LA ARMADURA DE DIOS
LA VIRGEN MARÍA
Y SU PATRONATO EN EUROPA
SANTUARIO DE NUESTRA SEÑORA DE LA MISERICORDIA
Savona, Italia
Al norte de Italia, en la región de Liguria, está Savona, a orillas del Mar Mediterráneo. Fue una ciudad dedicada al acero y uno de sus ilustres habitantes no fue otro que Cristóbal Colón. Ciudad antigua tiene muchos atractivos, pero uno de los más importantes es el Santuario de Nuestra Señora de la Misericordia.
Este santuario es una iglesia que está situada a unos seis kilómetros del centro de la ciudad. Está rodeada de otros edificios religiosos y fue construida para conmemorar la aparición de la Virgen María delante de un pastor, siendo consagrada en el año 1536.
Savona es la sede del Obispado de la Diócesis de Savona-Noli. Su Santuario reviste desde hace siglos particular importancia, con peregrinajes desde muchas partes de Italia.
A ese santuario llegaron a orar personalidades de gran importancia, entre ellas, S. S. el Papa Pío VII, deseoso de cumplir su promesa de agradecer a la Santa Madre, a quien se había encomendado su liberación luego de tres años de duro cautiverio en Savona y dos en Fontanieblau, en poder de Napoleón. El mismo Pontífice coronó solemnemente a la Virgen el 10 de mayo de 1815, en una emotiva y multitudinaria ceremonia.
Savona fue, con Pio VII, Sede oficial del Papado, lo que la incluye a la par de Roma y Aviñón, si bien por un período brevísimo.

La Virgen se apareció en tiempos de guerra entre Savona y Génova con el sugerente mensaje de Misericordia y no Justicia.
En 1536 la Madre de Dios se le apareció a un humilde labriego para pedirle una capilla desde la cual irradiaría su mensaje de amor y piedad.
El 18 de marzo de 1536 el humilde labrador Antonio Botta se dirigía a trabajar al valle de San Bernardo cuando, al cruzar un pequeño arroyo afluente del Letimbro, se detuvo a beber. El labriego se lavaba las manos a la vera del arroyo cuando de repente escuchó una suave y dulce voz que lo llamaba por su nombre. Al alzar la vista, vio descender del cielo, envuelta en radiante luz, a la mismísima Virgen Santísima.
El buen Antonio cayó de rodillas preguntando a la Santa Madre qué era lo que quería; y la Señora, con suavidad, le respondió que debía encaminarse a la iglesia de San Bernardo para decirle a su párroco y confesor, fray Daniele Porro, que a partir del siguiente sábado debería organizar tres procesiones diarias en honor de Dios y de su Santa Madre. Antonio prometió hacer lo que se le ordenaba, finalizando la Virgen que al cuarto sábado volviese al mismo lugar.
Cumplido el pedido regresó Antonio el día indicado, 8 de abril, para encontrar a la Madre del Cielo, de pie en el mismo lugar, vistiendo una túnica blanca y sonriéndole dulcemente. Y una vez más volvió a hablarle empleando aquella voz suave con la que lo había cautivado para decirle la célebre frase: “Misericordia quiero y no justicia”, en alusión a las sangrientas guerras entre España y Francia que tenían a Italia por campo de batalla.
El suceso no tardó en ser conocido por los habitantes del valle y tanto corrió la voz que, en poco tiempo, acudieron peregrinos de todo el norte de Italia e incluso de la misma Francia, a visitar el lugar de la aparición donde, al poco tiempo, se erigió una pequeña capilla.
Por ese motivo, en julio del mismo año, el Gran Consejo de Savona encargó al célebre arquitecto Antonio Sormano la edificación de un santuario dedicado a Nuestra Señora de la Misericordia, recomendándole especialmente que la cripta envolviese el lugar para colocar en ella, sobre la misma piedra desde la que habló Nuestra Señora, una bella imagen de mármol blanco.
Con las obras de edificación comenzaron, en forma paralela, las del contiguo hospicio de los peregrinos, verdadero palacio destinado a dar alojamiento a quienes acudían de tierras lejanas a venerar a la Virgen.
Y a partir de entonces, los 18 de marzo, los fieles saldrían en peregrinación desde Savona, cumpliendo el pedido que Nuestra Señora hiciera a Antonio Botta, recorriendo el trayecto que desde esa hermosa ciudad conduce al santuario, junto al río Letimbro, pasando muy cerca de la casa del labriego que aún se conserva intacta.
