Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL VIGESIMOCUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

VIGESIMOCUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Cuando veáis, pues, que la abominación de la desolación, que fue dicha por el profeta Daniel, está en el lugar santo, el que lee entienda. Entonces los que estén en la Judea, huyan a los montes. Y el que en el tejado, no descienda a tomar alguna cosa de su casa. Y el que en el campo, no vuelva a tomar su túnica. ¡Mas ay de las preñadas y de las que crían en aquellos días! Rogad, pues, que vuestra huida no suceda en invierno o en sábado. Porque habrá entonces grande tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora ni será. Y si no fuesen abreviados aquellos días, ninguna carne sería salva; mas por los escogidos aquellos días serán abreviados. Entonces si alguno os dijere: Mirad, el Cristo está aquí o allí, no lo creáis. Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y darán grandes señales y prodigios, de modo que, si puede ser, caigan en error aun los escogidos. Ved que os lo he dicho de antemano. Por lo cual si os dijeren: He aquí que está en el desierto, no salgáis; mirad que está en lo más retirado de la casa, no lo creáis. Porque como el relámpago sale del Oriente, y se deja ver hasta el Occidente, así será también la venida del Hijo del hombre. Donde quiera que estuviese el cuerpo, allí se juntarán también las águilas. Y luego después de la tribulación de aquellos días el sol se oscurecerá, y la luna no dará su lumbre, y las estrellas caerán del cielo y las virtudes del cielo serán conmovidas. Y entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, y entonces plañirán todas las tribus de la tierra. Y verán al Hijo del hombre, que vendrá sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad. Y enviará sus ángeles con trompetas y con grande voz; y allegarán sus escogidos de los cuatro vientos, desde lo sumo de los cielos hasta los términos de ellos. Aprended de la higuera una comparación: cuando sus ramos están ya tiernos, y las hojas han brotado, sabéis que está cerca el estío; pues del mismo modo, cuando vosotros viereis todo esto, sabed que está cerca, a las puertas. En verdad os digo, que no pasará esta generación que no sucedan todas estas cosas; el cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.

Y entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo, y entonces plañirán todas las tribus de la tierra. Y verán al Hijo del hombre, que vendrá sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad…

¡Qué magnífica estampa!

¡Llegará el día en que contemplaremos esta bendita imagen por la cual suspiramos!

En las Sagradas Escrituras este día se denomina de diversas maneras. Se llama en suma, por abreviar, día del Señor… Todo lo cual lo comprende Daniel en estas breves palabras: Cuando sin mano alguna se desgajó del monte una piedra; e hirió a la estatua en sus pies de hierro, y de barro, y los desmenuzó

Concluidos los tiempos y momentos que puso el Padre en su propio poder, estando toda la tierra como en los días de Noé, y como fue en los días de Lot, llegará finalmente aquel día de que tanto se habla en los Profetas, en los Evangelios, en los escritos de los Apóstoles, y más a propósito en la última profecía canónica, que es el Apocalipsis de San Juan.

Volverá Jesucristo del cielo a la tierra, y se manifestará con toda su majestad y gloria.

Esta venida gloriosa del Señor Jesús es una verdad divina, tan esencial y fundamental como lo es su primera venida en carne pasible.

Pero, ¿cuándo acontecerá?

Comúnmente se dice que al fin del mundo. Habiendo sido todo el orbe consumido por el fuego, tendrá lugar la resurrección universal de los muertos; y entonces, cuando Jesucristo venga del Cielo para juzgar a todos los hombres, seguirá el juicio universal.

Pero, si la Escritura divina dice frecuentísimamente y supone evidentemente todo lo contrario, ¿a quién debemos creer?

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Ante todo hay que afirmar que muchísimos textos de las Sagradas Escrituras nos aseguran en términos formales y claros que ha de llegar finalmente cierto tiempo en que todos los habitantes de esta tierra serán benditos en Cristo; en que todos creerán y esperarán en Él; todos lo conocerán, lo adorarán, lo bendecirán, lo amarán…; por consiguiente, en que todos serán buenos cristianos, unidos en una misma fe, animados del mismo espíritu, y como una sola grey, bajo el gobierno y dirección de un solo pastor, Cristo Rey.

