EL ESTADO SERVIL

CONSERVANDO LOS RESTOS II

 

Novena entrega

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HILAIRE BELLOC

EL ESTADO SERVIL

Traducido por Bruno Jacovella (Buenos Aires 1945)

SECCIÓN OCTAVA

TANTO LOS REFORMADORES COMO LOS REFORMADOS ESTÁN PROMOVIENDO EL ESTADO SERVIL

Me propongo mostrar en esta sección cómo los tres intereses que explican, conjuntamente, casi todas las fuerzas que luchan por el cambio social en la Inglaterra moderna se deslizan necesariamente hacia el Estado servil.

De estos tres intereses, los dos primeros representan a los reformadores, y el tercero al pueblo que va a ser reformado.

Tales intereses son, primero, el Socialista, que es el reformador teórico que actúa sobre la línea de menor resistencia; segundo, el «Hombre Práctico», que, como todo reformador «práctico», cuenta con la ventaja de su miopía, y es hoy, por consiguiente, un factor poderoso; y tercero, la gran masa proletaria, para quien se lleva a efecto el cambio y a quien es éste impuesto. Qué aceptará ésta, según toda probabilidad, cómo reaccionará ante las nuevas instituciones, es el más importante de los factores, pues el proletariado constituye el material con el cual y sobre el cual se trabaja.

1 — Del reformador Socialista:

Digo que los hombres que tratan de implantar el colectivismo o socialismo como remedio de los males del Estado capitalista se encuentran con que están encaminándose, no hacia el Estado colectivista, sino hacia el Estado servil.

El movimiento socialista, el primero de los tres factores que siguen este rumbo, se encuentra a su vez compuesto por dos clases de hombres:

a) el que considera la propiedad pública de los medios de producción (y la compulsión consecuente de todos los ciudadanos a trabajar bajo la dirección del Estado) como la única solución factible de nuestro malestar social moderno;

y b) el que siente afición al ideal colectivista por sí mismo, y no lo persigue tanto por ser la solución al capitalismo moderno, como por constituir una forma regular y ordenada de sociedad que lo atrae por sí misma. Le gusta acariciar el ideal de un Estado en que la tierra y el capital se hallen en posesión de funcionarios públicos que dirijan a los demás individuos y los preserven así de las consecuencias de sus vicios, su ignorancia y su insensatez.

Estos dos tipos son perfectamente distintos, en muchos respectos antagónicos, y constituyen entre ambos la totalidad del movimiento socialista. Imagínese ahora a uno y otro de estos hombres enfrentados al Estado actual de la sociedad capitalista con el ánimo de transformarlo. ¿En qué línea de menor resistencia actuarán uno y otro?

a) El primer tipo comenzará exigiendo la confiscación de los medios de producción y su transferencia, del poder de sus poseedores actuales, al poder del Estado.

Pero espérese un momento. Esta exigencia es algo sumamente difícil de realizar. Entre los poseedores actuales y la confiscación se interpone una pétrea muralla moral. Es lo que la mayor parte de los hombres llamaría el fundamento moral de la propiedad (el instinto de que la propiedad es un derecho), y lo que todos los hombres admitirían, al menos, como una tradición profundamente arraigada. Luego, tiene por delante las innumerables complicaciones de la propiedad moderna.

Tomemos un caso sencillo. Se da un decreto por el cual todas las tierras comunes cercadas a partir de 1760 deben volver al público. Trátase de un caso muy moderado y muy defendible. ¡Pero piénsese por un momento en la ruina que tal disposición causaría a tantas pequeñas haciendas propias, a esa red de obligaciones y beneficios que se extiende sobre millones, a los miles de formas de intercambio, a todas las adquisiciones hechas con el sacrificio de los pequeños ahorristas!

Sin duda, puede pensarse, pues, en el plano moral, la sociedad puede hacer cualquier cosa a la sociedad; pero provocaría también el derrumbe consiguiente de una riqueza veinte veces superior a la confiscada y todo el crédito firme de la comunidad. En una palabra, trátase de algo imposible, en el sentido corriente de la expresión.

De modo que el tipo mejor de reformador socialista se ve forzado a echar manos de un expediente que me contentaré aquí con mencionar —puesto que debe ser considerado en particular y con espacio más adelante, en razón de su fundamental importancia— me refiero al expediente de «comprar la parte» del actual propietario.

Basta decir aquí que la tentativa de «comprar la parte» de los propietarios sin confiscación se funda en un error económico, como lo probaré en su momento. Por ahora, lo doy por supuesto, y paso a considerar el resto de la obra de mi reformador.

