ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
MISA DE LA AURORA
En aquel tiempo los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos; y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron, y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.
Durante los siete días que preceden la Vigilia de Navidad el Oficio de Adviento adquiere mayor solemnidad, y las Antífonas de los salmos son propias y tienen una relación directa con el gran Advenimiento.
Cada uno de esos días, en el Oficio de las Vísperas, se canta una Antífona solemne, que es un clamor hacia el Redentor, y en el que se le atribuye un título de los muchos que encontramos en la Sagrada Escritura.
Esas Antífonas son llamadas Oh del Adviento, porque todas comienzan con esa exclamación; y el momento elegido para hacer escuchar este sublime llamamiento del Hijo de Dios es la hora de Vísperas, porque fue cuando caía la noche del mundo, vergente mundi vespere, que llegó el Mesías esperado.
Se las canta para el Magnificat, para destacar que el Salvador que esperamos nos llegará a través de María, como nos advino la primera vez.
En cada una de estas Antífonas se llama al Mesías con un nombre distinto: Sabiduría, Adonai, Raíz de Jesé, Llave de David, Oriente, Rey de los Gentiles, Emmanuel.
Las letras iniciales de estas Antífonas, en latín y en orden inverso, forman dos palabras latinas: ERO CRAS, lo cual significa: Estaré mañana.
Estaré mañana: es como la respuesta divina a la súplica de la Iglesia en cada una de estas Antífonas, y durante todo el tiempo del Adviento: Veni, ¡Ven! ¡Ven a enseñarnos, ven a rescatarnos, ven a salvarnos!…
Estas Antífonas, que expresan el deseo ardiente de recibir el día de Navidad al Niño Jesús, nos deben preparar también para su Parusía y nos deben hacer desear su Segunda Venida… ¡Ven, Señor, Jesús!…
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Pues bien, en esta Misa de la Aurora de Navidad, la Quinta Antífona Oh, la del día 21, nos servirá de base para nuestra meditación. Para su comentario, me sirvo del que hiciera Monseñor Luis María Martínez, Arzobispo de México.
La misma dice:
O Oriens, splendor lucis æternæ, et sol justitiæ: veni, et illumina sedentes in tenebris, et umbra mortis.
Oh Oriente, esplendor de la luz eterna y sol de justicia: ven, y alumbra a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte.
Este Nombre — ORIENS — que la Iglesia da a Jesucristo, está tomado de la Sagrada Escritura, y significa El que nace.
Es el participio presente del verbo latino orior, levantarse, salir, nacer.
El participio de presente o participio activo del latín denota capacidad de realizar la acción que expresa el verbo del que deriva. En español el participio de presente latino perdió su valor verbal; y cuando se conserva su forma da origen a adjetivos, llamados participios activos, los cuales pueden sustantivarse.
Oriens — Oriente, Naciente — es un nombre adecuadísimo para Nuestro Señor Jesucristo, porque Él es el que nace siempre.
Como Verbo de Dios, nace eternamente: el Padre, conociéndose a sí mismo con su entendimiento infinito, engendró a su Hijo, que es su Verbo, su Palabra viviente, consustancial.
Quizás no nos hemos detenido a reflexionar en que el Verbo está constantemente procediendo del Padre. Vemos las cosas a la manera humana, y nos imaginamos que el Verbo procedió del Padre en un pasado lejanísimo, de manera que es algo que fue.
Pero no es así, el Hijo procede del Padre actualmente, procedió ayer, procede hoy, procederá mañana; porque estas relaciones de la vida íntima de Dios no se miden por el tiempo, sino por la eternidad; y la eternidad es un solo instante, que ni ha empezado ni terminará nunca. En el tiempo, el pasado, el presente y el futuro, son instantes móviles que pasan; pero la eternidad es un instante que ni tuvo principio ni tendrá fin.
Por eso el Padre dice: Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy. Ese HOY fue ayer y será mañana, de tal manera que actualmente podemos decir que el Verbo nace del seno del Padre.
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Pero no sólo como Verbo de Dios, sino también como Verbo hecho carne, Jesús es el que siempre nace.
Hace veinte siglos que está constantemente naciendo en los pueblos y en las almas. Hace casi cinco siglos nació en nuestras tierra, más precisamente en México; nos lo trajo la dulce Virgen María de Guadalupe. Y los que yacían en las tinieblas, vieron la luz divina, la verdad celestial…
Y así ha ido naciendo en todos los pueblos…
Pero, sobre todo, Jesús nace en la Iglesia, Jesús nace en las almas.