Sin embargo, aún no vemos que estas promesas lleguen a su cumplimiento.

Por ejemplo, San Pablo, en su carta a los Hebreos, II, 7-9, escribe: Lo rebajaste un momento por debajo de los ángeles; lo coronaste de gloria y honor, y lo pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque al someter a Él todas las cosas, nada dejó que no le hubiera sometido. Al presente, empero, no vemos todavía sujetas a Él todas las cosas;  pero sí vemos a Aquel que fue hecho un momento menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y honor.

San Pablo explica que la omnímoda potestad que pertenece a Jesús no se ejerce ahora plenamente. Es que Jesús anunció que la cizaña estaría mezclada con el trigo hasta el fin del siglo, no obstante hallarse Él desde la Ascensión coronado de gloria a la diestra del Padre, como lo dice expresamente San Pablo.

El mismo Apóstol afirma, pues, que hasta su tiempo no había sucedido el que estuvieran sometidas a Jesucristo todas las cosas; y nosotros debemos añadir que hasta nuestro tiempo tampoco ha acontecido.

Por lo tanto, si todavía no vemos todas las cosas sometidas a Jesucristo; debemos esperar otro tiempo en que lo sean, pues las Sagradas Escrituras no pueden fallar.

Debemos añadir que las Sagradas Escrituras, no solamente anuncian la profesión fe en Jesucristo por todos los habitantes de la tierra, sino juntamente con la fe una justicia universal, nunca vista ni oída en nuestra tierra.

Luego, si se cree a los Profetas, es preciso decir y confesar que se ha de ver alguna vez.

Mas, ¿cuándo sucederá todo esto? Este tiempo felicísimo, nunca visto ni oído en nuestra tierra, ¿dónde se coloca?

En el sistema vulgar debería colocarse antes de la Venida del Señor, pues después de ésta no se admite espacio alguno de tiempo, dado que, según ese sistema, Él vendrá para el juicio universal, acontecida la resurrección de todos los hombres, habiendo sido todo el orbe consumido por el fuego.

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Resumiendo, vemos que el porvenir próximo del mundo depende de un problema teológico que puede resumirse en dos hipótesis:

1ª) = Sea que Jesucristo debe venir para consumar su Reino juntamente con el fin del mundo.

2ª) = Sea que Jesucristo debe venir para consumar su Reino antes del fin del mundo.

¿Cuál es la diferencia?

En caso de ser correcta la primera hipótesis, es decir, si el Fin del Mundo (que incluye la resurrección universal, la Parusía y el Juicio Final) y el Reino de Dios son cosas simultáneas, antes de esa liquidación total debe producirse una profunda purificación de la Iglesia por el dolor; y luego tendría lugar la manifestación del Espíritu Santo en grandes santos varones, un gran triunfo de la Iglesia, un período de oro para la religión cristiana y la conversión de Europa, y por ella del mundo.

Sería el último período, por cierto, en el cual se acaben de cumplir las profecías a que hemos hecho referencia más arriba; principalmente la de la conversión del pueblo judío y la del único rebaño con el único Pastor.

Ese período no podrá ser largo; quizás el tiempo de una vida humana, quizás 15 o 25 años.

Y después de ese reflorecimiento, volverán con la fuerza incontrastable de la catástrofe las tremendas fuerzas demoníacas que vemos en acción en estos momentos; entonces se afianzará la gran apostasía; sonarán las últimas trompetas, derramando las últimas copas; y tendrá lugar la tribulación magna, cual no la ha habido desde el principio del mundo acá, la persecución externa e interna a la vez hasta el grado de lo insoportable, que deberá ser abreviada para que no perezca toda carne.

Muchísimos católicos sueñan con una especie de gran triunfo temporal de la Iglesia vecino a nuestros tiempos y anterior a los parusíacos. En eso soñaron León Bloy, Louis Veuillot, Ernest Hello, Giovanni Papini y toda la escuela de apologistas románticos franceses, comenzando por François René Chateaubriand y Hugues Félicité Robert Lammenais.

