ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
EL PADRE MANUEL DE LACUNZA Y DÍAZ
Vigésimo octava entrega

“El error que no es resistido es aprobado y la verdad que no es defendida es oprimida”
(Félix III, Papa)
VENIDA DEL MESÍAS
EN GLORIA Y MAJESTAD
PARTE SEGUNDA
Que comprende la observación de algunos fenómenos particulares sobre la Profecía de Daniel, y venida del Anticristo.
Fenómeno VII
BABILONIA Y SUS CAUTIVOS (II de IV)
Continuación…
Párrafo III
Sumario de la historia de los hijos de Israel, desde el principio de su destierro y dispersión, hasta la época presente
Ciento veinte y dos años después que las diez tribus, que componían el reino de Israel o de Samaria, salieron desterradas de su Dios, y fueron llevadas cautivas a la Asiria por Salmanasar, rey de Nínive, las dos tribus que restaban y componían el reino de Judá, fueron del mismo modo, y por las mismas causas desterradas y conducidas a Babilonia por Nabucodonosor.
Esta transmigración se concluyó perfectamente once años después, cuando el mismo Nabuco irritado por la rebelión de Sedecías, tío del último rey (a quien había fiado la regencia del reino y honrado con el título de rey) volvió con más furor contra Jerusalén; y habiéndola saqueado y arruinado enteramente y ejecutado casi lo mismo con todas las ciudades de Judea, se llevó consigo a sus habitadores, no dejando en toda la tierra sino algunos pocos de la plebe de los pobres, que absolutamente no tenían cosa alguna; los cuales no dándose por seguros, no tardaron mucho en desterrarse a sí mismos, huyendo a Egipto.
Cumplidos los 70 años que había predicho Jeremías, capítulo XXIX, el rey Ciro que por muerte de Darío acababa de sentarse en el trono del imperio, movido e inspirado de Dios (como él mismo lo dice en su edicto público, y como lo había anunciado Isaías capítulo XLV, llamando a este príncipe con su propio nombre Ciro, doscientos años antes) concedió licencia a los judíos que quisieran, y aun los exhortó a volver a Jerusalén, y a edificar de nuevo el templo del verdadero Dios, mandando que se les restituyesen los vasos sagrados que había transportado Nabucodonosor, y se les ayudase con todo lo necesario para el edificio sagrado.
Con esta licencia volvieron algunos con Zorobabel, señalado del mismo rey Ciro por conductor de aquella tropa de voluntarios (los cuales todos fueron de la tribu de Judá y Benjamín) con algunos sacerdotes y levitas, como se lee expreso en el libro primero de Esdras, capítulo primero: levantáronse los príncipes de los padres de Judá y de Benjamín, y los sacerdotes, y los levitas.
En el capítulo segundo para mayor claridad se dice, que los que volvieron a Jerusalén eran descendientes de aquellos mismos, que había llevado cautivos a Babilonia Nabucodonosor: que subieron del cautiverio, que había hecho trasladar a Babilonia Nabucodonosor rey de Babilonia, y volvieron a Jerusalén y a Judá.
De las otras diez tribus no se habla jamás una palabra.
Aunque las ciudades y provincias de la Media, donde dichas tribus habían sido colocadas, eran en aquel tiempo de la jurisdicción de Ciro, que hacían una parte considerable de su imperio, es cierto que a éstas no se les dio facultad para volver a sus respectivos países; ya porque estos países estaban ocupados por otras naciones que el mismo Salmanasar había enviado en lugar de Israel, como se dice en el libro 4 de los reyes, capítulo XVII, versículo 24; ya porque la intención de Ciro sólo miraba al templo del verdadero Dios. Así se ve que su edicto o cédula real habla solamente de la reedificación del templo del Dios del cielo, que estaba antes en Jerusalén, y del culto del mismo Dios.
Por consiguiente sólo habla con los judíos y sacerdocio a quienes esto pertenecía. Esto dice Ciro rey de los Persas: (dice el edicto) Todos los reinos de la tierra me los ha dado el Señor Dios del cielo, y él mismo me ha mandado que le edificase casa en Jerusalén… Y todos los varones que hubieren quedado en todos los lugares donde moran, desde el lugar donde están, ayúdenle con plata y oro, y hacienda y bestias, sin contar lo que voluntariamente ofrecen al templo del Dios que está en Jerusalén.