Cada año la Iglesia, se prepara con ardientes deseos, con regocijo inmenso, para que nazca en su corazón. No es una ficción, no es un sueño el que la Iglesia experimenta cada año cuando se acerca la Navidad; es un dulce misterio. Jesús nace cada año, porque su nombre es ORIENS, el que nace, el naciente…
Cada Navidad es un nuevo nacimiento, como lo dice la Iglesia en su Liturgia: Hodie nobis nasci dignatus est, cada año nace de nuevo místicamente: Hoy se ha dignado nacer para nosotros.
Y ese nacimiento no es ficticio; es misterioso, es arcano, pero es una realidad.
La Iglesia lo sabe; y por eso lo llama con ardientes deseos; y con júbilo santo se prepara para el dulce misterio.
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Pero no solamente cada año, en la Navidad, nace Jesús en nuestros corazones: nace siempre.
El bautismo es el nacimiento de Jesús en un alma. Jesús nace todas las mañanas en aquellos que lo reciben en la Sagrada Comunión…
Para nosotros, todos los días es Navidad; y todas las noches debiéramos sentir la santa esperanza, la dulce expectación de esa vigilia, cantando como la Iglesia el 24 de diciembre: Hodie scietis quia veniet Dominus et salvabit nos, et mane videbitis gloriam ejus. Hoy conoceréis que viene el Señor y nos salvará, y mañana veréis su gloria…
Si tuviésemos fe, el júbilo que experimentamos cada año en el tiempo de Navidad se renovaría cada mañana. Para nosotros todas las noches son Nochebuena, porque todas las noches esperamos a Jesús.
Si viésemos las cosas espirituales como vemos las de la tierra, viviríamos en el Cielo. Para nosotros no habría tristezas, porque todas las mañanas sentiríamos en nuestro corazón la alegría insondable y divina de Belén.
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Pero no solamente Jesús nace siempre en nuestras almas, sino que su presencia es siempre nueva.
De ordinario no entendemos este misterio, porque pensamos: si Jesús vino a mi corazón, mientras no lo arroje de mí, no tiene por qué volver a venir, ni por qué volver a nacer, si ya nació, si ya vino.
Pero debemos saber que, aun cuando tengamos siempre a Jesús en nuestro corazón, cada día y varias veces al día, si somos fieles a las inspiraciones de la gracia, lo tenemos de una manera nueva.
Cada vez, para nuestra alma, puede ser la aurora y el amanecer de un nuevo día.
San Agustín le decía a Nuestro Señor esta frase tan conocida: ¡Oh hermosura, siempre antigua y siempre nueva!
Y, sí, Jesús, y todas las cosas que con Él se relacionan, tiene al mismo tiempo ese sabor exquisito de las cosas antiguas, que nos son familiares, y esa frescura, ese encanto, esa novedad de lo que comienza.
Para las almas hay una renovación de vida; y no sólo cada año, sino cada día, e incluso muchas veces al día.
No lo entendemos, porque no prestamos atención a ese Oriens, porque está oculto a las miradas humanas; pero muchas veces al día Jesús nace en nuestra alma.
Esta es una verdad que enseña el Dogma: cada vez que aumenta en nosotros la gracia, hay una nueva misión de las divinas Personas; es decir, cuantas veces hacemos un acto intenso de virtud —y podemos hacerlo muchas veces al día—, el Padre nos envía al Hijo, y el Padre y el Hijo nos envían al Espíritu Santo.
Así como hace siglos descendió el Verbo de Dios al seno de María Purísima, del mismo modo, cada vez que hacemos un acto intenso de virtud, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo descienden a nuestro corazón; y ahí, el Padre engendra a su Verbo, y el Padre y el Verbo espiran su eterno amor, el Espíritu Santo.
Por eso se puede decir que Jesús es Oriente, El Naciente, El que nace siempre.
Si viviésemos conforme a sus amorosos designios, estaría constantemente naciendo en nuestras almas, nuestra vida sería un Belén permanente.
Por todo lo dicho, el nombre que la Iglesia le da a Jesús en esta Antífona es adecuadísimo: Jesús es el que nace siempre, nace del seno del Padre, nace en la Iglesia, nace en los pueblos, nace en nuestras almas.
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Ahora bien, la Iglesia resalta los caracteres del primero y eterno nacimiento del Verbo: es un nacimiento de luz.
