ACLARACIÓN DEL PADRE JUAN CARLOS CERIANI
Debido a que mis sermones están siendo publicados en otro blog, sin mi nombre y sin hacer referencia de dónde son tomados, me veo en lo obligación de aclarar que el único blog al cual envío mis sermones para su publicación es Radio Cristiandad, que lo viene haciendo con empeño y esmero desde septiembre de 2009, lo cual agradezco vivamente.
Por supuesto que no puedo más que alegrarme de que mi prédica se difunda y llegue al mayor número de lectores. ¡Enhorabuena! No hay en esto inconveniente alguno.
Pero lo mínimo que puede esperarse de un blog serio y cabal es que, al menos, indique el autor del escrito, aun cuando no quiera mencionar el blog del cual lo obtiene, lo cual indica ya una grave anomalía.
Que quede claro, entonces, que cuando mis sermones sean reproducidos por cualquier otro blog que no sea Radio Cristiandad, de aquí han sido obtenidos.
DOMINGO DECIMOQUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
En aquel tiempo iba Jesús a una ciudad que se llama Naim: e iban con Él sus discípulos, y una turba copiosa. Y, al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a un difunto, hijo único de su madre; y esta era viuda; y venía con ella mucha gente de la ciudad. Cuando la vio el Señor, movido de piedad hacia ella, le dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro; y se detuvieron los que lo llevaban. Y dijo: Joven, yo te lo mando, levántate. Y se incorporó el que estaba muerto, y comenzó a hablar. Y se lo dio a su madre. Y se apoderó de todos el temor; y alabaron a Dios, diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo.
El Evangelio de este decimoquinto Domingo de Pentecostés nos presenta a Jesús enfrentado con la muerte.
Por su parte, San Pablo en la Epístola nos exhorta: Si vivimos del espíritu, caminemos también en el Espíritu … Porque, lo que sembrare el hombre, eso recogerá. Por tanto, el que sembrare en su carne, cosechará en la carne corrupción; mas, el que sembrare en el espíritu, cosechará del espíritu vida eterna.
Meditemos, pues, sobre la muerte, pero considerada desde la perspectiva de la vida eterna.
Ante todo, podemos comprobar que casi todos los hombres temen la muerte y la miran como el mayor mal… Y, sin embargo, ¿no podemos decir con razón que la muerte es un bien inmenso para el hombre? Y siendo así, ¿no debiera producir un gozo proporcionado a su grandeza?
Reflexionemos… Sabemos que la muerte fue el castigo que Dios impuso al hombre por su desobediencia, y San Pablo nos dice que la muerte entró en el mundo por el pecado.
Pero la muerte no destruye, transforma. Se puede decir que es cosecha. En la vida se siembran obras para recoger en la eternidad; y se cosechará lo que se sembró. El cuerpo recogerá, igualmente que el alma, los frutos de sus obras.
Ahora, mientras vivimos aquí, no están los cuerpos en proporción con sus almas, ni aparece al exterior lo que el espíritu es en realidad ante Dios. En general, ni la hermosura ni el talento o simpatía guardan relación con la gracia. En efecto, vemos con frecuencia que almas muy santas viven en cuerpos enfermizos, contrahechos, desgarbados y débiles; en cambio, almas pecadoras y viciosas animan cuerpos de gran belleza, de inmenso talento y atractivo admirable.
No será así cuando los cuerpos resuciten para la vida de inmortalidad. Dios dará a cada uno su merecido y su premio. Los cuerpos serán el exacto reflejo del alma.
Los cuerpos de los que se salvaron resucitarán llenos de cualidades gloriosas, serán claros, ligeros, sutiles e impasibles. Cada uno resplandecerá con los destellos que ganó con su amor al Señor. Se traslucirá el espíritu en los cuerpos, y en ellos se verá su perfección, su gloria, su luz, su hermosura. Vivirá ya el hombre para siempre con las perfecciones y bellezas que le comunique su espíritu.
Por idéntica causa, el alma que sufra el apartamiento de Dios y padezca las tinieblas y la desesperación de los condenados, comunicará para siempre a su cuerpo −ese mismo con el que pecó en la tierra− todo el tormento e irresistible dolor e impaciencia del infierno. El cuerpo será en todo exacto retrato y reflejo del alma.
Después de pagar el tributo a la muerte, cuando el poder infinito de Dios resucite a todos los muertos, viviremos eternamente y no tendrá ya poder la muerte sobre el hombre. Pero vivirán de muy distinta manera los justos y los pecadores.