Después de muchos años (que según me parece, no pudieron ser menos de sesenta) el año séptimo de Artajerjes, volvió de Babilonia a Jerusalén, acompañado de seiscientas personas el santo y sabio sacerdote Esdras, enviado del mismo rey como de visitador de sus hermanos, para que viese si éstos observaban fielmente las leyes de su Dios, y las leyes regias, para hacer observar ambas leyes con toda perfección y puntualidad, y para que como hombre lleno de sabiduría, de celo y de piedad, instruyese libremente y sin embarazo alguno a los ignorantes. Y tú, Esdras (le dice el rey) según la sabiduría de tu Dios, que hay en tu mano, establece jueces, y presidentes para que juzguen a todo el pueblo, que está de la otra parte del río, conviene a saber, a los que tienen noticia de la ley de tu Dios, y a los que la ignoran enseñadla libremente. Y todo el que no cumpliere exactamente la ley de tu Dios, y la ley del rey, será condenado, o a muerte, o a destierro, o a una multa sobre sus bienes, o a lo menos a cárcel.
A los 13 años después de Esdras, el año 20 del mismo Artajerjes, Nehemías, que era su copero y favorito, consiguió licencia del rey para ir a Jerusalén, llevando facultad amplia (que hasta entonces no se había dado a los judíos) para edificar de nuevo la ciudad, y ceñirla de muros en toda forma, como lo hizo, no sin grandes oposiciones de todas las naciones circunvecinas; como se puede ver en el libro del mismo Nehemías, que llamamos el segundo de Esdras.
Ahora, es cierto por la misma Escritura que los que volvieron de Babilonia a Jerusalén, en estas tres partidas, apenas hicieron la suma de cuarenta y dos mil y seiscientos, que es lo mismo que decir, sólo fueron una parte no muy considerable de las tribus de Judá y Benjamín (las cuales pocos años antes de la cautividad, en tiempo del rey Josafat, podían dar un millón ciento y setenta mil soldados, que estaban alistados y prontos bajo cinco capitanes generales, exentos los que guardaban los presidios, como se dice expresamente en el libro segundo del Paralipómenos capítulo XVII); por consiguiente, los más individuos de Judá y Benjamín se quedaron en su destierro, o porque no pudieron venir, o porque no quisieron, mirando con indiferencia la tierra de sus padres y el culto de su Dios.
Todas estas noticias ciertas y seguras nos deben servir para conocer, o para advertir una verdad importantísima en el asunto que tratamos, es a saber: que los judíos que volvieron en aquellos tiempos de Babilonia a Judea, no volvieron más libres que los que quedaron, ni vivieron más libres en la tierra de sus padres, que lo que habían vivido en la Caldea.
Salieron de Babilonia con licencia del príncipe, mas no salieron de la servidumbre de Babilonia. Mudaron de terreno, mas no mudaron de condición, casi del mismo modo que si hubiesen pasado de una provincia a otra del mismo imperio.
De esto se lamentaban ellos mismos, más de 70 años después de haber salido de Babilonia, cuando congregados en Jerusalén por Nehemías y Esdras, a celebrar las fiestas de los tabernáculos, y oír la lectura de la ley, prorrumpieron un día en un amargo llanto, a que se siguió una fervorosa oración, y entre otras cosas le decían al Señor estas palabras: He aquí que nosotros mismos hoy somos esclavos; y la tierra, que diste a nuestros padres para que comiesen su pan, y los bienes que produce, y nosotros mismos somos en ella esclavos. Y sus frutos se multiplican para los reyes que has puesto sobre nosotros por nuestros pecados, y tienen dominio sobre nuestros cuerpos, y sobre nuestras bestias, a su voluntad, y estamos en grande tribulación.
¡Qué buena libertad! ¡Qué república tan digna de este nombre! Éste es, amigo mío, el título ilustre con que honran los doctores cristianos comúnmente a los judíos que volvieron de Babilonia con Zorobabel, Esdras y Nehemías.
La razón que tienen para darle el nombre de república es tan clara, que la puede ver el más corto de vista. En suma, les es preciso suavizar un poco del mejor modo posible la interpretación (durísima a la verdad) de tantas y tan claras, y tan magníficas profecías, que hablan de la vuelta de todos los hijos de Israel a la tierra de promisión, de donde fueron desterrados, como si estas magníficas profecías se hubiesen ya cumplido en aquellos pocos esclavos, que sin dejar de serlo volvieron a la Judea.
Después de edificado el templo y la ciudad; después que se establecieron, los que volvieron, en Judea, que verosímilmente hallaron desierta, pues no se dice que los reyes de Babilonia enviasen alguna otra nación para que la poblase, como se dice respecto de las tierras que ocupaban las otras diez tribus; después de todo esto, hasta las revoluciones causadas por Alejandro, parece evidente e innegable, que así Jerusalén como toda la Judea quedaron como antes sin novedad alguna, en cuanto a la sujeción y dependencia total del imperio de Babilonia.