El Venerable Bartolomé Holzhauser predijo un inmenso pero breve triunfo de la Iglesia, de la durada de una vida de hombre, en que las fuerzas de Satán serán comprimidas y reducidas, pero no eliminadas, y en que la presión de los dos bandos será formidable. Un período tenso, palpitante, ruidoso, exasperado: una tregua y no una paz…

Los profetas de hoy se dividen rigurosamente en dos: los que creen que los actuales son dolores de parto y los que creen que son dolores de agonía.

Los que sostienen que son dolores de parto, a sabiendas o no, nutren un milenarismo anticipado y preparan el Anticristo

Los que aseveran que se trata de dolores de agonía, creen en Cristo y en la restauración final en Cristo y por Cristo; ellos remiten el parto de la Nueva Era para después de la Parusía.

No falta quién pregunte: ¿acaso se equivocaron todos los que en profecías privadas predecían ya para el siglo pasado la resolución del conflicto entre la Revolución y la Iglesia, con el Gran Triunfo, el castigo fulminante del mal, el Gran Emperador y el Pontífice Angélico?

No se equivocaron en cuanto a los castigos tremendos que anunciaron; más bien se quedaron cortos… Ya lo veremos… Pero en el triunfo temporal, fulminante y espléndido de la Iglesia, ciertamente no lo hemos visto, ni se ve por ninguna parte…, más bien todo lo contrario…

Basado en las profecías falsas, o profecías verdaderas deturpadas, el Anticristo engañará a muchísimos cristianos…, a todos los cristianos que entonces «no estén en vela», como amonestó Jesucristo…

Esos dormilones, como Pedro en Getsemaní, le hacen el juego al Anticristo, porque desacreditan las verdaderas profecías, al tiempo que preparan la aceptación de una esperanza temporal ilusoria; como sucedió a los judíos del ante-advenimiento…, con la diferencia que ahora favorecen el caldo de cultivo del Anticristo…

Al fin de cuentas…, ellos son promotores de un tiempo que se parece al herético milenismo carnal (ya que es en este mundo, para este mundo y con los placeres de este mundo…, con presidente y jefes de gabinete también…), del que nos acusan falsamente de aprobar o consentir.

Esto, pues, respecto de la primera suposición. Pero, en caso de ser correcta la segunda hipótesis, es decir, si Cristo ha de venir antes del fin del mundo, para vencer al Anticristo y para reinar por un período en la tierra; es decir, si la Parusía, por un lado, y el Fin del Mundo, por el otro, no coinciden, sino que son dos sucesos separados (como creyeron la tradición apostólica y los Santos Padres más antiguos), entonces esa esperanza de un próximo triunfo temporal de la Iglesia no tiene fundamento; ni tampoco todas las profecías privadas en que dicha esperanza se apoya.

En ese caso, la actual persecución irá aumentando hasta su máximum; entonces se afianzará la gran apostasía; sonarán las últimas trompetas, derramando las últimas copas; y tendrá lugar la tribulación magna, cual no la ha habido desde el principio del mundo acá, la persecución externa e interna a la vez hasta el grado de lo insoportable, que deberá ser abreviada para que no perezca toda carne.

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Reiteramos el planteo del problema y la crucial pregunta:

Si todavía no vemos todas las cosas sometidas a Jesucristo y la consecuente justicia universal, ¿cuándo sucederá todo esto? ¿Dónde se coloca ese tiempo felicísimo, nunca visto ni oído en nuestra tierra?

Según el sistema vulgar debería colocarse antes de la Venida del Señor, pues después de esta no se admite espacio alguno de tiempo, dado que, según ese sistema, Jesucristo vendrá para el juicio universal, acontecida la resurrección de todos los hombres, habiendo sido ya todo el orbe consumido por el fuego.

Pero esta hipótesis se enfrenta a lo revelado por Nuestro Señor, tal como lo hemos señalado hace dos semanas al comentar la Parábola del Trigo y la Cizaña.

