SAN MELQUÍADES

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SAN MELQUÍADES PAPA (+ 314)

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EL pontificado de San Melquíades —o Milcíades, que tal es su verdadero nombre, según demuestran autores tales como el jesuíta Hermán Grisar— duró poco, pero desarrolláronse durante él importantísimos sucesos que cambiaron completamente la situación de la Iglesia; tales fueron, por ejemplo, el triste fin de los últimos perseguidores, y el triunfo y conversión de Constantino el Grande, que suministraron a la Iglesia una época de paz y de libertad, bajo la protección del Estado, conocida con el nombre de «paz constantiniana».

Consérvanse pocos documentos relativos a la vida personal de Melquíades. Era africano. No se sabe qué grado ocupaba en la clerecía cuando se trasladó a Roma. No hay que olvidar que la destrucción sistemática de los archivos de la Iglesia, ordenada por Diocleciano en los tiempos de la persecución, privó a la Historia de documentos preciosos. Se sabe, no obstante, por el Catálogo Liberiano, que Melquíades, después de una vacante más o menos larga (casi un par de años) de la Santa Sede, sucedió a San Eusebio el 2 de julio del 310, y murió el 10 de enero del 314. Su pontificado no duró, pues, más que tres años, seis meses y ocho días.

FIN DE LAS PERSECUCIONES
EL imperio romano se hallaba a la sazón gobernado por cuatro emperadores: Constantino, en las Galias; Maje ció, en Italia; Licinio, en la Iliria —que comprendía toda la península de los Balcanes— y Maximino Daya, en Oriente. Aunque oficialmente no se había publicado el decreto que ordenaba el cese de la persecución, había ésta decrecido mucho, principalmente en Occidente, y los cristianos empezaban ya a respirar tranquilos.

Melquíades vio cómo iban desapareciendo trágicamente quienes en vida habían sido los más feroces enemigos de la fe.

El principal responsable, Diocleciano, que había abdicado en 305, y se hallaba retirado en su fastuoso palacio de Salone, no pudiendo soportar por más tiempo los males que le aquejaban, ni el aburrimiento propio de la soledad en que vivía, se dejó morir de hambre en 313, después de haber escupido a pedazos la lengua que, como castigo del cielo, se le fuera pudriendo en la boca.

Maximiano Hércules, dimisionario también, pero que, con el afán de adquirir de nuevo el poder, no cesaba de intrigar contra Constantino, su yerno, y contra Majencio, su hijo, urdió una conjuración en la que trató de comprometer a la emperatriz Fausta, su hija, para destronar a Constantino y ocupar su puesto. Las maquinaciones del viejo intrigante fueron descubiertas, y esta vez no obtuvo perdón del emperador: Maximiano fié condenado a darse la muerte a sí mismo. Por un especial favor se le dejó escoger el modo y manera; prefirió la horca, en cuyo suplicio expiró en los albores del año 310.

El monstruo Galerio tuvo aún más desdichado fin. Herido en 310 por una enfermedad horrible, vio cómo iban cayendo sus carnes roídas por los gusanos. Causa, en verdad, horrible estremecimiento la lectura de las repugnantes descripciones que de ello nos hacen los historiadores. Este feroz perseguidor consultó a los médicos más famosos, pero sin resultado positivo; y éstos pagaron con su vida el fracaso de sus remedios. Recurrió a los oráculos de Apolo y de Esculapio, pero en vano. Atemorizado por el recuerdo de sus crueldades para con los cristianos, quiso apaciguar la cólera de Dios, que así le hería con el rayo de su poder, y publicó un edicto de tolerancia que mandó fijar por las calles de Nicomedia el 39 de abril del año 311. Pero esta enmienda, tardía y llena de orgullo y de reticencias, había sido inspirada más por el temor que por el verdadero dolor. Galerio murió algunos días después, el 5 de mayo del mismo año 311. Dejé el trono a Licinio, a quien había hecho Augusto en 307.