Primera aparición
En el valle de Letimbro, algunas casas rústicas se reunían en torno a la Iglesia de San Bernardo. Había unas pocas familias de campesinos y pastores, acostumbrados a la fatiga y el trabajo.
El sábado 18 de marzo de 1536, un agricultor pobre, sencillo y piadoso, llamado Antonio Botta, que vivía en una cabaña en el valle, salió temprano para ir a su finca. Llegó a la viña y vio que las viñas ya habían lanzado los primeros brotes; fue entonces que recordó que no había podado la viña de su familia inmediata, como había prometido.
Abandonando sus tierras se lanzó al cumplimiento de la promesa. Los dos viñedos no estaban lejos uno de otro: simplemente tomar un pequeño camino de rocas y el cruce de un arroyo, en esa temporada, muy lleno de agua. De manera que sacó de su bolsillo el Rosario y comenzó a rezarlo.
Llegó al río, atraído por la claridad del agua y se refrescó sus manos y la cara. Fue en esa posición, arrodillado sobre las piedras del río donde se produjo el milagro.
Vi que descendió del cielo en una gran gloria, refiere el afortunado vidente. Asustado, estuve a punto de caer, de tal modo que se me cayó de la cabeza el sombrero. Y luego oí una voz que, de en medio del resplandor, me decía: ¡Ea!, levántate y no temas, pues yo soy la Virgen María.
Levantándome –prosigue– me pareció ver en aquel resplandor, pero siempre confusamente, una Señora que me dijo estas palabras: Ve a tu Confesor, y dile que anuncie en la Iglesia al pueblo que ayune por tres sábados y haga tres días de procesión en honor de Dios y de Su Madre; tú luego te confesarás y comulgarás; y el cuarto sábado volverás a este lugar.
Y mientras esto decía, yo oí por la carretera pública a unos arrieros que pasaban; y temiendo que nos vieran, quise esconderme; mas Ella me dijo: No temas, pues no nos podrán ver. Y dichas estas palabras, desapareció la figura juntamente con el resplandor.
Esta relación de Antonio Botta, extractada del original, fue grabada en una lápida de mármol y colocada en el Santuario de Nuestra Señora de la Misericordia, el 17 de abril de 1596.
La manera de expresarse del vidente, nos lo muestra en perfecta posesión de sus sentidos; los detalles del sombrero, de los arrieros, prueban que sabía bien lo que veía y oía.
Conmovido por el hecho extraordinario, Antonio Botta corrió por su confesor, fray Daniele Porro, a llevar el mensaje de la Virgen; y le narró, no sin lágrimas, el prodigioso acontecimiento.
Tan sincera y expresiva fue su exposición, valorada además por la aureola de virtud que brillaba en Antonio, que el Párroco no titubeó en darle crédito y se dirigió de inmediato a Savona a informar de todo a sus superiores eclesiásticos.
Aquel mismo día fue llamado Antonio a Savona, ante la autoridad eclesiástica y civil, que no dudó en aceptar el hecho como verdadero, después de oír la narración ingenua y llena de simplicidad del vidente. Tanto más cuanto que la noche anterior muchas personas vieron sobre la Catedral y el Castillo tres vívidas llamas de fuego, que supusieron presagio de algún extraordinario acontecimiento.
Como cabía esperar, la noticia se propagó en un instante. La ciudad entera fue sacudida.
Incluso el arzobispo Bartolomé Chiabrera, Vicario General del cardenal Agostino Spinola, Obispo de Savona, pero residente en Roma se interesaron en el hecho.
No obstante la rápida propagación del suceso por toda Savona y sus cercanías, no le permitió por entonces que fuera anunciado oficialmente.
El Obispo Chiabrera temía el cambio de ruta de los sentimientos religiosos (no hay que olvidar que en aquellos años se estaba desarrollando el movimiento protestante, como una gran tormenta sobre todo el cristianismo en el norte de Europa).
Pero las autoridades políticas también temían que un movimiento, inicialmente de carácter religioso, degenerara en una rebelión política contra Génova.
El poder religioso y el poder político se pusieron de acuerdo y mandaron prender a Antonio Botta por la noche “como si fuera un ladrón y un criminal.” Y de su boca tuvieron la confirmación, sencilla y franca de la aparición.
