SANTA OLIMPIA

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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 Hoy nos encomendamos a:

SANTA OLIMPIA

VIUDA (hacia 368.410)

NINGUNA biografía antigua queda de esta ilustre viuda; empero su vida es  históricamente conocida por autores contemporáneos suyos. San Juan Crisóstomo le dirigió al menos diecisiete de sus numerosas epístolas, y Paladio, en la historia del santo Doctor, la menciona frecuentemente.

Nació Olimpia en Constantinopla, hacia 368, imperando el arriano Valente, en ocasión en que dicho príncipe desencadenaba sobre el Oriente una espantosa persecución.

Su padre, el conde Anicio, desempeñaba en la corte un cargo importante; su madre estaba emparentada con Arsacio el Grande, rey de Armenia. Confiáronla, de joven, a Geodosia, hermana de San Anfiloquio, apóstol de Licaonia, «ángel y paladín de la verdad», en expresión de San Gregorio Nacianceno.

La piadosa preceptora la inició en el amor de Jesucristo depositando en su tierno corazón el germen de las virtudes que más tarde habían de crecer y embalsamar la Iglesia de Constantinopla.

Aquella martirizada Iglesia hubo de soportar a los obispos heréticos Eusebio de Nicomedia, Macedonio y Eudoxio, después de haber visto a su pastor legítimo, Pablo, emprender el camino del destierro. En 370 murió Eudoxio, y Valente le sustituyó por Demóíilo de Berea, «el más cruel fautor de la perfidia arriana», dice el Concilio de Aquileya. En tal estado se encontraba aquella infortunada cristiandad cuando los fieles de Bizancio se llegaron, en 379, a San Gregorio Nacianceno, obispo dimisionario de Sasima y Nacianzo, para rogarle que consolara a aquel rebaño sin pastor. Le encontraron en Seleucia de Isauria, donde vivía retirado desde la muerte de su padre, una vez que su sede quedó provista. Resistíase él a aceptar; mas, rindióse al fin ante las súplicas de San Basilio, moribundo, y de sus amigos.

No bien llegado a Constantinopla y haciendo caso omiso de la persecución incesante de los herejes, emprendió animosamente su labor. Tuvo su primera iglesia en la propia morada. Porque, decía: «Así como Jebús trocó su nombre por el de Jerusalén, y Silo se llamó más tarde Belén, yo di una denominación nueva y profética a mi casa y la llamé Anastasia —esto es, Resurrección—, porque en su recinto había de revivir la fe de Constantinopla».

Anicio y su familia fueron los primeros en frecuentarla. El alto cargo y gran prestigio de que gozaba en el imperio hacían de él uno de los principales sostenes de la renaciente Iglesia.

La joven patricia Olimpia aprendió en aquella escuela el amor a los menesterosos, que constituiría el carácter dominante de su vida. Desde pequeñita gustábale ministrar a los necesitados que se acercaban al palacio paterno; por eso los pobres volvían con duplicado contento, pues a la abundante limosna, unía la Santa, con afabilidad exquisita, el consuelo espiritual.

AMISTAD DE ANICIO Y DE SAN GREGORIO NACIANCENO

EN una de sus cartas da cuenta San Gregorio de la gran amistad que había entre él y Anicio. El santo prelado sorprendió en la hija del conde tan poderosa inteligencia y cualidades tan excelentes, que quiso perfeccionar personalmente su instrucción religiosa. Olimpia fué testigo ocular de las persecuciones movidas por los arríanos contra el santo obispo.

Vió cómo irrumpían en la Anastasia, desde donde la elocuencia arrebatadora de Gregorio se expandía por toda Constantinopla; oyó amenazas de muerte contra el predicador de la verdad, y admiró la tenacidad y perseverancia del Santo, de todo lo cual sacó ella espiritual provecho y aprendió a mostrar gran firmeza en las adversidades. También presenció los jubilosos idías del triunfo de la fe, cuando, tras diez años de pruebas, en 380, llegó a Constantinopla el vencedor de los godos, Teodosio el Grande, y luego de deponer al falso pastor Demófilo, acompañó a San Gregorio a la patriarcal basílica de los Doce Apóstoles.

