SAN FRANCISCO JAVIER

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SAN FRANCISCO JAVIER

JESUÍTA, APÓSTOL DE LAS INDIAS Y DEL JAPÓN (1506-1552)

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CON María Inmaculada, Reina de las Misiones, y con Santa Teresa del Niño Jesús, proclamada patrona de las mismas por Pío XI, goza San Francisco Javier de veneración especialísima entre los misioneros, de quienes es patrono y modelo incomparable.

Su apostólico e incansable celo y la aceptación jubilosa de un martirio continuo, son el ideal más sublime del misionero encanecido en la carrera y del joven que aspira al apostolado.

El 7 de abril del año 1506, en el castillo de Javier, distante ocho leguas de Pamplona, doña María de Azpilcueta, esposa del doctor Juan de Jaso —consejero de Juan de Albret, rey de Navara—, dio a luz su sexto hijo, a quien pusieron en el bautismo el nombre de Francisco. Siendo el niño de sólo seis años, perdió a su padre. Creció en época de invasión del reino, en medio del fragor de las batallas en las que guerreaban sus hermanos. Siendo aún jovencito trabó amistad con un capitán vasco a la sazón joven todavía, el cual fue herido en el sitio de Pamplona. Llamábase Ignacio de Loyola.

A los diecinueve años pensó Francisco determinarse por un estado de vida. La ambición comenzaba a despertarse en su alma. Pretendía alcanzar altos cargos como su padre, o quizá escalar las dignidades eclesiásticas, y trasladóse a París (1525) para estudiar en aquella Universidad, ya muy famosa por entonces.

Para alojar a los cuatro o cinco mil estudiantes extranjeros que la frecuentaban, había Colegios, en los que se agrupaban los naturales de la misma tierra o región. Para estudiar Filosofía ingresó Francisco en el de Santa Bárbara, donde la mayor parte de los alumnos eran españoles o portugueses.

IGNACIO DE LOYOLA Y FRANCISCO JAVIER

LOS estudiantes de aquel tiempo vivían en pugna unos con otros, por haber entre ellos partidarios de las antiguas y de las nuevas teorías filosóficas: la oleada naturalista del Renacimiento y la del protestantismo empezaban a invadir la Universidad. De la noche a la mañana, hallóse metido Francisco en ambiente tan peligroso para la fe y las buenas costumbres.

Felizmente encontró en su camino un excelente y providencial amigo; un rico saboyano que estudiaba para sacerdote y que fue su compañero de aposento: el Beato Pedro Fabro, uno de los fundadores de la Compañía de Jesús. Francisco no pudo menos que dejarse llevar en muchas cosas por esta influencia sobrenatural, salvaguardia de su inocencia.

El 15 de marzo de 1530 recibió Javier el grado de maestro en artes. Ya profesor, hácese pronta fama, pues a la vez que letrado es elocuente. Entre sus discípulos de Colegio hay un estudiante español, pobre en apariencia.

Es Ignacio de Loyola, el antiguo soldado del sitio de Pamplona, recién venido de la cueva de Manresa, donde, no obstante su edad, tuvo ensueños de ambición. Había acudido a París para perfeccionarse en las humanas letras, quizá harto descuidadas en su juventud; pero su principal ilusión consiste ahora en juntar una compañía de varones letrados y celosos, con quienes emprender la conquista espiritual del mundo. El primero en quien puso los ojos fue el joven profesor navarro. Parecíale ver en él un instrumento de apostolado seguro y maravilloso. Intentó, pues, ganarlo para Dios y dióse a ello con paciente esfuerzo; y aunque aquel amigo suyo, «a veces se le burlaba», acabó Ignacio logrando su propósito.

Ya en adelante poseyó el corazón de Francisco, cosa que aprovechó para conquistar definitivamente aquella plaza. Hablando de las grandezas humanas que anhelaba Francisco, solía el antiguo capitán repetirle a menudo:
«¿De qué le aprovecha al hombre ganar el mundo entero, si llega a perder su alma?». Pensamiento eficaz que iba trabajándole poco a poco.

