Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DOMINGO VIGESIMOPRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

 

Sermones-Ceriani

ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI

Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.

Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.

Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.

Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.

DOMINGO VIGESIMOPRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

De la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios (6, 10-17): Hermanos: fortaleceos en el Señor y en el poder de su virtud. Revestíos de la armadura de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominaciones de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal, que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad, y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

A la luz radiante de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, cuya Fiesta ya preparamos; bajo la protección y amparo de María Reina del Santísimo Rosario, a lo cual hemos hecho referencia el Domingo pasado; y animados por las palabras de San Pablo en la Epístola de hoy, reflexionemos sobre la hora presente.

Vemos y comprobamos que el catolicismo está empeñado en la lucha más vasta y más dura que haya tenido que enfrentar jamás.

Por fuera, un asedio de pseudo teología, de sistemas filosóficos, de ideologías, de errores, de inmoralidad y de corrupción se abate sobre sus murallas…

Y al interior, una ligereza, una indiferencia, un cansancio, cuando no la traición o las herejías y la apostasía que socavan la fortaleza…

¡Esta es la tremenda realidad de la hora actual!

Todos somos conscientes; y todos estamos en anhelante espera de lo que ha de suceder… porque la historia tiene su lógica, y las ideas y las costumbres tienen una fuerza ineludible…

Digo anhelante espera… Algunos con deseos y esperanza de lo que acontecerá… Otros con temor, angustia y excitación de lo que ignoran…

Todos los hombres, y todas las instituciones, incluso sin que les interese la respuesta, aunque más no sea preocupados por sus intereses temporales, se hacen a sí mismos una idéntica pregunta: ¿Hacia dónde vamos?… ¿Qué pasa?…

Los políticos, los economistas, los militares, los moralistas, los psicólogos, psicoanalistas y periodistas…, incluso los artistas, los deportistas… se preguntan: ¿A dónde vamos?… ¿Qué pasa?…

¿A dónde vamos?… ¿Qué pasa?… se preguntan hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, patronos y obreros, maestros y alumnos…

Pero, como la lucha que tan inquieto y convulso tiene al mundo contemporáneo no es un pleito meramente político, económico o social, sino que, más que todo eso y fundamentalmente, es un problema religioso, también los hombres religiosos se preguntan: ¿Qué pasa?… Pero, ¿a dónde vamos?

¡Sí!, también los hombres verdaderamente religiosos, a los que la religión les interesa realmente, aunque practiquen una falsa religión…, sean ortodoxos cismáticos, protestantes herejes, judíos o musulmanes monólatras, budistas…, todos se preguntan: ¿Qué pasa?… Pero, ¿a dónde vamos?

Pero, precisamente, porque el problema es religioso, porque es asunto de dogma y moral, de si hay o no Dios, de si Jesucristo es o no el Rey de reyes y el Señor de los señores, de si la Iglesia Católica es o no la única verdadera y la única que puede con su doctrina y moral conducir al hombre a la felicidad eterna…, solamente el católico genuino tiene la respuesta al interrogante que tanto conmueve al mundo…

A pesar del desprecio con que, no sólo esa pobre sociedad, sino también incluso los pastores y hombres de Iglesia parecen prescindir del catolicismo verdadero en la solución de la enfermedad…, en definitiva, solamente el auténtico católico tiene la respuesta al interrogante que tanto conmueve al mundo…, sólo la religión católica es la única que puede darle la solución de una manera eficaz…

Como la esencia del problema es de índole doctrinario y ético, la solución tendrán que tratarla: de un lado, el catolicismo verdadero, único depositario de una doctrina divina e infalible; y del otro lado, los secuaces de la Revolución, estén fuera de la Iglesia de Cristo…, o incluso dentro de las apariencias de la misma…

+++

Hemos considerado el Domingo pasado que, aunque sean tantos y tan graves los males que sufrimos, y tal vez mayores aún los que nos aguardan, no debe decaer nuestro ánimo…

Tenemos como Patrona y Abogada a la Santísima Virgen.

María interviene en favor de la Iglesia y en Nuestra Señora hemos de fundar toda la razón de nuestra esperanza.

La Cristiandad no ha dado un paso hacia el bien sin María.