Mientras tanto, Savona se renovaba en la penitencia. Nuestra Señora no había hablado en vano.
Nunca el pueblo de Savona fue tan unánime y armonioso en la renovación de su moral y la vida religiosa.
Segunda aparición
La expectativa de la segunda aparición prometida por la Virgen produjo un temor ferviente en el corazón de todos los de Savona.
El 8 de abril, cuarto sábado después de la aparición, víspera del Domingo de Ramos ese año, Antonio Botta, humilde y sencillo, regresó al lugar de los milagros.
Se plantó de rodillas, las manos callosas se reunieron en acción de orar y el milagro se repitió: el cielo se abrió en una gran luz, deslumbrante. Alrededor, los árboles, las montañas parecían que ya no existían. Sólo allí, como la primera vez, sobre una piedra en el río, una luz que poco a poco tomó la forma de mujer, toda vestida de blanco, coronada por oro fulgente, mientras extendía las manos hacia abajo en un gesto de misericordia, impetrante y dulce. Dijo:
A ustedes, los de Savona, les envié para pedir en mi primer mensaje que realicen ayuno durante tres sábados, y hagan una procesión de tres días. A todos los religiosos y a las casas de Disciplinantes les recomiendo sobre todo la disciplina en los días de Viernes Santo. Porque si no fuera por las oraciones y buenas obras, realizadas por las cofradías y otros siervos de Dios, el mundo sería aún más difícil de lo que es. Le pido a todo el pueblo renunciar a toda iniquidad, y dejar los vicios y pecados, porque mi Hijo está muy enojado con el mundo por la gran iniquidad. Y si no hacen esto, su vida será corta.
Botta dijo, entonces: Si no me da ninguna señal no me creerán.
Y la Madonna dijo: Yo les di tal señal interior aquella tarde en que fuiste llamado delante de ellos, que creerán sin necesidad de otra señal. En seguida añadió: Tú seguirás después tu vida, y Yo inspiraré a muchos lo que deberán hacer…
Dicho esto, alzó tres veces las manos y los ojos al cielo, dando tres veces la bendición a los que recurren a ella, diciendo las palabras de Jesús en la célebre frase: Misericordia, quiero y no justicia, en alusión a las sangrientas guerras entre España y Francia que tenían a Italia por campo de batalla.
Luego desapareció. Y allí permaneció durante mucho tiempo, un gran perfume en el aire.
No bien se repuso Antonio de la natural emoción experimentada en la visión de la Santísima Virgen, se dirigió a Savona para cumplir la embajada con que había sido honrado.
Muchas eran las personas ansiosas de saber si el prodigio se había repetido, y le salieron al encuentro durante todo el camino; y a todos satisfacía él, más que con palabras, con el testimonio de la alegría que irradiaba su rostro y las lágrimas que de sus ojos hacían brotar los afectos que le embargaban.
Notemos que, en esta segunda aparición, Antonio ve a la Virgen claramente, a pesar del resplandor, y no confusamente, como la primera vez; que aparece coronada, para mostrarse como Reina y Madre de Misericordia, y que repite su pedido de ayuno y penitencia, puesto que, siendo merecedores de castigo, es indispensable que sus hijos se conviertan para que Dios los trate con misericordia, como Ella suplica.
Se aparece, pues, como mensajera de la misericordia de su Divino Hijo, dispuesto siempre a perdonar a los que se arrepienten; y por eso aconseja quitar el impedimento del pecado para aprovechar la gracia que la bondad de Jesús les quiere dar.
Se presentó Antonio nuevamente a las autoridades, y ante ellas dictó la referida narración, recogida religiosamente y escrita por el Canciller de la Comuna, en presencia del Vicario General de la diócesis. Así fue como se cumplió la palabra de la Virgen Santísima: Yo les di tal señal interior, que, sin necesidad de otra, te creerán.
La gran noticia cundió por toda la ciudad y produjo extraordinaria conmoción. Doquier se oían repetir, con acento de la más cristiana piedad, las palabras de la Santísima Virgen: “¡Misericordia, Santísima Madre y Abogada nuestra, misericordia y no justicia!”.