El salmista pone estas palabras en labios del Padre, dirigidas al Verbo: De mí seno, en medio de los esplendores de la santidad, Yo te engendré antes que brillara en el cielo el astro de la mañana.
Es un nacimiento de luz, porque el Verbo procede del entendimiento, que es la luz de los espíritus.
Cuando Jesús nació en Belén, la Escritura dice: Los que yacían en las tinieblas y sombras de muerte, vieron una gran luz. Y el mismo Jesucristo afirmó: Yo soy la Luz del mundo. Y la Iglesia nos hace proclamar en el Credo que el Verbo es la Luz que procede de la Luz, Lumen de Lumine.
La Iglesia recuerda este origen luminoso de Jesús y por eso lo invoca con imágenes luminosas: Esplendor de la Luz eterna… Sol de Justicia…
Así como el sol tiene su esplendor, esa inmensidad de luz que invade la tierra, del mismo modo el Sol eterno, el Sol divino tiene su esplendor. Pero con esta diferencia, el esplendor del sol no es sol, mientras que el esplendor de Dios es Dios. Si el Padre es Sol, el Verbo también es Sol, el Sol de Justicia.
Este Jesús, que nace siempre, es al mismo tiempo Luz y Amor. Luz esplendente que se difunde, Amor que caldea las almas como el sol con sus rayos.
La Iglesia se complace en esta antífona en contemplar a Jesús como esplendor del Padre, Sol de Justicia; esplendor que nace siempre, Sol de Justicia que aparece sin cesar en ese oriente divino. El sol de la tierra tiene su ocaso, el Sol de Justicia y de Amor no lo tendrá jamás. Nunca se pone y siempre nace.
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Debemos fijar los ojos de nuestro espíritu en la belleza incomparable de Jesús. Siempre es bueno desear y contemplar a Jesús en su belleza y en su gloria.
Las cosas bellas se miran con desinterés; gozamos contemplándolas. Así deberíamos dirigir la mirada de nuestro espíritu a la belleza inefable de Jesús. Cuando contemplamos a Jesús nos olvidamos por un momento de todo lo prosaico de la vida, nos sentimos arrastrados hacia lo alto y nuestra conversación empieza a estar en los Cielos.
Cuando contemplamos a Jesús nos olvidamos de las cosas humanas, se reanima nuestro espíritu, sentimos la serenidad de los Cielos; y al volver al triste valle de esta vida, nos sentimos transformados, más capaces para luchar, con más bríos para vencer, con más amor para sacrificarnos.
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La Iglesia, después de fijar su mirada en el Sol divino, piensa en nosotros y lo llama para que venga e ilumine a los que yacen en las tinieblas y sombras de la muerte.
¡Ven! La palabra de la esperanza que repite la Iglesia muchas veces al día, que expresa los deseos profundos de su corazón…
¡Ven!… Todos los días lo llamamos y clamamos a Él… Pero el Ven de ayer es distinto del Ven de hoy; y el de hoy, distinto del de mañana; repitiéndose siempre, va cambiando en ardor, en bríos…
Ahora, como ayer, como mañana, le diremos: ¡Ven!… ¡Ven!…
¿Y para qué hemos de llamar al Sol de Justicia? Para que nos ilumine con su santo esplendor, para que nuestra pobre alma, que yace en tinieblas y sombras de muerte, se vea al fin libertada.
Jesús lo dijo: Yo soy la Luz del mundo… El que viene en pos de mí, no camina en tinieblas…
La luz que Cristo esparce en nuestras almas es Luz de vida, es Luz cálida que nos transforma, que nos llena de paz y de felicidad, porque juntamente con ella nos trae el fuego divino del amor.
Con frecuencia sufrimos la ilusión de la luz y pensamos estar en la verdad; pero andamos a oscuras.
Que venga, pues, el Sol divino que nace siempre, que con sus esplendores llene el eterno amanecer de las almas…
Digámosle como la Iglesia: Ven y alumbra a todos los que están sumidos en tinieblas y sombras de muerte…
Y Jesús vendrá, y las sombras irán desapareciendo en nuestro corazón, y la luz de la gloria nos irá bañando con sus divinos resplandores, hasta que un día brille para nosotros la Luz terna…
Y El que nace siempre, el Oriente, nos iluminará en un pleno día que jamás tendrá ocaso…
Es la gracia que debemos implorar a Nuestra Madre, la Virgen Purísima, y al Buen san José…

