ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO
Hermanos: Todas las cosas que han sido escritas en los Libros Santos para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que mediante la paciencia y el consuelo que se sacan de las Escrituras, mantengamos firme la esperanza. Quiera el Dios de la paciencia y de la consolación haceros la gracia de estar siempre unidos mutuamente en sentimientos y afectos según el espíritu de Jesucristo, a fin de que con un solo corazón y una sola boca glorifiquéis a Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, soportaos recíprocamente, así como Cristo os ha soportado y acogido con amor a vosotros para gloria de Dios. Digo, pues, que Jesucristo fue ministro primero para con los judíos circuncisos, a fin de que fuese reconocida la veracidad de Dios, en el cumplimiento de las promesas que él había hecho a sus padres. Mas los gentiles deben alabar a Dios por su misericordia, según está escrito: Por eso publicaré ¡oh Señor! entre las naciones tus alabanzas, y cantaré salmos a tu nombre. Y en otro lugar: Alegraos, naciones, con los judíos que son su pueblo. Y en otra parte: Alabad todas las gentes al Señor, y ensalzadle los pueblos todos. Asimismo dice Isaías: De la estirpe de Jesé nacerá Aquel que ha de gobernar las naciones, y las naciones esperarán en él. El Dios de la esperanza nuestra os colme de toda suerte de gozo y de paz en vuestra creencia, para que crezca vuestra esperanza siempre más y más, por la virtud del Espíritu Santo.
En la Epístola de hoy, tomada de su Carta a los Romanos, San Pablo nos enseña: Todas las cosas que han sido escritas en los Libros Santos para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que mediante la paciencia y el consuelo que se sacan de las Escrituras, mantengamos firme la esperanza.
Y a su discípulo San Timoteo le declaró: Toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté bien provisto para toda obra buena.
Y por eso le exhorta, diciendo: Permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado, considerando de quiénes lo aprendiste, y porque desde la infancia conoces las Escrituras Sagradas, que pueden instruirte en orden a la salud por la fe en Jesucristo.
Lo que el Apóstol enseña en esta exhortación es de suma importancia doctrinal. Ahí tenemos indicado el cauce por el cual llega a nosotros la verdad revelada: Tradición y Sagrada Escritura.
De la Escritura dice el Apóstol que es divinamente inspirada, afirmación básica, en virtud de cuya realidad los Libros Sagrados están por encima de cualquier otro libro, por profundo y bien compuesto que lo supongamos.
De esa realidad, que la hace estar exenta de todo error, fluye como consecuencia necesaria su utilidad para enseñar la verdadera doctrina, para combatir los errores, para corregir los vicios y para hacer progresar en la vida moral.
Bien pertrechado con su conocimiento, el hombre de Dios o ministro del Evangelio estará en condiciones de desempeñar debidamente su ministerio.
Directamente Pablo está refiriéndose al Antiguo Testamento, que era el que Timoteo había aprendido desde su infancia; pero su afirmación vale igualmente para el Nuevo.
El final de la exhortación a Timoteo es de lo más dramático y solemne que salió de la pluma de San Pablo. El Apóstol, que prevé próximo su fin, insiste con redoblada energía sobre su predilecto discípulo Timoteo para que cumpla con valentía y decisión su deber de ministro de Cristo. Es como su testamento: Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su reino: Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina; pues vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, antes, deseosos de novedades, se rodearán de maestros conforme a sus pasiones, y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas.
Primeramente le pone ante la vista el gran Día, cuando aparecerá Cristo para juzgar a vivos y muertos e inaugurar su reino.
Después, con cinco vibrantes imperativos, seguidos luego de otros cuatro, Pablo conjura a Timoteo a que se entregue de lleno a su ministerio, pues se acercan tiempos difíciles y adversarios muchos.
Y precisamente, regresando al texto de hoy, lo que en la Escritura se contiene para nuestra enseñanza es la paciencia y el consuelo que Ella contiene.
Porque en la Sagrada Escritura encontramos la paciencia de los Santos en soportar las desdichas, y hallamos también en Ella el consuelo que Dios les dio, según el Salmo XCIII, 19: A proporción de los muchos dolores que atormentaron mi corazón, tus consuelos llenaron de alegría mi alma.