Cada uno recogerá lo que sembró y tendrá la compañía que buscó en la tierra y de la cual se hizo acreedor: los buenos, con Dios entre los bienaventurados, gozarán de la dulzura de la contemplación divina por toda la eternidad; los malos, para siempre con los malos y con el príncipe de toda malicia.
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Naturalmente todos deseamos vivir, pues hemos sido criados para la vida. Instinto de nuestra naturaleza es desear la vida perfecta, sin dolencias ni sinsabores, ajena de luchas; busca una vida de luz sin sombras, sin enfermedades ni desvelos.
Sin embargo, ¡cuán contra la virtud de la fe y contra la misma razón natural es el demasiado temor a la muerte; y cuán perjudicial para la misma alma! De cuánto bien la priva ese temor, y, por ello, no puede ser agradable a Dios.
El horror a la muerte no viene a ser otra cosa que miedo a Dios, y es tentación malísima para el alma. Con apariencia de bien, reconoce su indignidad y sus infidelidades, admira la infinita y soberana hermosura de Dios, pero al desconfiar de su misericordia comete la acción más desagradable al mismo Dios, no fiándose ni de la palabra que el Señor ha dado, ni de la Pasión y muerte que Jesús sufrió con infinito amor por las almas.
Ciertamente que nadie, de suyo, puede merecer el Cielo. Pero Dios ha prometido hacer participante de su misma vida a todas las almas que le obedecen y le aman, que le buscan y se le ofrecen.
Si Dios ama a los que le aman, si ha creado el Cielo para los que le aman, si Él ha prometido ser el premio y la herencia de los que le aman, dándose a Sí mismo, ¿qué puede temer el alma que busca a Dios, a pesar de su pequeñez?
Es contra toda razón y contra el instinto de la propia naturaleza y del propio perfeccionamiento sentir horror a la muerte, y no desear salir de esta ignorancia, miseria y tristeza del mundo para ir a la alegría y gozo de Dios en el Cielo.
Es el espíritu malo quien suscita en el alma estos temores tan molestos y dañinos. Quiere el demonio, en su maldad y envidia, que sufra el alma y no adquiera méritos; que desconfíe de Dios y no ame; que se aferre a estas tinieblas y dolor de la tierra y no desee volar a la luz sin ocaso.
¡Cuán perjudicial y nocivo es para el alma la tentación del miedo a la muerte! ¡Cuán hermoso y meritorio es amar a Dios sobre todas las cosas y abandonarse en Él!
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Observamos un hecho a primera vista extraño: que muchos cristianos, aun fervorosos, tienen, a veces, más miedo a la muerte que los impíos y descreídos. Parece inexplicable, pero así es.
El pecador anda continuamente con la vida expuesta y nada le importa. Vive despreocupado de que en cualquier momento le puede llegar la muerte. En cambio, el cristiano fervoroso piensa en ella y en sus efectos.
La razón es porque el impío y descreído, o no quiere pensar en la muerte, o porque detrás de ella ve sólo el vacío y la nada. Juzga que con la muerte deja de existir y que no hay infierno o cielo.
Algunos cristianos, aun muy fervorosos, tienen miedo a la muerte, no por ella en sí misma, sino porque ponen sus ojos, ¡y deben ponerlos!, en la eternidad. Por la muerte pasará a vivir el para siempre, y no sabe el estado actual de su conciencia, se considera indigna de entrar en la gloriosa morada de Dios y teme no estar en disposición de poderla alcanzar.
Y en verdad que nadie es digno de entrar en el Cielo, ni nadie por sí mismo puede merecerlo, ni llegar a la posesión de la verdad infinita ni del gozo inefable de Dios. Pero el Señor es tan infinitamente generoso y amante como es infinito su poder, y nos creó para verle y gozarle, y ha prometido dar su Cielo a todos cuantos le amen y obedezcan; a todos los que se sometan a su voluntad cumpliendo sus mandamientos.
El cristiano tiene miedo a la muerte, porque sabe muy bien que al Cielo no entra nada manchado; sabe de modo clarísimo que el pecado mortal cierra para siempre el Paraíso y conoce por experiencia la fragilidad humana. Recuerda las palabras del Eclesiástico que nadie sabe si es digno de amor o de odio, o lo que es igual, que nadie puede asegurar si se encuentra en estado de gracia.