Pero semejante alegría iba a durar poco. Un año después, San Gregorio, que en el concilio ecuménico de Constantinopla se cubriera de gloria, vióse envuelto en las acusaciones de sus enemigos, los cuales le echaban, en cara el haber preferido la sede constantinopolitana a la de Sasima. Por amor a la paz, Gregorio creyóse obligado, no obstante los ruegos de algunos conciliares y el voto unánime de su pueblo, a presentar la dimisión y retirarse.

MATRIMONIO Y VIUDEZ DE OLIMPIA. — PRUEBAS

A los 18 años, Olimpia fué dada en matrimonio a Nebridio, intendente de los señoríos del emperador Teodosio. Anicio tuvo la delicada atención de invitar al obispo ausente por medio de un mensajero; el santo viejo, desde su lejano retiro, contestó con una carta que empezaba así: «Gregorio, enfermo, a su fiel Anicio, que goza de buena salud». Luego excusaba su asistencia diciendo que no era fácil ni decente para un goloso como él acudir a un banquete nupcial.

Adjunto envió a la recién casada un epistolario en el que se hermanan su corazón de padre y su imaginación de poeta.

«Éste es, hija mía —decía el santo obispo—, mi regalo de bodas, regalo Utilísimo, pues los consejos de un padre son siempre excelentes. No son los colores deslumbrantes, ni las pedrerías engastadas en oro, ni las purpúreas telas lo que realza la hermosura de una matrona. Sean para otras estos adornos.

Por lo que a ti toca, abrázate a la modestia, la gravedad y la inocencia como a tus mejores galas. No podrías dar con flores más bellas.

«Consagra a Dios tu principal amor; luego date a tu esposo. Sean comunes vuestras alegrías y también vuestras aflicciones.

»Deja a tu marido la solicitud por los negocios de fuera; llenen tus días, en cambio, la rueca y el huso y la meditación de los divinos oráculos.

Vive sobre aviso, pues los placeres de este mundo conducen siempre a la corrupción del corazón más puro, a la manera que el rayo de sol logra poco a poco disolver la más blanca cera.

»Aun quiero expresarte un anhelo: el último. Ojalá seas en la casa de tu marido cual viña abundosa: que veas a los hijos de tus hijos nacer y desarrollarse alabando al Señor.»

Ambos esposos eran dignos el uno del otro. Por Paladio sabemos que de común acuerdo observaron perfecta continencia. Transcurridos apenas veinte meses, murió Nebridio dejando a Olimpia presa de indescriptible dolor.

Viuda a los veinte años y dueña de inmensa fortuna, Olimpia vióse pronto asediada por una multitud de pretendientes. Teodosio mismo la instó a aceptar la mano de uno de sus parientes llamado Elpidio.

—Si Dios me hubiera querido casada —respondió Olimpia al emperador—, no habría llamado a Sí a mi primer esposo. Al romper mis lazos, me muestra la vía que su Providencia me ha trazado: la de la cristiana viudez.

Ello fue la señal de empezar los sufrimientos y persecuciones de la intrépida joven; durante ellos se manifestaron también sus más hermosas y heroicas virtudes. San Juan Crisóstomo, al escribirle, más tarde, comparaba sus pruebas a las del santo Job.

Teodosio no se dejó convencer por las razones de Olimpia. Atribuyó su negativa a su ardor juvenil, exaltado y poco duradero. En demostración de ello, ordenó que sus bienes fuesen administrados por el intendente del dominio imperial. Disposición tan tiránica fué ejecutada con un rigor que la hacía más odiosa. El funcionario encargado de administrar el patrimonio secuestrado, se arrogó una autoridad despótica sobre la propia persona de Olimpia: la impidió frecuentar el santo templo e incluso conversar con el obispo San Nectario.