Éste no confisca, pues; a lo más «adquiere» (o trata de «adquirir») algunas secciones de los medios de producción.

Pero esto no constituye todo su móvil. Por definición, el hombre está para curar los grandes males inmediatos de la sociedad capitalista. Está para remediar la miseria que produce en las grandes multitudes y la torturante inseguridad que impone sobre todos. Está para sustituir la sociedad capitalista con una sociedad en que todos los hombres dispongan de comida, ropa y techo, y en que los hombres no tengan que vivir más en un riesgo continuo de perder el techo, la ropa y la comida.

Bien, hay un modo de conseguir esto sin confiscación.

El reformador de este tipo cree con razón que la propiedad de los medios de producción por parte de unos pocos causó los males que suscitan su indignación y su piedad. Pero tales males no se produjeron sino en virtud de una combinación de esa propiedad limitada a unos pocos con la libertad universal. La combinación de ambas es la verdadera definición del Estado capitalista. Es ciertamente difícil desposeer a los poseedores. Pero no lo es tanto, en absoluto (como lo veremos otra vez cuando consideremos la muchedumbre a la cual afectarán principalmente estos cambios), modificar el factor de la libertad.

Se puede decir al capitalista: «Mi deseo es despojar a usted de su propiedad, pero mientras tanto estoy resuelto a que sus empleados tengan un nivel de vida tolerable».

El capitalista responde: «Me niego a ser despojado de mi propiedad, y, a menos que se produzca una catástrofe, tampoco eso es posible. Pero si usted quiere determinar la relación entre mis empleados y yo, tendré yo que asumir especiales responsabilidades en virtud de mi posición. Sujete al proletario, como proletario, y por ser proletario, a leyes especiales. Confiérame a mí, el capitalista, como capitalista, y por ser capitalista, especiales obligaciones recíprocas en virtud de las mismas leyes. Yo me ocuparé lealmente de que sean cumplidas; yo obligaré a mis empleados a que las cumplan, y asumiré el nuevo papel que me impone el Estado. Y todavía más, me ocuparé de que, por obra de ese régimen nuevo, mis ganancias sean quizás mayores y ciertamente más, seguras».

Este reformador social idealista, por tanto, ve ya canalizado el curso de su exigencia. Por lo que se refiere a una de sus partes, la confiscación, queda contenida y represada; en cuanto a la otra, el otorgamiento garantizado de condiciones humanas de vida al proletariado, tiene las compuertas francas. La mitad del río está contenida por una fuerte represa, pero hay una compuerta, y esa compuerta puede ser levantada. Y una vez levantada, la corriente con toda su fuerza se precipitará por la oportunidad así concedida; dragará y profundizará así su lecho, y la corriente principal aprenderá a correr en regla.

Dejando las metáforas, todas las cosas que en las auténticas reivindicaciones socialistas son compatibles con el Estado servil pueden realizarse, sin duda alguna. Ya se han dado los primeros pasos en ese sentido, y son de tal naturaleza, que cabe hacer pie en ellos para seguir avanzando en la misma dirección, de modo que el Estado capitalista en su totalidad puede ser transformado fácil y rápidamente en el Estado servil, satisfaciendo así en su transformación las reivindicaciones más inmediatas y las exigencias más premiosas del reformador social, cuyo objetivo final, ciertamente, puede ser la propiedad pública del capital y la tierra, pero cuyo móvil determinante es una compasión ardiente de la miseria y zozobra en que viven las masas.

Cuando la transformación se haya consumado, no habrá ya motivo, ni reivindicación ni necesidad, que exijan la propiedad pública de los medios de producción. El reformador la pedía solamente para asegurar el sustento mínimo y eliminar la incertidumbre de las masas: y ya habrá conseguido lo que pedía.

Tenernos aquí satisfechas ambas reivindicaciones mediante un procedimiento distinto y mucho más fácil, conforme a la fase capitalista que lo precede inmediatamente y de la cual procede: no hay necesidad de seguir.

De esta manera, el socialista, cuyo móvil es el bien de la humanidad y no la mera organización, se ve sonsacado aunque no lo quiera de su ideal colectivista y conducido hacia una sociedad en que los poseedores conservarán sus posesiones, los desposeídos seguirán desposeídos, en que la mayoría de los hombres continuará trabajando en beneficio de una minoría, y esta minoría continuará usufructuando los valores excedentes producidos por el trabajo, pero en la cual también los males específicos de la inseguridad y la penuria, producto principalmente de la libertad, habrán sido eliminados por la destrucción de ésta.