Tres años aún resistió el de Javier a la gracia, pero no cesaba de pensar en el obsesionante «Quid pródest?» Ayudáronle sin duda a vencer las interiores resistencias el ejemplo de magnanimidad y la vida mortificada de Ignacio, las oraciones de su santa madre y las que en el recogimiento de un convento de Clarisas hacía una hermana suya.

Al poco tiempo, el día 15 de agosto de 1534, en la cripta de la iglesia de Montmartre, delante de la sagrada Hostia que tenía en su mano el presbítero Pedro Fabro, obligábanse con los votos de pobreza, castidad y obediencia, Ignacio de Loyola, Francisco
Javier y algunos compañeros más. Todos ellos se comprometían a ir en peregrinación a Tierra Santa para auxiliar a los cristianos cautivos de los musulmanes, y, si no pudiesen hacerlo, pasarse a Roma para ofrecer su voluntad y corazón al servicio de la Iglesia. Quedaba así fundada la Compañía de Jesús.

SACERDOTE Y MISIONERO

POCO después tuvo Francisco unos días de retiro, o de «ejercicios espirituales», bajo la dirección del mismo San Ignacio. Hízolos con tanto fervor y devoción, que pasó cuatro días enteros sin probar alimento.

A fines del año 1531, mientras Ignacio arreglaba algunos asuntos en España, Francisco Javier, con nueve compañeros más, cruzó Alemania para ir a Venecia. Aquí había de juntarse a la Compañía al año siguiente para embarcarse con rumbo a Tierra Santa. En este largo viaje señalóse Francisco por su espíritu de penitencia.

Llegaron a Venecia el 8 de enero de 1537. El futuro misionero no quiso más albergue que el hospital de incurables. Pasaba el día entero cuidando las enfermedades más repugnantes. Había allí un pobre hombre que padecía de una asquerosa úlcera y a quien nadie se atrevía a cuidar. Aun el mismo padre Francisco se estremeció al verle; pero sobreponiéndose en seguida a este involuntario movimiento, acercóse al desgraciado para besarle las llagas y encargarse de él.

En el mes de marzo siguiente, fuéle preciso dejar aquellos ejercicios de caridad, pues San Ignacio le enviaba a Roma con sus compañeros, para implorar la bendición del Sumo Pontífice antes de emprender el viaje a Tierra Santa. Paulo III les dio paternal y cariñosa acogida, y los alentó a llevar adelante la empresa. Francisco Javier volvió luego a Venecia, donde se ordenó de sacerdote el día de San Juan Bautista del mismo año 1537.

Para disponerse mejor a celebrar su primera misa, retiróse a una cabaña derruida, poco distante de Padua. Hizo allí ejercicios espirituales por espacio de cuarenta días, en continua soledad y castigando duramente su cuerpo. Pasó luego dos meses predicando en los pueblos de la comarca, y finalmente dijo la primera misa en Venecia con muchas lágrimas y extraordinario fervor.

A raíz de estos viajes y correrías, sobrevínole recia enfermedad. Permaneció en el hospital buena temporada, alojado en aposento malsano y con remedios y alimentos tales que no acababa de curarse. Cierta noche, estando Francisco en su lecho de dolor, apareciósele San Jerónimo para confortarle y revelarle a qué misión le destinaba el Cielo. Sanó a los pocos días perfectamente, y dio principio a un ministerio eficacísimo en Bolonia. Por la Cuaresma del año 1538 predicó en algunas iglesias de Roma.

A LAS INDIAS ORIENTALES

LA guerra entre venecianos y turcos vino a entorpecer la peregrinación a Tierra Santa. Entretanto, el rey de Portugal don Juan III pidió al Sumo Pontífice (4 de agosto de 1539) algunos religiosos de la nueva Compañía que llevasen la luz del Evangelio a las Indias Orientales. Fueron elegidos los padres Simón Rodríguez y Nicolás Bobadilla. Como enfermara este último, San Ignacio nombró en su lugar a Francisco Javier. Era el 4 de marzo de 1540. Imposible expresar el gozo que sintió el Santo con esta determinación.

