ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Trigésimo tercer entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
FENÓMENO VIII
LA SEÑAL GRANDE, O LA MUJER VESTIDA DEL SOL (III de VIII)
Continuación…
Artículo II
Versículos 3 y 4
Y fue vista otra señal en el cielo, y he aquí un gran dragón bermejo, que tenía siete cabezas, y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas. Y la cola de él arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las hizo caer sobre la tierra; y el dragón se paró delante de la mujer, que estaba de parto, a fin de tragarse al hijo, luego que ella le hubiese parido.
Represéntase aquí la antigua serpiente, que se llama diablo y Satanás, llena de vehementísimas sospechas, y por consiguiente de temores y sobresaltos, por la gran novedad de aquella mujer, a quien hasta entonces había mirado, como la mira todo el mundo, con un soberano desprecio.
Lo que le da mayor cuidado, no es el sol, ni la luna, ni las estrellas; sino la circunstancia terrible de verla preñada, sin haber podido impedir este mal, y tal vez sin haberlo sabido, y sin poder ahora impedir el parto que ya va a suceder.
Para remediar del modo posible un mal tan grave, y de tan pésimas consecuencias, ¿qué otro partido puede tomar, ni más pronto, ni más eficaz, que declararse con sus amigos, e implorar su socorro? Con aquéllos, digo, a quienes tiene tan obligados con toda suerte de lisonjas, halagos y servicios. A éstos, pues, recurre al punto, sin perder instante; todos los pone en movimiento, y aun se viste de ellos mismos, para agitarlos y animarlos más contra aquella mujer terrible y admirable, capaz de arruinarle todos sus proyectos.
Ésta es la razón por que se deja ver en figura de un monstruoso dragón, de color rojo o lleno de fuego, de ira y furor, y con siete cabezas y diez cuernos, cuya cifra no necesita de nueva explicación, quedando bastantemente explicada en el Fenómeno III.
Como si estos ejércitos fuesen todavía insuficientes para pelear contra una mujer, no dándose el dragón por seguro, por la grandeza de sus temores, bien fundados a la verdad, llama también en su socorro otra especie de soldados, mucho más peligrosos que todos los ejércitos del mundo.
Trae con su cola (símbolo propio de la lisonja, del halago, de la seducción; pues como se lee en Isaías, IX, 15: el profeta que enseña mentira, ése es la cola), trae, digo, con la cola, nada menos que la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arroja a la tierra, para que le sirvan a él, en lugar de lucir en el cielo, como era su destino y obligación.
Por estas estrellas metafóricas arrancadas del cielo con la cola del dragón, yo no entiendo otra cosa, sino lo que hallo en algunos autores graves, que citan y siguen en esto a San Jerónimo, y a Teodoreto. Y la cola de él (dice este último) arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo… esto es, de aquellos varones príncipes de la Iglesia, no solamente políticos, sino también doctores eclesiásticos y religiosos, que a manera de estrellas brillan y se aventajan en el orbe a los demás; lo cual no deja de concordar con lo que dijimos en otra parte, hablando de la bestia de dos cuernos (Fenómeno III, párrafo IX).
Es verdad que así la caída de estas estrellas, como todos los otros misterios que contiene esta profecía, la ponen estos doctores en los tiempos mismos del Anticristo; pues dicen que el príncipe San Miguel bajará del cielo, y peleará con el dragón, para defender a la Iglesia de la persecución del Anticristo, y en otra parte sobre el capítulo XII del mismo Apocalipsis, dicen que bajará a matar al Anticristo, y destruir su imperio universal; mas si se quiere atender al texto sagrado, y a todo su contexto, como debe atenderse, parece claro que en los tiempos de que se habla en todo este capítulo XII, el Anticristo todavía no ha venido al mundo, o no se ha revelado públicamente, aunque se espera por momentos. Es necesario que la mujer de primero a luz lo que tiene dentro de sí, y después huya a la soledad, y se ponga en salvo, porque así conviene para los designios de Dios, como veremos después.
Armado, pues, el dragón con todas las armas, esto es, con los judíos no sellados, con la potencia terrible de las siete bestias; aunque todavía no unidas perfectamente en un solo cuerpo, y armado también con tantas estrellas que con su cola ha traído del cielo, y arrojado a la tierra, se presentará delante de la mujer que está para parir, o para impedir el parto, si esto fuese posible, o a lo menos para devorarlo luego que suceda; es decir, para hacerlo inútil o infructuoso; para impedir que tenga aquellas terribles consecuencias que con tanta razón sospecha y teme; para hacer que sea desde el vientre trasladado al sepulcro; para dejar, en fin, a la triste mujer en mayor soledad y desamparo, y en miseria más irremediable, aun después de un parto tan deseado, y tan esperado: para tragarse al hijo, luego que ella le hubiese parido.
Mas todo esto, ¿qué quiere decir en realidad? ¿Qué misterio particular se encierra en esta similitud?
Seguid la metáfora, y no tendréis gran dificultad de comprender este misterio.
Primeramente, se debe suponer, y se colige bien claramente del mismo texto, que el dragón, o no ha sabido, porque Dios se lo ha ocultado, como le oculta infinitas cosas, o no ha podido impedir que la mujer conciba dentro de sí a Cristo, y que Cristo se forme en ella: la fe es por el oído; en lo cual ha trabajado, o Elías solo (pues es éste su propio ministerio a que está destinado), o junto con Elías algunos otros operarios elegidos de Dios de entre las gentes cristianas (lo que parece no poco verosímil, así como los judíos cristianos trabajaron al principio en la conversión de las gentes).
Lo segundo, se debe suponer, que en aquel tiempo y circunstancias, en que el dragón que tenía siete cabezas, y diez cuernos, y también la tercera parte de las estrellas del cielo, se presenta con estas armas terribles delante de la mujer, tampoco puede impedir su parto metafórico, esto es, que la mujer confiese públicamente su fe, y se declare públicamente por Cristo Jesús; pues este parto en aquel tiempo ya insta, ya se espera por momentos, ya va a suceder.
Pues en esta constitución tan crítica, en este conflicto, en esta urgencia, ¿qué remedio? No hay otro que devorar el parto mismo, es decir, trabajar con todo el empeño posible, ya con amenazas, ya con seducción, ya con la fuerza abierta, en que la mujer se arrepienta de lo hecho; que desconozca, como si no fuese suyo, el fruto de su vientre, que acaba de dar a luz entre tantos dolores; que lo sacrifique a la pública tranquilidad; que lo niegue; que lo repruebe; que lo olvide; que rompa o desate aquella cuerda intolerable con que lo ha ligado, recibiendo en recompensa el espíritu de plena libertad; esto es, el espíritu dulce y humano que divide a Jesús, de que en aquellos tiempos estará llena casi toda la tierra.
Para esto son sin duda aquellos ejércitos, y aquellas armas terribles de que el dragón aparece vestido como que tiene o tendrá entonces a su disposición siete cabezas y diez cuernos, en que se simboliza la fuerza y la violencia, y por otra parte innumerables estrellas, que ha arrancado del cielo con su cola, símbolo propio del engaño, y de la seducción.
Esto es todo lo que puedo comprender o sospechar en aquella admirable similitud: y el dragón se paró delante de la mujer… a fin de tragarse al hijo, luego que ella le hubiese parido.
No creo que el dragón sea tan insensato, que pueda imaginarse capaz de devorar realmente el hijo mismo de que se habla.
Continuará…