Basta ir recorriendo las páginas más salientes de la historia de la Iglesia para convencerse de la eficaz protección de la Virgen Madre de Dios, que acompañó todos los hechos más importantes del cristianismo.

¿Por qué dudar, entonces, que también en la actualidad intervendrá con su poder y patrocinio, si le hacemos humildes y constantes súplicas?

Confiemos en la Santísima Virgen María.

Ella, la Madre y Reina de todas y cada una de las naciones católicas; Ella Soberana de la Europa cristiana, de la Cristiandad; Ella, la Reina de Méjico y la Emperatriz de América; Ella, al igual que en el Pilar, Guadalupe, Lourdes y Fátima…, y en cada uno de nuestros santuarios, continúa aplastando la cabeza del dragón infernal y nos ha prometido que al fin su Corazón Inmaculado triunfará.

Cabe recordar aquí lo que Sor Lucía de Fátima dijo al Padre Agustín Fuentes en diciembre de 1957:

Padre, el demonio está librando una batalla decisiva contra la Virgen; y como sabe qué es lo que más ofende a Dios y lo que, en menos tiempo, le hará ganar mayor número de almas, está tratando de ganar a las almas consagradas a Dios, ya que de esta manera también deja el campo de las almas desamparado, y más fácilmente se apodera de ellas.

Padre, no esperemos que venga de Roma una llamada a la penitencia, de parte del Santo Padre, para todo el mundo; ni esperemos tampoco que venga de parte de los señores Obispos cada uno en su diócesis; ni siquiera tampoco de parte de las Congregaciones Religiosas. No; ya Nuestro Señor usó muchas veces estos medios, y el mundo no le ha hecho caso.

Por eso, ahora que cada uno de nosotros comience por sí mismo su reforma espiritual; que tiene que salvar no sólo su alma, sino salvar a todas las almas que Dios ha puesto en su camino…

Padre, la Santísima Virgen no me dijo que nos encontramos en los últimos tiempos del mundo, pero me lo dio a demostrar por tres motivos:

El primero, porque me dijo que el demonio está librando una batalla decisiva con la Virgen y una batalla decisiva, es una batalla final en donde se va a saber de qué partido es la victoria, de qué partido es la derrota. Así que ahora, o somos de Dios, o somos del demonio; no hay término medio.

Lo segundo, porque me dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo; el Santo Rosario y la devoción al Inmaculado Corazón de María. Y, al ser los últimos remedios, quiere decir que son los últimos, que ya no va a haber otros.

Y tercero, porque siempre en los planos de la Divina Providencia, cuando Dios va a castigar al mundo, agota antes todos los demás medios; y cuando ha visto que el mundo no le ha hecho caso a ninguno de ellos, entonces, como si dijéramos a nuestro modo imperfecto de hablar, nos presenta con cierto temor el último medio de salvación, su Santísima Madre.

+++

Sabemos que la Iglesia Militante, durante el tiempo que transcurre hasta la entrada en la Patria y se hace Triunfante, gime bajo el peso de las constantes pruebas y persecuciones suscitadas por sus enemigos.

Pero, a pesar de todo, dispone de unas armas magníficas, avaladas con la promesa de la victoria.

Su consigna es la lucha. Y nosotros luchamos, no contra la carne y la sangre, es decir, contra débiles hombres, sino contra los príncipes y las potestades, contra los rectores del mundo de las tinieblas, contra los espíritus de la astucia diseminados por el aire.

Sin embargo, Satanás no puede dar ni un paso más allá de lo que el Señor le permite. Jesucristo es también el Señor de Satanás y del infierno.

Venceremos a todos los enemigos. No tenemos que temer nada.

En la santa Iglesia se nos proporciona la armadura da Dios. Con ella podemos resistir y salir victoriosos de todos los ataques.

+++

Somos miembros de la Iglesia Militante. A todos nosotros se dirige esta exhortación del Apóstol San Pedro: Sed sobrios y vigilad, porque vuestro adversario, el diablo, está siempre rondando en torno vuestro, como un león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe.

