ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO
El año decimoquinto del imperio de Tiberio César, gobernando Poncio Pilato la Judea, siendo Herodes tetrarca de la Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, hallándose Sumos Sacerdotes Anás y Caifás, el Señor hizo entender su palabra a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
Y vino por toda la ribera del Jordán, predicando un bautismo de penitencia, para remisión de los pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor; enderezad sus sendas. Todo valle será terraplenado, todo monte y cerro rebajado; y los caminos torcidos serán enderezados, y los escabrosos allanados; y verán todos los hombres la salud de Dios.
Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor…
Como todos sabemos, durante este tiempo litúrgico del Adviento nos hemos preparado para conmemorar en Navidad la Primera Venida de Nuestro Señor, teniendo en perspectiva y como telón de fondo su Parusía, el retorno de Jesucristo en gloria y majestad al fin de los tiempos.
Estos dos Advientos constituyen dos fases del mismo misterio de salvación. El Primer Adviento no se comprende sin el Segundo… El Retorno de Jesucristo da cumplimiento y perfección a su Encarnación…
Los Padres de la Iglesia, fieles a la Escritura, no disociaron estas dos Venidas, sino que las consideraron conjuntamente y hablaron de ellas sin separar una de la otra.
Entre otros, San Cirilo de Jerusalén escribe: “Anunciamos la Venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. En la primera venida fue envuelto con pajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de Ángeles”.
No esperamos un Mesías y un Salvador. La prolongada noche de la espera ha pasado ya, y el Niño de Belén es el Redentor prometido. Nos encontramos en la plenitud de los tiempos. El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Es Emmanuel, Dios con nosotros.
Pero a pesar de todo esto, la Iglesia continúa aguardando y esperando. Ella espera y ansía la plenitud de la Venida de Cristo. El Reino de Dios no ha sido establecido aún de manera plena, y su instauración es lo que suplicamos en la segunda petición del Padrenuestro: Venga tu Reino…
La Iglesia, consciente de que su esperanza descansa en el futuro, mira hacia la restauración de todas las cosas en Cristo y por Cristo, hacia aquellos Nuevos cielos y Nueva tierra, en que Ella, el Reino de Dios, alcanzará su plena perfección.
La Santa Liturgia nos exhorta a la vigilancia y a la oración.
Vigilar significa vivir con el pensamiento puesto en la Segunda Venida de Cristo. Debería ser la actitud constante del cristiano, un estado de ánimo habitual que informe y anime toda su actividad.
Esta vigilancia, este estar alertas, no debe inquietar ni angustiar, sino todo lo contrario: es una espera paciente, pacífica, llena de amor y de gozo.
La Santa Iglesia por su Liturgia nos invita a la oración. Estar junto al Pesebre, con la Santísima Virgen y el Buen San José, los ojos fijos en la Manifestación del Verbo Encarnado, y los labios balbuciendo Venga tu Reino…
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Llegará el día en que se constituirá el gran Consejo, aquel majestuoso tribunal que nos presentan los capítulos IV y V del Apocalipsis, que retoman la visión del Profeta Daniel, el cual, en su capítulo VII dice:
Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos; y se sentó el Anciano de días cuyo vestido era blanco como la nieve, y el cabello de su cabeza como lana blanca. Su trono era de llamas de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego corría saliendo de delante de él; millares de millares le servían, y miríadas de miríadas se levantaban ante su presencia. Se sentó el tribunal y fueron abiertos los libros. Miraba yo entonces a causa del ruido de las grandes palabras que hablaba el cuerno; y mientras estaba mirando fue muerta la bestia y su cuerpo destruido y entregado a las llamas del fuego. A las otras bestias también les fue quitado su dominio, pero les fue prolongada la vida hasta un tiempo y un momento. Seguía yo mirando en la visión nocturna, y he aquí que vino sobre las nubes del cielo uno parecido a un hijo de hombre, el cual llegó al Anciano de días, y le presentaron delante de Él y le fue dado el señorío, la gloria y el reino, y todos los pueblos y naciones y lenguas le sirvieron. Su señorío es un señorío eterno que jamás acabará, y su reino nunca será destruido. (Daniel VII, 9-14)
Después de haber concluido el Profeta el gran misterio de las cuatro bestias, pasa a referir otro misterio principalísimo, en íntima relación con el de las bestias, y con su fin: estando sentado en su trono el mismo Dios vivo y verdadero, y con Él los otros conjueces en sus respectivos tronos, se vio venir como en las nubes del cielo una persona admirable como Hijo de Hombre, el cual se encaminó directamente a dicho Consejo; y entrando en él, se avanzó inmediatamente hasta el trono de Dios, ante cuya presencia fue presentado por otros.