Al término del proceso, habrá dos clases de hombres: los poseedores económicamente libres, y los desposeídos carentes de libertad económica y gobernados por aquéllos en bien de su tranquilidad y garantía de su sustento. Pero con esto estamos ya en el Estado servil.

b) Al segundo tipo de reformador socialista se lo puede considerar más brevemente. La explotación del hombre por el hombre no despierta en él indignación alguna. En realidad, no es un tipo de hombre en que sean habituales la indignación ni ninguna otra pasión de ritmo vivo. Los cuadros, las estadísticas, todo lo que constituye una armazón exacta de la vida, le suministran el alimento que satisface su apetito moral; la ocupación más acordada a su genio es el «manejo» de los hombres, como se maneja una máquina.

Es a este hombre a quien atrae particularmente el ideal colectivista.

Es el orden llevado al extremo. Toda esa complejidad humana y orgánica que constituye el colorido de toda comunidad vital lo ofende con su diferenciación infinita. Las cosas en gran número lo alteran; y su pequeño estómago sólo halla una última satisfacción en el panorama de una vasta burocracia donde la totalidad de la vida esté fichada y encuadrada en algunos planes sencillos, derivados de la labor que los empleados públicos efectúen coordinadamente, y dirigida por poderosos jefes de sección.

Ahora bien, este hombre, como el anterior, prefiere comenzar estatizando el capital y la tierra, y montar sobre esa base la estructura formal que tanto se acuerda con su peculiar temperamento. (Casi ni precisa decir que en su visión de una sociedad futura se imagina a sí mismo como jefe, al menos, de una sección, si no del Estado entero —pero esto no viene al caso).

No obstante, si bien prefiere empezar con un plan colectivista ya hecho, en la práctica se encuentra con que no puede proceder en esa forma. Tendría que recurrir a la confiscación, tal como la mayor parte de los socialistas sinceros; y si eso le resulta muy difícil al hombre que se subleva a la vista de las injusticias humanas, ¿cuánto más difícil no le resultará a un hombre exento de tales móviles premiosos, e impulsado, cuando más, por una apetencia mecánica de regulación?

No puede confiscar ni empezar a confiscar. Lo más que hará será «comprar la parte» del capitalista.

Ahora bien, en su caso, como en el del socialista más humano, el sistema de «comprar la parte», según lo mostraremos en su debido lugar, es un sistema de aplicación general imposible.

Sin embargo, todas esas cosas que a tal individuo le preocupan mucho más que la socialización de los medios de producción —la tabulación, la administración detallada de los hombres, la coordinación de muchos esfuerzos bajo un plan, la eliminación de toda facultad en los particulares de reaccionar contra su Sección— son cosas que pueden obtenerse de inmediato sin perturbar el orden social instituido.

Con él, así como con el otro socialista, puede lograrse lo que desea sin necesidad alguna de desposeer a los pocos poseedores actuales. No tiene más que procurar el registro general del proletariado; luego, asegurarse de que ni los proletarios en el ejercicio de su libertad, ni los patrones en el ejercicio de la suya, pueden provocar la inseguridad y la penuria, y queda satisfecho. Establézcanse leyes que hagan recaer sobre la clase poseedora la obligación de proveer en forma adecuada al alojamiento, la alimentación, el vestido y la recreación de la masa proletaria, y se logrará todo lo que realmente le interesa.

Tal clase de hombres ni ve casi al Estado servil como algo hacia lo cual se desliza, sigo más bien como una alternativa tolerable de su Estado colectivista ideal, alternativa que se halla enteramente dispuesto a aceptar y a la cual mira con buenos ojos. La mayor parte de tales reformadores, que hace una generación se hubieran llamado «socialistas», ya se sienten hoy menos preocupados por plan alguno de socialización del capital y la tierra, que por los innumerables planes, algunos de los cuales ya con fuerza de ley, que existen actualmente para regular, «manejar» y alinear al proletariado, sin cercenar una sola pulgada de los privilegios de que disfruta la reducida clase capitalista en lo referente a la posesión de los enseres, los almacenes y la tierra.

El llamado «socialista» de este tipo no cayó en el Estado servil por un error de cálculo, sino que lo prohijó; saluda su nacimiento, y prevé que lo tendrá bajo su dominio en el porvenir.

