SAN ZACARÍAS Y SANTA ISABEL

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a: 

SAN ZACARÍAS, PROFETA Y MÁRTIR

Y SANTA ISABEL, PADRES DE SAN JUAN BAUTISTA.

1

 

En Judea, en tiempo del rey Heródes, fue glorioso el nombre de Zacarías, sacerdote, profeta y padre de san Juan Bautista. San Lucas, evangelista, en el principio de su Evangelio, dice divinidades hablando de él y de sus virtudes.

Este elogio solo bastaba para tenerle por tan gran santo como es, y sobretodo haber tenido un hijo como el Bautista. Fue, pues, Zacarías de la tribu de Leví; y porque de su prosapia, profecía , aparición del ángel en el templo, y demás cosas que tocan al nacimiento del Bautista se trata suficientemente en la Natividad de San Juan a 24 de junio, sólo trataremos aquí de su gloriosa muerte, que fue en esta forma.

Viéndose Heródes burlado de los santos reyes magos pues cuando los esperaba de vuelta de Belen para que le diesen noticia del recién nacido infante Jesús, Salvador del mundo, ellos tomaron por otra parte su camino, como refiere el sagrado evangelista san Mateo.

Entonces, pues, Oyendo decir la gloriosa santa Isabel, que también buscaban a su hijo Juan (niño tan tierno, que sólo tenia seis meses más que Cristo, bien nuestro), para quitarle la vida con los demás santos niños inocentes, mártires, tomando su hijo en los brazos se fue a un alto monte de Judea huyendo. Pero viendo que la seguían los crueles verdugos, impíos ejecutores del rigor de Heródes, temió e hizo oración profundamente humilde , pidiendo a Dios librase a su hijo Juan de la muerte. Al instante (¡oh fuerza de la oración del justo ! ¡oh maravillas de Dios!) se abrió el monte, y en la abertura escondió a Isabel y su hijo, dejando burlados a los fieros verdugos que los seguían. En las entrañas, pues, del monte los recreaba el Señor, que los guardaba con una luz divina y un ángel santo que les ministraba todo lo necesario para la conservación de la humana vida. Otros
dicen se escondió santa Isabel con su hijo en un monasterio de los muchos que entonces los esenos, hijos de los profetas, descendientes del gran profeta y patriarca san Elías, tenían edificados por aquellas montañas, y allí se crió el niño Juan en el instituto carmelítico, siguiendo en todo desde entonces (como quien tenia ya para hacerlo el uso de la razón desde que fue Santificado en el vientre de su madre) el espíritu y virtud de Elías para ser príncipe del estado religioso y monástico en la ley de gracia, como lo era y es Elías en la escrita; y esta opinión es la más corriente y común, aunque no la niega quien sigue la primera de la milagrosa abertura del monte, pues unos y otros dicen que, acabada la persecución de Heródes, el niño Juan se crió entre los esenos, hijos de los profetas, hasta que de siete años, instruido ya en la vida monástica, se retiró a hacer vida solitaria al desierto, como lo hacían muchos de aquellos antiguos monjes, sucesores de Elías.

Quedóse entonces solo en su casa y asistencia del templo el santo sacerdote Zacarías, y como Heródes enviase sus ministros a que le preguntasen por el niño Juan, hijo suyo, y él respondiese no sabía dónde estaba, como era cierto que no lo sabia (sin que esta ignorancia se oponga al ser profeta santo, porque no todas las cosas sabe el que es profeta , sino solas aquellas que Dios quiere revelarle), y asimismo les reprehendiese el rigor y crueldad suya y de su rey y señor Heródes, que los obligaba a quitar tantas inocentes vidas, y predicase a Cristo recién nacido, Rey de Israel, Hijo de Madre virgen, y Señor de cielos y tierra, y ellos le refiriesen todo lo dicho a Heródes; él enfurecido contra el santo viejo Zacarías envió de noche secretamente sus verdugos, los cuales le quitaron la vida entre el templo y el altar, donde fue criada la virgen santísima María, sin pecado concebida, desde su gloriosa presentación. A la mañana los demas sacerdotes vinieron al templo, y esperando a que Zacarías saliese del santuario, se pasó la hora acostumbrada, y se hizo muy tarde, por lo cual uno de ellos entró en el santuario, y halló la sangre del santo sacerdote, que toda se había juntado y endurecido como una piedra. Luego oyó una voz del cielo que dijo : «Aquí han muerto a Zacarías, y su sangre no se borrará de Israel hasta que se levante el que le ha de vengar.» Con esto salió fuera del santuario, y
contó a los demás sacerdotes todo lo que pasaba y ellos temblaron de oírle, y sintieron un ruido grande de piedras como que se rompían y daban unas con otras. Buscaron el cuerpo del sacerdote y mártir Zacarías, y no le hallaron. Fue su martirio glorioso a 5 de noviembre (día en que le celebra la Iglesia) año 1 del Señor. Pasados muchos años apareció milagrosamente su santo cuerpo en el mismo templo de Jerusalén, y allí estuvo mucho tiempo en honroso sepulcro. Ahora se dice que está en Venecia en un monasterio de señoras, fundado a honor suyo y con su nombre.