Dio infinitas gracias a Dios, y, tras haber recibido la bendición del Sumo Pontífice y la de San Ignacio, partió para Roma en compañía de don Pedro de Mascareñas, embajador de Portugal ante la Santa Sede.

Al pasar por Navarra, propúsole el embajador que se llegase hasta el castillo de Javier, poco distante del camino que seguían. Enternecióse Francisco pensando volver a ver a su madre, a quien tanto amaba, y saludar a sus hermanos y amigos. Pero juzgando que el sacrificio de aquella visita le valdría las bendiciones del Señor sobre su apostolado, prosiguió el viaje sin detenerse, conteniendo así heroicamente los impulsos de su corazón.

Llegó a Lisboa el mes de junio y halló al padre Simón Rodríguez que había ido por mar. Alojáronse ambos en el hospital y, mientras llegaba el día de embarcarse, predicaron en las iglesias de la ciudad. Tan extraordinario fruto produjeron aquellos sermones, que el rey no acertaba ya a separarse de los dos santos varones y pidió al Papa que por favor se los dejase. Quedó convenido que el padre Rodríguez permanecería en Lisboa, y que el padre Javier se embarcaría para las Indias. En el entretanto, el Papa envió al fervoroso misionero un Breve por el que le nombraba nuncio apostólico de los países de Oriente.

La flota se hizo a la vela a 7 de abril de 1541 a las órdenes de don Alfonso de Souza, virrey de las Indias. Por su calidad de nuncio apostólico, tuvo que embarcar Francisco Javier en el navío almirante, a pesar de sus protestas.
Fue su viaje un apostolado continuo. Predicaba muchas veces a los marineros, les enseñaba la doctrina y, si caían enfermos, les prestaba cuantos servicios necesitaban animado siempre de grandísima caridad. En septiembre abordó a Mozambique; aprovechó el tiempo que duró la estada para sembrar la palabra de Dios, y consiguió extraordinario fruto. De allí, llegaron a Malinda, en la costa de Zanguébar, donde también predicó. Y, por fin, avistaron Goa, capital de la India portuguesa, el 6 de marzo de 1542.

APÓSTOL DE INDIOS Y COLONOS

EL Santo encontró la ciudad de Goa en muy lamentable estado. Eran muchos los colonos que vivían entregados a vergonzosas pasiones, con gravísimo mal ejemplo que impedía la conversión de los infieles. Francisco deploró amargamente aquellos escándalos; pero no se desalentó. Puesto con activísimo celo al ejercicio de su misión, logró bautizar y convertir a un sinnúmero de infieles y colonos, y la ciudad de Goa quedó en breve tiempo totalmente transformada.

Había en las Indias la distinción de castas, o clases sociales absolutamente separadas unas de otras, lo cual constituía para el misionero un obstáculo casi invencible. Francisco logró maravilloso fruto con las humildes, pero otras, como la de los soberbios brahmanes, refractarios a la palabra divina, mantuviéronse herméticas a su predicación.
Donde lograba fundar cristiandades importantes, procuraba dejar misioneros que prosiguiesen su apostolado.

Si la vida activa de Francisco nos muestra al sacerdote insaciable de ganar almas para Dios, la correspondencia que sostuvo hasta el fin de su vida, descubre en él al varón de ideas claras y enérgicas, al jefe que no teme la responsabilidad y que sabe mandar cuando es menester; precisamente por que era sublime soñador, jamás vivió fuera de la realidad.

De no tener un mapa a la vista o en la memoria, se hace imposible caer en la cuenta, ni de lejos, de las distancias que recorrió Francisco, ora solo, ora acompañado de algún Padre, guía o criado. Es un milagro apenas creíble, dados los medios de entonces, pero no faltan pruebas de que realizó aquellos inmensos viajes. Desde Goa, en la costa occidental de la India, bajó el misionero hacia el sur, pasada la estación de las lluvias, y arribó al cabo Comorín para misionar entre los pobres pescadores de perlas; durante un año entero (1542-1543) evangelizó la tribu de los palavas. Volvió a Goa en diciembre, y al año siguiente fue a predicar en la pu ta extrema de la India, en el territorio de Travancor.