Según la idea que nos dan los Santos Evangelios y los escritos de los Apóstoles, esa restauración, esa recapitulación, no puede ser antes del Anticristo.

Si el fin del Anticristo y de todo su misterio de iniquidad no se separa de la Parusía, se sigue, evidentemente, que todas aquellas cosas particulares que están anunciadas claramente en las Escrituras para después de destruido y aniquilado el Anticristo, deberán igualmente verificarse después de la venida del Señor Jesucristo en gloria y majestad.

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Concedamos, no obstante por un momento, que este tiempo feliz haya de ser antes de la venida gloriosa del Señor, y consideremos atentamente las consecuencias legítimas y necesarias, aunque absurdas, que de aquí se deberían seguir.

Este método se denomina Reductio ad absurdum, en el cual, para demostrar la invalidez de una proposición, se supone como punto de partida que dicha proposición es cierta. Si la conclusión a que se llega es una contradicción, se concluye que la proposición original es falsa.

Veamos:

1ª): Si este tiempo feliz ha de acontecer antes de la venida gloriosa del Señor, antes de la Parusía ya se habrían convertido a Jesucristo todos los pueblos, todas las naciones, todas las familias de toda la tierra; y después de un tiempo muy grande todos los habitadores de la tierra estarían sirviendo y obedeciendo a Cristo, y todos serían fieles, justos y santos.

Obviamente, en esa suposición, no habría personas que encarnasen la maldad del demonio, y no se ve cómo podrían entonces actuar las tremendas fuerzas demoníacas para afianzar la gran apostasía, que, por otro lado, no existiría…

2ª): Si este tiempo feliz ha de acontecer antes de la venida gloriosa del Señor, la conversión de los judíos no podría dilatarse hasta el fin del mundo, como piensan los mismos sostenedores del sistema vulgar.

3ª): En este tiempo feliz ya no habría en toda la tierra ni idolatría, ni superstición, ni falsa religión; ya no habría herejías, ni cismas, ni escándalos, ni cizaña; no habría siervos buenos y malos; no habría vírgenes prudentes y necias; no habría en la gran red peces buenos y malos; no habría, en fin, lo que el mismo Cristo dice y asegura tantas veces que siempre ha de haber hasta que Él venga; todo lo cual siempre se ha visto hasta el día de hoy puntualísimamente verificado, sin faltarle ni un punto, ni un tilde.

Pero nada de esto sucederá antes de la Parusía del Señor. En efecto, en todo el tiempo que debe mediar entre su Primera y Segunda Venida, aunque se predicará el Evangelio por todo el mundo, no todas las gentes lo recibirán, sino pocas, comparadas con la muchedumbre.

Incluso entre estas pocas personas que recibirán el Evangelio, no todas lo observarán, cayendo frecuentemente el buen grano, una parte… junto al camino… otra… sobre piedra… otra… entre espinas; habrá entre ellas sin interrupción:

— grandes y terribles escándalos, herejías, cismas, apostasías formales;

— odios mutuos, envidias y guerras sangrientas e interminables;

— costumbres antievangélicas, muchas de ellas, cuales ni aun entre los gentiles, y no pocas asentadas pacíficamente y miradas como justas, o a lo menos como indiferentes;

— habrá siempre una gran oposición y una guerra formal y continua contra la justicia y la paz;

— habrá sin cesar ya por una parte, ya por otra, ya por muchas a un tiempo vientos furiosos y tempestades horribles, con que la nave de Pedro será combatida de las ondas, y será necesario clamar diciendo: Señor, sálvanos, que perecemos;

— habrá casi siempre una gran prosperidad en los caminos de los malvados, y una casi continua adversidad, tribulación y persecución en aquellos que quieren vivir piadosamente en Jesucristo.

En una palabra: habrá siempre cizaña que oprima y no deje crecer ni madurar el trigo; y todo esto hasta la siega.

De manera que, desde la predicación de Cristo hasta la recapitulación de todas las cosas en Cristo y por Cristo, deberá estar siempre en el mundo el buen grano junto con la cizaña y mezclado con ella.