Teme, por todo esto, que su alma no pueda llegar a recibir el galardón con que el Señor premia al alma en gracia, y tenga que estar para siempre separada de Él en el espantoso caos de la noche eterna.
Teme también el cuerpo aquella hora, y quiere comunicar su inquietud al espíritu; le horroriza la corrupción del sepulcro, aunque sepa que recobrará más tarde vida inmortal, rehúye la destrucción.
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Pero el alma debe aceptar la muerte como dispuesta por Dios y en esperanza de dicha. El alma debe unirse al querer divino, que es eterno bien.
Para que esta aceptación sea más asequible, debemos recordar que Jesús ennobleció la muerte y la hizo amable, transformándola en ofrecimiento de amor y en gozo de esperanza del Cielo.
El gozo de Jesús no fue en su Cuerpo, en el cual padeció fuertísimos dolores. En sus sentidos y en sus miembros sintió dolor crudelísimo; parte de su Alma estuvo sumergida en amarga tristeza.
Pero la voluntad estaba radiante y henchida de alegría, porque estaba haciendo la voluntad de su Eterno Padre, amándolo y dándole gloria; y Jesús sabía con certeza lo que nunca supieron los Santos: que Dios se complacía sobre manera en esta su obra.
No le faltó a Jesús el gozo. Sufría su Cuerpo con el dolor, y eso aumentaba la alegría y gozo interior; pero era también como contrapeso para no morir de gozo espiritual.
Es doctrina de San Juan de la Cruz que la muerte de los que han llegado a la unión con Dios no es por enfermedad ni por lo avanzado de la edad, sino por un ímpetu irresistible de dulcísimo amor. No hay duda que el mayor ímpetu de amor y el más intenso que se ha vivido ha sido el de Jesucristo.
Este ímpetu es de suyo inefable y tanto más delicioso cuanto es más doloroso. Jesucristo se ofreció a su Eterno Padre, a quien amaba sobre todas las cosas, en un acto de amor sobre todo amor y sobre todos los amores juntos de la creación; y se ofreció en un dolor, que tampoco ha sido igualado.
Pero Jesús tuvo el gozo más excelso, el deleite más grande que jamás se ha vivido ni se podrá vivir en la tierra, y los tuvo con dulcísimas alegrías e indecibles complacencias.
Nos parece esta contraposición de grandísimo dolor y excelso gozo algo imposible y que no alcanzamos a comprender, pero no por eso deja de ser menos verdad.
El gozo que recibió Jesús en el ofrecimiento de su vida por su Pasión y muerte, sólo es comparable a Él mismo. La certeza de que recibiría gloria eterna y premio el más excelso para siempre, hizo que la alegría sobrepasara a cuanto se pudiera soñar.
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En efecto, tan generoso y grande es Dios en sus dádivas, que al sufrimiento de una vida, que es menos que un instante comparada con la eternidad, premia Él con gloria inconcebible y eterna. A un momento de obsequio de amor corresponde Él con un para siempre de gloria.
¿Quién no querrá ofrecer gustosísimo su vida con esperanza de recompensa tan alta? ¿Quién no abrazará la muerte para darse a Dios?
Ante estas reflexiones tan hermosas de la felicidad que trae la muerte, ¿qué pensaremos de su llegada?
¿Será tan suave y tan dulce como es meritorio el ofrecimiento que de nuestra vida hacemos a Dios?
Los cristianos oímos y leemos repetidas veces textos de la Sagrada Escritura, en los cuales se presenta la muerte muy hermosa. En los Salmos se dice que la muerte de los justos es preciosa delante de los ojos del Señor. San Juan, en su Apocalipsis, escribe que son bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, y el libro del Eclesiástico añade que el justo espera en su muerte y no le tocará el dolor de la muerte.
Hay otros muchos textos semejantes. De ellos parece deducirse que la muerte será dulce y consoladora. Cuando se acepta la muerte, habiendo ofrecido a Dios la vida, ella es raudal de toda esperanza de luz y de alegría; es transparencia de eternidad feliz.
Nuestro Señor Jesucristo, dueño de la vida y en toda su consciencia hasta el último momento, termina ofreciendo al Padre su vida: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Repitiendo estas mismas palabras han muerto y mueren miles de cristianos, porque las repetían durante la vida.
El alma que en su vida desea amar a Dios, termina procurando amarle más. Quien ha meditado frecuentemente con humildad en su nada y aspirado a la perfección y a hacer la voluntad de Dios, muere viendo su nada, pidiendo a Dios confiadamente su ayuda y poniéndose en las manos del Señor hasta despertar en la luz infinita de la gloria.