Resistidle firmes en la fe… Y San Pablo completa la exhortación: Con la armadura de Dios, ceñidos los lomos con el cinturón de la verdad, revestidos de la coraza de la justicia, calzados con la disposición para propagar el Evangelio de la paz, cubiertos con el escudo de la fe, tocados con el yelmo de la salud y empuñando con la diestra la espada del espíritu.

El Apóstol San Pablo subraya que no debe faltar ni una sola pieza de la armadura que el Señor pone a disposición de sus combatientes.

La armadura se compone de seis piezas: el cinturón, la coraza, las esquinelas, el escudo, el yelmo y la espada.

El cinturón de la Verdad, es decir, de la fidelidad a la fe en Jesús y en su Iglesia, jurada en el Santo Bautismo.

La coraza de la Justicia, es decir, de una vida santa, perfecta.

Los pies calzados con la disposición, con el deseo, con la firme voluntad de vivir constantemente conforme al espíritu de las enseñanzas y del ejemplo del Señor, para de este modo poder anunciar, representar y defender ante el mundo el Evangelio, el verdadero catolicismo.

En la izquierda llevemos el escudo de la Fe en el Señor y de la ciega confianza en su presencia, en su fuerza y en su gracia, las cuales están a nuestra disposición y obran eficazmente en nosotros.

Sobre la cabeza llevemos el yelmo de la salud, la gozosa Esperanza de la salud eterna que nos aguarda.

Con la derecha empuñemos la espada del espíritu, es decir, de la Palabra de Dios.

+++

El Apóstol San Pablo trata, pues, aquí de las armas que debemos emplear: las espirituales.

Las armas con que combatimos no son carnales, sino que son poderosas en Dios para derrocar fortalezas. Con ellas destruimos los proyectos y toda altanería que se engríe contra Dios y su Cristo.

San Pablo describe las armas espirituales, las cuales, a semejanza de las corporales, son de tres géneros:

— Unas son para revestirse,

— Otras para protegerse,

— Y las últimas para acometer.

+++

Tres cosas son necesarias para revestirse: ceñirse, cubrirse y calzarse.

Ciertamente, antes de ceñirse uno ha de vestirse, pero el Apóstol sigue el orden de la armadura espiritual; y en la guerra espiritual el primer enemigo al que hay que vencer es el que está cerca; y se lo vence ciñéndose, esto es, sujetando las concupiscencias de la carne por medio de la templanza, contrariando la gula y la lujuria, las cuales se asientan en la cintura.

Por eso dice: Ceñidos vuestros lomos con el cíngulo de la verdad, esto es con rectitud de intención, sin simulación, y con caridad.

En segundo lugar nos exhorta a renunciar a las cosas terrenas y temporales y a no estar solícitos por lo caduco y transitorio.

Contra esa solicitud excesiva y ese afán de cosas materiales hay dos armas espirituales: la justicia y la renuncia voluntaria.

De ahí que el Apóstol ordena no usurparlas injustamente y que diga: Armados de la coraza de la justicia, virtud por la cual damos a cada uno lo que le corresponde y nos abstenemos a tomar lo ajeno.

Del mismo modo que la coraza es impenetrable, así la justicia. Por justicia se entiende aquí una vida de completa virtud. Con tal tipo de vida nadie puede derrocarnos: nos pueden golpear, pero ni el mismo demonio puede atravesar esa coraza.

Prescribe asimismo no tener afecto y cuidado desordenado por las cosas temporales, las cuales podrían distraer nuestra atención en el combate y el camino que conduce a las cosas espirituales y celestiales.

Por eso dice: Calzados los pies prontos para el Evangelio de la Paz.

Debemos estar preparados para el Evangelio; esto es, disposición para la proclamación del Evangelio, o para el conflicto que el Evangelio provoca.

Con este primer género de armas estaremos cubiertos contra los ataques el demonio. Desprendidos de todo, no puede atraparnos.

Evitamos así caer en las tentaciones más ordinarias y comunes: de lujuria, de gula, de afán de riquezas, de apego a lo material.

+++

La segunda clases de armas son las defensivas.

Dos partes del cuerpo tenemos que proteger, que son principios de vida, el pecho donde está el corazón y la cabeza donde está el cerebro.

Para el pecho está el escudo y para la cabeza el yelmo o casco.