Dios le dio a esta persona admirable la potestad, el honor y el reino; en cuya consecuencia natural y legítima, le servirán en adelante como súbditos suyos todos los pueblos, tribus y lenguas.
Ahora bien, estas cosas que aquí se dicen, no se han verificado todavía. Luego, debe llegar tiempo en que todas se verifiquen.
Comparemos un texto con el otro, el texto del Profeta Daniel con el del Apocalipsis, y hallaremos entre ellos una tan gran analogía; a punto tal que el primero parece una explicación del segundo, y el segundo la inteligencia del primero.
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Nuestro Señor se presenta, pues, delante del trono de su Padre para recibir del mismo Dios, públicamente, en su gran Consejo, la potestad, el honor y el reino; no cierto en acto primero o en derecho (que de este modo lo tiene ahora, y lo ha tenido siempre), sino en acto segundo, o en ejercicio, con lo cual concuerda perfectamente la expresión del texto de San Juan: que había de regir todas las gentes con vara de hierro.
De aquí se sigue naturalmente, que esta potestad, este honor, este reino, que en aquel tiempo se le ha de dar al Hijo del Hombre, no lo ha recibido hasta el presente.
Es verdad que después de su resurrección se fue este Hijo del Hombre al cielo, o a una tierra distante para recibir allí un reino, y después volverse. Es verdad que entonces se sentó con suma gloria y honor a la diestra del Padre. Es verdad que en el cielo, a la diestra del Padre, está honrado y glorificado por todos los Ángeles y Santos. Está ciertamente constituido rey y heredero universal de todas las cosas criadas; pues por Él y para Él se hicieron todas.
Mas también es igualmente verdad que esta herencia, esta potestad actual, este reino, este honor tan propio y tan debido al Hombre Dios, hasta ahora no lo ha recibido; porque hasta ahora no se le ha dado: Mas ahora, decía San Pablo, y nosotros lo decimos ahora con la misma verdad, mas ahora aún no vemos todas las cosas sometidas a Él.
Si todavía no se ven sujetas a Él todas las cosas; luego todavía no ha recibido en acto segundo la potestad, el honor y el reino, pues la sujeción y obediencia de todas las cosas a Él debe ser una consecuencia necesaria e inmediata de su potestad, honor y reino.
Y si no, ¿qué potestad, honor y reino, se le podrá dar en aquel tiempo de que habla el Profeta Daniel?
Así, aunque actualmente se halla ya el Hijo del Hombre, Cristo Jesús, en estado de gloria y de impasibilidad, no por eso deja de estar al mismo tiempo en una real y verdadera expectación, hasta que llegue el tiempo en que se le dé efectivamente toda la potestad, honor y reino, de que ya está constituido heredero irrevocablemente; poniendo sobre sus hombros todo el principado, y todas las cosas bajo sus pies: está sentado… a la diestra de Dios, dice el Apóstol, esperando lo que resta, hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies.
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Para acabar de comprender con mayor claridad lo que acabamos de decir sobre este Hijo del Hombre, presentado delante del trono de Dios, consideremos este mismo misterio con otra luz: leamos con mayor atención en los capítulos IV y V del Apocalipsis, en los cuales manifiestamente se repite, se explica, y se aclara todo el texto del Profeta Daniel.