Cuál sea el fruto que de esta doctrina recibimos lo muestra agregando: tengamos la esperanza.
Por enseñarnos la Sagrada Escritura que aquellos que pacientemente soportaron por Dios la tribulación fueron divinamente consolados, recibimos la esperanza de que, como ellos, también nosotros seremos consolados, si en las mismas tribulaciones somos pacientes.
Por lo tanto, permanezcamos en lo que hemos aprendido y nos ha sido confiado, considerando de quiénes lo aprendimos, y porque conocemos las Escrituras Sagradas, que pueden instruirnos en orden a la salud por la fe en Jesucristo.
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Esta Carta a los Romanos no es fruto de improvisación ante circunstancias que surgen en un determinado momento, sino la exposición sosegada de un tema largamente meditado. Cuando San Pablo escribe esta carta, hacia el año 58, habían pasado ya más de veinte años desde su conversión; y las luchas sostenidas contra los judaizantes, le habían obligado a profundizar en el tema de judaísmo y cristianismo.
Lo que San Pablo dice es que existe un medio de salvación para la humanidad, pero que ese medio no es la Ley mosaica, en que tanto confiaban los judíos, sino el Evangelio, que proporciona la fe en Jesucristo.
De este modo, en el centro del cuadro destaca luminosamente la figura de Jesucristo en su papel de Redentor de los hombres.
El tema que desarrolla es, pues, la Justificación por medio de Jesucristo.
La necesidad de dicha justificación es tanto para los gentiles como para los judíos.
Los frutos de la justificación son la reconciliación con Dios y la esperanza de la gloria futura, la liberación de la servidumbre del pecado y de la Ley.
En cuanto a la participación de los judíos en la justificación, San Pablo enseña que Dios no ha faltado a sus promesas, sino que es culpa de los mismos judíos el haber quedado fuera de la justificación; exclusión, además, que no es ni universal ni definitiva.
La temática de la carta, la intención de San Pablo, es mostrar a los Romanos, y en ellos a todos los hombres, que el Evangelio es mensaje de salvación, tanto para el judío como para el griego.
La tesis de San Pablo es que el hombre ha sido creado para conocer y glorificar a Dios; pero, en lugar de ir por ese camino, los seres humanos han divinizado la creación; de donde resultó el desorden y la corrupción en el mundo; a cuya situación angustiosa, Dios ha preparado una solución: la fe en Jesucristo.
San Pablo, aun reconociendo las diferencias entre gentiles y judíos, engloba también a éstos dentro del alud de pecados de la humanidad antes de Cristo, llegando a la conclusión de que todos, judíos y gentiles, nos hallamos bajo el pecado.
Y presenta de su tesis central: Mas ahora, sin la Ley, se ha manifestado la justicia de Dios, por la fe en Jesucristo, pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios.
De allí que todo lo que antes se escribió, fue escrito para nuestra enseñanza, a fin de que tengamos la esperanza mediante la paciencia y la consolación de las Escrituras.
El Apóstol recalca el valor permanente de la Escritura en orden a nuestra instrucción, al infundir en nosotros, con sus enseñanzas, la esperanza de los bienes eternos, dándonos así paciencia y consolación en las pruebas de esta vida.
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Ahora bien, penetrando más y más en el espíritu del Adviento, entre las cosas que fueron escritas para nuestra enseñanza y constituyen nuestra esperanza, está el Libro del Apocalipsis.
Monseñor Juan Straubinger, en su libro Espiritualidad Bíblica, tiene un artículo muy importante, que lleva por título El olvido del Apocalipsis.
Comienza por recordar una de las siete bienaventuranzas que se encuentran en dicho texto sagrado: Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro, dice el Ángel a San Juan Evangelista después de haberle revelado los arcanos del Apocalipsis.
De modo que es una bienaventuranza guardar estas palabras; lo cual significa custodiar, como dice el latín, conservar las palabras en el corazón.
Esta bienaventuranza se extiende a todos, como se ve desde el principio: Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía y conserva lo que en ella está escrito; porque el tiempo está cerca.
