el espíritu de Abraham, de Isaac y de Jacob; con el espíritu de los Profetas y de todos los Santos de la Antigua Ley; con el espíritu que animaba a María Santísima y a San José; con el espíritu que hizo decir más tarde al mismo Redentor: En verdad os digo, que muchos Profetas y Justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.

Todo ese espíritu de los Justos de la antigua Ley había pasado al Santo anciano; era su venerable personificación.

Esperaba el consuelo de Israel; ligado a la vida solamente por esta esperanza, desprendido de todo lo demás.

+++

Pero, ¿le será concedida esta gran dicha? ¿Será más afortunado que sus padres, que no vieron al Deseado de los collados eternos más que en espíritu o esperanza? Llegado al término de los tiempos antiguos, ¿le será dado ver la aurora de los nuevos tiempos?

Sí, porque el Espíritu Santo le había revelado que no vería la muerte, sin haber antes visto al Cristo del Señor.

Con esta confianza, pero ignorando el afortunado instante en que se realizaría, movido de un Santo presentimiento, viene al templo justo en el momento en que San José y la Santísima Virgen introducen al Niño Dios. Y al punto reconoce en este Niño al Salvador del mundo; y le toma él mismo en sus brazos, y recita su cántico: Ahora, Señor, deja morir en paz a tu siervo, porque vieron mis ojos al Salvador que Tú nos has dado.

+++

Y de la boca de este Santo Patriarca va a salir la profecía de las grandezas de Jesús y de su divina Madre.

Ese Niño, levantado en brazos de Simeón, es proclamado Salvador del mundo; y María es declarada solemnemente Coadjutora de nuestra Redención.

En la parte primera de esta profecía, Jesús es proclamado Salvador del mundo: Mis ojos vieron al Salvador, que nos has dado. Y puesto a la vista de todos los pueblos, la luz que ha de alumbrar las naciones y gloria de tu pueblo Israel.

En presencia de semejante profecía, la incredulidad no tiene excusa razonable.

El Evangelio añade: Y el padre y la madre de Jesús se maravillaban de las cosas que se decían de él.

¡Admiremos la admiración de María!

¡Guardémonos de creer que esa admiración fuese una admiración de sorpresa, por parte de la que había recibido ya los homenajes del Ángel, de Isabel, de los Pastores y de los Magos, y había también cantado en su Magníficat que todas las generaciones la llamarían Bienaventurada!

Es preciso juntar esta admiración con aquello que se dice en otro lugar, que María conservaba todo lo que sabía de su Hijo y lo repasaba en su Corazón.

Porque la admiración de que se habla en este misterio, no es una admiración pasajera, sino una admiración estable y permanente, que servía de alimento continuo a su espíritu.

+++

Luego que Simeón bendijo a San José y a la Virgen Santísima, dirige sólo a María la segunda parte de su profecía. ¿Por qué así? ¿Por qué no continúa hablando al Padre y a la Madre de Jesús, o incluso al Padre solo, como cabeza y representante del destino del Niño?

Ciertamente porque con ello es directamente manifestada la divina Maternidad de María.

Pero había otra razón para dirigirse a María; motivo que añade una nueva gloria a la de su Maternidad: el título de honra de Corredentora del mundo.

El anciano Simeón se dirige, pues, a María, y le dice: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.

Después de todas las otras profecías, la primera parte de ésta debe causar una impresión profunda.

Predecir la gloria y el reino eterno de Cristo en el mundo, es una profecía ciertamente maravillosa; pero lo que causa admiración es predecir que este imperio de Cristo será atacado siempre; que será el carácter de su destino el ser siempre controvertido, siempre discutido; y ser la gran señal de contradicción entre los hombres, para su pérdida o su salvación…

El cumplimiento de esta profecía es tan manifiesto como prodigioso… Comienza en el mismo nacimiento de Jesucristo… Le vemos rechazado en Belén y reducido a la morada de animales, pero celebrado por Ángeles y adorado por los Pastores… Le vemos buscado por los Magos que vienen de lejos a adorarle, mas perseguido por la espada de Herodes, y obligado a huir lejos para evitarla….

Todo el resto de su vida es un puro encadenamiento de las mismas vicisitudes: es siempre el blanco de la contradicción de los judíos, de sus cuestiones, de sus alternativas de alabanza y anatema, desde el Hosanna hasta el Crucifige

+++

La razón de que Jesucristo esté puesto para la ruina y la resurrección de muchos radica en que pone a prueba las almas, en el trance de declararse en pro o en contra de la Verdad, para que se revelen los pensamientos de muchos corazones…

No podía ser ocasión de resurrección y mérito para los que le reciben, sin serlo, al mismo tiempo, de crimen y de ruina para los que le repelen.