Pasó por todas las vejaciones; pero su impasibilidad ante las demasías de su carcelero no le impidió dirigirse al mismísimo emperador.

«Os agradezco, señor —le escribió—, el haberos encargado de la administración de mi fortuna: me habéis librado con ello de una pesada preocupación.

Terminad vuestra obra ordenando se distribuyan mis bienes a los pobres y a la Iglesia; eso es lo que habría hecho yo misma. Además, así me evitaréis el caer en tentaciones de vanagloria a que este linaje de exhibiciones se presta de costumbre.»

Teodosio leyó la carta, reconoció el abuso que de su poder había hecho, y lo reparó devolviendo a Olimpia la fortuna y libertad que le quitara.

OLIMPIA, DIACONISA

MUERTO su marido, había adoptado Olimpia un género de vida más austero que el seguido hasta entonces. Sus ayunos se hicieron más rigurosos y continuados: jamás comía carne. Dió libertad a sus esclavos, los cuales continuaron voluntariamente a su servicio. Ella misma administraba sus tesoros en beneficio exclusivo de los pobres; las más remotas ciudades, las islas y los desiertos, las iglesias sin recursos experimentaban sin cesar los efectos de sus larguezas. 

San Nectario, a quien los Padres del Concilio constantinopolitano de 381 habían elegido como sucesor de San Gregorio, la nombró diaconisa de su Iglesia, en recompensa a su celo.

Conviene observar que la institución de las diaconisas es de origen apostólico.

Eran consagradas por el obispo, que les imponía las manos con fórmulas litúrgicas especiales; naturalmente, no participaban en las funciones clericales, pero ayudaban en la administración de los sacramentos y en la distribución de las limosnas. Se ocupaban también en la instrucción de catecúmenas y en confeccionar ornamentos y lienzos de altar. Al tomar el velo emitían el voto de castidad perpetua.

Olimpia vacó a estos ejercicios santos de 381 a 397, mientras duró el episcopado de San Nectario. También en este período de su vida abundó en contradicciones y pruebas. Afligida sucesivamente por crueles dolencias y tenebrosas calumnias, no cesó —en expresión de San Juan Crisóstomo— de verter torrentes de amargas .lágrimas.

OLIMPIA Y SAN JUAN CRISÓSTOMO

AL morir San Nectario, Arcadlo, que había sucedido a Teodosio en el trono de Oriente, convocó a clero y pueblo de Constantinopla para designar obispo. No bien Eutropio, chambelán del emperador, hubo pronunciado ante la asamblea el nombre de Juan, presbítero antioqueño, todos le aclamaron unánimemente.

A la cabeza de aquella Hermandad cristiana, que tantos consuelos había de procurar al Santo en medio de sus persecuciones, se encontraba Olimpia.

Las injusticias de los príncipes y el envidioso despecho de otros, fueron superados por las satisfacciones recibidas por parte de los buenos.

Las arcas de Olimpia proveyeron a la construcción de un hospital para valetudinarios y de un hospicio para los ancianos y huérfanos. La santa viuda estaba en todo, y como la verdadera caridad es contagiosa, luego veía sustituidos por otros los tesoros gastados en bien del prójimo.

El ano 400 Calcedonia fué destruida por un terremoto. Olimpia y Juan Crisóstomo atendieron solos a la subsistencia de poblaciones enteras. Por eso se decía entonces: «Mientras el Universo cubre de adulaciones a la emperatriz Eudoxia, abruma de bendiciones a Olimpia».

SUCESIVOS DESTIERROS DE SAN JUAN CRISÓSTOMO

Este santo prelado fue para Olimpia consolador y padre, como ya lo fueran en sus días San Gregorio y San Nectario. Pero, ¡ay!, se acercaban para la Santa nuevas horas de amargura. La valiente independencia del pontífice al reprender los vicios de la corte y del pueblo, le enajenó la voluntad de Eudoxia. Esta altiva mujer puso todo en juego para lograr su deposición. Un conciliábulo reunido en 403 en la iglesia de la Encina, en el arrabal de Calcedonia, decretó la condenación del Santo.