Las campanas repicaron, el pueblo en masa se volcó en los Templos, los sacerdotes entonaron el cántico “Benedictus” y, unidos a los fieles, tributaron solemnes acciones de gracias a Dios, por el señalado favor con que había beneficiado a su pueblo, y a la Madre de Misericordia que lo había visitado como amorosa Medianera.
Al día siguiente, Domingo de Ramos, se anunció oficialmente, desde todos los púlpitos, por orden de las autoridades eclesiásticas y civiles, la portentosa Aparición y se recomendó a todos que cumplieran las obras ordenadas por la Madre de Dios. Con indescriptible celo se apresuraron a ejecutarlas, en la ciudad y sus cercanías. Fue una demostración unánime de Fe y Amor filial, unida a la más fervorosa enmienda de vida y reforma de costumbres, un verdadero resurgimiento moral, en ese pueblo savonés desmoralizado y abatido por la derrota sufrida.
Inmenso gentío asistió a las tres procesiones. En la del Viernes Santo, los cofrades iban descalzos, cantando salmos de penitencia y azotándose con tanto rigor que salpicaban a su paso las calles con su propia sangre.
Toda la Liguria y gran parte de Italia recibió con alegría la aparición de la Santísima Virgen. Nada detuvo el impulso de la fe de los pueblos, anhelantes de lograr la renovación moral pedida por la excelsa Madre de Dios; y en ese mismo año 1536 fueron más de 54 las peregrinaciones realizadas hasta el 14 de agosto.
Las portentosas curaciones de enfermos conmovían a las multitudes que con sus aclamaciones: “¡MISERICORDIA Y NO JUSTICIA!”, llenaban los ámbitos de valles y collados.
Debido a la gran afluencia de peregrinos, las autoridades establecieron oportunas guías para señalar a las procesiones un rumbo distinto al de llegada.
La intervención de la Divina Providencia fue muy evidente porque, aun cuando en esa zona eran escasos y poco adelantados los agricultores, la abundancia de provisiones alcanzó a satisfacer las necesidades de tantas personas, sin lamentar el más mínimo desorden.
El retorno a la fe y a la piedad cristiana, obrado en muchas almas merced a la aparición de la Santísima Virgen, fue un baluarte que preservó a esas regiones del error que había invadido gran parte de Europa desde Alemania, viciada por la herejía protestante.
Homenaje de amor
Los savoneses erigieron un oratorio sobre la misma roca donde la Santísima Virgen posara su bendito pie.
El decreto data del 21 de abril de 1536, trece días después de la segunda aparición; y en menos de un mes, se inauguró con satisfacción y gozo de todo el pueblo.
El incremento mayor que fue tomando la devoción a la Santísima Virgen excitó el celo de sus hijos, que quisieron dedicarle un suntuoso templo.
El 11 de julio del mismo año se dio comienzo a la construcción del magnífico santuario y al lado del mismo un vasto hospicio para acoger a los pobres y enfermos que iban a implorar el patrocinio de María.
Las copiosas limosnas, ofrendas y rentas para sostener ambas obras fueron administradas religiosamente con el nombre de “Obra Pía de la Madre de Misericordia”.
Poco más de cuatro años se empleó en la edificación de ambas; y luego se emprendió la dificultosa tarea de abrir un camino espacioso y cómodo que llevase de Savona al Santuario.
Finalmente, nueve capillas distribuidas de trecho en trecho en el largo trayecto, confortan a los fieles que van a visitar a la Santísima Virgen.
En el Santuario es de notar que el Camarín es subterráneo, se desciende por once gradas de mármol y, sobre el altar, fíjase la mirada en la imagen de la Santísima Virgen, en la actitud que apareciera, descansando sobre la misma piedra en que posó su santo pie.
La imagen es de finísimo mármol blanco. Bajo esta capilla corre el arroyuelo bendecido por María Santísima en su aparición, y por una abertura practicada en el pavimento se puede sacar agua de él.
La gratitud del pueblo de Savona no quedó satisfecha hasta no lograr que el Consejo de la Comuna, en sesión plenaria con representación de ciudadanos nobles, comerciantes, artesanos y obreros, en número total de cincuenta y tres, decretara el 9 de febrero de 1937, día festivo, a perpetuidad, y como tal solemnizado por el pueblo, cada año el 18 de marzo, aniversario de la primera aparición.
Tercera aparición
El 18 de marzo de 1580, cuarenta y cuatro años después de la primera aparición, el piadoso Antonio Botta ya se había trasladado a disfrutar del premio de los justos.