Ni se sabe que los habitadores de Judea tuviesen otra exención, respecto de los habitadores de la Caldea, Media o Persia, etc., sino la facultad que le dieron Ciro, Darío, y Artajerjes de poder dar a su Dios un culto público en Jerusalén, y vivir según las leyes que habían recibido del mismo Dios; sin dejar por eso de observar puntualmente las leves regias: Y todo el que no cumpliere exactamente la ley de tu Dios (le dice el rey a Esdras), y la ley del rey, será condenado o a muerte, o a destierro, etc.
El príncipe Zorobabel era, no sólo de la casa y familia de David, sino nieto por línea recta del último rey de Judá (digo último, porque Sedecías, que reinó últimamente no tenía derecho alguno a la corona, sino que fue puesto con violencia por Nabucodonosor); mas Zorobabel tenía derecho legítimo por ser hijo legítimo primogénito de Salatiel, el cual lo había sido de Jeconías o Joaquín, que fue llevado a Babilonia y encerrado en ella hasta que subió al trono Evilmerodach. Con todo eso, ni Zorobabel ni los que con él fueron, pensaron jamás en tal reino ni en tal corona; ni se sabe que tuviese entre ellos más mando ni más autoridad que la que le había dado Ciro sumamente escasa, limitada a sola la reedificación del templo, y también la que le daba el respeto y cortesía de los que sabían quién era.
Después que el imperio de Caldeo o Persia (que es lo mismo) fundado por Nabucodonosor, y acrecentado por sus sucesores, fue enteramente destruido por los griegos, que se apoderaron de él, lo dividieron en varias piezas, y lo hicieron mudar enteramente de semblante; no por eso quedaron libres los judíos que habitaban en Jerusalén y Judea; no por eso pensaron poner en el trono algún descendiente de David; no por eso pensaron en alzarse en república libre; ni aun siquiera en negar su tributo y vasallaje a los nuevos amos.
Siempre fueron siervos y súbditos de los príncipes griegos, ya de éste, ya del otro, según el partido dominante. Estos príncipes, así como mandaban y disponían de todo en las otras provincias de su imperio, así disponían también en Jerusalén y Judea, metiendo la mano aun en lo más sagrado; pues se sabe por los dos libros de los Macabeos, que quitaban y ponían a su arbitrio el sumo Sacerdote, y se apoderaban de los tesoros del templo, destinados para el culto divino, y para el sustento de los pobres.
La única novedad de consideración que hubo en aquellos tiempos, fue la que ocasionó la impiedad o imprudencia de uno de estos reyes, a quien llama la divina Escritura una raíz pecadora, Antioco el ilustre.
Este rey inicuo e insensato, habiendo salido mal de su expedición contra el Egipto, pensó consolarse de algún modo, convirtiendo toda su rabia y furor contra los judíos. Así, sin otro motivo que una leve sospecha de su infidelidad, se fue derecho a Jerusalén con todas sus tropas, se apoderó de ella sin oposición, la saqueó, la incendió, la destruyó casi enteramente, derramó la sangre inocente de ochenta mil personas, vendió otros tantos por esclavos, hizo cesar el sacrificio continuo, despojó el templo de Dios de todos sus ornamentos y riquezas, lo profanó con la profanación y más sacrílega; ya colocando en él la estatua de Júpiter Olímpico, ya permitiendo en él aquellos excesos que disuenan y causan horror aun a los oídos menos castos. Porque el templo (dice la Escritura) estaba lleno de lascivias y glotonerías propias de gentiles, y de hombres, que pecaban con rameras; y sobre todo, como si esto fuera poco, pretendió también con empeño, que todos los judíos se hiciesen gentiles, y renunciasen a su Dios y a su religión, que adorasen a los dioses de palo y de piedra que adoraban las otras naciones, y se acomodasen enteramente a sus costumbres y modo de vivir; y todo esto pena de muerte.
Pero Dios, que velaba sobre la conservación de su Iglesia, al mismo tiempo que castigaba sus pecados, permitiendo tan graves males para corregirnos y enmendarnos, hizo en esta ocasión una clarísima ostentación de su grandeza. Excitó su espíritu en una familia sacerdotal; la vistió de la virtud de lo alto; la armó de celo y de coraje sagrado; y por medio de esta familia hizo con pocos hombres tantos prodigios, cuantos se leen con asombro en los dos libros de los Macabeos.