Esto, por lo que se refiere al movimiento socialista, que hace una generación proponía transformar nuestra sociedad capitalista en otra en que la comunidad había de ser la propietaria universal y todos los hombres, económicamente libres o no libres en igual medida, habían de estar bajo su tutela. Hoy día su ideal se halla en quiebra, y las dos fuentes de las cuales extraía su fuerza aceptan, una de mala gana, la otra con alegría, el advenimiento de una sociedad que no es socialista en absoluto, sino servil.

2 — Del reformador práctico:

Hay otro tipo de reformador: el que se enorgullece de no ser socialista; uno de los que más pesan en nuestros días. Promueve también con su acción el advenimiento del Estado servil.

Este segundo factor del cambio es el «Hombre Práctico», tipo de individuo necio que, por su gran número y su influencia decisiva en los detalles de la legislación, debe ser estudiado cuidadosamente.

Es este «hombre práctico» el que dice: «A pesar de todo lo que podáis opinar vosotros, teóricos y doctrinarios, acerca de esta proposición (que yo sostengo), aun cuando pueda lesionar alguno de vuestros dogmas abstractos, sin embargo, en el terreno práctico, tenéis que admitir que es benéfica. Si vosotros conocieseis prácticamente la miseria de la familia Jones, o hubieseis trabajado prácticamente en Pudsey, habríais visto que un hombre práctico«, etc.

No resulta difícil advertir que el Hombre Práctico de la reforma social es el mismo animal exactamente que el Hombre Práctico de todas las demás secciones de la actividad humana, y que padece la misma doble incapacidad que caracteriza al Hombre Práctico dondequiera se lo halle: una incapacidad de definir sus propios principios fundamentales y una incapacidad de seguir las consecuencias derivadas de su propia acción. Estas dos incapacidades proceden de una forma sencilla y deplorable de impotencia: la incapacidad de pensar.

Suplamos la debilidad del Hombre Práctico y pensemos un poco por él.

Como reformador social, naturalmente, tiene (aunque sin saberlo) principios fundamentales y dogmas, lo mismo que todos nosotros, y sus principios fundamentales y dogmas son exactamente los mismos que sus superiores intelectuales sostienen en materia de reforma social.

Las dos cosas que le resultan intolerables en su calidad de ciudadano decente (aunque bastante estúpido como ser humano) son la inseguridad y la penuria. Cuando «trabajaba» en los tugurios de Pudsey o arrancaba a la proletaria familia Jones de la sólida base de Toynbee Hall (especie de institución educativa y recreativa para los pobres), lo que más lo horrorizaba era la «desocupación» y la «miseria», vale decir: la inseguridad y la penuria en carne y hueso.

Ahora bien, si el socialista que tiene idea clara de lo que se propone, sea como mero organizador o como un hombre con hambre y sed de justicia, se ve desviado del socialismo y encaminado al Estado servil, por la fuerza del orden moderno de cosas en Inglaterra, ¡cuánto más fácilmente no será conducido el «hombre práctico» a ese mismo Estado servil, tal como un asno al prado en que suele pastar!

La solución inmediata que ofrece el Estado servil, aun en sus comienzos, a estos ojos cegatos y miopes es lo que un declive a un pedazo de materia descerebrada. El fragmento de materia descerebrada rueda por la pendiente, y el Hombre Práctico se corre del capitalismo al Estado servil en la misma forma fácil e inevitable.

Jones no posee lo bastante. Si se le da algo por caridad, ese algo se consumirá pronto, y Jones volverá a encontrarse entonces con que no posee lo bastante. Jones estuvo siete semanas sin trabajar. Si se le consigue trabajo «en nuestro sistema desorganizado y antieconómico, etc.», puede perderlo tal como perdió los anteriores.

La gente de los tugurios de Pudsey, como el Hombre Práctico lo sabe por experiencia práctica, con frecuencia no se halla en condiciones de ser ocupada. Luego, están los «estragos de la bebida»; y más fatal aún, el terrible hábito que tiene la humanidad de constituir familias y criar hijos. Nuestro estimable sujeto observa que, «en la realidad práctica, estos hombres no trabajan a menos que se los haga trabajar».

Todas estas cosas, no las coordina, porque no puede. Nada sabe de una sociedad en que los hombres libres eran otrora propietarios, ni de las instituciones cooperativas e instintivas que una sociedad de esa clase engendra para proteger la propiedad. «Toma al mundo tal como lo halla» —y la consecuencia es que, mientras los hombres más capaces pueden admitir, con mayor o menor repugnancia, los principios del Estado servil, él, el Hombre Práctico, goza positivamente con todo nuevo detalle que descubre en la erección de esa forma de sociedad.