HIPOCRESÍA DE MAXIMINO DAYA
EL edicto de tolerancia publicado por Galerio en nombre de los emperadores no llevaba la firma de Maximino Daya (o Daza), tal vez porque éste se negó a refrendarlo. San Jerónimo llama a este emperador el más cruel de los perseguidores: scevissimus ómnium. La opinión pública obligóle, no obstante, a seguir la corriente general, y acabó por enviar a los gobernadores de sus provincias instrucciones análogas a las del edicto, aunque muy ambiguas y llenas de despecho. Como todos, cristianos y paganos, anhelaban la paz, dichas instrucciones fueron recibidas y observadas con júbilo. Por doquier se abrieron las cárceles y fueron desalojadas las mazmorras.

Las comunidades cristianas acogían en triunfo a los confesores de la fe que por largo tiempo habían gemido soportando el peso de las cadenas llevadas por amor a Cristo. Los apóstatas, los «caídos», como se los llamaba, acudían también avergonzados de su cobardía a los pies de los mártires, rogándoles que intercedieran por ellos. Los mismos paganos admiraban y felicitaban a los fíeles, y muchos de ellos exclamaban: «El Dios de los cristianos es el sólo grande, el único verdadero Dios».

Mas, a pesar de todo, Maximino Daya encendía sórdidamente la persecución por medios ilegales y desacostumbrados. Favorecía y organizaba acusaciones contra los cristianos, procuraba reavivar el odio que había sido causa de las anteriores persecuciones contra ellos, y les prohibía cualquier clase de reuniones so pretexto de orden público.

Alcanzaron entonces la palma del martirio algunos cristianos; y otros muchos sufrieron atroces mutilaciones por la causa de su Religión.

Por fortuna, fue de corta duración este recrudecimiento. En 312, Daya concentró su odio contra el reino de Armenia, que fuera convertido al cristianismo por San Gregorio el Alumbrador. La derrota de Maximino fue completa: la cruz triunfaba dominadora en las laderas del Ararat Era la hora en que este mismo lábaro sagrado se aparecía, en Occidente, a Constantino, aureolado con el In hoc signo vinces (Con esta señal vencerás).

Tras nuevas luchas intestinas de los dos emperadores de Oriente, Maximino Daya fue vencido por Licinio cerca de Andrinópolis y huyó a Tarso en Cilicia, donde se envenenó después de un hartazgo. Murió a los pocos días en medio de atroces dolores (313). Su familia fue degollada. Con la muerte de este tirano volvió la libertad para los fieles.

Así fueron desapareciendo de la escena aquellos durísimos verdugos, empeñados en conservar la sangrienta tradición de ignominias y martirio que durante cerca de trescientos años soportara la Santa Iglesia de Cristo.

LA CRUZ VICTORIOSA
MAJENCIO, hijo de Maximiano Hércules, había declarado la guerra a Constantino. Pretendía despojarle del trono, como antes lo intentara su padre. El ejército de Majencio formado por 180.000 hombres, se aprestaba a invadir las Galias. Constantino decidió salir en busca de su enemigo y franqueó los Alpes a la cabeza de 40.000 soldados: pocos, relativamente, pero muy valerosos. Este ejército tomó a Susa por asalto, deshizo un cuerpo de caballería de línea en las cercanías de Turín y otro en Brescia, y obtuvo brillantes victorias en los campos de Milán y de Módena. Venecia capituló, y la guarnición fue presa con cadenas hechas de las espadas de los vencidos. Así, de triunfo en triunfo, presentóse Constantino en las puertas mismas de Roma, donde se había encerrado y fortificado Majencio porque un oráculo le amenazaba de muerte si salía; sus jefes y capitanes, la mayor parte de ellos muy peritos en el arte de la guerra, mantenían el campo en lugar suyo. Constantino había acampado frente al puente Milvio, hoy Ponte Mole.

Constantino, aunque pagano como su padre Constancio Cloro, había aprendido a respetar al Dios de los cristianos, aun desconocido para su corazón, y a admirar el valor y la lealtad de los discípulos de Cristo, los vasallos más disciplinados y virtuosos que tenía. Por eso, ante las contingencias de la empresa y el convencimiento de su debilidad, acudió al cielo para pedir el apoyo divino en su favor.

Cierto día en que adelantaba al frente de un cuerpo de tropas, en las primeras horas del atardecer, apareció en medio de los aires, por encima del sol, que le servía como de escabel, una cruz brillantísima en torno a la cual se leían en caracteres de fuego estas palabras latinas: In hoc signo vinces.

El ejército entero fue testigo del prodigio, el cual conmovió profundamente a Constantino. A la noche siguiente apareciósele Nuestro Señor Jesucristo teniendo otra cruz igual en la mano, a modo de estandarte. El mismo le explicó el significado de aquella visión, y mandóle que hiciera una enseña militar conforme a lo que veía para conducir sus tropas al combate.

Eusebio, obispo de Cesarea, oyó estos relatos de labios del mismo Constantino, y él es quien nos lo refiere, añadiendo: «Si otro cualquiera que no fuera el emperador me lo hubiese contado, lo habría creído difícilmente; pero siendo él mismo el testigo, ¿quién podría ponerlo en duda?».

El estandarte o Lábaro pedido por el mismo Jesucristo fue preparado sin demora. Según la descripción de Eusebio, consistía en una pica larga de palo dorado que tenía en la parte superior un travesaño en forma de cruz. De los brazos pendía un tejido de oro y pedrerías. En la parte superior brillaba una corona de oro y piedras preciosas, y en su centro la cifra de Cristo, cifra que el emperador hizo grabar también en su casco y en el escudo de sus soldados. El emperador ordenó que este estandarte o lábaro figurara al frente de sus tropas en todas las batallas. La que iba a librarse entre Majencio y Constantino constituiría una verdadera revolución. En el puente Milvio se encontraron dos mundos, dos religiones.

Para atravesar el Tíber, Majencio tendió sobre él un puente de madera formado por dos partes móviles. El encuentro de ambos ejércitos tuvo lugar el 27 de octubre del 312, en la orilla derecha del rió, cerca de las «Rocas rojas», ad saxa rubra, que flanqueaban la vía Flaminia, a nueve millas de Roma. Los soldados de Constantino atacaron con tal ímpetu, que las tropas de Majencio fueron destrozadas al primer choque. Perecieron unos en sus
puestos y otros en las aguas del Tíber. El mismo Majencio, fugitivo, volvióse al puente que había mandado construir. Rompióse éste por el peso de la muchedumbre y el tirano cayó al río, donde murió ahogado. Acabó así con la muerte que preparara a su contrincante. Las tropas de Cristo habían triunfado sobre las de los antiguos dioses del monte Janículo; el Lábaro quedó victorioso dominando a las águilas del imperio.

Dos días después, el 29 de octubre, Constantino entraba triunfalmente en Roma dando gracias a Dios a quien reconocía como verdadero autor de su victoria. Hizo construir en el Foro un monumento con su estatua; empuñaba con su diestra una lanza en forma de cruz que llevaba esta inscripción: «Por este signo salvador, señal inequívoca de fuerza, he librado vuestra ciudad del yugo de la tiranía y he devuelto al Senado y al pueblo romano su antiguo esplendor y dignidad». El Senado, por su parte, hizo erigir en la vía triunfal, entre el Palatino y el Coliseo, el majestuoso arco llamado de Constantino, que aun hoy día puede admirarse. En el frontón de este arco hay una inscripción que declara que Constantino alcanzó la victoria «por inspiración de la divinidad, instinctu divinitatis», alusión manifiesta a la famosa visión.