Pasado este intervalo, que no fue muy largo, ni muy feliz, pues todo él estuvo siempre lleno de guerras, de inquietud y de turbación, y habiendo triunfado la verdadera religión de tantas y tan graves oposiciones, lo demás prosiguió como antes con poquísima o ninguna novedad en la sustancia. Los habitadores de Jerusalén y de Judea, no menos que las naciones circunvecinas, prosiguieron sirviendo como vasallos y súbditos del imperio de los griegos, pagando sus tributos y sufriendo su dominación, hasta que los romanos se hicieron dueños absolutos de todo el oriente, como se habían hecho de todo el occidente.
En este estado estaban las cosas cuando vino el Mesías, el cual lejos de sacarlos de aquella servidumbre en que estaban quinientos años había desde Nabucodonosor, les declaró por el contrario en términos formales, que debían pagar al César lo que era del César, como a Dios lo que era de Dios, y él mismo pagó su tributo. Poco después, estando cerca de Jerusalén, donde iba a padecer, se declaró más con sus discípulos y amigos que lo seguían, y que iban en la persuasión de que luego se manifestaría el reino de Dios; se declaró, digo, con aquella parábola admirable y clarísima, que se lee en el capítulo XIX del Evangelio de San Lucas: Un hombre noble fue a una tierra distante para recibir allí un reino, y después volverse.
Con lo cual les dio bien claro a conocer, que lo que ellos pensaban y esperaban, aunque expreso en las Escrituras, estaba todavía muy lejos. Que primero se debían cumplir otras muchas Escrituras, igualmente claras y expresas, que hablaban de su pasión, de su muerte y de todas sus consecuencias: Mas primero es menester, que él padezca mucho, y que sea reprobado de esta generación.
Finalmente, muerto el Mesías, glorificado y resucitado, no por esto se acabó, ni mitigó la servidumbre y cautividad de los hijos de Israel; antes ésta se agravó más, y se hizo más dura sin comparación en castigo de haber reprobado a su Mesías, como lo anunciaban las Escrituras, y como el mismo Señor lo había predicho pocos días antes de su pasión: Porque éstos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas, que están escritas… Y caerán a filo de espada, y serán llevados en cautiverio a todas las naciones, etc.
En efecto, pocos años después de la muerte del Mesías, fueron otra vez arrojados de Jerusalén y de Judea, por los Romanos; el templo y la ciudad fueron destruidos desde los cimientos; y su cautiverio, y su servidumbre, sus angustias, sus tribulaciones, no sólo siguieron como antes; sino que crecieron y se agravaron notablemente, y después acá no han dejado de crecer, y a tiempos agravarse más en todas las naciones.
Mas esta cautividad presente, esta servidumbre en que ve todo el mundo a los judíos después de la destrucción de Jerusalén por los romanos, no puede llamarse con propiedad una cautividad y servidumbre nueva, aunque se considerasen solamente los que entonces habitaban en la Judea, que era una parte bien pequeña respecto de la que en aquel tiempo se llamaba dispersión de las doce tribus; aun hablando, digo, de estos solos, parece cierto que los romanos no hicieron otra cosa en la realidad, sino revocar la licencia que les había dado el rey Ciro, Darío, y Artajerjes, para edificar el templo de su Dios, y vivir en Jerusalén y en Judea.
Así como Dios movió el corazón de estos príncipes para que concediesen aquella licencia, así movió después el corazón a Vespasiano y Tito, y mucho más a Adriano para que la revocasen del todo, confirmando, el primer decreto de Nabuco, y haciéndolo ejecutar sin misericordia.
Aquella licencia de Ciro, anunciada por el Espíritu Santo doscientos años antes había sido sin duda conveniente y aun necesaria; ya para que se diese a Dios vivo el culto debido en su santo templo; ya para que no se pervirtiese el pueblo de Dios entre la idolatría e iniquidades de Babilonia; ya también y principalmente para que pudiese haber a su tiempo en la tierra santa un cuerpo considerable de la nación y del sacerdocio, el cual, o recibiese al Mesías que estaba ya cerca, o le reprobase y pusiese en una cruz, pues uno y otro extremo se debía dejar en su libertad.
Se confrontan estas noticias con las profecías
Lo que acabamos de decir sumariamente tocante a los sucesos principales de los hijos de Israel, desde el principio de su destierro, dispersión y cautiverio, hasta la presente, nos parece que es la pura verdad. No se halla a lo menos otra idea ni en la Historia sagrada, ni tampoco en la profana.