Y la destrucción de la libertad por pulgadas (aunque él no la ve como la destrucción de la libertad) es la única panacea, en tal modo evidente, que se admira de los doctrinarios que se oponen al proceso o lo miran con desconfianza.

Ha sido preciso perder tanto tiempo en este deplorable individuo, porque las características de nuestra generación le confieren un poder singular. Un hombre así disfruta de grandes ventajas dentro de las condiciones del intercambio moderno. Se encuentra como nunca se encontró en ninguna sociedad anterior a la nuestra, dueño de la riqueza, y metido en la política como nunca lo estuvo un ciudadano de su clase hasta hoy. Nada sabe, en cambio, de la historia, y de todas sus lecciones, de los grandes sistemas filosóficos y religiosos, y de la misma naturaleza humana.

El Hombre Práctico, dejado en libertad de obrar, no produciría el Estado servil. En realidad, no produciría nada que no fuera una baraúnda de restricciones anárquicas que conducirían a la larga a un género u otro de revuelta.

Desgraciadamente, no se lo deja en libertad de obrar. No es más que el aliado o una de las alas de grandes fuerzas, contra las cuales no hace nada, y de hombres singulares, capaces y dispuestos para las tareas que exigen un cambio general, quienes lo utilizan con gratitud y desprecio. Si no fueran tan numerosos en la Inglaterra moderna, y, en las condiciones extraordinarias que rigen en un Estado capitalista, tan poderosos económicamente, los hubiera pasado por alto en este análisis. Como están las cosas, hay que consolarse recordando que el advenimiento del Estado servil, con su organización poderosa y la necesidad de pensamiento lúcido que se impondrá, a los gobernantes, no podrá menos de eliminarlo.

Nuestros reformadores, pues, tanto los que piensan como los que no piensan, los que tienen conciencia del proceso como los que no la tienen, están contribuyendo directamente a la instauración del Estado servil.

3 — ¿Qué diremos del tercer factor? ¿Del pueblo que va a ser reformado? ¿De los millones de individuos en cuyo esqueleto están trabajando los reformadores, y que son los sujetos sobre los cuales se efectúa el gran experimento? ¿Están propensos, como ingrediente, a aceptar o rechazar esa transformación de proletarismo libre en servidumbre, que constituye el tema del presente libro?

Es importante decidir la cuestión, pues el buen éxito de todo experimento que lleve al Estado servil depende de que tal material sea apropiado o inapropiado para el trabajo al cual se lo somete.

La gran masa de los hombres, en el Estado capitalista, es proletaria. Por lo que se refiere a la definición, el número efectivo de los proletarios y su proporción respecto al número total de familias que viven dentro del Estado puede variar, pero siempre deben ser aquéllos lo suficientemente numerosos para determinar el carácter general del Estado antes de que podamos llamar a éste Capitalista.

Sin embargo, como hemos visto, el Estado Capitalista no es un régimen estable, y por tanto permanente, de la sociedad. Ha demostrado ser efímero; y justamente a eso se debe que el proletariado de cualquier Estado capitalista conserva en menor o mayor grado algunos recuerdos de un régimen social en que sus antepasados eran propietarios y económicamente libres.

El vigor de este recuerdo o tradición es el primer elemento que debemos tener presente en nuestro, problema al examinar hasta qué punto un proletariado cualquiera, por ejemplo el proletariado actual de Gran Bretaña, está dispuesto a aceptar el Estado servil, que lo condenaría a una pérdida perpetua de la propiedad y de todos los hábitos de libertad que la propiedad engendra.

Obsérvese luego que, en un régimen de libertad, los individuos más hábiles o más afortunados de la clase proletaria pueden entrar en la capitalista. Hechos de esta índole fueron al principio bastante frecuentes en las primeras etapas del capitalismo, al punto de convertirse en un trazo prominente de la sociedad e impresionar la imaginación de la generalidad de la gente. Tales hechos son todavía posibles. Y el factor segundo del problema está constituido por la proporción de los mismos respecto a la suma global del proletariado, por la probabilidad que cada proletario cree tener de evadirse de su condición proletaria, en una fase determinada del capitalismo, como es la nuestra hoy día.

El factor tercero, y con mucho el mayor de todos, es la apetencia por parte de los desposeídos de esa seguridad y necesario sustento de que los despojó el capitalismo, con su régimen esencial de libertad.