Con que hasta la recapitulación de todas las cosas en Cristo y por Cristo deberán estar siempre juntos y mezclados entre sí los hijos del reino y los hijos de la iniquidad; y estos últimos haciendo siempre todo aquel daño que siempre hace la cizaña.

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Si esto debe siempre suceder así hasta la recapitulación de todas las cosas en Cristo y por Cristo, y si no se admite algún espacio de tiempo desde la derrota del Anticristo y su Falso Profeta hasta el fin del mundo; antes se mira este espacio de tiempo como un error, o como un sueño, delirio y fábula, etc.: ¿cuándo y cómo podrán tener algún lugar decente todas aquellas profecías que anuncian un período en que habrá un solo rebaño y un solo Pastor?

Y entonces, ¿cómo, hablando el Espíritu Santo de un mismo suceso y de un mismo tiempo, se puede afirmar dicho suceso, y juntamente negarlo? ¿Anunciar, que sucederá y que no sucederá?

¿Cómo puede anunciar el Espíritu Santo que en todo el tiempo que debe mediar entre la Primera y Segunda Venida del Señor, deberán estar siempre juntos y mezclados entre sí los hijos del reino y los hijos de la iniquidad, y anunciar que, antes de la Parusía, habrá un período en que todo el orbe y todas sus familias serán cristianas, justas y santas?

Y una y otra cosa deben ser verdaderas, porque así la una como la otra constan expresamente en la Santa Escritura.

Luego, no pueden ser para un mismo tiempo.

Si se quiere que se hable de un solo tiempo, la Sagrada Escritura no puede anunciar para un solo tiempo, que una cosa será y no será.

Como en el sistema vulgar no hay más que un solo tiempo, esto es, el intermedio entre la Primera y Segunda Venida del Señor; como en ese sistema la consumación del siglo, o la vendimia, o la mies, es lo mismo que el fin del mundo; como en ese sistema no hay que esperar otro tiempo, u otro siglo, u otra nueva tierra y nuevo cielo después de la gran vendimia, después de la mies, después de la consumación del siglo, etc., tampoco podemos esperar una concordia sólida y firme entre unas y otras profecías.

Pero, si se hace la debida distinción entre tiempo y tiempo, como la hace la Santa Escritura, y como lo entendió la Patrística de los cuatro primeros siglos, todo lo hallamos concorde, claro, fácil y llano.

Las cosas opuestas, que no pueden concurrir en un mismo tiempo, sin destruirse las unas a las otras, se cumplen en diversos tiempos, cada cual en el suyo propio.

Si antes de la consumación del siglo, o de la vendimia, o de la mies, no pueden verificarse todas juntas, han de cumplirse plenísimamente unas antes y otras después.

Estos antes y después se hacen durísimo el admitirlo, porque destruyen desde los cimientos el sistema vulgar.

Se saca de aquí una consecuencia, como una de las más legítimas y justas que se han sacado jamás: el sistema vulgar no es bueno; pues no es capaz de concordar unas profecías con otras.

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Es muy importante, pues, tener en cuenta que lo que vivimos es una inmensa revolución enteramente decidida a liquidar los restos de la Antigua Cristiandad europea; y frente a tal conjura no se ve nada capaz de impedírselo.

Por lo tanto:

— la Iglesia vuelve a las catacumbas (y ya lo percibimos y padecemos),

— desaparecen las patrias (vamos en vía de ello),

— los pocos capaces del coraje terrible de seguir fieles a Cristo se repliegan sobre sí mismos a defender su fe y pedir su Segunda Venida.

Es decir:

— se deshace esa estructura externa de la Iglesia Católica, creada por la Contrarreforma y hoy totalmente impotente del todo, minada de internos morbos gravísimos, y conquistada por los enemigos;

— las patrias dejan de ser cosas sacras, convirtiéndose las naciones en organizaciones enormes de bandidaje en gran escala, es decir, en las fieras que vio Daniel en su visión y predijo que volverían;

— los que creen en la divinidad de Cristo son oprimidos por una doble persecución:

— persecución de una falsa religión universal y poderosísima, que se ha apoderado de la misma Sede Romana y ataca sus almas;

— al mismo tiempo que los poderes políticos unificados por la Bestia atacan sus bienes y sus cuerpos, hasta la pena de muerte.