¡Bendito, mil veces bendito despertar! Quien ha repetido día tras día actos de amor a Dios, muere haciéndolos y despierta en el Amor infinito, encontrándose con la hermosura y felicidad de su Creador. ¡Feliz encuentro!
Quien se ha ofrecido a Dios y ha deseado ir a Él, termina viéndose vestido de gloria inmortal ante los ojos del Señor.
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De la misma manera que no podemos saber con certeza si estamos o no revestidos de la divina gracia, tampoco podemos tener seguridad de nuestra salvación, no pudiendo ser completo nuestro gozo aquí. Pero Dios nos ha dado a la Virgen Santísima para que sea nuestro puerto seguro. El Señor nos ha dado a los cristianos otra fuente de alegría y consuelo en la última hora.
Todos los días le pedimos en la Salve que nos muestre a Jesús; que nos guíe seguros a la visión eterna de Dios; se lo pedimos a Ella, Madre de misericordia y refugio de pecadores. Dios, haciéndola mediadora de todas las gracias y abogada de los hombres para obtenernos todo bien, la ha nombrado puerta del Cielo, y hemos de estar seguros de que la Virgen nos ama e intercede por nuestra salvación ante el Señor.
Debemos gozarnos en repetir la frase de San Alfonso María de Ligorio: El verdadero devoto de la Virgen se salva. El amor filial a la Madre de Dios, es señal de predestinación y pone limpieza en el alma, fortaleza en la voluntad, luz en el entendimiento y ansias de gracia y virtudes en todo el ser.
La Virgen sin mancilla, con su intercesión, nos alcanzó del Señor un signo externo de pureza o de arrepentimiento en la hora de la muerte: es su Escapulario del Carmen. El alma piadosa se recrea amando a la Virgen y repitiendo con ternura sus palabras: El que muera con él no se condenará.
La Virgen ayuda con protección singularísima a quien lo lleva devotamente, y si en el momento de la muerte está revestido con él, se arrepentirá de todos sus pecados y morirá en la gracia y amor de Dios.
El Santo Escapulario de la Virgen del Carmen nos recuerda las grandes verdades de nuestra religión, las tiernas misericordias y llamadas de la Virgen Santísima y la esperanza del Cielo. El Santo Escapulario enciende en el alma grandes deseos de virtud y de amor a Dios y da seguridad de conseguir la eterna gloria, porque el que muera con él no padecerá las llamas del fuego eterno.
Además de asegurar la salvación, comunica el Escapulario del Carmen otra muy consoladora esperanza a quien le viste. La Madre de misericordia quiere también acortar por medio de él a sus devotos el tiempo de la purificación dolorosa en el Purgatorio.
Los cristianos fervorosos, humildes y agradecidos, abrazan con amor el Santo Escapulario y llenos de gozo le estrechan contra su pecho sin jamás apartarlo de sí.
Las almas de fe y anhelosas del Cielo siempre le visten con dignidad, devoción y amor, y encuentran en él, según las palabras de la Virgen, la ayuda para no ofender a Dios, la seguridad de un sincero arrepentimiento y la esperanza de morir en gracia. Para ello se esmeran en cumplir las devociones, y la Virgen, Madre graciosa, bajará a buscarlas para conducirlas a su celestial morada.
Para estas almas desaparecieron, en parte, los miedos excesivos a la muerte; sólo en parte, porque cuando el Señor manda sus pruebas, todo se olvida y sólo se ve la propia nada y la incertidumbre futura.
Pero durante el tiempo ordinario, en lugar de temores, tienen la confianza de que el Señor, por su misericordia y por la intercesión de su Santísima Madre, las llevará al Cielo. Cuando se ven con su Escapulario a la hora de la muerte, sienten el gozo de la protección que la Virgen ha prometido.
Sienten que la Virgen ruega por ellos en la hora de la muerte como se lo habían pedido en el Ave Maria.
La hora de la muerte será el momento en el cual la Virgen sin mancilla les mostrará para siempre a Jesús bendito: … y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre…
Por todo lo dicho, si vivimos del espíritu, caminemos también en el Espíritu … Porque, lo que sembrare el hombre, eso recogerá. Por tanto, el que sembrare en su carne, cosechará en la carne corrupción; mas, el que sembrare en el espíritu, cosechará del espíritu vida eterna.