Entonces la Virgen apareció nuevamente en el valle de Letimbro, a un fraile capuchino, el padre Agostino da Génova.
No hubo, esta vez un mensaje en particular para la gente de Savona, tan sólo un gesto: el acto de bendición a la procesión votiva que llegó a la ermita, como para indicar la continuidad de su mensaje y su protección.
La aparición fue en la colina que se levanta al noroeste del Santuario.
Sobre el lugar se colocó una cruz (de ahí el nombre Con la Cruz con que aún hoy se conoce a la colina). En 1680 fue erigida una capilla de planta octogonal con cúpula.
La Madre de la Misericordia y el Papado
Los Sumos Pontífices concedieron, en el transcurso de los siglos, privilegios al Santuario de la Madre de Misericordia; el primero en visitarlo fue S. S. Paulo III, en 1538. Este mismo Papa convocó el Concilio de Trento, justamente el 8 de abril de 1536, día de la segunda aparición de la Santísima Virgen de la Misericordia.
Reyes y príncipes, ricos y poderosos de la tierra, donaron valiosísimas alhajas a la Virgen Santísima. De todo ese tesoro fue despojada, con toda la riqueza contenida en el Santuario, en abril de 1798, por los revolucionarios franceses.
Siguieron años turbulentos, y en agosto de 1809, S. S. Pío VII llegó a Savona, en calidad de prisionero de cautividad, y se expresó así: En cuanto a la adhesión de los savoneses hacia Nos, fue tanto más digna de alabanza cuanto más larga y grave ha sido la cautividad que hemos tenido que soportar entre ellos.
Una nueva amenaza de invasión napoleónica a los Estados Pontificios, en marzo de 1815, dio margen a que el piadoso rey Víctor Manuel I ofreciera asilo en sus dominios al Soberano Pontífice. El Santo Padre se trasladó a Génova, pero no ya como saliera de Roma en 1809, en calidad de prisionero, sino en marcha triunfal, aclamado con desbordante entusiasmo y alegría por los pueblos que atravesaba en su camino. Así fue como la Providencia allanó las dificultades que se oponían a que se realizara la reparación que los savoneses querían tributar a su excelsa Patrona.
Solemne coronación
El 10 de mayo de 1815, asistido por diez Cardenales y muchos otros Prelados, celebró Su Santidad un solemne pontifical en el Santuario, riquísimamente adornado. Su Majestad, el Rey Víctor Manuel I, con toda la familia real, el rey de Etruria, Fernando de Borbón, y la reina madre, dignidades y representaciones oficiales asistieron piadosamente a la grandiosa ceremonia.
Terminado el Pontifical, el Santo Padre bajó al Camarín y, vivamente conmovido, depositó, siguiendo el ritual, la corona en las sienes de la Imagen de la Santísima Madre de la Misericordia.
En ese instante resonó en el sagrado recinto el Regina Cœli entonado por un escogido coro, y repicaron las campanas, y se unieron los disparos de bombas, festejando el glorioso acontecimiento.
Interrumpido varias veces por las lágrimas, el Augusto Pontífice cantó el Te Deum, y luego oyó la Misa de acción de gracias, después de la cual se dio lectura al Breve Pontificio que concedía indulgencias a los fieles que visitaran el venerado Santuario.
Para perpetua memoria, extendió un Acta el Notario Jerónimo Isnardi, y la firmaron todos los miembros de la Comisión Administradora del Santuario. Además, se grabó sobre mármol, con letras de oro, una lápida que se colocó a la derecha, en la entrada de la primera capilla.
Al año siguiente, el Sumo Pontífice Pío VII, en plena y pacífica posesión de los Estados de la Iglesia, mandó acuñar una medalla conmemorativa del hecho. En el anverso se representó la imagen de Nuestra Señora de la Misericordia, a cuyos pies estaba arrodillado el Papa, en ademán de ofrecerle la corona, y con la inscripción latina que, traducida, dice: Coronación solemne de la imagen de la Madre de Dios, en Savona. En el reverso, la efigie de Pío VII, con su nombre y fecha.