Consideremos ahora el juego recíproco de estos tres factores en el proletariado británico, tal como lo conocemos realmente hoy día. Este proletariado, sin duda alguna, constituye la gran masa del Estado: representa el noventa y cinco por ciento de la población —excluyendo a Irlanda, donde, como lo destacaré en las páginas finales, triunfa ya la reacción contra el capitalismo y, por tanto, contra su evolución hacia un Estado servil.

Por lo que se refiere al factor primero, ha cambiado muy rápidamente en el recuerdo de los hombres que viven hoy. Los tradicionales derechos de propiedad se mantienen todavía con fuerza en la conciencia de los ingleses pobres; y todas las connotaciones morales del mismo les son familiares. Están acostumbrados a considerar el robo como una cosa mal hecha, y se aferran tenazmente a cualquier migaja de propiedad que eventualmente caiga en sus manos. Cualquiera de ellos puede explicar lo que significan los términos propiedad, herencia, trueque, donación e inclusive contrato. No hay entre ellos uno que no pueda colocarse, mentalmente, en la posición de propietario.

Pero la experiencia efectiva de la propiedad y el efecto que tal experiencia produce en el carácter y la concepción que tiene uno del Estado son cosas muy diferentes. Las personas que todavía viven recuerdan que una cantidad bastante de ingleses eran propietarios (de pequeñas fincas, de pequeños talleres, etc.), en tal medida que conferían a la institución de la propiedad, unida a la libertad, el poder de impresionar vívidamente la mentalidad del pueblo. Y más aún, había una tradición viva transmitida oralmente por hombres que todavía estaban en condiciones de dar un testimonio vivo de los restos de un orden mejor de cosas.

Yo mismo, en mi niñez, hablé con viejos trabajadores de las inmediaciones de Oxford que habían arriesgado el pellejo interviniendo en protestas armadas contra la clausura de algunos predios comunes y que, por consiguiente, habían sido condenados a la cárcel por un juez acaudalado en premio de su valor; y yo mismo hablé en Lancashire con ancianos que pudieron narrarme a mi pedido, sea las últimas fases de la pequeña propiedad en el comercio de los textiles, de acuerdo con su experiencia personal, sea las condiciones vigentes en una época en que la propiedad pequeña y bien repartida de los telares hogareños era en realidad corriente, tal como lo habían oído contar a sus padres.

Todo eso ha terminado. La última etapa del tránsito fue singularmente veloz. Hablando de un modo general, trátase de la generación criada durante la vigencia de las leyes de educación de los últimos cuarenta años, la cual se desarrolló franca e irremediablemente proletaria. El instinto, el uso, la significación de la propiedad se han perdido actualmente para ella y esto ha causado dos efectos muy poderosos, cada uno de los cuales crea en nuestros modernos asalariados la propensión a ignorar las viejas barreras, que separan un régimen de servidumbre de un régimen de libertad.

El primero es el siguiente: que ya no buscan la propiedad ni la creen asequible.

El segundo: que miran a los dueños de la propiedad como a una clase aparte, a la cual deben obedecer en última instancia, envidiar con frecuencia, y odiar en ocasiones; cuyo derecho moral a ocupar una posición tan singular la mayoría de ellos vacilarían en concederlo, y muchos de ellos lo negarían hoy vigorosamente, pero la cual posición, al fin de cuentas, aceptan como un hecho social notorio y permanente, cuyos orígenes han olvidado, y cuyo fundamento tienen por inmemorial.

En resumen: la actitud actual del proletariado en Inglaterra (vale decir, la actitud de la inmensa mayoría de las familias inglesas) respecto a la propiedad y a aquella libertad que sólo puede obtenerse mediante la propiedad ha dejado de ser una actitud de experiencia o de expectación. Se consideran a sí mismos como asalariados, y el aumento del estipendio semanal de los asalariados es un objetivo que aprecian y persiguen intensamente; en cambio, el de la liberación de su condición de asalariados les parecería enteramente al margen de la realidad de la vida.

¿Y qué diremos del factor segundo, de la probabilidad aleatoria que el sistema capitalista, con su régimen necesario de libertad, de capacidad legal para negociar sin limitaciones, etcétera, otorga al proletario de evadirse de su medio?

Podemos decir de esta probabilidad aleatoria y del efecto que produce en la inteligencia humana que, si no ha desaparecido, en cambio ha perdido mucho de su fuerza durante los últimos cuarenta años.

