DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Trigésimo segunda entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

FENÓMENO VIII

APOCALIPSIS – CAPÍTULO XII

LA SEÑAL GRANDE, O LA MUJER VESTIDA DEL SOL (II de VIII)

Continuación…

Párrafo IV

Se propone otra inteligencia de esta profecía

Ante todas cosas, debemos tener muy presente, sin olvidar lo único que hay en esta profecía célebre de claro y perceptible a cualquiera que lea; es a saber, que toda ella desde la primera hasta la última palabra es una metáfora, o una parábola, o una semejanza.

Los sucesos que se anuncian en ella tienen todo el aire de grandes, nuevos y extraordinarios, a proporción de la novedad y grandeza de las semejanzas con que son anunciados; mas por esto mismo se nos presentan como unos enigmas impenetrables.

La persona, o el sujeto, o el cuerpo moral de quien se habla, y de quien se dicen tantas cosas particulares, es ciertamente alguna cosa real, a la cual le conviene bien, aunque sólo por semejanza, no por propiedad, el nombre de una mujer, y todas las otras cosas particulares que dicen de ella; mas todas estas cosas particulares son tan metafóricas como ella misma.

Así como la palabra mujer es una metáfora o una semejanza, así lo es el sol de que se ve vestida; así lo es la luna que tiene a sus pies; así lo es la corona de doce estrellas; así lo es el cielo donde aparece esta gran señal; así lo es su preñez, sus dolores, su parto, etc.

En esta suposición visible y manifiesta, se concibe al punto, que para comprender bien las cosas particulares que se dicen de esta mujer, es necesario conocer primero con ideas claras, qué mujer es ésta, o qué es lo que aquí se nos presenta bajo la semejanza de una mujer.

Si esto no se conoce, a lo menos con una certeza moral, mucho más si se entiende en esta mujer otra cosa diversa de lo que en realidad significa, será moralmente imposible explicar de un modo claro y perceptible toda esta profecía. Cada paso que se diere como sobre un supuesto falso será consiguientemente paso falso.

Al contrario, si una vez se conoce dicha mujer, todo lo demás quedará accesible, todo se podrá ya explicar de un modo seguido y natural, sin artificio ni violencia, aunque por otras razones y circunstancias accidentales cueste algún trabajo.

Ahora, pues, como sobre el verdadero significado de esta mujer ha habido y puede haber en adelante diversas opiniones o diversos sistemas, ¿cómo podremos conocer cuál de ellos es el verdadero, o si hay alguno entre ellos que lo sea?

A esta pregunta yo no puedo responder otra cosa sino que dentro de nosotros mismos tenemos todos, por don del Criador, cierta balanza natural, bastante justa en sí (que suele llamarse sentido común, o lumbre de razón) en la cual podemos pesar, sin gran dificultad, estas diversas opiniones o sistemas, y saber por este medio el peso y valor intrínseco de cada uno.

La operación es fácil y simple, pues sólo consiste en confrontar y comparar atentamente el sistema, cualquiera que sea, con el texto mismo y con todo su contexto; y también, si esto se puede sin grave incómodo, con otras Escrituras que tengan con ésta alguna relación.

Si el sistema, puesto en esta balanza, y observado con atención, es hallado falto, esto sólo nos basta para mirarlo, no digo como malo, sino como no bueno.

Al contrario, si se halla en la balanza exactamente conforme al texto de la profecía con todo su contexto; si todo lo explica sin omitir una sola palabra; si todo lo explica sin violencia alguna, de un modo seguido, fácil, claro y perceptible; si, en suma, todo lo explica de un modo plenamente conforme a otros muchísimos lugares de la divina Escritura, a la cual alude visiblemente toda esta profecía, etc.; en este caso, cualquier juez imparcial deberá dar, según lo alegado y probado, una sentencia favorable; pues ésta es la mayor prueba que puede dar de su bondad un sistema, en cualquier asunto que sea.