Tal afirmación, de que el tiempo está cerca, está repetida varias veces en la profecía, y es dada como la razón de ser de la misma: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.
Compárese esto con lo que Dios dice al Profeta Daniel en sentido contrario, hablando de estos mismos tiempos de la vuelta de Cristo: Pero tú, oh Daniel, ten guardadas estas palabras, y sella el libro hasta el tiempo determinado; muchos le recorrerán, y sacarán de él mucha doctrina.
Este cotejo de ambos textos impone la conclusión de que, si en tiempo de Daniel algunas profecías habían de estar selladas, hoy es necesario, al revés, que las conozcamos.
Si esto fuera así, si el esplendor de las maravillas de bondad y grandeza que Dios ha revelado al hombre fuese conocido por todos los cristianos; si ellos se enterasen de que San Pablo nos revela misterios escondidos de Dios que ignoraban los mismos Ángeles, ¡cómo aumentaría su interés y su amor por la religión!
Ante estas palabras de Dios, confirmamos claramente lo que ya sabíamos por el Evangelio, esto es: que en el cristianismo no hay nada que sea misterio reservado a algunos pocos.
Tiempo es, pues, de que caiga de los ojos de nuestros hermanos ese velo que los aparta de conocerlo a Él, que es la Luz; y que desaparezca ese equívoco que aleja a las almas de la fuente de Agua Viva como si fuese veneno.
Aun hoy, a pesar de tantas y tan insistentes palabras de los Sumos Pontífices que recomiendan la lectura diaria de la Biblia, hay quien se atreve a decir con audacia que estas cosas son peligrosas, como si la Palabra de Dios, que es siete veces depurada, pudiera contener veneno corruptor cuando el Espíritu Santo ha dicho que ella transforma las almas… y presta sabiduría a los niños.
¡Ay de los que apartan a las almas de la Palabra de Dios! A ellos, a los falsos profetas, aplica San Juan Crisóstomo aquella maldición terrible de Cristo contra los sacerdotes de Israel, que ocultaban la Sagrada Escritura, que es la llave del cielo: ¡Ay de vosotros, hombres de la Ley, que os habéis guardado la llave de la ciencia! Vosotros mismos no entrasteis, y a los que iban a entrar se lo habéis impedido.
Si para muchos la Biblia en general ha dejado de ser el libro de espiritualidad, ¿cuánto más el Apocalipsis, que ha llegado a ser hoy el libro menos leído y más olvidado de la Biblia?
Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía… Leamos, pues, sin miedo la tremenda pero dulcísima profecía del Apocalipsis.
Tremenda para los traidores a Cristo; dulcísima para los que aman su advenimiento y aspiran a los misterios de la felicidad prometida para las Bodas del Cordero.
Sobre ellas dice San Jerónimo: El Apocalipsis de San Juan contiene tantos misterios como palabras; y digo poco con esto, pues, ningún elogio puede alcanzar el valor de este libro.
Notemos que el no leerlo y el no creer en él, es precisamente el síntoma de que esas profecías están por cumplirse, como lo dijo Jesucristo: Lo que acaeció en tiempos de Noé, igualmente acaecerá en el tiempo del Hijo del hombre: comían y bebían, casábanse y celebraban bodas, hasta el día en que Noé entró en el Arca: y sobrevino entonces el diluvio que acabó con todos. Como también sucedió en los días de Lot: comían y bebían; compraban y vendían; hacían plantíos y edificaban casas; mas el día que Lot salió de Sodoma llovió del cielo fuego y azufre, que los abrasó a todos.
Leamos el Apocalipsis. Y lo que no entendamos, volvámoslo a leer una y mil veces, y estudiémoslo. Y busquemos sacerdotes piadosos y libros buenos que nos lo expliquen, no según las ideas de los hombres, sino según las luces de la misma Sagrada Escritura.
Esta ocupación de descifrar los misterios de Dios es la única digna del sabio, dice el Eclesiástico. No por la curiosidad malsana de los que pretenden hacer adivinanzas sobre los acontecimientos políticos, sino por el ansia de conocer y admirar más y más los sublimes designios de Dios sobre el hombre, y poder sacar de ellos un fruto creciente de caridad.
