SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ

CONTEMPLATIVOS EN LA ACCIÓN

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Santa Teresita era una admiradora de Santa Juana de Arco.

Este aspecto guerrero del alma de Santa Teresa es un aspecto dominante de su perfil moral.

“En mi niñez, yo soñaba con combatir en un campo de batalla. Cuando comencé a leer la historia de Francia, quedé encantaba con las hazañas de Juana de Arco; y sentí en mi corazón el deseo y el coraje de imitarla“. (1)

Santa Teresa gradualmente fue percibiendo las profundas similitudes entre su vida y la de la Virgen de Domrémy. Así, el 21 de enero de 1894, en el 101 aniversario del martirio del infortunado rey Luis XVI, ella escribió un libreto de teatro llamado “La misión de Juana de Arco“. Al año siguiente, cuando el Papa León XIII la declaró “Venerable”, y Francia celebró a sus santa mártir y guerrera, Santa Teresa escribió otro libreto, “Juana de Arco cumple su misión“, que fue representada por la comunidad. Santa Teresa hizo el papel de Juana de Arco.

La obra representaba la conquista de Orleáns, la coronación del rey Carlos VII, pero sobre todo la quema de Santa Juana de Arco en el patíbulo, lo que significaba para Santa Teresa el cumplimiento de la emisión de su heroína.

Santa Teresa firmó su Cántico para obtener la canonización de Santa Juana de Arco como “Un soldado francés, defensor de la Iglesia y admirador de Juana de Arco“.

(1) Lettres de Sainte Thérese de l’Enfant-Jésus, Letter to Father Belliere, Office Central de Lisieux, 1948.

 

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S.S. Pío X: «La santa más grande de los tiempos modernos»

Habían pasado sólo diez años desde la muerte de Teresa cuando Pío X recibió el regalo de la edición francesa de la Histoire d’une âme y, tres años después, en 1910, la traducción italiana de la autobiografía de la santa. Traducción que había llegado ya a su segunda edición. Pío X no tuvo ninguna duda respecto a Teresa y por ello aceleró la incoación de la causa de beatificación, que se fecha en 1914 y que fue uno de los últimos actos de su pontificado. Pero, ya unos años antes, hablando con un obispo misionero que le había regalado un retrato de Teresa, el Papa había dicho: «Esta es la santa más grande de los tiempos modernos». Una opinión que podía parecer atrevida, porque Teresa no tenía entonces, al igual que hoy, sólo estimadores. La sencillez de su doctrina espiritual, centrada en la absoluta necesidad de la gracia, hacía arrugar el entrecejo a muchos eclesiásticos. Su espiritualidad centrada en la confianza y en el abandono dócil a la misericordia de Dios parecía en contraposición con el rigor de una ascesis basada en la renuncia y en el sacrificio. El eco de esta “sospecha” sobre la doctrina de Teresa llegó a los oídos del Papa, que una vez respondió con decisión a uno de estos detractores: «Su extrema sencillez es lo más extraordinario y digno de atención en este alma. Vuelva a estudiar su teología».

A Pío X le había impresionado, entre otras cosas, una carta que Teresa había escrito el 30 de mayo de 1889 a su prima María Guérin, la cual, por escrúpulos de conciencia, no comulgaba: «Jesús está en el tabernáculo expresamente para ti, para ti sola, y arde en deseos de entrar en tu corazón […] Comulga a menudo, muy a menudo. Este es el único remedio si te quieres curar». Entonces era una actitud muy difundida el escrúpulo excesivo a comulgar frecuentemente, y la respuesta de Teresa le pareció al Papa una exhortación a combatir esta actitud. Es posible que la lectura de los escritos teresianos influyeran en los dos decretos de Pío X, Sacra Tridentina Synodus, sobre la comunión frecuente y Quam singulari, sobre la primera comunión de los niños.