En primer lugar, el escudo: abrazad en todos los encuentros el escudo de la fe para que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno.

Este escudo, el de la fe, es el primero que recibe los asaltos del adversario y preserva intacta la armadura. Si la fe y la vida son rectas, la armadura permanece incólume.

Que el escudo de la fe no deje al descubierto parte alguna del cuerpo, cosa que ocurre cuando nos abandonamos a razonamientos u objeciones humanas.

Del mismo modo que el escudo se pone delante de todo el cuerpo, como si fuese una especie de muralla, así es esta fe, pues todo cede ante ella.

El bautizado es un hombre de fe: ¿Qué pides a la Iglesia de Dios? La Fe

El confirmado es un soldado que está al servicio de la fe para defenderla de los enemigos…

El sacerdote es un hombre de fe. San Pablo concibe todo ministerio sacerdotal bajo esta forma: combatir el buen combate de la fe, propagando la fe en el mundo, multiplicando el número de creyentes, defendiendo las verdades de la fe contra todo error, velando para que el depósito se trasmita intacto, con toda felicidad.

Así como el escudo protege de las saetas, así la fe de los dardos del demonio… gracias a ello se alcanza la victoria: Los santos por la fe conquistaron reinos. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.

Estamos llamados a librar un combate por nuestra Fe sacrosanta: estudiarla, defenderla, diseminarla.

Para proteger la cabeza debemos tomar el yelmo de la salud, es decir el casco de la esperanza, porque esta virtud se ordena al fin último.

El cristiano encuentra en la esperanza un motivo constante de regocijo, ya que su alma tiende hacia Cristo y está seguro de reunirse con Él.

En medio de los combates constantes por el Reino de Dios, el hombre apostólico, máxime el sacerdote eleva su alma a aquellas cosas que el ojo no vio ni el oído oyó y que Dios preparó para los que le aman.

Todas las esperanzas de triunfo están bien fundadas, si se posee a Cristo, vencedor de la muerte, del pecado y de Satán…, con los ojos fijos en el Cielo.

+++

Por último el tercer tipo de armas son las ofensivas, pues no basta defenderse, es necesario también atacar al enemigo.

Y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios. Quiere decir, la espada espiritual: con ella todo es herido, todo es partido, y hasta la cabeza de la serpiente es cortada.

Tomaremos la espada del Espíritu, y así no solo repeleremos los proyectiles, sino que golpearemos al mismo demonio, le atravesaremos la coraza, y le cortaremos la cabeza.

Así como se hace materialmente por la espada, así también espiritualmente por la Palabra de Dios, que es la espada del Espíritu Santo.

Toda la escritura inspirada por Dios es propia para enseñar, para convencer, para corregir, para instruir en la justicia para que el hombre de Dios sea perfecto y esté apercibido para toda obra buena.

La Sagrada Escritura tiene cuatros efectos:

Enseñar la verdad.

Refutación del error.

Enmienda el mal.

Inducir al bien.

+++

En nuestro combate espiritual, tengamos confianza en Nuestra Señora. Ella aplasta y aplastará la cabeza del dragón infernal. Ella venció y vencerá todas las herejías.

Ella es la Conductora, la que asistió al Sumo Sacerdote en la lucha contra el demonio. Ella asistirá a cada cristiano que quiera aplicarse y extender los frutos de la Redención

Dijo Sor Lucía: la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario. De tal manera que ahora no hay problema, por más difícil que sea, sea temporal o sobre todo espiritual, que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros, o a la vida de nuestras familias, sean familias del mundo o Comunidades Religiosas; o la vida de los pueblos y naciones.

No hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario.

Tenemos en él como un resumen de las armas que nos exhorta a portar y esgrimir San Pablo.

Con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas.

Recemos, pues, nosotros e imploremos: ¡Oh, María!, Reina y Soberana Nuestra, escucha nuestra plegaria y acelera el triunfo de tu Corazón Inmaculado.

¡Para que advenga el Reino de tu Hijo divino, advenga el Reino de tu Corazón Inmaculado!

Y como decía Hernán Cortés:

Adelante, compañeros, que Dios y Santa María están con nosotros.