La gloriosa santa Isabel. Su esposa y madre del Bautista, fue de la tribu de Aaron, de cuya santidad trata, como de la del santo Zacarías, su esposo, el sagrado evangelista san Lucas en el principio de su Evangelio; y así, aquí sólo tratarémos de su gloriosa muerte, pues las demás cosas que tocan a sus virtudes, santidad, salutación y parto, las refiere el Evangelio. Después que (como dijimos poco ha tuvo seguro y educado a su hijo, y que ya el santo niño se retiró al desierto, cumplidos los siete años de su edad, a hacer vida solitaria, eremítica o monástica, Isabel se retiró a la montaña de Judea a su casa, y allí vivió santísimamente algunos meses, hasta que quiso el Señor llevársela en paz y gracia suya, llena de días, santidad y virtudes; y allí fue sepultada esta gloriosa santa, prima hermana de la Reina de los ángeles, y Madre de Dios, María santísima, sin pecado concebida; porque santa Ana y santa Esmeria fueron hermanas, hijas de Agarin; de Ana, nació la Vírgen María; de Esmeria, Isabel y Eliud; y de Eliud nació Eminin; y de Eminin, nació san Servacio, Obispo, cuya vida pusimos a 13 de mayo. Otros afirman que en la misma cueva (que así llaman la abertura o quiebra del monte en que se ocultaron madre e hijo) se la llevó Dios, quedando por custodio fiel y nutriz del niño Juan el ángel que ya dijimos les ministraba el sustento necesario a la vida. Como quiera que ello sea, Isabel murió en paz y gracia del Señor, cuya eterna gloria posee. No se sabe el día cierto de su glorioso tránsito; y así nuestra madre la Iglesia le ha señalado el mismo de su esposo el santo sacerdote, profeta y mártir Zacarías, celebrando a los dos en un mismo día. Escribieron las vidas de estos dos benditos casados, padres del Bautista, San Lucas en su sagrado Evangelio, cap. 1; Beda, Usuardo y Adon , y los demás padres de la Iglesia latina; los griegos en su Menologio; san Epifanio, lib. De vid. et interc. pro pluet, cap. 23, Inpannar. hares 26, el cual afirma ser este Zacarías el que dice Cristo, bien nuestro, por san Mateo, cap. 23, fue muerto entre el templo y el altar, como ya queda dicho. Del mismo sentir son Orígenes, In Matth., cap. 25; sanctus Petrus Alexandrinus, episc. el mart, In can. 13; sanct. Gregorius Wissenus, In orat. de Christi Vativ.; sanct. Basilius, homil. de humana Christi general.; sanct. Cyrillus Alexand. lib. Adversus athropomorphitas; sanct. Theodoretus Histor., lib. Iv, cap. 71; Petrus de Natalib., In catha log. SS, lib. x, cap. 24 y 25 (si bien san Jerónimo tuvo otro sentir, explicando el cap. 23 de san Mateo); el Martirologio romano; y Baronio en sus Anotaciones, y en el tomo 1 de sus Anales, In apparalu, núm. 16, y año 1, núm. 53 y sig., donde cita autores que afirman haber visto en las ruinas que hoy se ven del templo de Jerusalen algunas piedras con las señales de la sangre de Zacarías, y en particular una que tiene la sangre fresca; cuya cabeza, dice, se guarda en Roma en San Juan de Letran, la cual dicen ha manado sangre muchas veces.

En las cosas históricas y que sólo son de fe humana por las tradiciones de que constan (si no es que tuviesen especial revelación de Dios), pudieron tener los santos padres diversos pareceres, según lo que cada uno hallaba escrito y dicho, inclinándose unos a
un sentir y otros a otro. El máximo doctor y padre San Jerónimo se inclinó, según lo que había leído. como él refiere, a que fue otro Zacarías el que murió entre el templo y el altar, otros santos padres y tan graves doctores de la Iglesia, como hemos visto, quieren que sea este, Dios solo sabe la verdad: lo cierto es que es santo y que goza de Dios en la gloria, y que obrando como él, imitándole en las virtudes, y valiéndonos de su intercesión y de la de su esposa santa Isabel, tendremos cierta la misma gloria, y allá sabremos si murió entre el templo y el altar, o en qué lugar alcanzó la corona.

LEYENDA DE ORO 

DR. JOSE PALAU

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea