DE ÉSO NO SE HABLA

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ

Trigésimo primer entrega

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“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”

(Félix III, Papa)

VENIDA DEL MESÍAS

EN GLORIA Y MAJESTAD

PARTE SEGUNDA

Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.

FENÓMENO VIII

APOCALIPSIS – CAPÍTULO XII

LA SEÑAL GRANDE, O LA MUJER VESTIDA DEL SOL (I de VIII)

Apareció en el cielo una grande señal: una mujer cubierta del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir. Y fue vista otra señal en cielo, y he aquí un grande dragón bermejo, que tenía siete cabezas, y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y la cola de él arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las hizo caer sobre la tierra; y el dragón se paró delante de la mujer, que estaba de parto, a fin de tragarse al hijo, luego que ella le hubiese parido. Y parió un hijo varón, que había de regir todas las gentes con vara de hierro, y su hijo fue arrebatado para Dios, y para su trono; y la mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar aparejado de Dios, para que allí la alimentasen mil doscientos y sesenta días. Y hubo una grande batalla en el cielo, Miguel y sus ángeles lidiaban con el dragón, y lidiaba el dragón y sus ángeles; y no prevalecieron éstos, y nunca más fue hallado su lugar en el cielo. Y fue lanzado fuera aquel grande dragón, aquella antigua serpiente, que se llama diablo y Satanás, que engaña a todo el mundo; y fue arrojado en tierra, y sus ángeles fueron lanzados con él. Y oí una grande voz en el cielo, que decía: Ahora se ha cumplido la salud, y la virtud, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cristo, porque es ya derribado el acusador de nuestros hermanos, que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por la sangre del Cordero, y por la palabra de su testimonio, y no amaron sus vidas hasta la muerte. Por lo cual regocijaos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de la tierra, y de la mar!, porque descendió el diablo a vosotros con grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo. Y cuando el dragón vio que había sido derribado en tierra, persiguió a la mujer que parió el hijo varón. Y fueron dadas a la mujer dos alas de grande águila, para que volase al desierto a su lugar, en donde es guardada por un tiempo, y dos tiempos, y la mitad de un tiempo, de la presencia de la serpiente. Y la serpiente lanzó de su boca en pos de la mujer, agua como un río, con el fin de que fuese arrebatada de la corriente. Mas la tierra ayudó a la mujer, y abrió la tierra su boca, y sorbió el río que había lanzado el dragón de su boca. Y se airó el dragón contra la mujer, y se fue a hacer guerra contra los otros de su linaje, que guardan los mandamientos de Dios, y tienen el testimonio de Jesucristo. Y se paró sobre la arena de la mar.

Párrafo I

Lo que sobre esto se halla en los doctores

Para poder observar este gran fenómeno con toda exactitud y con conocimiento de causa, sería muy conducente saber primero, y tener como a la vista las varias inteligencias o explicaciones, que hasta ahora se le han dado, mirándolas todas con la atención y formalidad que cada una pide. Sería del mismo modo conducente, si esto fuese posible, entender bien lo que en realidad nos quieren decir, combinando unas con otras, y todas con el texto sagrado, de modo que resultase de esta combinación algún todo creíble, o verosímil, y perceptible.

Todo lo que sobre estos misterios se halla en los doctores, se reduce a tres opiniones o tres modos de discurrir, o a tres sendas diversas, por donde se han dado algunos pasos, aunque no muchos.

La primera, frecuentísima en toda clase de escrituras eclesiásticas, especialmente panegiristas, dice o supone, que la mujer vestida del sol, etc., de que aquí se habla, es la Santísima Virgen María Madre de Cristo.

En esta suposición que ninguno ha pensado probar, no hay aquí hacer otra cosa, sino acomodar devota e ingeniosamente a Nuestra Señora tres o cuatro palabras de esta profecía, de aquellas que tienen algún lustre, y muestran alguna apariencia; olvidando todo lo demás, como que no hace a su propósito.

Esta especie de inteligencia no ha menester otro examen que un principio de reflexión. Cualquiera hombre sensato conoce bien, y se hace cargo, que semejantes acomodaciones han sido en tantos tiempos no sólo permitidas, sino aplaudidas en los discursos panegíricos; los cuales, aunque devotos y píos, siempre necesitan de algún poco de brillo. En suma, no perdamos tiempo inútilmente.

Los misterios de este capítulo XII del Apocalipsis hablan tanto de la Santísima Virgen María, como hablan los libros sapienciales, o lo que en ellos se dice de la sabiduría. Es verdad que la Iglesia, en las festividades de la Madre de Cristo, lee algunos lugares de estos libros sagrados; mas su intención no es, ni lo puede ser, el persuadirnos o insinuarnos, que aquellos lugares que lee, hablen realmente de Nuestra Señora, ni que éste sea su verdadero sentido.

Vengamos, pues, a la explicación de los doctores no panegiristas, sino literales, que son los que buscan el verdadero sentido de las Santas Escrituras.

Éstos, según su sistema general, son de parecer, que la mujer misteriosa, de que habla San Juan, no puede ser otra que la Iglesia de Cristo.

Aunque en esta proposición general convienen todos; mas en lo particular se dividen en dos opiniones.

La primera, sostiene que los misterios contenidos en esta profecía, son unos misterios ya pasados, que tuvieron su pleno cumplimiento quince siglos ha.

La segunda comunísima afirma todo lo contrario.

La primera dice, que la profecía ya se cumplió en toda la Iglesia cristiana, en los tiempos terribles de la persecución de Diocleciano.

La segunda dice, que se cumplirá toda en otros tiempos todavía futuros, y mucho más terribles, cuales deben ser los de la tribulación del Anticristo.

La primera de estas dos opiniones, aunque propuesta y defendida por autores modernos, graves, píos y doctísimos, no por eso la creemos digna de especial atención, sino, cuando más, digna de alguna especial admiración, de ver que unos hombres tan grandes hayan producido en este asunto particular unos frutos tan pequeños. Mas esta misma admiración, lejos de hacernos perder un punto de la estimación y respeto debido por tantos títulos a estos grandes sabios, nos conduce por el contrario a estimarlos más; teniendo por cierto, que no entraron en esta idea sino después que ya no pudieron tolerar la explicación verdaderamente ininteligible de los otros autores literales. Esta sola reflexión hace toda su apología.

Nos queda, pues, el examen un poco más prolijo de la principal opinión, que corre casi como única entre los que buscan la verdad en el sentido literal.

Párrafo II

Explicación de la profecía según los autores literales

La Iglesia cristiana presente, cuando lleguen los tiempos críticos y terribles de la persecución del Anticristo, nos dicen los autores literales, es todo el misterio, o misterios que contiene el capítulo XII del Apocalipsis.

Represéntase la Iglesia en aquellos tiempos como una señal o prodigio grande, bajo la semejanza de una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y coronada de doce estrellas.

Por estas figuras tan magníficas, lo que se nos dice es que Jesucristo, sol de justicia, según sus promesas infalibles, vestirá entonces a su Iglesia y la iluminará con sus resplandores, del mismo modo que la ha vestido e iluminado hasta la presente; pues Él mismo dijo antes de partirse: mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del siglo.

Por consiguiente, digo yo, el vestido del sol no se debe mirar como una gala nueva y extraordinaria, que se dará a la Iglesia en los tiempos del Anticristo, sino como su vestido ordinario, propio y natural.

La corona de doce estrellas es símbolo de los doce apóstoles, que son sus maestros y doctores. La luna bajo sus pies, quiere decir, que la Iglesia despreciará entonces con un soberano desprecio todas las cosas corruptibles y mudables, o toda la gloria vana del mundo, simbolizada por la luna.

Tal vez se hablara con mayor propiedad si se dijese que la Iglesia en aquellos tiempos deberá despreciar todas estas cosas, como lo debe ahora según su vocación y profesión.

Permitiendo no obstante todo esto (pues los Evangelios y otras Escrituras nos anuncian todo lo contrario), la acomodación hasta aquí es de algún modo tolerable, si aquí mismo se concluye toda la profecía con todos sus misterios; mas el trabajo es que ahora sólo empieza.

Esta mujer (prosigue el texto sagrado) estaba preñada, y como ya se acercaba la hora del parto, padecía grandes congojas, angustias y dolores, que se manifiestan bien en las voces y clamores que daba.

¿Qué quiere decir esto? Lo que quiere decir, según la explicación, es que la Iglesia cristiana, la cual en los tiempos de paz pare sus hijos sin dolor, sin incomodidad, sin embarazo, los parirá con gran dificultad en los tiempos borrascosos y terribles del Anticristo…

Si se muda la palabra Anticristo en la palabra Diocleciano, y al futuro se añade pretérito, esto mismo es lo que añade la primera opinión, y tal vez con menor violencia. Pasemos adelante.

Fue vista otra señal en el cielo, y he aquí un grande dragón. Estando la mujer en estas angustias, apareció por otra parte el cielo otra señal, no menos digna de admiración, es a saber, un dragón de color rojo con siete cabezas y diez cuernos, cuya cola traía la tercera parte de las estrellas del cielo, arrojándolas a la tierra; lo cual ejecutado, el dragón se puso luego delante de la mujer, esperando la hora del parto para devorar el fruto de su vientre.

Lo que esto significa es que el dragón infernal, o Satanás con siete cabezas y diez cuernos, esto es, revestido del mismo Anticristo (que así se describe en el capítulo siguiente), oyendo los clamores de la mujer, o conociendo bien las grandes tribulaciones en que se halla la Iglesia, procurará aprovecharse de tan bella ocasión, para afligirla más, o acabar con ella del todo, devorándole el hijo que está para parir; esto es, los hijos que pariere.

Pero Dios, que no puede olvidarse de su Iglesia, le enviará muy a propósito al Arcángel San Miguel, con todos los ejércitos del cielo, para que la defiendan del dragón y del Anticristo. Al punto se trabará una gran batalla entre San Miguel y el dragón, y entre los ángeles del uno y del otro, y quedando el dragón vencido y ahuyentado con todos sus ángeles, la mujer o la Iglesia parirá ya sus hijos con menos trabajo, sin tan grandes contradicciones; y parió un hijo varón; y estos hijos que la Iglesia parirá en aquellos tiempos, serán tan másculos, o tan varoniles, que aun acabados de nacer, se opondrán al Anticristo, y le resistirán con valor, por lo cual merecerán ser arrebatados al trono de Dios, esto es, al cielo por medio del martirio: y su hijo fue arrebatado para Dios, y para su trono.

Ahora, de este parto o de este hijo másculo se dice, que él es quien ha de regir o gobernar todas las gentes con vara de hierro. ¿Cuándo será esto? Será verosímilmente el día del juicio, en el valle de Josafat. Prosigamos.

Cuando el dragón se vio vencido y arrojado a la tierra con todos sus ángeles, cuando supo que la mujer había parido felizmente y el hijo había volado al trono de Dios, dice el texto sagrado que convirtió toda su rabia y furor contra la madre, y la persiguió con todas sus fuerzas.

A la mujer se le dieron entonces dos alas de águila grande, para que volase al desierto al lugar que Dios le tenía preparado, donde será apacentada por un tiempo, y dos tiempos, y la mitad de un tiempo… o mil doscientos y sesenta días, que todo suena tres años y medio. Todo esto que aquí se anuncia (dice la explicación) se verificará cuando la Iglesia, perseguida cruelmente por el Anticristo y el dragón, se vea precisada a huir, y esconderse en los montes y desiertos más solitarios, para cuyo efecto se le darán dos alas de águila grande (que unos entienden de un modo, otros de otro, y otros de ninguno, que parece el mejor partido).

En este desierto y soledad estará la Iglesia mil doscientos y sesenta días (que son puntualmente los días que ha de durar la persecución del Anticristo), sustentándola Dios milagrosamente en lo corporal, como sustentó a Elías, y a tantos otros anacoretas; y en lo espiritual por medio de sus pastores, etc.

Quisiera proseguir, y concluir el resto de la profecía, según la explicación; mas, ¿para qué? ¿No basta esto solo para juzgar prudentemente de todo lo demás? A quien esto no bastare, puede fácilmente instruirse por sí mismo, consultando a los intérpretes literales, que le parecieren mejor. Esta especie de libros son los primeros que se presentan a los curiosos en cualquier biblioteca.

Párrafo III

Reflexiones sobre esta inteligencia

Primera

Cuando decimos, u oímos decir, que la verdadera Iglesia cristiana pare verdaderos hijos de Dios, lo que únicamente entendemos por esta locución figurada es que la Iglesia activa, que es en propiedad nuestra madre, habiendo admitido benignamente, y recibido dentro de su espaciosísimo seno algunos infieles, que piden este beneficio, los instruye primero plenamente en los misterios que deben creer, y en las leyes que deben observar. Todo el tiempo que dura esta instrucción, se dice con propiedad, que están éstos como en el vientre de la madre; la cual, como dice San Agustín, cría a sus hijos con oportunos alimentos, y los lleva alegre en su mente, hasta que llega el momento de darlos a luz. Este día de parto no es otro que el día del bautismo, después del cual, la misma iglesia los reconoce por hijos suyos, como que ya son hijos de Dios por la regeneración en espíritu, etc.

Esto supuesto, discurramos así. Si la mujer vestida del sol es la Iglesia en los tiempos del Anticristo, lo que se anuncia por aquellas palabras: Y estando en cinta, clamaba con dolores de parto, y sufría dolores por parir, es esto solamente: que la Iglesia en aquellos tiempos tendrá grandes embarazos, dificultades y contradicciones para instruir, y mucho más para bautizar a los catecúmenos (y si se quiere también para bautizar a los párvulos de las mujeres cristianas); y no obstante estas dificultades, al fin los parirá para Cristo, o los bautizará: parió un hijo varón, esto es, sus hijos; por consiguiente, estos catecúmenos serán los que espera el dragón para devorarlos luego al punto que sean bautizados: el dragón se paró delante de la mujer, a fin de tragarse al hijo, luego que ella lo hubiese parido. Estos catecúmenos serán los que acabados de nacer o de ser bautizados, serán arrebatados al trono de Dios, como dice la explicación, por medio del martirio. Estos catecúmenos serán los que han de regir todas las gentes con vara de hierro.

¿No veis, señor, aun desde el principio, la impropiedad y oscuridad extrema?

¿Y todos los otros hijos de la misma madre? Digo los hijos mayores que ya eran nacidos y adultos antes del Anticristo. ¿Éstos no tendrán parte en los bienes tan grandes que se anuncian al hijo menor? ¿Éstos no volarán al trono de Dios por medio del martirio? ¿Éstos no regirán las gentes con vara de hierro?

Segunda reflexión

Acaso se dirá (y así se dice en la realidad, o se supone) que los hijos mayores, o una gran parte de ellos saldrán huyendo con la madre, o con el cuerpo de los pastores; dejando por consiguiente entre las llamas de la persecución a los hijos párvulos, acabados de nacer.

A lo menos es cierto, según la explicación, que la madre debe huir al desierto luego después del parto; y debe huir, no sola, sino con alguno o muchos de sus hijos adultos, pues nos dicen, que la Iglesia será apacentada en el desierto por medio de sus pastores; y siendo éstos con propiedad, la madre no podrá apacentar los hijos, o las ovejas que no tiene consigo. Conque a lo menos algunos adultos seguirán a sus pastores, y se esconderán con ellos en el desierto; quedando los otros con sus hermanos mínimos, que acaban de nacer, sin tener quien les dé el sustento necesario, y al mismo tiempo rodeados de peligros.

Parecen estas cosas como unos verdaderos enigmas, aún más obscuros que el texto mismo.

Tercera reflexión

Si la mujer vestida del sol es la Iglesia en los tiempos del Anticristo, la Iglesia en aquellos tiempos deberá huir y esconderse en los montes y cuevas, luego después del parto, sea este parto lo que quisieren que sea: Y parió un hijo varón… Y la mujer huyó al desierto; deberá huir, no sólo la Iglesia activa, o el cuerpo de los pastores, sino junto con ella una parte, o grande o pequeña, de la Iglesia pasiva, o del común de los fieles de ambos sexos y de todas condiciones. Deberá con su huida dejar en sumo peligro otra parte no menos grande, y tal vez mayor de los mismos fieles; pues no parece verosímil que todos los fieles huyan al desierto, ni que haya desierto para todos. Deberá, en suma, la madre dejar al hijo másculo, o a los hijos que acaba de parir; no obstante el amor y ternura de una madre, y tal madre respecto de sus párvulos que quedan en la cuna.

Es verdad que el texto mismo dice, que este hijo másculo fue luego arrebatado al trono de Dios; mas la explicación dice que esto será por medio del martirio y de la muerte, lo cual, aunque para el hijo o los hijos másculos será un bien inestimable; mas esto no excusa ni hace honor a la tímida madre, que los abandonó por salvarse a sí misma… Aun las bestias más inermes y de menos espíritu en semejantes ocasiones parecen unos leones, y se hacen honor.