Combinadas estas dos Escrituras, no parece sino que ambos Profetas se hallaron presente en espíritu a este mismo Consejo (el uno 500 años antes que el otro), y fueron testigos oculares de lo que allí se hacía, o se había de hacer a su tiempo; aunque a San Juan, como a discípulo tan amado, se le manifestaron en la misma visión algunas cosas más particulares.
Apocalipsis, capítulo IV
Después de esto tuve una visión y he aquí una puerta abierta en el cielo, y aquella primera voz como de trompeta que yo había oído hablar conmigo dijo: “Sube acá, y te mostraré las cosas que han de suceder después de éstas.” Al instante me hallé allí en espíritu y he aquí un trono puesto en el cielo, y uno sentado en el trono. Y Aquel que estaba sentado era a la vista como la piedra de jaspe y el sardónico; y alrededor del trono había un arco iris con aspecto de esmeralda. Y en torno del trono, veinticuatro tronos; y en los tronos veinticuatro ancianos sentados, vestidos de vestiduras blancas y llevando sobre sus cabezas coronas de oro; etc.
Si comparamos una profecía con otra, se puede apreciar que el misterio de que hablan es el mismo en sustancia, explicado solamente con diversas palabras, y añadidas en la segunda profecía algunas circunstancias más, como es frecuente en todas las alusiones del Apocalipsis.
Primeramente, el tiempo de que hablan, parece evidentemente el mismo.
Daniel vio formarse este gran Consejo en los tiempos de su cuarta bestia; y no es posible dudar que son ya tiempos muy inmediatos a la venida del Señor, pues éste será algún Consejo o juicio oculto que hará Dios con sus Ángeles y Santos para condenar al Anticristo, y mirar por el honor de Cristo y bien de su Iglesia.
San Juan nos representa este mismo Consejo y juicio conocidamente en los mismos tiempos, porque parece cierto que este Consejo y juicio tan solemne de que aquí se habla no se ha formado hasta el día de hoy, pues hasta ahora no se ha visto consecuencia alguna de tantas y tan grandes cosas que anuncia la misma profecía como resultados inmediatos de aquel mismo Consejo.
Daniel dice, que en los tiempos de las cuatro bestias vio que se ponían muchos tronos, y se sentaba en ellos el juicio; primeramente Dios mismo, a quien llama el Anciano de Días, y después en otros tronos inferiores otros conjueces.
San Juan dice lo mismo con diversas palabras. En lugar del Anciano de Días, dice: sobre el trono estaba uno sentado; y por lo que mira a los otros conjueces, señala su número preciso: y sobre los tronos veinte y cuatro ancianos sentados.
Daniel vio millares de millares de ángeles alrededor del trono de Dios.
San Juan no sólo vio todos estos millares de millares de ángeles alrededor del trono, sino también oyó sus voces.
Por abreviar, Daniel nos representa una persona singular y admirable, como Hijo de Hombre, la cual, entrando en aquel grande y supremo Consejo, se presenta delante del trono de Dios mismo, que allí preside, y recibe de Él inmediatamente la potestad, el honor y el reino.
San Juan nos representa esta misma persona singular y admirable, bajo otra semejanza, y con otras circunstancias más particulares, y todavía más admirables; esto es, bajo la semejanza de un inocentísimo Cordero que se presenta, y está en pie delante del trono de Dios: así como muerto; como alegando el mérito infinito de su obediencia hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual recibe de mano del mismo Dios cierto libro cerrado y sellado con siete sellos que ninguno es digno de abrir ni puede abrir sino él solo.