Yo no me atreveré a asegurar, como una verdad, que la mujer que voy a proponer es precisamente la misma de que habla la profecía. Lo que sí me atrevo a asegurar es que en este sistema, la profecía se entiende al punto toda entera; toda entera se puede explicar seguidamente sin embarazo alguno, todas sus metáforas, todas sus expresiones, y aun todas sus palabras, sin omitir una sola, le competen a dicha mujer, según las Escrituras; ni se concibe otra cosa diversa a quien puedan competer con igual propiedad.

Si esto es así o no, sólo podrá saberse después que el sistema mismo y toda la explicación de la profecía, que voy a proponer, hayan entrado en la fiel balanza, y se hayan pesado y observado con la mayor y más escrupulosa exactitud.

Sistema propuesto

La mujer, de que habla San Juan en todo el capítulo XII del Apocalipsis, es aquella misma de quien se habla para su tiempo en otros muchísimos lugares de la divina Escritura, que deben ir saliendo en todo este discurso.

Es aquella misma a quien se dice por ejemplo: el Señor te llamó como a mujer desamparada, y angustiada de espíritu, y como a mujer que es repudiada desde la juventud, dijo tu Dios. Por un momento, por un poco te desamparé, mas yo te recogeré con grandes piedades. En el momento de mi indignación escondí por un poco de ti mi cara, mas con eterna misericordia me he compadecido de ti, dijo el Señor tu Redentor. Esto es para mí como en los días de Noé, a quien juré que yo no traería más las aguas de Noé sobre la tierra; así juré que no me enojaré contigo, ni te reprenderé. Porque los montes serán conmovidos, y los collados se estremecerán; mas mi misericordia no se apartará de ti, y la alianza de mi paz no se moverá, dijo el Señor compasivo de ti. Pobrecilla combatida de la tempestad, sin ningún consuelo. Mira, que yo pondré por orden tus piedras, y te cimentaré sobre zafiros… Y serás cimentada en justicia. (Isaías LIV. 6-11).

Es aquella misma a quien se dice: Levántate, esclarécete Jerusalén; porque ha venido tu lumbre, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti. Porque he aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y la oscuridad los pueblos; mas sobre ti nacerá el Señor, y su gloria se verá en ti… Porque fuiste desamparada, y aborrecida, y no había quien por ti pasase, te pondré por lozanía de los siglos. (Isaías LX, 1-15).

Es aquella misma a quien se dice: Porque te cerraré la cicatriz, y te sanaré de tus heridas, dice el Señor. Porque te llamaron, oh Sión, la echada afuera; ésta es la que no tenía quien la buscase. (Jeremías XXX, 17).

Es aquella misma a quien se dice: Desnúdate, Jerusalén, de la túnica de luto, y de tu maltratamiento; y vístete la hermosura, y la honra de aquella gloria sempiterna, que te viene de Dios. Te rodeará Dios con un manto forrado de justicia, y pondrá sobre tu cabeza un bonetillo de honra eterna. Porque Dios mostrará su resplandor en ti, a todos los que están debajo del cielo. (Baruc V, 1-3).

Es, en suma, la antigua esposa de Dios, o la casa de Jacob, arrojada de sí, en cuanto esposa, por su iniquidad y enorme ingratitud, para el tiempo en que sea llamada a su dignidad, y restituida en todos sus honores, según queda dicho y probado en el Fenómeno V, artículo 3.

En esta mujer y en este tiempo se verificarán plenísimamente todas las cosas que anuncia esta profecía, y tantas otras que están anunciadas bajo tantas y tan magníficas pinturas.

Éste es el sistema.

Para ver ahora si está de acuerdo con la profecía, parece necesario seguir el orden de toda ella, explicando uno por uno todos los 18 versículos que la componen; y para mayor brevedad y claridad, paréceme bien dividir toda la explicación en algunos artículos, comprendiendo en cada uno, ya dos, ya tres versículos, y tal vez uno solo, según la necesidad.

Párrafo V

Advertencia previa

Para la mejor inteligencia de estos misterios, como también de todo el Apocalipsis, importaría mucho traer a la memoria lo que ya hemos notado en varias ocasiones, especialmente en el Fenómeno III, párrafo V, es a saber:

Primero: que el libro divino del Apocalipsis es una profecía admirable, enderezada toda a la segunda venida del Mesías.