Leamos especialmente el Apocalipsis en el tiempo de Adviento, en el cual la Santa Iglesia quiere prepararnos, como se ve en toda su Liturgia, a ese Segundo Advenimiento de Cristo triunfante. Desde la primera antífona de Maitines clama la Madre Iglesia, como con trompeta de triunfo: Al Rey y Señor que va a venir, venid, adorémosle.
La primera Encíclica de Pío XII, nos confirma en estos conceptos.
Empieza el Papa recordando el 40º aniversario de la consagración del género humano al Corazón de Cristo por León XIII, y declara que quiere hacer del culto al Rey de los Reyes y Señor de los señores, como la plegaria del introito de su Pontificado.
Hace luego una manifestación verdaderamente trascendental con las palabras siguientes: ¿No se le puede quizás aplicar a nuestra época, la palabra reveladora del Apocalipsis: “Dices rico soy y opulento y de nada necesito; y no sabes que eres mísero y miserable y pobre y ciego y desnudo”?
Además de estas referencias del Apocalipsis, el Sumo Pontífice expresa su creencia de que estamos “al comienzo de los dolores” anunciados por Jesús en el discurso escatológico.
Tan vehemente llamado del Papa hubiese tenido que despertar las conciencias cristianas para, como dice el Cardenal Billot, en su libro La Parusía: comprender que la Parusía, o segunda venida de Cristo, es verdaderamente el alfa y el omega, el comienzo y el fin, la primera y última palabra de la predicación de Jesús; que es su llave, su desenvolvimiento, su explicación, su razón de ser, su sanción; que es, en fin, el acontecimiento supremo al cual se refiere todo lo demás y sin el cual todo lo demás se derrumba y desaparece.
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Monseñor Straubinger tiene otro artículo intitulado La bienaventurada esperanza.
Allí nos dice que el Libro del Eclesiástico dice: El sabio se dedica al estudio de los Profetas; lo cual equivale a decir que los que no se dedican al estudio de las profecías divinas, no son sabios, sino necios, que caen en las redes de los falsos profetas, astrólogos y demás explotadores de la credulidad humana.
Ahora bien, entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa es la que San Pablo llama la bienaventurada esperanza.
¿Qué es la bienaventurada esperanza con lo que San Pablo consuela a su discípulo Tito? Este término equivale a la manifestación de la gloria de Jesucristo en su Segundo Advenimiento.
Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos, la suprema culminación del Plan de Dios, el público y definitivo triunfo de su Hijo.
También en los escritos de los Padres Apostólicos brilla la fe en la Segunda Venida de Cristo como fundamento de la piedad; y los Padres posteriores son igualmente testigos de esa fe y esperanza, la cual fue la inagotable fuente de energía de los primeros cristianos en medio de las persecuciones.
Pero, la espera es larga. Han pasado ya en verdad dos mil años y la profecía no se ha cumplido aún. Entretanto hemos tomado gusto en las cosas del mundo, de tal manera que para muchos la dichosa esperanza ha perdido su primitivo fervor.
¿Cuándo aparecerá Cristo de nuevo? No sabemos el día ni la hora. Nadie puede calcular el día de su Retorno; al contrario, todos los cálculos fallarán, porque Él mismo dice: A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre.
En muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se nos enseña que Cristo vendrá tan sorprendentemente como un ladrón.
San Pablo inculca aún más este punto, diciendo: Cuando todos digan que hay paz y seguridad.
Y nos advierte gravemente: No despreciéis las profecías.
Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser la que recomienda el mismo Señor: Velad, para que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón.
Y más aún, debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en la segunda Carta a Timoteo.
He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo.
No desear su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no aprecian lo que significa su Parusía para nuestra alma y nuestro cuerpo.
Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino también la nuestra. Unidos a Él, asemejados a Él, entraremos con Él en la Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera.
No olvidemos, no despreciemos tan consoladora Profecía…, porque todas las cosas que han sido escritas en los Libros Santos para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que mediante la paciencia y el consuelo que se sacan de las Escrituras, mantengamos firme la esperanza.