Cierto día hicieron incursión en aquella tierra los salvajes badajas, que sólo vivían de pillaje. Casi toda la población huyó asustada. Francisco Javier salió al encuentro de los invasores sin más armas que su crucifijo; al punto retrocedieron aquéllos aterrorizados y como empujados por fuerza invisible.

CORRERIAS APOSTÓLICAS. EN EL JAPÓN

DESEOSO de ganar más y más almas para Jesucristo, corrióse a la extensa isla de Ceilán, separada del continente por el estrecho de Palk. Al poco tiempo se hallaba a tres mil kilómetros de Goa, en la península de Malaca, más allá del golfo de Bengala.

De Malaca pasó a Oceanía, a las islas Molucas, primero a la isla de Amboina y luego a la de Ceram, siempre a bordo de una pobre barquichuela.

Sobrevino en la travesía muy recia tempestad. Francisco metió en el agua su crucifijo para calmar las olas; rompióse en esto el cordón que lo sostenía y el crucifijo desapareció. Al día siguiente, fue grande la admiración de uno de los guías que acompañaban al Santo por la playa, al ver sobre la arena un cangrejo que tenía en sus pinzas el crucifijo del padre Francisco.

Poco después llegó a tierra de caníbales en la isla de Nusalaut, pero no logró en ella sino una sola conversión. Volvió de aquí a Amboina y pasó luego a la isla de Ternate, fortaleza portuguesa. Finalmente, solo y sin ningún auxilio humano, fue a convertir a los salvajes de la isla del Moro (Mindanao).

Francisco permaneció en las Molucas tres años y medio. Por enero del año 1548 regresó a Cochín y emprendió la visita de las cristiandades. Advirtió entonces que los misioneros que había dejado para llevar adelante y desenvolver su obra, debían luchar en muchas partes contra la hostilidad de los funcionarios europeos.

Muy afligido por ello, pensó en ir a evangelizar el Japón. Por otra parte, la Providencia le ofreció una ayuda que acabó determinándole a aquella heroica empresa.

Encontró en Malaca a un japonés llamado Yagiro. Tras una juventud muy libre y enredada, Yagiro había acudido a los bonzos o monjes paganos de su país, en busca de paz para su conciencia, pero en balde. Oyó hablar del padre Javier, y fue a Malaca a echarse a los pies del Santo. Francisco le acogió bondadosamente y le habló con tal dulzura y persuasión, que el japonés determinó seguirle. Siguióle en efecto a Goa, donde recibió el bautismo con el nombre de Pablo de Santa Fe.

Francisco dejó Cochín en abril de 1549, y fue a Malaca. De allí partió para el Japón el día de San Juan, en compañía de un Hermano coadjutor.

Después de una travesía de más de mil leguas, abordó el 15 de agosto siguiente en Kagoshima, ciudad importante del imperio nipón, en la isla de Kiusiu.

Habiendo evangelizado dos islas y ganado algunas almas en la ciudad de Yamaguchi, trasladóse a Miako, capital del imperio, por enero de 1551, confiando captarse la benevolencia del monarca. Sólo halló decepción; pero nuevas conversiones conseguidas en Yamaguchi consoláronle de aquel fracaso. Aunque el fruto de su predicación no era siempre y en todas partes inmediato, no por eso resultaban estériles sus esfuerzos. Difícil es explicar humanamente que, merced a San Francisco Javier, el cristianismo hubiera logrado en el Japón expansión tan rápida: llegó a contar seiscientos mil católicos; dos siglos más tarde, esta primitiva Iglesia, no obstante hallarse huérfana de misioneros, tenía todavía algunos miles de fieles.

MUERTE Y GLORIFICACIÓN.  NOVENA DE LA GRACIA

A mediados de noviembre de 1551, dejó Francisco el Japón y regresó a la India muy determinado a volver luego con el fin de conquistar a China para Jesucristo. Ganoso de lograr su intento, propuso al virrey una expedición apostólica que, so capa de embajada, le permitiría entrar en aquel imperio y predicar en él la buena nueva.