Segundo: que esta admirable profecía es toda, o casi toda, una continuada alusión a toda la Escritura, o como un extracto o análisis de la misma Escritura. Se ven principalmente estas alusiones a todo cuanto hay en ella de más singular, de más grande, de más interesante en el asunto gravísimo de la venida del Hombre Dios en gloria y majestad; comprendiendo en este asunto gravísimo, así las cosas más notables que han de preceder a esta venida, como las que la han de acompañar, como también todas sus consecuencias.

Si estas dos consecuencias que parecen tan claras, o no se advierten o se desprecian, ¿qué mucho se mire el Apocalipsis como la misma oscuridad? ¿Cómo se ha de entender este libro divino, si los lugares más notables a que alude frecuentísimamente, ya de los libros de Moisés, ya de los Salmos, ya de los Profetas, si estos lugares, digo, no se reciben sino en cuanto puedan ser favorables, si no se trabaja en otra cosa que en hacerlos hablar siempre a favor, o cuando menos en dulcificarlos todo lo posible?

El Apocalipsis, señor mío, no es tan oscuro, si se quiere atender a sus vivas y casi continuas alusiones. Toda su oscuridad, o la mayor y máxima parte pudiera pasar de la noche al día, si se estudiasen dichas alusiones y se recibiesen sin preocupación, recibiendo del mismo modo los lugares de la Escritura a donde visiblemente se enderezan.

Mas como estos lugares no hablan a favor, como son absolutamente inacordables con el sistema favorable, parece una consecuencia necesaria, que así el Apocalipsis como las Escrituras a que alude, queden del todo inaccesibles, o impenetrables, contentándonos con haber sacado de ellas algunas figuras y moralidades, etc.

Esta advertencia puede en adelante importarnos mucho.

Párrafo VI

Artículo I

Se explica en este sistema todo el capítulo XII del Apocalipsis

Versículos 1 y 2

Y apareció en el cielo una grande señal: una mujer cubierta del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir.

La gran señal, el prodigio, el fenómeno nuevo y admirable que aparecerá en el cielo, o a la vista de todos poco antes de la revelación del Anticristo, no es otra cosa, como decíamos, que la antigua esposa de Dios arrojada tantos siglos ha ignominiosamente de casa del esposo con indignación y con grande ira, y llamada entonces, recogida y congregada con grandes piedades. Esta esposa infeliz a quien todos miran como repudiada de Dios, no obstante que el mismo Dios asegura formalmente que no lo está, pues no le ha dado libelo de repudio; y por otra parte le tiene prometido, que la llamará otra vez a sí, y se desposará de nuevo con ella, aunque con otro nuevo pacto, y nuevas condiciones; esta que por sus liviandades, por su desobediencia, por su enormísima ingratitud ha bebido hasta las heces, el cáliz de la indignación de Dios, hasta quedar como embriagada y fuera de sí; esta a quien el esposo mismo amenazó tantas veces por sus siervos los Profetas (y aun por su propio Hijo) con los trabajos y miserias en que actualmente se halla, y a quien del mismo modo tiene prometido otro estado infinitamente diverso, en el cual quedarán en olvido las primeras angustias; esta misma es, vuelvo a decir, la que aquí nos representa San Juan hacia los principios de su primera vocación, o de su futura asunción, o de su plenitud, que son los términos precisos de que usa a este mismo propósito el Apóstol San Pablo; quiero decir, cuando el misericordioso Dios de sus padres, llegados aquellos tiempos y momentos que puso… en su propio poder, aplacado con su larga y durísima penitencia, y enternecido con sus lágrimas, pronuncie al fin aquellas palabras, que ya están registradas para esto mismo en el capítulo XL de Isaías. Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén, y llamadla; porque se ha acabado su afán, perdonada es su maldad; recibió de la mano del Señor al doble por todos sus pecados.