La era de las persecuciones había terminado. Inicióse entonces un largo período de tolerancia para los cristianos. El famoso edicto de Milán, promulgado en marzo del año 313, decretaba la libertad religiosa, reconocía a las iglesias cristianas existencia legal, ordenaba se les restituyesen los bienes confiscados y dotábales de los mismos privilegios de que gozaban los templos paganos: inmunidad de impuestos territoriales, derecho de asilo, facultad de recibir legados y donativos, y, en fin, la de manumitir a los esclavos.

El decreto decía: «Que cada cual abrace la religión que le plazca y practique libremente sus ritos particulares. Tratándose de las cosas divinas a nadie se puede impedir que siga el camino que le convenga».

No era posible hacer más en un mundo pagano, sin llevar a cabo una revolución sangrienta. Muy pronto, sin embargo, bajo el mando de Teodosio el Grande, la desaparición progresiva del paganismo permitirá el establecimiento del cristianismo como religión oficial del Estado. Bueno es tener en cuenta que Constantino, aunque cristiano de sentimientos, no había sido aún regenerado en el bautismo, el cual recibió durante el pontificado de San Silvestre (314-335), sucesor de San Melquíades.

EL PAPA Y EL EMPERADOR
IGNÓRASE qué papel desempeñó el Sumo Pontífice en este derrumbamiento del paganismo y frente al acto legislativo más grande de cuantos emperador alguno haya publicado jamás; pero seguramente existieron desde los primeros momentos acuerdo y relaciones —según podemos apreciar por sus consecuencias—, y Melquíades fue el primer Papa a quien cupo la satisfacción de tratar con un emperador que se inclinaba respetuoso ante su soberanía espiritual.

No contento con hacer restituir a los cristianos los bienes de que se les había despojado, tratólos Constantino con munificencia, y construyó iglesias a las que dotó magníficamente. Sobre todo mostróse espléndido y deferente con el Papa, pues queriendo que el Jefe de la religión cristiana tuviese una morada digna de su eminente dignidad, hízole donación del palacio imperial de Letrán, que pronto se trocó en residencia del Sumo Pontífice. Los Papas lo habitaron hasta el destierro de Aviñón, en 1307; pero siempre fue, y aun hoy día sigue siendo propiedad pontificia.

LA CUESTIÓN DE LOS DONATISTAS
CON motivo de un conflicto puramente eclesiástico que turbó largo tiempo la paz de la Iglesia en África, varios obispos cismáticos con Donato al frente, acudieron al emperador durante los primeros meses del año 313, para apoyarse en su autoridad y pedirle les diese como jueces en tal asunto a los obispos de las Galias. La respuesta de Constantino debiera estar escrita con letras de oro: «¡Cómo —exclamó—, vosotros me pedís jueces a mí que aguardo el juicio de Cristo!».

Rehusó tomar cartas en el asunto y envió los memoriales con todas las piezas del negocio al papa Melquíades, y añadió el siguiente escrito, digno de figurar a la cabeza de la correspondencia de los príncipes temporales con el Sumo Pontífice:

«Constantino Augusto a Melquíades, obispo de Roma.

El procónsul de África, Amelino, me ha remitido una memoria relativa a  Ceciliano, obispo de Cartago, acusado de diversos crímenes por algunos colegas suyos. Creo que nada hay tan desastroso como estos cismas entre diversas Iglesias, en una provincia que yo quisiera ver próspera y pacífica.

Estimo conveniente enviar a Ceciliano ante vuestro tribunal; juntamente se os presentarán diez obispos partidarios suyos y otros diez de sus acusadores, y así Vos podréis pronunciar la sentencia definitiva. Para mejor informaros del asunto os envío el pliego recibido de Amelino. Estudiándolo será fácil a vuestra santidad formar juicio sobre el punto que es origen de la controversia.