Lo abre allí mismo a vista de aquella numerosa y respetable asamblea, que espera con vivas ansias aquel momento feliz, el cual llegado, se sigue luego inmediatamente en todo el universo una tan gran admiración, una alegría, un júbilo, una exultación tan sagrada y tan universal, que no sólo los ángeles, y los conjueces y testigos, sino junto con ellos todas las criaturas del universo, aun las irracionales e insensibles, todas claman a una voz, todas dan gloria a Dios, y se regocijan de ver abierto el libro en manos del Cordero. Leamos y saboreemos:
Y vi en la diestra de Aquel que estaba sentado sobre el trono un libro, escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel poderoso que, a gran voz, pregonaba: “¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y nadie en el cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun fijar los ojos en él. Y yo lloraba mucho porque nadie era hallado digno de abrir el libro, ni de fijar en él los ojos. Entonces me dijo uno de los ancianos: “No llores. Mira: el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha triunfado, de suerte que abra el libro y sus siete sellos.” Y vi que en medio delante del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos estaba de pie un Cordero como degollado, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus de Dios en misión por toda la tierra. El cual vino y tomó el libro de la diestra de Aquel que estaba sentado en el trono. Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron ante el Cordero, teniendo cada cual una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: “Tú eres digno de tomar el libro, y de abrir sus sellos; porque Tú fuiste inmolado, y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda tribu y lengua y pueblo y nación; y los has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra.” Y miré y oí voz de muchos ángeles alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos; y era el número de ellos miríadas de miríadas, y millares de millares; los cuales decían a gran voz: “Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir poder, riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria y alabanza,” Y a todas las creaturas que hay en el cielo, sobre la tierra, debajo de la tierra y en el mar, y a todas las cosas que hay en ellos oí que decían: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos.” Y los cuatro vivientes decían: “Amén.” Y los ancianos se postraron y adoraron.
El mismo discípulo amado, que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas, y sabemos que su testimonio es verdadero, nos asegura que, luego al punto que el Cordero recibió el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono, y lo abrió públicamente en aquel Consejo extraordinario, oyó en todo el universo todas estas voces de júbilo sagrado.
Los consejeros mismos y conjueces se postraron delante del Cordero… Y cantaban un cántico nuevo…
Los millares y millares de ángeles dijeron: Digno es el Cordero, que fue muerto, de recibir virtud, y divinidad, y sabiduría, y fortaleza, y honra, y gloria, y bendición.
Las demás criaturas del universo clamaron a una voz: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, la alabanza, el honor, la gloria y el imperio por los siglos de los siglos.”
Todo esto concuerda admirablemente con muchísimas cosas semejantes anunciadas y preparadas para aquellos tiempos en los Profetas y en los Salmos.
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Este Consejo persevera abierto y en continua operación los cuarenta y dos meses que debe durar entre las gentes la gran tribulación del Anticristo, hasta que del mismo Consejo o tribunal supremo se desprenda la piedra, y se encamine directamente hacia la estatua, hiriéndola en sus pies de hierro y de barro; hasta que el Hijo del Hombre, el Cordero, Cristo Jesús, llegada aquella hora y momentos que puso el Padre en su propio poder, y que espera con las mayores ansias el cielo y la tierra, vuelva a ésta después de haber recibido el reino con toda aquella gloria y majestad con que se describe en el capítulo XIX del Apocalipsis.
Esta verdad no sólo se colige, sino que se ve con los ojos, leyendo con alguna mediana atención el mismo Apocalipsis, desde el capítulo IV, hasta el XIX.
Después de abierto aquel Consejo extraordinario; después que el Hijo del Hombre se presenta en dicho juicio y recibe el libro de mano de Dios mismo, se ve en el Apocalipsis que de este mismo Consejo y juicio supremo empiezan luego a salir, y prosiguen saliendo, hasta la venida del Señor, nuevas, repetidas y casi continuas órdenes contra la tierra, contra la bestia en especial, contra los adoradores de la bestia, contra los que traen ya en la frente o en las manos su carácter, o su nombre, o el número de su nombre; todo lo cual no es otra cosa que el reniego o la formal apostasía.
De este Consejo o juicio se ven salir, conforme se van abriendo los siete sellos del libro, aquellos siete misterios, que son verdaderos males, y verdaderas plagas.
De este Consejo o juicio se ven salir aquellos cuatro Ángeles, que estaban sobre los cuatro ángulos de la tierra… a quienes era dado poder dañar a la tierra, y a la mar.