Todavía se da uno con hombres que le dicen, refiriéndose a aquélla, sea que hablen en favor o en contra del sistema capitalista, que todavía sigue cegando al proletariado a toda conciencia común de clase, porque todavía tiene el proletario ante sí el ejemplo de miembros de su clase que él conoció y que se encumbraron (por lo regular, mediante algunas de las diversas formas que presenta la infamia) a la posición de capitalista.

Pero cuando uno alterna con los trabajadores mismos, advierte que la esperanza de un cambio así es hoy día sumamente remota en la conciencia de todo obrero. Millones de hombres, en los grandes sectores de la industria, especialmente en la de los transportes y las minas, han renunciado completamente a tal esperanza. Por más que minúscula, como toda probabilidad, por más que exagerada, como siempre son las esperanzas puestas en una lotería, esa probabilidad minúscula, según la opinión general de los obreros, se ha vuelto insignificante, y esa esperanza que, alienta la lotería se ha extinguido. El proletariado se considera hoy día definitivamente proletario, y destinado, según toda probabilidad humana, a no ser otra cosa que proletario.

Esos dos factores, pues —el recuerdo de un régimen anterior de libertad económica y los efectos de una esperanza que pudieran concebir los individuos de evadirse de la clase asalariada—, los dos factores que podrían actuar con mayor fuerza contra la aceptación del Estado servil por esa clase, se han desvalorizado en tal medida que no ofrecen sino poca resistencia al tercer factor en juego, que favorece con tanta fuerza el advenimiento del Estado servil y que consiste en la necesidad de seguridad y medios suficientes de subsistencia que todos los hombres experimentan intensamente.

Hoy día, el único que requiere una consideración seria es el tercero, a preguntarnos hasta qué punto puede estar dispuesto a admitir el cambio el material sobre el cual actúa la reforma social, vale decir, la masa del pueblo.

La cuestión puede plantearse en varias formas. Yo la plantearé en la que me parece más concluyente.

Si se va a los millones de familias que hoy día viven de un salario y se les propone un contrato vitalicio de trabajo, que les garantice la perpetuidad de la ocupación con el salario íntegro que cada uno considere que gana normalmente, ¿cuántos lo rechazarían?

Tal contrato, naturalmente, implicaría una pérdida de la libertad; para ser exactos, un contrato vitalicio de esa clase no es un contrato en absoluto. Es la negación del contrato y la aceptación del status. El hombre a quien comprometiera se hallaría sujeto a una obligación de trabajar, quiéralo o no, de acuerdo con su capacidad máxima de trabajo. Significaría una renuncia permanente de su derecho (si existe tal derecho) a los valores excedentes creados por su trabajo. Si nos preguntamos cuántos hombres, o mejor, cuántas familias, preferirían la libertad (con su séquito de inseguridad indefectible y de posible penuria) a ese contrato vitalicio, nadie puede negar que la respuesta será: «Muy pocos lo rechazarían». Y ahí está la clave de todo el asunto.

Qué proporción lo rechazaría, nadie puede determinarlo; pero digo yo que inclusive como una propuesta voluntaria, y no como una obligación compulsiva, un contrato así, que en lo sucesivo destruiría el contrato y restablecería un status de índole servil, sería mirado actualmente como una bendición por la gran mayoría del proletariado.

Consideremos ahora la verdad desde otro ángulo —considerándola así, desde uno y otro punto de vista, podremos apreciarla mejor—. ¿Qué es lo que más teme la mayoría de los hombres en un Estado capitalista? No la pena que puede aplicarles un Tribunal, sino el despido.

Puede preguntársele a un hombre por qué no se resiste a tal o cual infamia legal; por qué permite que lo hagan víctima de multas y deducciones contra las cuales lo protegen específicamente las Truck Acts (serie de leyes —la primera, de 1831— que amparan a los obreros contra los abusos patronales), por qué no puede hacer valer su opinión en tal o cual asunto; por qué aceptó, sin contestar con una bofetada, tal o cual insulto.

Algunas generaciones atrás, apremiado un hombre a decir por qué abjuraba su hombría en cualquier respecto, hubiera contestado que porque temía el castigo impuesto por la ley; hoy dirá que porque teme quedar sin ocupación.

Por segunda vez en nuestra larga historia de Europa, la ley privada se sobrepone a la ley pública, y las sanciones de que puede echar mano el capitalista para imponer su norma particular por obra de su voluntad particular, son más fuertes que las que pueden infligir los tribunales públicos.