Cuando la llame, digo, o la envíe a llamar, cuando la ilumine, cuando le abra los ojos y oídos, cuando le envíe lengua erudita o lengua de disciplina y enseñanza a quien pueda oír como un discípulo a su maestro, cuando, en suma, haya concebido espiritualmente a Cristo, y Cristo se haya formado en ella, por el ministerio de la palabra, o por el oído de la fe; entonces se dejará ver en el cielo esta grande prodigiosa señal, entonces será bien visible, a lo menos a los que tuvieren ojos sanos, entonces se verá con admiración lo que en las Escrituras ha parecido oscuro e increíble por su misma grandeza.

Represéntase, pues, esta esposa antigua de Dios en el tiempo de su futura vocación, bajo la metáfora de una mujer, no ya pobre, miserable, desnuda, despreciable y abominable, como la ha visto todo el mundo, y como la ve aún en los tiempos de su viudez, de su desolación, de su miseria, de su oprobrio; sino vestida y engalanada con el vestido más precioso y brillante que puede caber en la imaginación, pues para explicarlo no se halla otra semejanza más propia que el mismo sol: Una mujer cubierta del sol.

Esto parece que es lo que se promete por Malaquías: nacerá para vosotros los que teméis mi nombre, el sol de justicia, y la salud bajo sus alas.

Saldrá a su tiempo para vosotros el sol de justicia, el cual en sus plumas, o en sus resplandores os llevará la sanidad; o de otro modo, saldrá para vosotros el sol de justicia, el cual os dará alas, y por medio de ellas la sanidad. De estas alas hablaremos más adelante.

Esto es lo que dice ella misma en espíritu por Miqueas: me levantaré cuando estuviere sentada en tinieblas, el Señor es mi luz. Llevaré sobre mí la ira del Señor, porque pequé contra él, hasta que juzgue mi causa, y se declare a mi favor; me sacará a luz, veré su justicia.

Esto es lo que dice ella misma en espíritu en el salmo CXVII (que todo es visiblemente para este tiempo): Dios es el Señor, y nos ha manifestado su luz.

Así, no podemos entender otra cosa por el vestido del sol de esta mujer, que la misma luz celestial, que desciende del Padre de las lumbres; y nos parece la expresión más propia, más viva, más natural, para poder explicar de algún modo, según las Escrituras, aquel torrente de luces que deberán entonces inundar y circular por todas partes a la esposa, a quien el esposo mismo despierta ya misericordiosamente de su profundísimo letargo; a quien llama y convida con aquella multitud de consolaciones y anuncios alegrísimos, que ya están preparados en la Escritura de la verdad, por ejemplo, éstos.

Álzate, álzate, levántate, Jerusalén, que bebiste de la mano del Señor el cáliz de su ira; hasta el fondo del cáliz dormidero bebiste, y bebiste hasta las heces… Esto dice el dominador tu Señor, y tu Dios, que peleará por su pueblo: Mira que he quitado de tu mano el cáliz de adormecimiento, el fondo del cáliz de mi indignación, no lo volverás a beber en adelante. Y lo pondré en mano de aquellos que te abatieron, y dijeron a tu alma: Encórvate, para que pasemos; y pusiste tu cuerpo como tierra, y como camino a los pasajeros. (Isaías LI, 17-23).

Levántate, levántate, vístete de tu fortaleza, Sión, vístete de los vestidos de tu gloria, Jerusalén, ciudad del santo… Sacúdete del polvo, levántate; siéntate, Jerusalén; suelta las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sión. (Isaías LII, 1-2).

Levántate, esclarécete, Jerusalén; porque ha venido tu lumbre, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti.

No temas, porque no serás avergonzada, ni sonrojada; pues no tendrás de qué afrentarte, porque te olvidarás de la confusión de tu mocedad, y no te acordarás más del oprobrio de tu viudez.

Brillarás con luz resplandeciente, y todos los términos de la tierra te adorarán.

Porque Dios mostrará su resplandor en ti, a todos los que están debajo del cielo.

Fuera de la vestidura del sol aparece nuestra mujer con la luna bajo sus pies. Esta similitud parece claro que no pertenece de modo alguno al ornamento y galas de la esposa. ¿Qué ornamento, qué claridad, qué nuevo esplendor puede añadir la luz de la luna en la presencia del sol, y a una persona vestida y circundada del sol? Si es para denotar como algunos piensan, un calzado correspondiente a la riqueza del vestido, en este caso la expresión debajo de sus pies, no parece tan propia, pues el calzado no es solamente para debajo de los pies, sino para vestirlos y cubrirlos enteramente; debiera en este caso decirse en sus pies; lo cual denota otra cosa mucho más inferior que el calzado mismo.