La salida fue el mes de abril de 1552. La indocilidad del capitán de la embarcación —excomulgado luego por esta causa— dificultó la buena marcha de la empresa. En agosto, el navío que llevaba al padre Javier hallóse cerca de las tres islas llamadas Sanchoán, frente a la ciudad de Cantón. Allí tuvo que abordar el misionero, porque a los navíos portugueses les estaba vedada la entrada en los puertos chinos. Alojado en mísera choza expuesta a todos los vientos, aguardó a un mercader que debía llevarle a Cantón. Caso de que fracasase su propósito, estaba determinado a evangelizar el reino de Siam.

Un cristiano chino llamado Antonio y un criado malabar por nombre Cristóbal, eran los únicos familiares del nuncio apostólico.

Sobrevínole mientras tanto una fuerte pleuresía, y hubo de permanecer quince días en la choza padeciendo dolores agudísimos. Finalmente, el viernes 2 de diciembre, sintió que se acercaba su hora postrera. Derramando lágrimas de consuelo y apretando en sus manos el crucifijo, pronunció en alta voz estas palabras: En Ti he esperado, Señor, y ya nunca seré confundido. Mientras su rostro se iluminaba con alegría sobrenatural, voló al cielo su bendita alma el 3 de diciembre del año 1552. Tenía cuarenta y seis años.

Los portugueses pusieron en cal viva el cadáver del Santo, para que, consumiéndose sus carnes, pudiesen trasladarse pronto los huesos. Pasaron dos meses, y, al abrir el ataúd, vieron admirados que el santo cuerpo estaba intacto. Trasladáronle a Goa, donde todavía se venera, dentro de un relicario de plata, en la iglesia del Buen Jesús.

Francisco Javier fue beatificado por Paulo V a 25 de octubre de 1619, y canonizado por Gregorio XV a 12 de marzo de 1622, junto con San Isidro Labrador, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús y San Felipe Neri.

El título de Patrono de la Propagación de la Fe, conferido a San Francisco Javier muchísimos años ha, confirmólo oficialmente Pío X el 2 de marzo de 1904. Su fiesta fue de rito semidoble desde Alejandro VII (1663) y de rito doble desde Clemente X (1670). Hoy día se celebra en la Iglesia universal con rito doble mayor.

Su brazo derecho, que de bautizar a tantos infieles se le quedaba como paralizado de cansancio, fue separado del cuerpo el año 1614 y enviado a Roma, donde se le venera en la iglesia del Gesú. El año 1923, pasadas las fiestas del tercer centenario de la canonización, fue traído a España y otras naciones, paseado triunfalmente y vuelto luego a Roma. En 1949 fue llevado al Japón, para conmemorar el cuarto centenario de la llegada del santo misionero a aquel país.

El milagro que más contribuyó a popularizar el culto del santo apóstol de las Indias y del Japón, ocurrió el año 1634 en un colegio de Nápoles. El joven padre jesuíta Marcelo Mastrilli, se hallaba agonizante a consecuencia de una profunda herida que le produjera en la cabeza un martillo caído de diez metros de altura. Como deseaba ardientemente consagrarse a las misiones, se encomendó a San Francisco Javier, y logró de sus superiores licencia para hacer voto de ir a las Indias si alcanzaba su curación; pedía además la gracia del martirio. Ahora bien, desde el siguiente día, el moribundo, curado ya, pudo decir misa. Murió por la fe a 17 de octubre de 1637 en la ciudad de Nagasaki.

La fama de este milagro dio origen a la costumbre de las novenas en honor de San Francisco Javier, ya antes de su festividad (25 de noviembre a 3 de diciembre), ya más comúnmente antes del aniversario de su canonización (4 a 12 de marzo). A esta segunda novena, en la que es fama que se logra del Santo el favor en ella pedido —si conviene a la salvación del solicitante—, se la suele llamar «novena de la gracia», título que justifican
las muchas por ella logradas. Pío X la enriqueció con indulgencias en 1904.

 

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