Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA MISA DEL DÍA DE NAVIDAD

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

MISA DEL DÍA DE NAVIDAD

En el principio existía el Verbo, y el Verbo era junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él era, en el principio, junto a Dios. Por Él todo fue hecho, y sin Él nada se hizo de lo que ha sido hecho. En Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Apareció un hombre, enviado de Dios, que se llamaba Juan. Él vino como testigo, para dar testimonio acerca de la luz, a fin de que todos creyesen por él. Él no era la luz, sino para dar testimonio acerca de la luz. La verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. Él estaba en el mundo; por Él, el mundo había sido hecho, y el mundo no lo conoció. Él vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios; a los que creen en su nombre. Los cuales no han nacido de la sangre, ni del deseo de la carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y nosotros vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Este fragmento del texto de San Juan que sirve de Evangelio del día es una de las más bellas y, sin duda, la más profunda página que jamás se ha escrito.

Contiene ella sola toda la medula de la teología y de la religión cristiana, y nos ofrece, dentro de una simplicidad asombrosa, un esbozo de la armonía de los Cielos y tierra, de Dios y el hombre, de lo eterno y lo temporal.

Dios es un Ser inteligente, infinito que, siendo acto purísimo, ejerce desde toda la eternidad, y en virtud de su misma esencia, la función intelectiva. Esta es en Dios infinita y substancial, como Dios mismo.

El objeto del acto de entender en Dios es su propia esencia: Dios se entiende y comprende a sí mismo.

Cuando nosotros entendemos algo, formamos dentro de nosotros mismos un concepto de la cosa entendida; es algo dentro de nosotros mismos, distinto de nuestro pensamiento y de la cosa que entendemos.

Este concepto es una palabra interior, que decimos nosotros dentro de nosotros mismos. Podemos expresarla por medio del lenguaje, y entonces resulta la palabra exterior, o palabra propiamente dicha.

El Logos o Verbo de Dios es la Palabra de Dios. Es el Concepto que Dios forma eternamente de sí mismo al entenderse, en el acto substancial y eterno de su inteligencia.

Puede Dios manifestar a otros seres inteligentes algo de este su Concepto esencial e íntimo: será la palabra de Dios revelada, oral o escrita.

Dejando esta manifestación externa de la Palabra de Dios, y fijándonos sólo en la Palabra o Verbo interno y esencial en Dios, decimos que en Dios el Verbo no puede ser accidental, transitorio y finito como en el hombre, porque todo cuanto hay en Dios es Dios, es decir, substancial, infinito, eterno. Por ello el Concepto, Palabra o Verbo de Dios es una Persona, que subsiste por sí misma.

Es Dios mismo, que se llama Padre en cuanto se entiende y comprende a sí mismo, e Hijo en cuanto es el término de la función intelectiva. Porque la función de la cual se origina un ser vivo de otro ser vivo que la ejerce, teniendo ambos la misma naturaleza, se llama generación, y el que engendra es padre, y el ser engendrado es hijo.

El Verbo de Dios es, pues, el Hijo de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Imagen del Padre, la Sabiduría Eterna, la Verdad inmutable.

Este mismo Verbo interno de Dios, eterno e invisible, se hace para nosotros Verbo o Palabra de Dios, como decían los antiguos, porque cuando tomó nuestra naturaleza fue para nosotros como la Palabra que nos interpretó el pensamiento y la voluntad de Dios.

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En el Prólogo de su Evangelio, San Juan nos presenta al Verbo en sus relaciones con Dios, con el mundo y con los hombres.

El Evangelista comienza a describir al Verbo con relación al principio; habla del Verbo de Dios en cuanto es la Idea substancial que el Padre engendra.

En el principio, al crear Dios el mundo y al empezar con ello el tiempo, por remoto que se le suponga o se imagine, existía ya el Verbo, que es eterno.

Y el Verbo estaba con Dios, consubstancial con Él, pero distinto de Él.

Y el verbo era Dios, por tener la naturaleza divina.

Este Verbo, tan ceñida y profundamente descrito por San Juan, estaba en el principio en Dios, consubstancial con el Padre y coeterno con Él.

Por eso el Evangelista utiliza la forma imperfecta de existía.

No limita su duración ni a un tiempo pasado —fue—, ni a un tiempo presente —existe—, sino que lo declara en su duración indeficiente.

El imperfecto de un verbo expresa, ordinariamente, la duración de una acción.

San Juan expresa luego la distinción entre este Verbo y el Padre. Pues el Verbo estaba en Dios.

Esta distinción —revelación— de personas en el seno de la Trinidad es todo el tema del Evangelio de San Juan.

La forma griega es mucho más expresiva; indica una proximidad interna, íntima, de persona a persona. Pero aquí aparece un verbo de quietud con una partícula de movimiento; lo cual expresaría que ese estar el Verbo con el Padre no es estático, sino dinámico: en íntima vitalidad con Él.

Y se proclama explícitamente la divinidad del Verbo: y el Verbo era Dios.

Sintéticamente resume el Evangelista todo su pensamiento en una expresión final: este Verbo, así descrito estaba, eternamente con el Padre.