Parécenos, pues, siguiendo la metáfora, y buscando en ella toda la propiedad que nos sea posible, que la expresión la luna debajo de sus pies, no es otra cosa que una consecuencia naturalísima del estado nuevo y admirable en que se halla la mujer, esto es, vestida del sol.

Si está vestida del sol, luego el sol respecto de ella está ya sobre el horizonte, y no sólo sobre el horizonte, sino en el meridiano, y aun en el zenit, perpendicular a ella misma. De otra suerte no pudiera bañarla toda con sus luces, o cubrirla enteramente a manera de vestido: cubierta del sol.

Si el sol, respecto de ella, está en el zenit; luego respecto de ella, ya es perfecto día, luego respecto de ella ya es pasada la noche. Si respecto de ella ya es pasada la noche, luego la luna, que es un luminar menor, destinado de Dios no para el día sino para la noche, no debe estar en otra parte que bajo sus pies, como una cosa tan inútil en un día tan claro.

Observad fuera de esto, que esta infeliz mujer, aunque realmente ha quedado en una verdadera y perfecta noche, después que se le ha escondido el sol de justicia, por la incredulidad; mas esta noche no ha sido para ella tan oscura que no haya tenido alguna luz, a lo menos del luminar menor. Quiero decir, no ha quedado en tan grandes tinieblas como estaba antes del Mesías todo el linaje humano, y como lo está hasta el día de hoy una gran parte de él, sino es la mayor.

Ha conservado en esta larga noche el conocimiento del verdadero Dios; ha respetado sus leyes, y las ha observado en medio de sus tribulaciones con mayor fidelidad que en los días más serenos. Pues esta escasa luz, que hasta ahora la ha acompañado, o para no adorar otros dioses de palo y de piedra, o para no precipitarse en el ateísmo, o para observar la ley que recibió de Dios; esta luz del luminar de la noche aparecerá en aquellos tiempos bajo sus pies, como una cosa del todo inútil e inservible en medio de tantos resplandores.

Dirá acaso alguno, que esta explicación tiene todo el aire de discurso predicable, y yo concederé que él tiene razón, cuando haya explicado esta metáfora: la luna debajo de sus pies, de un modo más propio y natural, en cualquiera otro sistema.

De este modo, a proporción, discurrimos de las doce estrellas que forman la corona de la mujer. Estando vestida del sol, bañada y circundada del padre de la luz, las estrellas nada pueden añadir a su esplendor; pues sabemos por la experiencia cotidiana que éstas desaparecen, o se hacen del todo invisibles en presencia del sol.

¿Qué significa, pues, esta semejanza: en su cabeza una corona de doce estrellas? A mí me parece esto una clara y vivísima alusión a dos lugares de la Escritura (sin considerar por ahora algunos otros).

El primero es el capítulo XXXVII, versículo 9 del Génesis, o el sueño profético del patriarca José. He visto en el sueño (dijo inocentemente a su padre y a sus once hermanos) como que el sol, y la luna, y once estrellas me adoraban; donde fuera de significarse por el sol y la luna, Jacob y Raquel, se significan, con la similitud de once estrellas, los once patriarcas, hermanos de José. La duodécima estrella era el mismo José, así como en la visión de los doce manípulos, los once adoraban al duodécimo, que era el mismo José: Parecíame que estábamos atando gavillas en el campo; y como que mi gavilla se levantaba, y se tenía derecha, y que vuestras gavillas, que estaban al rededor adoraban a mi gavilla.

El segundo lugar a que alude San Juan, parece que es el capítulo XXVIII del Éxodo desde el versículo 15, donde se describe el pectoral del sumo sacerdote, en el cual mandó Dios a Moisés que se pusiesen doce piedras preciosas, engastadas en oro purísimo, y en ellas se grabasen los nombres de los doce patriarcas hijos de Jacob.