Las diez tribus que fueron llevadas a Asiria y Media por Salmanasar, rey de Nínive, es ciertísimo a quien quiera mirarlo, que hasta ahora no han vuelto de su destierro; y si no dígase cuándo; y no obstante, las profecías anuncian y aseguran clarísimamente que han de volver.
Las otras dos tribus de Judá y Benjamín, que fueron del mismo modo llevadas cautivas a Babilonia por Nabucodonosor, volvieron es verdad a Jerusalén y Judea (no todos sus individuos, sino una parte bien pequeña respecto del todo); más aún estos pocos que quedaron, volvieron tan cautivos como habían ido; vivieron en Jerusalén y Judea, en la misma opresión y servidumbre en que quedaban en Babilonia y Caldea, los que no volvieron. En suma, no volvieron de Babilonia, ni vivieron en Jerusalén y Judea, como anuncian las profecías.
Esto último es tan claro, que para convencerse basta una simple lección de las Escrituras. Y para acabar de convencerse plenamente, sin que quede duda ni sospecha de lo contrario, basta leer con algún examen lo que sobre estas cosas nos dicen los doctores.
Después de un sumo empeño, diligencia, estudio y meditación, como hombres llenos de ciencia, de erudición y de ingenio, al fin se ven en la necesidad inevitable de confesar, algunos expresamente y todos implícitamente, que es una empresa no sólo difícil, sino imposible al ingenio humano, el acomodar o verificar las profecías en la vuelta de Babilonia, que sucedió en tiempo de Ciro. Si esto fuese posible de algún modo, con esto sólo quedaba ahorrado todo el trabajo. No había necesidad en este caso de dejar el sentido obvio y literal, y acogerse a cada paso a aquellos recursos fríos, y a la verdad mal seguros, de que tantas veces hemos hablado.
Porque la confrontación de las profecías con la historia es un punto de suma importancia en el asunto que tratamos; aunque ya quedan notadas muchas de estas cosas en todo el fenómeno de los judíos, especialmente en el aspecto II, párrafo IV, todavía me parece necesario apuntar en breve, y poner a la vista algunas de estas profecías, para que teniéndolas presentes, se empiece a ver con los ojos, y se prosiga viendo con la lección de las demás, la distancia suma y la desproporción infinita que hay entre ellas, y la vuelta de la antigua Babilonia.
Primeramente, en Isaías se dice, que Dios congregará a los prófugos de Israel, y a los dispersos de Judá de todas las cuatro plagas de la tierra; que congregados éstos en sus propias tierras, serán señores de aquellos mismos de quienes habían sido esclavos; que el Señor les dará entonces descanso de sus trabajos, de su opresión, y de aquella servidumbre en que han estado por tantos siglos; que no se oirá ya entre ellos el nombre de exactor, ni de tributo; que dirán entonces llenos de regocijo: ¿Cómo cesó el exactor, se acabó el tributo? Quebró el Señor el báculo de los impíos, la vara de los que dominaban; que quebrantada, y hecha mil pedazos esta vara de la dominación de los hombres, toda la tierra quedará quieta y en silencio, y al mismo tiempo, llena de gozo y exultación; que en aquel día en fin, el Señor quitará del cuello y de los hombros de Israel aquel yugo y aquella carga tan pesada que ha llevado en su largo cautiverio.