Ya conocéis mi adhesión respetuosa a la Iglesia católica; quisiera que desapareciesen de su seno todos los gérmenes de divisiones y de luchas. Que Dios omnipotente os conceda muchos años de vida».

Animado el Papa por la noble y correcta actitud del emperador, abrió en el palacio de Letrán, el 2 de octubre del 313, un Concilio compuesto de obispos de ambas tendencias para dirimir tan grave asunto. Aclarada la cuestión, Melquíades, a fin de no alterar la paz del pueblo, condenó sólo a Donato, perdonó a los demás obispos de su partido y ordenó que, doquiera se encontrasen dos obispos a consecuencia del cisma, fuera mantenido en la silla episcopal el más antiguo en ordenación, y se diera al otro el primer obispado vacante. Por desgracia, los jefes más notables del partido y principalmente Donato, no quisieron someterse a sentencia tan benigna y tan prudente, y buscaron ocasiones para fomentar nuevos disturbios. San Agustín parecía ser el destinado por la divina Providencia a poner término a estas luchas.

DISPOSICIONES DE MELQUÍADES
EL Libro de los Pontífices menciona dos decretos dados a la Iglesia por este Sumo Pontífice. Uno se refiere a los ayunos: prohíbe imponer ayunos el domingo y el jueves. Todavía está en vigor esta ley, excepto para el tiempo de cuaresma en los lugares donde el jueves es día de ayuno. 

El segundo decreto se refiere a una costumbre eucarística que no ha subsistido.

Prescribía que todos los domingos se llevase a las diversas parroquias pan consagrado por el obispo, lo que se conocía con el nombre de «fermento». En un principio, sólo celebraba la misa el obispo, y los demás sacerdotes estaban presentes en el altar ayudando al prelado; costumbre que subsiste en los ritos orientales, pero no en el latino, excepto durante la ordenación sacerdotal y la consagración de un obispo. El aumento de fieles exigió posteriormente el aumento de centros destinados al culto y el de sacerdotes para celebrar en ellos los santos misterios. Sin embargo, a fin de hacer ostensible la unidad de la Iglesia y del sacrificio, el obispo enviaba a todos los sacerdotes una fracción del pan por él consagrado y que los sacerdotes juntaban al que ellos consagraban. Era como un lazo espiritual que unía a los sacerdotes con el obispo respectivo, era un signo de comunión. El nombre que se daba al envío no significaba precisamente pan fermentado, sino la levadura que une y levanta toda la masa, hecho que opera espiritualmente en la Iglesia la Santísima Eucaristía.

MUERTE DEL SANTO PONTÍFICE
EL Papa de la «paz constantiniana» no pudo disfrutar mucho tiempo del nuevo estado, aunque tuvo el consuelo de ver cómo la Iglesia de Jesucristo ocupaba en el imperio el puesto que le correspondía. Se ignoran las circunstancias de su muerte, pero es muy probable que fue en el palacio de Letrán donde entregó su alma a Dios el 10 de enero de 314.

El Breviario, que fija su fiesta el 10 de diciembre, le da el título de mártir, tal vez a causa de lo que tuvo que sufrir en la persecución de Diocleciano.

Es el último Sumo Pontífice enterrado en el cementerio de San Calixto, no precisamente en la cámara de los Papas, sino en una cripta particular.

Aun existen en la bóveda unas pinturas muy visibles y, junto a ellas, la tapa que cubría un sarcófago, tapa que tenía esculpidas en los cuatro ángulos sendas imágenes del Buen Pastor. A lo largo de la pared de esta cripta corre un banco de mampostería que en otro tiempo estuvo revestido de mármol y adosado al muro, señal segura de que anteriormente se habían tenido en esta cripta reuniones litúrgicas.

El papa San Paulo I, en el siglo VIII, hizo transportar el santo cuerpo a la iglesia de San Silvestre in Cápite de Roma, donde se conserva hoy.

 

EL SANTO DE CADA DÍA 

EDELWEIS

 

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