En suma, el número doce es el jeroglífico, el distintivo, o las armas propias de la casa de Israel. Si alguno porfía en que las doce estrellas de la corona deben significar los doce apóstoles de Cristo, le responderemos por ahorrar disputas, que los doce apóstoles de Cristo son y serán eternamente hijos verdaderos y legítimos de esta misma mujer, de quien hablamos, y como tales, bien podrán formar en aquellos tiempos la corona de la madre. Mas la verdadera y propia significación nos parece que son los doce patriarcas; pues éstos son significados en la Escritura misma por doce estrellas.

Conocido ya (con aquella especie de conocimiento que puede caber en esto), conocido, digo, todo lo que pertenece a lo externo de esta prodigiosa mujer, esto es, el sol que la viste, la luna que tiene bajo sus pies, y las doce estrellas que forman su corona, pasemos ahora a considerar su interior, lo que encierra dentro de sí, lo cual parece el efecto, y también la causa de los resplandores que se manifiestan por de fuera.

Dice inmediatamente el texto sagrado, que la mujer estaba preñada, y acercándose la hora del parto, padecía terribles dolores y angustias para dar a luz el fruto de su vientre; manifestándose éstas en las voces y clamores que daba: y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir.

Parece aquí que San Juan, según sus continuas alusiones, alude por esta semejanza al capítulo XXVI de Isaías, que todo entero es un cántico admirable, que deberá cantarse en aquellos días en la tierra de Judá: En aquel día (empieza el capítulo) será cantado este cántico en tierra de Judá.

Para saber ahora qué días son éstos de que habla este Profeta, no es menester otra diligencia que leer seguidamente el cántico mismo. En él se verá, sin poder dudarlo, que el cántico ni se ha cantado ni se ha podido cantar en todos cuantos días, años y siglos han pasado hasta la presente.

Y para asegurarse todavía más, sería bueno tomarle todo su gusto, leyendo los dos capítulos antecedentes, y también el siguiente; pues todos ellos hablan manifiestamente de unos mismos misterios, y de un mismo tiempo.

Este cántico nuevo y admirable, sólo compete a las reliquias de Israel, congregadas en aquellos días, en la tierra de Judá, con grandes piedades; pues de ellas se habla, o por mejor decir, ellas son las que hablan en espíritu en todo el capítulo XXV, y ellas mismas prosiguen hablando en el cántico del capítulo XXVI.

El decir, será cantado este cántico en tierra de Judá, esto es en la Iglesia de Cristo, no sé que pueda contentar mucho, ni a quien lo oye, ni a quien lo dice, mucho menos si se hace cargo de todo el contexto.

Pues entre las cosas que en este cántico profético dicen a su Dios estas santas y preciosas reliquias, una de ellas es la que acaba de sucederles en su vocación por la bondad y misericordia del mismo Dios: Como la que concibe, cuando se acerca el parto, dolorida da gritos en sus dolores; así hemos sido delante de ti, Señor. Concebimos, y como que estuvimos con dolores de parto, y parimos espiritualmente; o como leen los LXX, que es la versión que usaban los apóstoles así hemos sido para con tu amado; por tu temor, oh Señor, recibimos en el vientre el espíritu de tu salud, lo hemos dado a luz y lo hemos criado.

Mas este concepto metafórico, estos dolores y clamores para darlo a luz, y el parto mismo con todas sus consecuencias, ¿qué significan en ambas profecías?

El parto lo consideraremos más adelante (artículo III); el concepto, y los dolores y angustias para darlo a luz, parece claro, siguiendo el mismo hilo de la metáfora que hemos comenzado. De manera, que llamada misericordiosamente del esposo la madre Sión con todas sus reliquias (las cuales, sea número determinado o indeterminado, deben ser ciento y cuarenta y cuatro mil señalados de todas las tribus de los hijos de Israel), iluminada o vestida de la luz celestial, que viene del Padre de las luces; abiertos los ojos, y los oídos internos, para que vea y oiga lo que hasta ahora por justos juicios de Dios no ha visto ni oído, según las Escrituras; le entrará la luz por los ojos, y por los oídos de la fe: la fe es por el oído; con lo cual, no habiendo ya impedimento alguno por su parte, porque se ha acabado su afán, perdonada es su maldad, concebirá al punto en el vientre, por semejanza, a Cristo Jesús (y este crucificado, el cual ha sido siempre para ella por culpa de sus doctores un verdadero escándalo) y Cristo Jesús se empezará a formar en ella en el mismo vientre, por semejanza, y allí mismo va adelante y crece hasta el día perfecto. Esto es claro, y no necesita más explicación.