En Jeremías se dice que Dios congregará las reliquias de su grey de todas las tierras donde estuvieren dispersas, y las conducirá con su brazo omnipotente, a sus campos; que allí crecerán y multiplicarán en paz y quietud, sin miedo ni pavor de las malas bestias; tanto que ninguno faltará ni se echará menos en la cuenta; y en los capítulos XXXII, XXXIII, y XXXIV, se dice que Dios congregará a todos los hijos de Israel de todas las naciones, tierras y lugares a donde los arrojó en medio de su furor, de su ira, de su indignación grande y justísima, y los reducirá otra vez a su propia tierra, donde habitarán confiadamente; que serán entonces su pueblo; que les dará a todos un corazón, y una alma; que celebrará con ellos un pacto sempiterno; que en adelante no dejará jamás de beneficiarlos; que se gozará en sus beneficios, y no tendrá por qué arrepentirse de haberlos hecho; que les infundirá en sus corazones su santo temor, para que ya no ofendan a su Dios, ni se aparten de él; que sanará sus heridas, y cerrará del todo las cicatrices; que perdonará sus pecados e iniquidades, y echará en perpetuo olvido todo lo pasado; que todas las gentes que oyeren, o supieren los bienes innumerables y estupendos que les ha de dar, se asombrarán, y se turbarán por todos los bienes, y por toda la paz, que yo (dice el Señor)les haré a ellos; que, en fin, los plantará de nuevo en la tierra misma que prometió a sus padres, y esto con todo su corazón y con toda su alma: pondré mis ojos sobre ellos para aplacarme, y los volverá a traer a esta tierra; y los edificaré, y no los destruiré; y los plantaré y no los arrancaré; que en aquellos tiempos ya no dirán: Vive el Señor, que sacó a los hijos de Israel de la tierra de Egipto; Sino. Vive el señor, que sacó, y trajo el linaje de la casa de Israel de tierra del Norte, y de todas las tierras a las cuales los había… echado allá; y habitarán en su tierra; porque vendrá tiempo, dice el Señor, en el cual levantaré para David un pimpollo justo; y reinará rey, que será sabio; y hará el juicio y la justicia en la tierra. En aquellos días, prosigue inmediatamente, se salvará Judá, e Israel habitará confiadamente; y éste es el nombre, que le llamarán, el Señor nuestro justo; y para decirlo todo en una palabra: en el capítulo I, versículo 4, se lee: En aquellos días, y en aquel tiempo, dice el Señor: vendrán los hijos de Israel, ellos, y juntamente los hijos de Judá… Vendrán, y se agregarán al Señor con una eterna alianza, que ningún olvido la borrará… y más abajo versículo 20: En aquellos días, y en aquel tiempo, dice el Señor: será buscada la maldad de Israel, y no existirá; y el pecado de Judá, y no será hallado.
En Baruc se dice, que los cautivos que salieron de su tierra con ignominia, a pie llevados por los enemigos, volverán de oriente y occidente conducidos con honor como hijos del reino: mas el Señor te los traerá (a Jerusalén) levantados con honra como hijos del reino; lo cual concuerda perfectamente con lo que se lee en Isaías: que los árboles les harán sombra por mandamiento de Dios; que el Señor los traerá en la lumbre de su majestad, con la misericordia, y con la justicia, que viene de él; que su justicia, santidad y fidelidad a su Dios, será entonces diez veces mayor de lo que había sido su iniquidad; que en fin, los revocará a la tierra que prometió con juramento a sus padres Abrahán, Isaac y Jacob; y esto ya bajo otro testimonio firme y sempiterno, y que no los volverá otra vez a mover de la tierra que les dio: los volveré a la tierra, que juré a los padres de ellos, Abrahán, Isaac, y Jacob… Y asentaré con ellos otra alianza sempiterna, para que yo les sea a ellos Dios, y ellos a mí me sean pueblo; y no removeré jamás a mi pueblo, a los hijos de Israel, de la tierra que les di.
En Ezequiel se dice que Dios congregará los dispersos de Israel de todas las tierras donde se hallaren, y les dará su propia tierra; que entonces dará a todos un corazón y un espíritu nuevo, quitándoles el corazón de piedra, y dándoles corazón de carne; que romperá y hará pedazos su yugo y sus cadenas, librándolos enteramente de la mano de los que los dominan, y que en adelante habitarán en su tierra confiados sin ningún espanto… ni llevarán más el oprobio de las gentes; que derramará sobre ellos una agua pura y limpia, con que los lavará de todas sus iniquidades pasadas. En suma, en el capítulo XXXVII, versículo 21, se leen estas palabras: He aquí yo tomaré a los hijos de Israel de en medio de las naciones, a donde fueron; y los recogeré de todas partes, y los conduciré a su tierra. Y los haré una nación sola en la tierra en los montes de Israel, y será solo un rey que los mande a todos… Y mi siervo David será rey sobre ellos, etc.
En Oseas se dice que los hijos de Judá y de Israel, que antes eran dos reinos enemigos entre sí, se congregarán después de su destierro y se unirán otra vez, como lo estuvieron en tiempo de David, y Salomón, y que entonces se elegirán una sola cabeza, y subirán de la tierra; pues grande es el día de Jezrahel.
La interpretación que se da comúnmente a este texto de Oseas, es verdaderamente curiosa, y por eso digna de alguna atención. Se congregarán en uno los hijos de Judá, y los hijos de Israel. Los hijos de Judá y de Israel (nos dicen) significan aquí los judíos y los gentiles que creyeron por la predicación de los apóstoles. Unos y otros, y prosigue la explicación, reconocieron de común acuerdo a Jesucristo, por hijo de David e Hijo de Dios; por consiguiente lo miraron como a su cabeza, como a su Señor, como a su verdadero y legítimo rey. Unos y otros se levantarán de la tierra, esto es, de los pensamientos, afectos y deseos terrenos, porque será grande el día de Jezrael. ¿Qué querrá decirnos este Profeta con estas cuatro palabras? ¿Qué día de Jezrael será éste? El día de Jezrael (concluye la explicación) no quiere decir otra cosa, sino el día de la muerte de Cristo, el día de su resurrección, el de su ascensión a los cielos, el día de la venida del Espíritu Santo, etc. Todos estos días sagrados vienen aquí significados por el día de Jezrael: pues grande es el día de Jezrahel.