En este sentido, el blasfemo le confiesa tanto como el que le adora; y como es siempre materia de blasfemia o de adoración, siempre es confesado en el mundo; siempre está puesto para la ruina o la resurrección de muchos, sin que esta discusión eterna pueda inferirle menoscabo, sino, todo lo contrario, confirmarle.

Y esto ha sido predicho desde la primera hora del Cristianismo; su predicción la hizo el anciano Simeón en los términos más expresos y solemnes; y todas las contradicciones de que Jesucristo es el blanco, no han sido nunca ni serán jamás sino el perenne y diario cumplimiento de esta asombrosa profecía: he aquí que este ha sido puesto en presencia de todos los pueblos para la ruina y la resurrección de muchos y como blanco de la contradicción.

+++

Luego, lo soberanamente glorioso para María Santísima es que la segunda parte de esta profecía le concierne a Ella sola en unión con su Hijo, y la presenta como su copartícipe y coadjutora en ese gran carácter de blanco de la contradicción de los hombres, y de estar puesto para su ruina o resurrección.

De manera que esa Espada de que se habla en la profecía es, a no dudarlo, la pasión y muerte del Salvador, a la que estuvo María tan asociada.

Es imposible separar lo que unió Dios en la vida y en la muerte para el mismo fin general: para que se descubran los pensamientos de muchos corazones

Y esta asociación no se limitó a la vida y muerte de Jesús. María no ha cesado jamás de ser compañera de las contradicciones de su Hijo a la faz de todos los pueblos y en toda la sucesión de los siglos.

+++

Toma al Niño y a su Madre, y vuelve a la tierra de Israel, pues ya han muerto los que atentaban contra su vida.

La Sagrada Liturgia reproduce hoy estas palabras en el momento de la Sagrada Comunión, en la Oración de la Comunión.

¡Toma al Niño! Ya se ha cumplido el tiempo del destierro en Egipto.

Vuelve a la tierra, de Israel. A eso ha venido el Hijo de Dios al mundo, o sea, a librarnos del destierro de esta vida terrena, para llevarnos a la Tierra Prometida de la eternidad.

Toma al Niño y a su Madre, nos dice también a nosotros la Santa Liturgia, al recibir hoy la Sagrada Comunión.

Este es el único y exclusivo alimento que podrá darnos fuerzas para seguir el estrecho y difícil camino que conduce a la Tierra de Promisión y para alcanzar nuestra salvación eterna.

La Santa Iglesia nos exhorta con ahínco a que amemos y recibamos con frecuencia la Sagrada Eucaristía: Toma al Niño — al Hijo de Dios, en la Sagrada Comunión—, y vuelve a la tierra de Israel.

Si queremos llegar a nuestra bienaventurada Patria, tenemos que recibir al Niño, a Cristo, en la Sagrada Eucaristía. Y tenemos que tomar también, con Él, a su Madre. María, la Madre de Cristo según la carne, es también nuestra Madre espiritual.

Ella nos ha dado a Aquel cuya Carne y cuya Sangre recibimos en la Sagrada Eucaristía. Ella nos conmereció la salvación y la gracia, pues fue la fiel colaboradora, la divina compañera del nuevo Adán, Cristo, aunque dependiente y subordinada a Él.

Con su mediación ante Dios nos obtiene constantemente aumento de gracia y de vida sobrenatural.

En el reino de Dios Ella es la Madre y la Señora.

Todas las gracias y beneficios que imploremos del Señor, debemos esperarlas por María y en María. Querer alcanzar la gracia sin Ella es tiempo perdido.

+++

Acabemos nuestra meditación con una observación: el silencio de la Virgen Santísima en medio de todo ese concierto de alabanzas y profecías concernientes a su Hijo y a Ella misma.

Todo habla a su alrededor… Sólo Ella calla… Admiremos este silencio… En situación semejante, María calla… No pide una palabra de aclaración; recibe los avisos de la Providencia en la medida y el estado en que place a Dios notificárselos, sin tratar de deslindarlos ni anticipar su curso…

Nos dice el Evangelio que María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su Corazón

Admiremos…

Conservemos…

Meditemos…

Porque el signo de contradicción está hoy más erigido que nunca…