Cuarta reflexión

Crece sobre todo la dificultad y el embarazo de esta inteligencia, si se advierte bien el tiempo en que debe suceder la huida de esta mujer. Los autores suponen que será en tiempo del Anticristo y por causa de su persecución; pues a esta persecución atribuyen los dolores del parto y las angustias para parir, y a esta misma persecución atribuyen la venida de San Miguel, y la batalla con el dragón.

Mas si se atiende al texto sagrado parece evidente y clarísimo, que así la batalla de San Miguel con el dragón, como el parto de la mujer, como el rapto de su hijo al trono de Dios, como también su huida a la soledad, son unos sucesos que deben preceder al Anticristo y a su persecución.

Primeramente, la mujer que después del parto huye a la soledad, ha de estar en ella, dice el texto sagrado, 1260 días, que hacen 42 meses, o tres años y medio. Y parió un hijo varón… Y la mujer huyó al desierto, en donde tenía un lugar aparejado de Dios, para que allí la alimentasen mil doscientos y sesenta días.

Concluidos estos días, nos dicen los doctores que la mujer solitaria, esto es, la Iglesia, saldrá de su soledad, por la muerte del Anticristo y ruina de su imperio universal.

Por otra parte sabemos, que la persecución del Anticristo ha de durar este mismo espacio de tiempo, como se dice en el capítulo siguiente: y le fue dado poder de hacer aquello cuarenta y dos meses; luego la mujer, esto es, la iglesia estará en la soledad escondida y segura todo el tiempo que durare la persecución del Anticristo; luego esta persecución no puede ser la causa de sus dolores y angustias en el parto; luego tampoco puede ser la causa de la batalla de San Miguel con el dragón; luego esta batalla no puede ser para defender a la Iglesia de la persecución del Anticristo.

Lo segundo y principal, cuando la mujer después del parto huyó a la soledad, dice el texto sagrado que el dragón aunque ya vencido en la batalla, y arrojado a la tierra, no por eso dejó de perseguirla, y no pudiendo alcanzarla, arrojó de su boca un río de agua, con el fin de que fuese arrebatada de la corriente; y viendo que esta última diligencia le había salido mal, pues la tierra abrió su boca y se tragó el río de agua, irritado furiosamente se volvió luego a hacer guerra formal contra los otros de su linaje… Y se paró sobre la arena de la mar.

Y luego inmediatamente dice San Juan que vio salir del mar la bestia de siete cabezas y diez cuernos, y prosigue en todo el capítulo siguiente anunciando los misterios del Anticristo, y la terribilidad de su persecución: Y se paró sobre la arena de la mar. Y vi salir de la mar una bestia. De modo que cuando la bestia o el Anticristo salió del mar, cuando se reveló o manifestó públicamente, cuando comenzó en toda forma su persecución, ya la mujer había parido con grandes dolores; ya el hijo másculo había volado al trono de Dios; ya había sucedido la batalla y victoria de San Miguel contra el dragón; ya la misma mujer había huido a la soledad; ya el dragón la había seguido, y desesperanzado de alcanzarla, se había vuelto lleno de furor a hacer guerra contra los otros de su linaje; y para hacer esta guerra con el mayor y mejor efecto posible, se había ido a las orillas del mar metafórico, como a llamar en su favor la bestia de siete cabezas y diez cuernos, por medio de la cual esperaba hacer grandes conquistas.

Éste es el orden claro y palpable de toda esta profecía. ¿Cómo, pues, nos suponen a la Iglesia en tiempo del Anticristo, y por causa de su persecución, padeciendo grandes dolores y angustias para dar a luz nuevos hijos, y huyendo después del parto a la soledad?, etc.

Si alguno puede concordar todas estas cosas de un modo fácil e inteligible, me parece que dará una prueba bien sensible de un talento más que ordinario. Yo, que no me hallo capaz de tanto, y que veo por otra parte muchísimas dificultades y embarazos, que omito por no ser tan molesto, no puedo menos que abandonar enteramente esta inteligencia, y junto con ella todas las otras sendas igualmente difíciles, que hasta ahora se han pretendido abrir; mostrando al mismo tiempo otra senda u otro camino fácil y llano, que aquí diviso; el cual, aunque al principio podrá parecer impracticable, y figurarse como un precipicio; espero no obstante, que a pocos pasos, perdido el miedo, se empezará a mirar con otros ojos.

Si este punto hace o no a mi asunto principal, no se puede decidir tan presto, será necesario esperar un poco.

Continuará…