El regocijo del pueblo savonés en aquel 10 de mayo, es imposible describirlo. No menos difícil sería querer referir el derroche de flores, adornos, luces, riqueza en ornamentos y en decoración, no sólo en el Santuario sino en toda la “ciudad de María”, como se gloría en llamarse la afortunada Savona. Con tales honores, lograba resarcir las inicuas profanaciones de que fuera objeto el Santuario de su amadísima Madre de Misericordia.
Magníficos aniversarios
Cada centenario de las apariciones de María y de su gloriosa coronación, fueron celebrados con fausto, piedad y alegría tan grandes que superan todo elogio.
Al cumplirse el tercero, en 1836, se añadió un motivo más de gratitud: la preservación de Savona del terrible azote del cólera, que hizo estragos en las comarcas circunvecinas y se detuvo a las puertas de la privilegiada ciudad que, como antaño, invocara el patrocinio de María.
Al año siguiente, María dio un testimonio más de maternal cariño, inspirando a una devotísima hija del pueblo e hija suya: Santa María Josefa Rossello, el 10 de agosto de 1837, la fundación providencial del Instituto Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, consagrado a la educación cristiana de la niñez y juventud, especialmente de la más pobre y abandonada, y la asistencia de los enfermos en los hospitales
El Santuario mariano

Como ya vimos, con la afluencia de peregrinos hasta el lugar en los primeros meses después de la aparición, tuvo que nombrarse un comité de ciudadanos que regulara el flujo hacia el Valle de Letimbro. Piadosas limosnas dejadas por los peregrinos, hizo nacer pronto la idea de construir un pequeño oratorio en el sitio del milagro. Pero el proyecto original fue pronto reemplazado por uno más grandioso: la construcción de un santuario y adyacentes hospicios para los pobres, especialmente a los enfermos.
En julio del mismo año, el Gran Consejo de Savona encargó al célebre arquitecto Antonio Sormano la edificación de un santuario dedicado a Nuestra Señora de la Misericordia, recomendándole especialmente que la cripta envolviese el lugar para colocar en ella, sobre la misma piedra desde la que habló Nuestra Señora, una bella imagen de mármol blanco.
Con las obras de edificación comenzaron, en forma paralela, las del contiguo hospicio de los peregrinos, verdadero palacio destinado a dar alojamiento a quienes acudían de tierras lejanas a venerar a la Virgen. El 11 de agosto se establecieron los cimientos del edificio. Cuatro años más tarde, en 1540, la construcción ya tenía hechas las paredes.
Mientras tanto, el 18 de marzo, el día de la primera aparición, fue declarado día festivo y el Ayuntamiento se comprometió solemnemente hacer cada año una procesión votiva. De allí en adelante, el Santuario fue el centro de la restauración cristiana de la ciudad de Savona.
El Santuario es un gran edificio con tres naves: 41,60 metros de largo y 20,50 de ancho, con dos altares laterales, y la cripta bajo el altar mayor, que es elevado. No pertenece a ninguna corriente de la arquitectura específica, es algo de un término medio entre el gótico y renacentista.

El interior sigue el modelo del gusto Lombardo. Los pasillos están divididos por dos filas de columnas, ahora cubiertas con mármol, unidas por arcos.
La atmósfera que se respira es de meditación y de oración, una discreta luz se filtra por las ventanas abiertas en 1836 sobre la cornisa de la nave central, creando una penumbra difusa llena de misterio.
La nave izquierda se compone por las capillas La Anunciación, la cual data del año 1585; la segunda capilla es La Natividad, construida en el año 1583; la tercera capilla contiene en su altar de La Visitación de María a Santa Isabel la obra más importante de la calidad; finalmente, la cuarta capilla está dedicada a Nuestra Señora de las Nieves, desde el año 1610.
Por su parte, la nave derecha contiene la capilla La Inmaculada, construida en el año 1770 y que guarda en el óvalo del techo una réplica de la Capilla Sixtina; la segunda capilla está dedicada a El nacimiento de la Virgen, cuya edificación se remonta alrededor de 1610; la tercera capilla es en honor a La presentación en el Templo de la niña María, y fue erigida sobre el año 1635; finalmente, la cuarta capilla es en honor a El Crucifijo, y se inauguró en 1614.
La cripta, tal como hoy en día se la puede apreciar, fue construida en 1616. Se destaca la estatua de mármol blanco de la Mater Misericordiæ con Antonio Botta, la cual fue presentada en el año 1560 por el escultor Pietro Ursulinas Ramponio.