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Por lo que atañe a la creación en general, todas las cosas, así tomadas en conjunto como en singular, sin excepción alguna, fueron hechas por Él, porque Dios no obra sino por la Idea de su inteligencia, que es la Sabiduría concebida desde la eternidad, es decir, el Verbo; y por lo mismo es imposible que haga nada sino por el Verbo.

Y sin Él nada se hizo de lo que fue hecho, añade enfáticamente el Evangelista, robusteciendo la afirmación de la universal ejemplaridad del Verbo, e indicando al mismo tiempo su cooperación con el Padre.

Si todo fue creado por Él, se trata de una creación «ex nihilo,» ya que lo contrario supondría una materia caótica, creada o existente al margen de Él.

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El Verbo dice una relación especial con el hombre, porque no sólo es el creador universal y único de todas las cosas, sino que es el principio de la vida espiritual del hombre, en el orden natural y especialmente en el sobrenatural.

En Él estaba la vida; porque, como Dios, es vida esencial, santísima, igual a la del Padre; como el Padre la tiene de sí mismo sin depender de nadie, así también el Hijo.

Y la vida del Verbo era la luz de los hombres, porque el Verbo de Dios, comunicando a los hombres una participación de su vida, ilumina su inteligencia y les hace nacer a la vida de Dios, infundiéndoles un principio de vida sobrenatural.

El Verbo se comunica por la fe —que es una participación de su Luz— a la inteligencia del hombre, y por aquí empiezan las maravillas de la vida de gracia y de gloria, que es vida verdaderamente divina.

Y la luz, esta luz de los hombres, que es la vida del Verbo, brilla en las tinieblas: es luz intensísima, indeficiente, permanente; que ilumina la más cerrada obscuridad, disipándola, cuando se deja penetrar de ella.

Pero, frente la acción permanente de la irradiación de la luz del Verbo, las tinieblas tomaron una posición hostil.

¿Quiénes son estas tinieblas? ¿Cuál es el significado aquí de non comprehenderunt?

La mayor parte de los Padres griegos dan al verbo empleado el sentido de «cohibir», «sofocar», «superar», «vencer».

En efecto, San Juan en estos versículos se sitúa en una perspectiva atemporal; y las tinieblas aparecen como un medio maldito en el cual los hombres pueden sucumbir o ser arrojados a él.

Por el término de tinieblas no hay que pensar, pues, en los hombres incrédulos, sino en el mundo satánico, opuesto a Dios.

Hay aquí una alusión a un dato teológico: el combate del Mesías contra Satán, del Príncipe de la luz contra el príncipe de las tinieblas.

El pensamiento del Evangelista es que esa luz del Verbo, que luce en el mundo, no pudo ser vencida ni aplastada por los poderes del mal, demoníacos y gobernadores del mal en los hombres, que influyen en el mundo en su lucha contra la verdad y el misterio del Mesías. San Pablo dirá que nuestra lucha es contra dominadores de este mundo tenebroso.

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Por fin revela el Evangelista el estupendo misterio. Y el Verbo, que era Dios, y vida, y luz de los hombres, a quien los hombres no quisieron recibir, se hizo carne, se hizo hombre.

Dios se abajó hasta el hombre para que el hombre subiera hasta Dios: se hizo Dios hijo del hombre para que nos convenciéramos que podíamos ser hechos hijos de Dios.

Y el Verbo, que estaba en Dios, habitó entre nosotros; hizo un tabernáculo y como una tienda de la naturaleza humana que tomó, y, como hombre que era, moró entre los hombres.

Y el mundo, atónito, vio la gloria del Verbo encarnado, en sus milagros, en su transfiguración, resurrección y ascensión a los Cielos.

Y vimos su gloria; no gloria de puro hombre, sino sobre la de todos los hombres y que le corresponde como Verbo de Dios y consubstancial con Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, porque es para nosotros el origen de toda gracia y verdad.

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Debemos profunda adoración a la infinita grandeza del Verbo de Dios. Por Él se hizo todo lo del mundo visible e invisible. Esta luz estupenda de la creación, de verdad, de belleza, de orden, de leyes, en el orden natural; y esta otra luz, más brillante aun, de la verdad revelada y de la vida divina en las criaturas, no es más que resplandor de la luz substancial del Verbo de Dios, que es el Hijo de Dios.

Y el Hijo de Dios es Jesús, Verbo de Dios hecho hombre. A través de su Humanidad santísima debemos remontarnos a las alturas de Dios, rindiéndole adoraciones por el poder, sabiduría y amor que ha manifestado en la creación de todas las cosas.

Tenemos obligación primordial, como hombres y como cristianos, de recibir, y no rechazar, la luz del Verbo. Es la luz de Dios que viene para iluminarnos a todos y para iluminarnos totalmente de claridad divina.

Pidamos a Dios, con la santa Iglesia, que en tal forma absorbamos y aprehendamos esta luz, que podamos ser llamados hijos de la luz y luz en el Señor, para que eternamente nos ilumine y nos haga dichosos la luz perpetua de Dios.