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Ante esta simple exposición de los hechos, los que dicen que la Parusía coincide con el Fin del Mundo y con el establecimiento del Reino de Dios, plantean como objeción que antes del reino del Anticristo debe tener lugar el triunfo del Corazón Inmaculado de María, que coincidiría con el período de esplendor de la Iglesia.

Lógicamente, luego de ese triunfo y de ese esplendor, han de regresar las tremendas fuerzas demoníacas y se implantará el reino del Anticristo.

Lo que no dicen (y no sé si no alcanzan a vislumbrar) es que para ello el Anticristo debe aplastar el Reino de la Inmaculada, lo cual sería una especie de profecía del Génesis al revés…

Ante este absurdo, los que dicen que Cristo ha de venir antes del Fin del Mundo, para vencer al Anticristo y establecer su Reino, enseñan que la actual persecución irá aumentando hasta su máximum; entonces tendrá lugar la tribulación magna, se afianzará la gran apostasía, se implantará el reino del Anticristo y la Santísima Virgen aplastará la cabeza del dragón infernal (como está profetizado en el Génesis) y preparará el Reino de su divino Hijo con el triunfo de su Corazón Inmaculado (como enseña San Luis María Grignon de Montfort).

En cuanto al papel que debe desempañar la Santísima Virgen en la preparación e implantación del Reino de su divino Hijo, remito a un trabajo mío ya publicado. Ver Aquí

Regresando al absurdo ya indicado, el hecho de que sea sostenido, no sé si atribuirlo a ceguera, a falta de reflexión o a simple intención de engañar con el pretexto de que no hay que desanimar a los fieles…

Pero, si entendemos bien lo revelado por Nuestro Señor, la gran persecución y el reino del Anticristo llegarán de todos modos, con o sin florecimiento de la Iglesia.

Todo indicaría que no se comprende la sustancia del problema planteado. Aclaremos, pues…

El problema presenta dos aspectos:

1º) El más simple, es que la gran persecución y el reino del Anticristo llegarán de todos modos.

Pero es precisamente esto lo que se quiere ocultar; y entonces se patea para adelante, como los jugadores de rugby patean al “touche”, para ganar terreno, o tiempo solamente… Como con un enfermo terminal, al cual se le miente respecto de su verdadero estado de salud…

2º) El más profundo es el que señalé al comienzo: el porvenir próximo del mundo depende del problema teológico del momento de la instauración del Reino de Cristo.

Ahora bien:

— Que el Reino de Cristo debe de venir, es de fe; y lo pedimos todos los días en el Padrenuestro…

— Que todas las cosas deben de ser restauradas en Cristo, nos lo enseñan San Pablo y San Pío X…

— Que la creación toda entera será redimida y que al presente gime con dolores de parto hasta que se manifiesten los hijos de Dios que han de restaurarla, lo dice San Pablo en su Carta a los Romanos…

— Que el Corazón de la Santísima Virgen triunfará, nos lo asegura Nuestra Madre en Fátima…

— Que habrá un período más o menos largo después de la derrota del Anticristo y su Falso Profeta (lapso denominado milenio o como se quiera llamarlo) está en el Apocalipsis…

Por lo tanto, lo único que puede discutirse es el orden en que esas cosas sucederán.

Y esa discusión, en definitiva, gira toda entera en torno a la exégesis que se hace de las Sagradas Escrituras y de la Tradición…

Los que no aciertan a poner las cosas en su justo orden, en su gran mayoría hacen un uso indebido de las revelaciones privadas, y están inspirados de un falso mesianismo (temporal, carnal y judaico).

Mientras tanto, Nuestro Señor nos advierte:

Cuando veáis, pues, que la abominación de la desolación, que fue dicha por el profeta Daniel, está en el lugar santo, el que lee entienda.

Entonces los que estén en la Judea, huyan a los montes.

Cuando viereis todo esto, sabed que está cerca, a las puertas.

El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.