Ahora bien, ¿y toda esta explicación, se puede aquí preguntar, sobre qué fundamento estriba? ¿Con qué razón se asegura, que los hijos de Judá significan en general los judíos creyentes y los hijos de Israel los gentiles? ¿Con qué razón se asegura, que el día grande de Jezrael, de que habla el Profeta, son aquellos cuatro días de la muerte, resurrección, ascensión de Cristo, y venida del Espíritu Santo? ¿Acaso porque esto se sabe y se cree, y lo otro, o no se quiere creer, o no se quiere que se sepa?
Oíd ahora otra explicación sencilla, sí, pero bien fundada y por eso clara y natural. Los hijos de Judá, y los hijos de Israel, no sólo significan, sino que son real y verdaderamente los que se llaman así en toda la Escritura, esto es, los reinos diversos, y siempre enemigos de Israel y Judá. El primero, que comprendía diez tribus, y cuya capital era Samaria. El segundo, que comprendía solas dos, y cuya capital era Jerusalén.
Estos reinos que antes de la cautividad no sólo eran dos reinos diversos sino dos enemigos, llegará tiempo, dice el Profeta, en que se unan entre sí, y formen un solo reino bajo una sola cabeza, o de un solo rey, descendiente de David (que es lo mismo que acaba de decirnos Ezequiel); entonces, prosigue, se levantarán ambos de la tierra donde han estado como muertos y sepultados; el uno desde Salmanasar, el otro desde Nabucodonosor, y subirán de la tierra.
Este gran milagro, concluye el profeta, sucederá en el mundo infaliblemente, porque el día de Jezrael será grande. Estas últimas palabras, aunque a primera vista no ofrecen otra cosa que la misma oscuridad; mas si queréis tomar el pequeño trabajo de leer el capítulo VII del libro de los Jueces, con esto solo creo firmemente quedaréis del todo satisfecho. Allí leeréis con admiración, y con no pequeña diversión, lo que sucedió antiguamente en el gran valle de Jezrael, a donde clara y visiblemente alude Oseas. Leeréis, digo, la célebre batalla, o por mejor decir, el horrible destrozo que hizo Gedeón en el ejército innumerable y formidable de Madianitas, Amalecitas, y otras naciones orientales, que como langostas venían a desolar la tierra; los cuales todos estaban acampados y cubrían el gran valle de Jezrael.
A este ejército formidable, en su mismo campo acometió Gedeón por orden de Dios con solos 300 soldados, todos ellos tan bien armados, que ninguno de ellos llevaba espada, ni lanza, ni alguna otra arma ofensiva, ni aun defensiva. En lugar de armas llevaba cada uno una trompeta en la mano diestra, y en la siniestra una hidria o vaso de tierra, que escondía dentro una lámpara encendida. Dada la señal, debían todos romper los vasos, chocándolos mutuamente cada uno con el que tenía a su lado, con lo cual, apareciendo las luces, debían todos a un mismo tiempo sonar sus trompetas y correr al rededor del campo. No fue menester otra diligencia de parte de Gedeón, y de sus fieles compañeros; lo demás lo hizo Dios: Y el Señor hizo que tirasen de la espada en todo el campo, y se mataban unos a otros, etc.
Todo esto, vuelvo a decir, sucedió en el valle de Jezrael, y este suceso tan memorable toma aquí este Profeta como por recuerdo, señal o parábola de lo que debe suceder cuando llegue el día del Señor, o la revelación de Jesucristo que es lo mismo; del cual día nos hablan tanto y de tantas maneras todas las Escrituras.
A esta misma expedición de Gedeón en el valle de Jezrael alude claramente Isaías, hablando de la venida del Señor en gloria y majestad, cuando dice: He aquí que el Dominador Señor de los ejércitos quebrará la cantarilla con espanto, y los altos de estatura serán cortados, y los sublimes abatidos.
A esto alude David en muchísimos salmos, en especial el CIX, cuando le dice al Mesías su hijo: El Señor está a tu derecha, quebrantó a los reyes en el día de su ira. Juzgará a las naciones, multiplicará las ruinas; castigará cabezas en tierra de muchos.