De este Consejo o juicio, después de abierto el último sello del libro, y habiendo precedido un silencio como de media hora, se ven salir luego inmediatamente siete Ángeles, a quienes les fueron dadas siete trompetas, a cuyo sonido y a cuyas voces van sucediendo y efectuándose en la tierra aquellas siete plagas horribles de que se habla en los capítulos VIII y IX y parte del X.
De este Consejo o juicio se ve salir un Ángel con un incensario en la mano lleno de brasas de fuego, las cuales arroja sobre la tierra: y fueron hechos truenos, y voces, y relámpagos y terremoto grande.
Poco después se ven salir del mismo Consejo otros siete Ángeles, cada uno con su copa o redoma, en las cuales llevan las siete plagas postreras. Porque en ellas es consumada la ira de Dios; y a quienes se dice: Id, y derramad las siete copas de la ira, de Dios sobre la tierra.
De este Consejo o juicio, después de sustanciada la causa, y dada la sentencia, sale también la orden de su ejecución contra la gran Babilonia, que allí mismo vino en memoria delante de Dios, para darle el cáliz del vino de la indignación de su ira; la que se ve ya en aquel tiempo sentada sobre la bestia, y no obstante llena de presunción y seguridad, diciendo dentro de su corazón: Yo estoy sentada reina, y no soy viuda, y no veré llanto.
En suma, de este Consejo o juicio supremo se ven salir tantas, tan nuevas, tan inauditas órdenes contra la tierra, que cualquiera las puede observar fácilmente, si lee con cuidado el divino libro del Apocalipsis, desde el capítulo IV en que se abre el Consejo y empieza la visión hasta el XIX en que se ve bajar del cielo en su propia persona el Rey de los reyes.
Dicha visión es introducida de esta manera:
Después de esto oí en el cielo como una gran voz de copiosa multitud, que decía “¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios; porque fieles y justos son sus juicios, pues Él ha juzgado a la gran ramera, que corrompía la tierra por su prostitución, y ha vengado sobre ella la sangre de sus siervos.” Y por segunda vez dijeron: “¡Aleluya!” Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos. Y se postraron los veinticuatro ancianos, y los cuatro vivientes, y adoraron al Dios sentado en el trono, diciendo: “Amén. ¡Aleluya!” Y salió del trono una voz que decía: “¡Alabad a nuestro Dios todos sus siervos, y los que le teméis, pequeños y grandes!” Y una voz como de gran muchedumbre, y como estruendo de muchas aguas, y como estampido de fuertes truenos, que decía: “¡Aleluya! porque el Señor nuestro Dios, el Todopoderoso, ha establecido el reinado. Regocijémonos y saltemos de júbilo, y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y se le ha dado vestirse de finísimo lino, espléndido y limpio; porque el lino finísimo significa la perfecta justicia de los santos.” Y me dijo: “Escribe: ¡Dichosos los convidados al banquete nupcial del Cordero!”
Finalmente, el Juez del mundo vendrá como Rey a derrotar a sus enemigos. Su triunfo, anunciado desde las primeras páginas del Libro sellado, va ahora a manifestarse ante todo contra el Anticristo; el Mesías en persona se reserva la primera ejecución:
Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que montaba es el que se llama Fiel y Veraz, que juzga y pelea con justicia. Sus ojos son llama de fuego, y en su cabeza lleva muchas diademas, y tiene un nombre escrito que nadie conoce sino Él mismo. Viste un manto empapado de sangre, y su Nombre es: el Verbo de Dios. Le siguen los ejércitos del cielo en caballos blancos, y vestidos de finísimo lino blanco y puro. De su boca sale una espada aguda, para que hiera con ella a las naciones. Es Él quien las regirá con cetro de hierro; es Él quien pisa el lagar del vino de la furiosa ira de Dios el Todopoderoso. En su manto y sobre su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores.
Preparemos nuestra alma para este Día del Señor, en que vendrá en gloria y majestad.
Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor…