Cuando los soldados imperiales se llegaron al Patriarca para conducirlo a Prenesto de Bitinia, Olimpia estaba asistiéndole en la iglesia de los Apóstoles.

Siguióle hasta el embarcadero; los marinos, obedeciendo a una consigna, se apresuraron a levar anclas para evitar el concurso del pueblo y, remontando el Bósforo, avistaron al siguiente día el puerto de Hiero, en el Ponto Euxino.

Al saberlo el buen pueblo de Constantinopla, se manifestó en masa frente al palacio imperial, reclamando a gritos que se le devolviera a su pastor.

Eudoxia, previendo el peligro a que podía exponerse si no atendía la justa demanda, apresuróse a repatriar al Crisóstomo.

Pero no tardó en estallar nueva tempestad. No gustaba a la emperatriz que se le recordaran sus deberes de princesa cristiana, y los émulos del Patriarca guardaban aún el rencor en sus pechos. Pocos meses más tarde, el manso pontífice vió de nuevo invadida su morada por los esbirros de Arcadlo.

Entregóse al instante y salió silenciosamente de la basílica de Santa Sofía para no soliviantar al pueblo fiel.

Antes de separarse del baptisterio —refiere Paladio—, llamó a Olimpia y demás diaconisas para hacerles sus postreras recomendaciones; «Venid, hijas mías —les dijo—, escuchad por última vez a vuestro padre. A juzgar por las apariencias, el fin de mi vida se acerca. He llenado mi carrera y posiblemente ya no nos veremos más. Espero de vosotras una sola cosa, y es que prosigáis en favor de esta Iglesia en vuestra conducta abnegada como hasta aquí. Al que por sufragio del clero y pueblo sea elevado a la mitra, recibidle como «vuestro pastor» e inclinad vuestra cabeza ante sus bendiciones, como lo hacíais conmigo. Hijas mías, os dejo en las manos misericordiosas de Dios. Encomendadme a Él en vuestras plegarias».

Al oír estas palabras, cayeron a los pies de su obispo, deshechas en lágrimas. Juan, entonces, las confió a uno de sus auxiliares: «Llevadlas a su casa —dijo—, para que sus lamentos no trasciendan al público». Entonces las santas mujeres contuvieron su emoción y se retiraron en calma.

CARTAS DE SAN JUAN A OLIMPIA

JUAN fué conducido como preso vulgar a Cucusa, en Armenia. Durante su viaje, largo de varios meses, pensó con frecuencia en aquella mujer extraordinaria cuyas virtudes alegraban al Señor. Llegado a Cesarea de Bitinia, dirigió a su diaconisa estas consoladoras líneas:

«Veo por doquier tropeles de hombres y mujeres que se llegan a mí para llorar conmigo. Estas lágrimas me traen a la memoria las que vos derramaréis, sin duda, con mayor abundancia. Mas pensad que en lo más recio de la tormenta el buen piloto no larga todas sus velas; al contrario, las recoge para moderar la marcha de su embarcación y navegar más seguramente. Moderad vos también vuestro dolor.»

Algunas jornadas después, al llegar a Nicea, pedíale noticias de su persona, y la rogaba que disipase su tristeza; desde Cesarea de Capadocia la conjuraba que dejase ya sus llantos. Finalmente, en el término de su viaje, se apresuró a notificarle su feliz llegada. Esta santa correspondencia no se interrumpió durante los tres años que duró la ausencia del Prelado.