En el siglo XVII, un hombre temía ir a misa por miedo de que los jueces lo castigaran. Hoy día, un hombre teme hablar en favor de una doctrina social que tiene por justa y verdadera de miedo de que su patrón lo castigue. Desconocer la norma impuesta por los poderes públicos implicaba otrora penalidades públicas que la mayoría de los hombres temían, aunque algunos las arrostraban. Desconocer la norma impuesta por los poderes privados implica hoy día una penalidad privada, cuya amenaza muy pocos ciertamente se atreven a arrostrar.

Miremos la cuestión desde otro ángulo todavía. Se sanciona una ley (supongamos) que eleva la entrada total de un obrero, o lo garantiza contra la inseguridad de su ocupación en escala más o menos pequeña. La aplicación de esa ley requiere, por una parte, una investigación concienzuda de las condiciones de vida de cada uno a cargo de funcionarios públicos, y, por otra, la administración de sus beneficios por el capitalista particular o grupo de capitalistas al cual enriquece el obrero con su trabajo. Las condiciones serviles anexas a este beneficio material, ¿impiden hoy día a un proletario en Inglaterra preferirlo a la libertad? Es notorio que no.

Sea cual fuere el ángulo desde el cual se considere el asunto, la conclusión es siempre la misma. La gran masa de asalariados en que nuestra sociedad se asienta hoy día miran como un bien actual todo lo que aumente sus ingresos actuales aunque sea en pequeña proporción y todo lo que los ponga a cubierto de los peligros de inseguridad de que se ven perpetuamente acechados. Entienden y acogen con satisfacción un bien de esta clase, y están enteramente dispuestos a pagar por el mismo el precio correspondiente de regulación y regimentación, que llevarán a cabo por grados, y en medida creciente sus patrones.

Sería fácil, sustituyendo con cosas superficiales las fundamentales, o inclusive proponiendo el uso de algunos términos y frases en reemplazo de otros en circulación hoy día —sería fácil, digo; emplear tales procedimientos para ridiculizar o controvertir las prístinas verdades que estoy exponiendo aquí. No por eso, empero, las verdades dejarán de serlo.

Sustitúyase el término «empleado» en una de nuestras leyes nuevas con el término «siervo»; menos aún, procédase tibiamente a sustituir el término «empleador» por el tradicional «patrón», «amo»; la grosería de los términos podría provocar una revuelta. Impóngase de golpe e íntegramente en la Inglaterra moderna las condiciones anexas a un Estado servil, y seguramente provocarán una revuelta.

Lo que yo digo, sin embargo es: que no se produce revuelta alguna cuando tienen que echarse los cimientos del régimen y dar los primeros pasos en gran escala; al contrario, los pobres asienten y hasta, en su mayor parte, se muestran agradecidos. Tras el largo período de terror por que debieron pasar a causa de una libertad no acompañada por la propiedad, divisan, a expensas de la pérdida de una libertad meramente legal, la perspectiva nada ficticia de tener lo suficiente y no perderlo.

Todas las fuerzas, pues, contribuyen en esta fase final de nuestra perversa sociedad capitalista inglesa a favorecer el advenimiento del Estado servil.

El reformador generoso es encauzado hacia él; el desprovisto de generosidad ve auténticamente reflejado en él su ideal; la grey de los hombres «prácticos» hallan en cada etapa de su instauración las medidas «prácticas» que esperaban y reclamaban; y en cuanto a la masa proletaria que soporta en carne propia el experimento, ha perdido la tradición de la propiedad y de una libertad capaz de resistir los cambios, y se siente inclinada con fuerza extraordinaria a aceptarlo en virtud de los positivos beneficios que confiere.

Objetará alguno que, por más cierto que pueda ser todo esto, nadie puede pensar, en virtud de tales razones teóricas, que nos estemos aproximando al Estado servil. No tenemos por qué creer en su advenimiento (nos dirán) mientras no veamos los primeros efectos de su acción.

A esto respondo que ya se perciben los primeros efectos de su acción. En la Inglaterra industrial de nuestros días, el Estado servil ha dejado de ser una amenaza para cobrar existencia positiva. Se halla en curso de instauración. Sus primeros lineamientos básicos están ya trazados; y su piedra fundamental, colocada.

A fin de que se vea cuán cierto es esto, consideraré a seguida las leyes y proyectos de leyes de naturaleza servil, bajo la primera de las cuales nos encontramos ya, mientras que la última pasará de la categoría de proyecto a la de estatuto positivo en su debida hora.

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