Mas como no basta para la salud concebir a Cristo Jesús en el secreto del corazón, sino que es necesario parirlo, digamos así, darlo a luz, manifestar en público este concepto, y declararse por Él: Porque de corazón se cree para justicia, mas de boca se hace la confesión para salud, llegando aquí la esposa, empezarán naturalmente las angustias, los dolores y los clamores, por las grandes dificultades, contradicciones y embarazos, que opondrán entonces la tierra y el infierno, para que quede sin efecto aquella preñez.

¡Qué persecuciones no se levantarán en aquellos días contra la mujer! ¡Qué extrañeza, qué disgusto, qué enfado no causará en aquellos días, una novedad tan importuna, en que nadie pensaba, una novedad bien capaz de alterar el público reposo, y perturbar la paz, no de Cristo, sino del mundo; en aquellos días, vuelvo a decir, en los cuales la caridad, y por buena consecuencia también la fe, estarán tan tibias y tan escasas, por la abundancia de la iniquidad!

Los primeros que se opondrán al parto de la mujer, serán verosímilmente los judíos mismos, de todas las tribus de los hijos de Israel; aquellos, digo, que no entrarán por culpa suya en el número de los sellados con el sello de Dios vivo; los cuales, como se dice en Zacarías, serán las dos terceras partes, cuando menos: Y serán en toda la tierra, dice el Señor: dos partes de ella serán dispersas, y perecerán; y la tercera parte quedará en ella. Y pasaré por fuego la tercera parte, y los purificaré como se quema la plata, y los acrisolaré, como es acrisolado el oro. Él invocará mi nombre, y yo le oiré. Diré: pueblo mío eres; y él dirá: Señor Dios mío. (Zacarías XIII, 8-9).

Dije que los no sellados con el sello de Dios vivo serán las dos terceras partes, y añadí, cuando menos, porque me parece muy natural y muy conforme a otros lugares de la Escritura, que en la prueba del fuego de la tribulación, por donde ha de pasar esta tercera parte, quede mucha escoria, o estaño, que no pertenece al oro fino. Así se lo anuncia Dios por Isaías: volveré mi mano sobre ti, y acrisolaré tu escoria hasta lo puro, y quitaré de ti todo tu estaño. Y en otra parte se dice claramente, que después que pase por la prueba, saldrá diezmado (o dejando en el fuego de diez, uno, o como piensan otros, sacando solamente uno de diez): se multiplicará la que había sido desamparada en medio de la tierra. Y todavía en ella la décima parte, y se convertirá, y servirá para muestra como terebinto, y como encina, que extiende sus ramos; linaje santo será, lo que quedare en ella. Lo mismo se dice en el capítulo LXV, versículo 8.

Parece, pues, sumamente verosímil, que las dos terceras partes de la casa de Jacob persigan con todas sus fuerzas a la otra parte que ha creído; así como lo hicieron en los principios de la Iglesia. Mas esta persecución (en caso que suceda) apenas podrá ser como una pintura, o como una sombra, respecto de la que moverá el dragón por otra vía más corta, y con armas sin comparación mayores, que ya en aquellos tiempos tendrá a su libre disposición. Quiero decir, por medio de aquellas siete bestias y diez cuernos, de que tanto hablamos en el fenómeno III. Estas siete bestias, esparcidas por todo el mundo, estarán entonces, no solamente en amistad y buena armonía, sino en vísperas de firmar el tratado de unión o liga formal, contra el Señor y contra su Cristo.

Ésta es la otra señal que aparece en el cielo al mismo tiempo.

Continuará…