OLIMPIA ANTE EL TRIBUNAL DEL PREFECTO DE CONSTANTINOPLA

EL mismo día de la marcha de San Juan, un incendio de misterioso origen redujo a pavesas la basílica de Santa Sofía. Acusaron como autores del hecho a los partidarios del obispo desterrado, siendo forzados a comparecer los más influyentes ante el tribunal del pagano Optato, prefecto de la ciudad. Olimpia no podía faltar en tal ocasión. Sozomeno nos ha conservado las circunstancias de aquel interrogatorio:

—¿Por qué —preguntó Optato— has quemado la basílica?

—Yo —respondió Olimpia—, que me he pasado la vida y gastado mi fortuna en levantar templos a Jesucristo, no los quemo; no es ésa mi misión.

—Conozco todos tus antecedentes —replica el magistrado.

—Pues bien —saltó con firmeza Olimpia—, si quieres discurrir sobre mi vida como acusador, baja de ese sitial y ve a sentarte entre los testigos, y llama a otro juez que entienda en mi causa.

Entonces el indigno funcionario, variando el tono, se dedicó a persuadirla de que era una insensatez en ella exponerse a tantas desazones y malquerencias, cuando para evitarlas bastaba someterse a Arsacio, que no era otro que el sustituto de San Juan Crisóstomo en la sede de Constantinopla, a despecho de las reclamaciones del Papa, a quien el Patriarca desterrado había apelado.

Olimpia contestó al prefecto con santa altivez:

—Estoy ante ti para escuchar mi sentencia y no tus consejos. Pero sábete que si pretendes obligarme a que comunique con Arsacio, jamás consentiré en cosa tan contraria a mi conciencia.

Entonces el prefecto, fingiendo suavidad, la despidió. Olimpia retiróse a su modesta vivienda, junto a Santa Sofía, donde esperaban sus compañeras; desde allí, enferma y alcanzada por toda suerte de vejaciones, escribió al santo desterrado cartas llenas de afectuosa veneración, en las que califica de bagatelas las penalidades y persecuciones de que ella misma era objeto. Juan, a su vez, la felicita por su valentía no obstante la debilidad de su cuerpo y mezquina salud; ensálzala porque se ha constituido en sostén y fortaleza de una gran ciudad y porque, sin mostrarse en público, enciende en su propio heroísmo a los defensores de la verdad.

Poco después se vió obligada a refugiarse en Círico; pero fué detenida.

De vuelta a Constantinopla, hubo de comparecer nuevamente ante el prefecto; una vez más rehusó prestar obediencia a Arsacio, lo que le valió una multa de 200 libras de oro y la confiscación y subasta de sus bienes; su querida comunidad fue disuelta y sus mismos criados, a quienes antaño colmara de favores, volviéronse contra ella pagando sus beneficios con ultrajes.

DESTIERRO Y MUERTE

SUS compañeras más santas y más queridas, Prócula, Ampruda, Asineritia, la noble viuda Pentadio y la admirable virgen Nicareta sufrieron un trato semejante. £1 corazón de Olimpia, tierno y fuerte a la vez, recibía así de continuo renovados dolores. «Una sola de vuestras penas —escribíale San Juan Crisóstomo— hubiera bastado para enriquecer espiritualmente vuestra alma».

Juan Crisóstomo continuaba echando mano de ella para la obra de las misiones en Persia y Fenicia, y para la propagación de la fe entre los godos, acampados en las orillas  septentrionales del mar Negro. No cejaron, sin embargo, los perseguidores en su infamia contra la intrépida mujer. Olimpia, después de intentar diversos medios para burlar a sus enemigos, fue confinada en Nicomedia, donde terminó su vida en caridad esforzada y perseverante oración, en 410, sin haber gozado del consuelo de volver a ver en la tierra a su mentor y padre espiritual, San Juan Crisóstomo.

Santa Olimpia es venerada por los griegos el 25 de julio, y por la Iglesia latina el 17 de diciembre. Los artistas la suelen representar en actitud de limosnera, o bien  compareciendo ante el emperador o ante el prefecto.

Leyenda de oro

DR. José Palau

Leer el Santo Evangelio del día  y catena aurea