A esto alude el mismo Isaías, cuando dice en el capítulo XIV: Quebró el Señor el báculo de los impíos, la vara de los que dominaban.
A esto alude todo el cántico de Habacuc, en especial versículo 12 (en el que dice): Con estruendo hollarás la tierra, y espantarás con furor las gentes. Saliste para salud de tu pueblo, para salud con tu Cristo… Maldijiste sus cetros, a la cabeza de sus guerreros, que venían como un torbellino para destrozarme.
A esto alude en sustancia la caída de la piedra sobre los pies de la estatua; y a esto alude todo el capítulo XIX del Apocalipsis.
Con esta idea, volved a leer el texto de Oseas, y me parece que lo entenderéis sin dificultad: se congregarán en uno los hijos de Judá, y los hijos de Israel; y se elegirán una sola cabeza, y subirán de la tierra, pues grande es el día de Jezrahel.
Excusad la digresión, y volvamos a tomar el hilo que dejamos suelto.
En Joel se dice, hablando con todo Israel en general: os recompensaré los años, que comió la langosta, el pulgón, y la roya, y la oruga; mi ejército terrible, que yo envié contra vosotros. Los cuales años no son otros, sino aquellos mismos que les anuncia el mismo Profeta en el capítulo antecedente, versículo 4, por estas palabras: Lo que dejó la oruga, comió la langosta, y lo que dejó la langosta, comió el pulgón, y lo que dejó el pulgón comió la roya. Y estos años o tiempos de tribulación y calamidades, significados por estas expresiones tan naturales y tan vivas, es cierto que hasta ahora no se los ha vuelto el Señor como aquí se los promete.
En Amós se dice, capítulo IX: los plantaré sobre su tierra; y nunca más los arrancaré de su tierra, que les di, dice el Señor.
En Abdías se dice, versículo 17: la casa de Jacob poseerá a los que la habían poseído.
En Miqueas se dice: Según los días de tu salida de la tierra de Egipto, le haré ver maravillas. Lo verán las gentes, y serán confundidas con todo su poder… al Señor Dios nuestro respetarán, y te temerán.
En Sofonías se dice: Las reliquias de Israel no harán injusticia, ni hablarán mentira, y no será hallada en la boca de ellos lengua engañosa; y hablando con la madre Sión, le dice, versículo 19: He aquí yo mataré a todos aquellos, que te afligieron en aquel tiempo; y salvaré a la que cojeaba; y recogeré aquella que había sido desechada; y los pondré por loor, y por renombre en toda la tierra de la confusión de ellos.
Finalmente, en Zacarías, que profetizó después de la vuelta de Babilonia, se dice, capítulo XIV, versículo 11: morarán en ella, y no será más anatema, sino que reposará Jerusalén sin recelo.
De estas cosas hallaréis a cada paso en los Profetas todos, empezando desde Moisés.
Ahora, decidme, amigo, con sinceridad y verdad, ¿qué os parece de estas profecías? Supongamos por un momento que no hubiese otras en toda la Escritura divina, sino estas pocas que aquí hemos apuntado. Aun hablando de estas solas, ¿será posible verificarlas en aquellos pocos esclavos que volvieron, con licencia de Ciro, de Babilonia a la Judea?
Reflexionad, señor mío, este punto capital con toda vuestra atención y con todo vuestro juicio. Yo esperaré con paciencia vuestra respuesta. Entre tanto debéis contentaros de que yo saque como legítimas y forzosas aquellas consecuencias, que me quedaron suspensas en el párrafo II.
Primera: luego la cautividad y destierro y dispersión de los hijos de Israel, de que hablan las profecías, no puede ser la que padecieron solas dos tribus en tiempo de Nabucodonosor.
Segunda: luego la vuelta de la cautividad, destierro y dispersión de los hijos de Israel de que hablan las profecías, no puede ser la vuelta de algunos individuos de solas dos tribus, que sucedió en tiempo de Ciro, y con su licencia y beneplácito; mucho más cuando dichas profecías no nombran a Babilonia, sino que sólo dicen en general, que volverán de todas las tierras, de Oriente y Occidente, de las cuatro plagas de la tierra, etc.
Tercera consecuencia: luego esta vuelta y todas las cosas, así generales como particulares que se dicen de ella, no se han verificado hasta ahora.
Cuarta: en fin, luego una de tres, o los profetas erraron, o Dios no es veraz, o todas se han de verificar en algún tiempo, ni más ni menos como están escritas.
Yo suscribo a esto tercero, y dejo lo primero y lo segundo a quien lo quisiere.
Continuará…
